La eterna prometida del Highlander Capítulo 28
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Capítulo 28

El bullicio provocado por el buen humor que generó la buena caza fue como si Raven viviera un segundo banquete de bodas.

Hubo música y baile, y algún que otro beso robado en algún rincón del salón.

Por el sonrojo de Agnes y la cara de Callum, que parecía un gato que se había comido un canario, dedujo que entre ellos dos había habido más que palabras corteses.

Gabriel también pareció darse cuenta cuando sus ojos se posaron en ella y rió por encima de su copa.

—Parece que alguien va a ser muy feliz en tierras McDonald.

Raven sonrió tristemente. Ojalá ella viera su destino tan claro.

Él alargó la mano para posarla sobre la de ella, pero Raven no notó su contacto. Al mirar hacia el rostro de su esposo, siguió la mirada que centró en su hermana.

—Buenas noches —el tono que empleó Rowyn para saludarlos fue neutro. Si estaba enfadada por las palabras que habían tenido aquella misma tarde, no lo demostró, pero él no estaba dispuesto a dejar jugar a la gata más tiempo en su cocina.

—Buenas noches —Gabriel le sonrió por encima de su copa. Pero si Raven empezaba a conocer bien a su esposo, juraría que este distaba mucho de estar contento.

—Por lo que veo ha sido un gran día de caza.

—Sí —respondió Gabriel a su cuñada—. Uno muy bueno, tómatelo como si festejáramos tu despedida.

Todas las miradas se centraron en Gabriel, que no perdió la sonrisa ni por un instante.

—Oh… cualquiera diría que no soy bienvenida.

—Oh —Gabriel fingió su tono—. Siempre serás bienvenida para una visita. Pero necesito que vuelvas a informar a tu padre que la boda se ha celebrado y que he tomado posesión de las tierras que se me concedieron como dote de tu hermana.

—¿Qué tierras? —preguntó ingenuamente Raven.

—Las tierras por las que Gabriel se casó contigo…

—Las tierras de tu dote —dijo enseguida Mairy.

—En las que hoy mismo he cazado.

Los ojos de Gabriel estaban fijos en Rowyn. Si ella quería ofender a su esposa, no se lo iba a permitir.

—Claro —la voz de Raven fue fina como un hilo—. Espero sean de tu agrado.

—Son muy buenas tierras —cuando Gabriel le respondió, apretó su mano por encima de la mesa—, pero mi verdadero premio eres tú.

—¿Qué? —Raven balbuceó al tiempo que sentía cómo Gabriel la tomaba de la cintura y la sentaba sobre sus rodillas.

Rowyn se enfureció tanto que sus mejillas empezaron a arder, en cambio Mairy y los demás sonrieron disimuladamente. Parecía que después de la noche de bodas, todo iría como la seda entre sus señores.

Gabriel cogió un trozo de jabalí asado del plato de Raven y lo llevó a los labios de su esposa.

—Hay una caza deliciosa en nuestras tierras.

Ella abrió la boca, cogió el trozo de carne entre los dientes y masticó el jabalí que había cazado su esposo junto a sus hombres.

Rowyn sentía cómo la sangre le hervía. Era ella quien tenía que estar sobre aquellos muslos, a ella le debían esa dedicación reverencial y esas caricias. ¡Maldición!

Cuando pasaron los minutos, Raven se sintió cada vez más incómoda. Rowyn no había tocado prácticamente el plato cuando anunció su retirada.

—Me retiro ya. —Sus ojos volvieron a posarse en las manos de Gabriel, tan ásperas y fuertes, rodeando la cintura de su hermana.

—Supongo que es lógico, aunque no hay muchas cosas que empacar para la partida de mañana.

Rowyn apretó los labios, miró a su hermana que nada sabía de eso. Entonces, con la dignidad de una reina, asintió.

—Sí, no será un viaje demasiado largo.

Raven se quedó rígida entre sus brazos y lo miró de hito en hito como si no entendiera a qué venía aquella actitud con Rowyn. No hablaría, pues que se marchara le haría más bien que mal, pero se moría de curiosidad.

Rowyn se resistió a que saliera de sus labios una sola palabra más. Cuando la mano de Gabriel subió de la cintura de Raven hasta posarla bajo el pecho, esta soltó un respingo.

Furiosa, Rowyn dio media vuelta y desapareció del salón.

—¿Cómo te atreves? —preguntó Raven en un susurro, completamente boquiabierta.

De un salto intentó apartarse, pero Gabriel fue más rápido, la asió con más fuerza. Entonces ella golpeó su mano hasta que consiguió que la apartara, pero aun así se resistió a soltarle la cintura.

—¿Le has pedido a Rowyn que se fuera?

—Me pregunto por qué no se lo pediste tú antes.

—Es mi hermana y vino a nuestra boda.

—Vino a incordiar —dijo Gabriel, ya no de tan buen humor—, pero esto no es una conversación que vaya a tener en medio del salón.

Ahora sí la levantó, y no lo hizo ayudándola a ponerse a su lado. No. La cogió en brazos y se rió en alto cuando ella empezó a retorcerse.

—¿Qué demonios haces?

—Vamos. Tenemos cosas de las que hablar.

Raven escondió su cabeza en el cuello de Gabriel cuando sus hombres empezaron a vitorear y a golpear la mesa con el puño.

—Esto es indecente, inapropiado…

Mientras subían las escaleras, la voz de Raven con sus quejas los acompañaba.

—¿Dónde me llevas?

—¿Dónde crees, mi dulce esposa?

—No soy dulce —le dijo Raven—. Bien lo sabes. Y ya puedes empezar a explicarme a qué vino esa actuación abajo en el salón.

—¿Qué actuación?

—La de actuar como si me hubieses echado de menos.

—Quizás así haya sido —un nuevo bufido de Raven hizo que él soltara una carcajada—. Y lo de alimentarme en la boca…

Llegaron a la habitación y él cerró de un portazo. La dejó en el suelo y ella avanzó de espaldas hasta tropezar con la cama y caer en ella.

—¿No te ha gustado que te alimentara con mis manos?

Ella no dijo nada al ver que se inclinaba sobre ella, atrapándola entre sus gruesos brazos.

—Yo no… no quiero que me trates así —dijo en un susurro mientras la boca de Gabriel se acercaba a la suya. En el último momento, él se desvió y su boca fue a parar a su tierno cuello, que besó. No fue más que el toque de una pluma, y luego otra vez bajo la tierna piel de su oreja.

—¿No quieres que te trate así?

—No… —gimió sin saber muy bien a qué estaba respondiendo.

—¿Por qué?

—Me da vergüenza —jadeó cuando sintió un nuevo beso—. No vuelvas a ponerme sobre tus muslos en público, ni a alimentarme con tu mano.

Él sonrió, una sonrisa que pareció iluminar sus ojos azules.

—¿Cómo piensas convencerme, esposa?

Ella seguía con su mirada fija en él. En esos bellos ojos azules, en esa barbilla en la que empezaba a crecer su barba rubia.

Raven fue consciente de su proximidad, del aliento cálido en su mejilla y de los fuertes músculos apretándola contra su torso, centímetro a centímetro.

—Yo... yo...

Apretó la boca cuando se dio cuenta de que iba a tartamudear; eso divirtió a Gabriel, pero estaba demasiado excitado como para sonreír.

—Dime, esposa, ¿cómo me vas a convencer?

—¿Pidiéndotelo por favor?

Ella había cerrado los ojos, disfrutando del peso de su cuerpo sobre el de ella. Cuando Gabriel rió, sintió temblar su propio pecho.

—Sí —asintió él, rozándole la nariz con la suya—. Creo que, si me pides por favor cualquier cosa, te la concederé. Así pues, dime qué deseas.

—Entonces, por favor…

Gabriel avanzó con besos suaves hacia su escote.

—¿Qué haces? —dijo acorralada. Intentó no jadear, pero no lo consiguió. Repitió la pregunta tan quedamente que estaba segura de que Gabriel no la había escuchado.

La mano de él ascendió por la rodilla de su esposa. Ella vio cómo el vestido de un azul apagado se levantaba hasta dejar al descubierto sus blancas pantorrillas. La mano de su esposo se perdió bajo su falda.

—¿Qué deseas de mí?

Por instinto, ella separó los muslos y apretó los hombros de Gabriel con fuerza cuando este situó sus manos entre ellos.

A pesar de tenerlo tan cerca y de que le estaba hablando, a Raven le fue imposible mirarlo a los ojos.

Su rostro se encendió y su respiración distaba mucho de ser regular.

Sabía que si separaba los labios, que tenía fuertemente apretados, jadearía, avergonzándose aún más.

—Dímelo.

—¿El qué?

—Tus deseos.

Raven intentó cerrar las piernas y revolverse, pero solo consiguió atrapar las manos de él entre sus muslos y sentir más su presión.

Eso le gustó.

—Yo... No lo sé.

—¿No sabes lo que deseas, esposa?

Ella no respondió, pero lo abrazó mientras sentía cómo sus dedos se abrían paso entre la zona más sensible de su cuerpo.

—¿Por qué me haces esto? —gimió.

—Porque quiero saber lo que quieres, lo que deseas —La miró a la cara, dejando quietas sus manos y el movimiento ondulante de sus caderas—.

Necesito saber si deseas esto, o por el contrario deseas…

—mi muerte, quiso decirle. Pero no lo hizo.

En el fondo de su corazón, él sabía que Rowyn había mentido.

Raven no sería capaz de hacerle daño, ni a él ni a los suyos, y mucho menos a su madre, a la que adoraba.

Ella lo miró desconcertada, intentando calmar los latidos de su corazón y averiguar a qué se refería con aquellas misteriosas palabras, pero él no pensaba darle más oportunidades de pensar en ello.

Al notar su mano de nuevo, moviéndose entre sus muslos, echó la cabeza hacia atrás y gimió, un gemido más parecido a un sollozo. No pudo resistirse. Se abrazó a él y jadeó contra el cuello de su esposo mientras él la sujetaba con fuerza para que no se moviera.

—Gabriel.

No hizo ninguna pregunta, simplemente se apresuró a apretar su boca contra el oído de su esposa para detallarle todo lo que pensaba hacerle mientras sus dedos se movían sobre esa zona tan sensible.

Raven jadeó con cada palabra erótica que dejaba flotar Gabriel. Como la noche anterior él se dispuso a atormentar ese secreto lugar que ella había ignorado durante tantos años. Su erección era completa y se apretaba contra el centro de ella como si supiera exactamente donde quería encontrarse.

–Necesito que me digas si quieres que te haga todo esto.

La miró a los ojos mientras sentía como la presión crecía en ella, la vio morderse el labio cuando la invasión de su dedo fue completa y ella supo exactamente lo que vendría después.

–Dilo.

–Sí –Raven se dio por vencida–. Quiero esto, y todo lo demás.

Gabriel no pudo estas más complacido.

Había calculado exactamente lo que hacer con ella.

Seducirla.

Hacerle perder la cabeza hasta que confesara cuales eran realmente sus intenciones, matarle o resignarse a ser la esposa de Gabriel McDonald.

Él veía imposible que aquella mujer, que ahora se derretía entre sus brazos, fuera capaz de acabar con su vida. Se resistía a creer que la pasión que había descubierto en ella fuera una estrategia para ganarse su corazón y traicionarlo después.

¡Dios mío! Eso había hecho ¿verdad? Se había ganado su corazón.

En ese momento Gabriel se sorprendió deseándolo, ojalá lo amara, ojalá esa mujer se derritiera en sus brazos, porque no podía consentir que él se volviera loco por ella y su esposa no sintiera absolutamente nada.

Aunque los pensamientos de Gabriel vagaban de un lugar a otro, estaba claro que su mujer estaba concentrada en uno, el placer. Totalmente expuesta a él no tardó en buscar su boca, en tomar la iniciativa con su lengua para que su esposo la besara como ella quería ser besada.

Se arqueó con cada caricia íntima y se abrazaba a su cuello como si fuera su tabla de salvación.

Sin perder tiempo obtuvo de su boca todo lo que quería. Su lengua entró y recorrió cada rincón hasta dejarle exhausto. Esa mujer sabía besar, sabía cómo moverse y hacerle perder el juicio.

Se adentró entre sus muslos.

No la escuchó gritar porque Raven no lo hizo. Notó el dolor de la invasión, pero también el placer de sentirse llena.

Gabriel trató de no moverse.

– Respira hondo.

Ella lo miró con ojos llorosos y asintió rápidamente mientras le obedecía. Él salió y volvió a entrar en ella, despacio mientras la miraba a los ojos. Pero Raven rompió el contacto visual, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, consciente de que las sensaciones eran cada vez más intensas.

Las manos de Gabriel anduvieron por su cuello y sus hombros hasta llegar a suave escote que se abrió para que pudiera adorar la blancura de sus pechos. Los acarició con la lengua mientras no podía parar el ritmo de sus embestidas. Raven era la mujer más ardiente y suave que había acariciado nunca.

–Raven, no puedo...

Estaba al borde de alcanzar el placer absoluto. Sus dedos dejaros de masajear las caderas y se concentraron en el suave capullo entre sus muslos, ella lo miró a través de un velo de placer y se arqueó una y otra vez cuando Gabriel perdió todo control con embestidas poderosas.

Gritó como no había hecho nunca. Le agarró fuertemente la muñeca para que no se apartara, para que acabara de darle todo el placer que ella sabía que su esposo podía ofrecerle.

Entonces estallaron, notó el temblor del cuerpo masculino sobre ella y se sintió viva, como si tuviera un lugar en el mundo. Por fin.

El martilleo del corazón de Raven, era ensordecedor.

Cuando todo hubo acabado Gabriel la contempló, aún sobre ella, con ambos codos sosteniendo su peso.

–¿Estás bien? –Ella asintió y él se quedó allí observando su belleza.

Una belleza con los cabellos del color del trigo esparcidos sobre la superficie de su almohada.

Él seguía entre sus muslos consciente de que lo que había hecho. No era lo que un esposo gentil debía hacerle a su novia, sin duda había sido demasiado vigoroso para ella. Se apartó lentamente y se llevó la mano de su esposa a los labios.

Se maldijo al darse cuenta que seguían vestidos.

La atrajo hacia su pecho.

Raven sintió como los brazos de su esposo la rodeaban mientras besaba sus cabellos.

Ella no recordaría como la había desnudado, ni como había avivado el fuego de la chimenea, pero sí como se habían unido de nuevo sus cuerpos bajo las sábanas.

Porque recordó su ternura, el haber pensado que él era todo lo que necesitaba para sentirse bien, para sentirse querida.