La eterna prometida del Highlander Capítulo 27
83%

Capítulo 27

Raven estuvo enfurruñada toda la mañana. Mientras pasaba tiempo con Mairy y ella le explicaba todo el funcionamiento del castillo, solo podía pensar en Gabriel.

—¿Va todo bien, Raven?

Estaban en la cocina y hubo risitas entre la cocinera y sus ayudantes. Al verla tan distraída, las mujeres supusieron que todo se debía a que sus pensamientos aún estaban en la noche de bodas.

—Discúlpenme, todo es muy interesante, de veras. Estaba un poco distraída.

Mairy le guiñó un ojo y ella se ruborizó hasta acalorarse.

—Oh, querida señora —dijo la cocinera—, aún hay sobras sobre la mesa del banquete nupcial, es lógico que su mente esté todavía allí.

Más risitas y más sonrojo.

Mientras el ajetreo de la cocina continuaba, Raven tomó asiento junto a la gran chimenea, donde la señora Mortts removía el caldero. Era la cocinera desde no se sabía cuánto tiempo, pero por su pelo blanco, diría que cocinaba para Gabriel desde el día en que nació.

Cuando Mairy le señaló una silla, Raven se sentó junto al fuego, ajena al trajín de la cocina, donde terminaban de preparar la comida para los guerreros y sirvientes de la fortaleza.

—¿Vas a contarme cómo fue anoche?

Raven apartó la mirada del fuego y sintió que le sudaban las manos. Allí hacía calor.

—Yo… bueno… —no pensaba decir ni una palabra.

Mairy rió y le palmeó las manos.

—Os han visto hoy en las caballerizas, así que, si anoche fue tan bien como esta mañana, estoy muy complacida —le aseguró Mairy—. Estoy convencida de que seréis muy felices.

—Claro.

Pero no es lo que pensaba. No, no lo serían. Aunque las cosas fuesen bien en el lecho, no sería suficiente.

—Hace demasiado calor aquí. —Raven se abanicó con la mano—. ¿Podemos salir fuera?

—Por supuesto.

Mairy pensaba tener un agradable paseo con ella antes de la comida, pero la presencia de Rowyn torció sus planes. No le gustaba esa muchacha, y gracias a Dios, había visto que a Gabriel tampoco le hacía mucha gracia que estuviera allí.

Estaba convencida, aunque su hijo no había querido hablar del tema, de que entre ellos hubo un encuentro un tanto desafortunado hacía tiempo.

—Buenos días, hermana —dijo Rowyn a la salida de la cocina—. Miró el cielo azul y respiró hondo—. ¿Te has levantado temprano? Pensé que después de la noche de bodas, la novia tenía permiso para remolonear en la cama.

—Algunas damas prefieren sentirse útiles antes que remolonear en la cama.

A Rowyn no le cupo ninguna duda de que las palabras de Mairy iban dirigidas a ella, como aguijones de avispa.

Inclinó la cabeza y miró a Raven.

—¿Puedo unirme a vuestro paseo?

—Por supuesto.

Mairy miró a Raven, y al ver que ella estaría bien, se excusó. No quería intimar con Rowyn, de hecho, no la quería por mucho tiempo en esa casa. Y era algo de lo que hablaría pronto con Gabriel.

—Si me disculpáis, supervisaré la cocina. Nos vemos en una hora para la comida.

Las dos hermanas inclinaron la cabeza hacia Mairy y la vieron alejarse.

—Bueno… hermanita. ¿Ya te han puesto a trabajar?

—No —dijo Raven, empezando a caminar a un paso lento—. Solo me han enseñado cómo funciona todo aquí. La cocina es mucho más grande que la de padre, y alimenta más bocas.

Rowyn asintió.

—Esperaba que hicieras una comida en mi honor —dijo como si tal cosa—. No siempre una vuelve a ver a su hermana después de tantos años.

—Me gustaría haberte recibido como es debido, pero no esperaba tu visita.

Rowyn enarcó sus perfectas cejas.

—Así que no soy bien recibida.

Raven parpadeó y se apresuró a corregir el malentendido.

—Ayer se celebró la boda y nos quedamos sin provisiones, por lo que Gabriel está de caza. Sin duda, si hubieras llegado más tarde te hubiéramos podido recibir como te mereces.

—Bueno, sin duda Gabriel ha considerado oportuno llenar la despensa para dar un banquete en mi honor; después de todo, soy tu hermana.

Raven apretó los dientes, insultada.

—Sí, al fin y al cabo, siento que mi boda eclipsara tu llegada.

—No te pongas así, Raven, seguro que más adelante me lo compensarás.

Cuando vio que su hermana seguía en silencio y no tenía intención de contestar, Rowyn volvió a interesarse por su noche de bodas.

—Bueno —hizo un gesto con la mano, quitándole importancia—. Ahora lo que me interesa es saber qué tal fue tu noche de bodas.

Sonrió con malicia.

Sabía perfectamente que Gabriel no había podido cumplirle como amante.

Le había dado suficientes polvos para que su fuego no despertara.

En esa misma comida que se estaba preparando, o durante la cena, Rowyn volvería a suministrarle esos polvos, para que su hermana jamás se convirtiera en la mujer de Gabriel.

Él iba a ser solo suyo, de nadie más. Solo era cuestión de tiempo eliminar los obstáculos que les separaban.

—¿Tan horribles fueron las horas de anoche que no piensas contarme nada?

Raven se tensó tanto que le costaba respirar.

—No hay nada que contar.

—¿No? Bueno, te dije que no sería nada agradable y más teniendo en cuenta que él no pensaba tener una noche de bodas... contigo.

Raven se paró en seco. Miró a su hermana con furia, pero Rowyn le respondió con un gesto ensayado de asombro y arrepentimiento.

—Oh, perdona.

Antes de decir absolutamente nada de lo que se pudiera arrepentir más tarde, Raven empezó a andar a paso rápido, alejándose de su hermana y su mal disimulada risa.

Pero su alegría por atormentar a Raven no duró demasiado.

Una fuerte mano agarró su brazo y la zarandeó.

—Suficiente.

A Rowyn se le abrieron los ojos como platos.

Frente a ella estaba Gabriel, la miraba enfadado, más que eso. No dejó de apretar su brazo mientras hablaba.

—Deja de atormentar a tu hermana.

Ella se sacudió y finalmente Gabriel la soltó, pero sin dejar de mirar esos ojos llenos de envidia y maldad.

—No la atormento. Solo le pregunté cómo fue la noche de bodas. Ayer estaba aterrorizada —Gabriel retrocedió un paso—. Aunque no lo creas, quiero a mi hermana, y yo sé lo que es estar aterrorizada por una noche de bodas que vas a tener que pasar con un hombre que no amas.

Gabriel apretó los dientes.

—No intrigues entre nosotros…

—No lo hago. Anoche ella me dijo que tener que tocarte sería lo más difícil que tendría que hacer en su vida, por... la repulsión que siente, sin duda. Ya sabes que jamás os llevasteis bien.

Gabriel no quiso creer en esas palabras. Rowyn era pérfida y haría cualquier cosa por separarles.

—Si un día te mordieras la lengua… —dijo Gabriel con los puños apretados— sin duda morirías envenenada.

Rowyn rió y le quitó importancia.

—No soy tan mala —dijo mirándole a los ojos—. Si lo fuera… le habría contado cuán romántico fue nuestro último encuentro.

—¡No te atrevas! —Gabriel la tomó por el brazo y ella gimió de dolor. Al ver lo que hacía, él retrocedió—. Quiero que te largues de mis tierras, si no hoy, mañana. Pero fuera de aquí antes de que pierda la paciencia contigo.

Rowyn lo miró sin perder la sonrisa.

—¿Y todo porque no le cuente a tu pequeña mujer lo que pasó entre nosotros?

—¡Nada! No pasó nada entre nosotros.

Rowyn se lo quedó mirando fijamente, no estaba dispuesta a perder esa guerra.

—Mi hermana me quiere aquí. Y te aconsejo que no me eches, a no ser que quieras seguir teniendo problemas con ella.

Gabriel no dijo nada, pero empezó a andar furioso.

—Harías cualquier cosa para que tu hermana y yo nos separemos, ¿verdad? —Los ojos de Gabriel eran finas ranuras por las que la miraba con aprensión—. Eso me hace pensar hasta dónde estarías dispuesta a llegar para separarnos.

Rowyn se revolvió inquieta.

—No sé a qué te refieres.

Era imposible que sospechara que la carta sobre las falsas intenciones de Raven fuera suya.

—Recibí una nota dejando muy claro que tu hermana prefería matarme a ser una McDonald.

—¿De verdad?

—¡No finjas!

Rowyn apretó los puños.

—No sé nada de eso.

—Conozco demasiado bien a los mentirosos como para no ver al que tengo delante.

Ella alzó el mentón, furiosa.

—¿Y qué si escribí esa carta? Lo hago para protegerte. Ella no te quiere y mi padre busca tu muerte. Es más que seguro que cuando le tomes confianza acabe contigo. ¡Te detesta!

—¡Basta!

—En cambio yo… —Rowyn se abalanzó sobre él, pero Gabriel se la quitó de encima con un empujón que la tiró al suelo.

—Solo quiero quedarme a tu lado, lejos de mi padre. —Ella parecía desesperada—. No deseo volver junto a mi padre, ni a las tierras de mi antiguo esposo. Aquí sería más feliz.

Gabriel rió sin humor.

—Eso nunca va a pasar. No serás aceptada en mi casa.

—Ni siquiera después de que te haya revelado las verdaderas intenciones de mi hermana y mi padre. Ellos planean tu muerte.

—¡Suficiente! Ni una palabra más o de lo contrario no esperaré a mañana y te echaré hoy mismo.

—Es una mala decisión. Yo podría ayudarte.

De pronto, él se detuvo al escuchar las palabras de Rowyn. Se volvió y la vio encogiéndose de hombros.

—Podría desbaratar los planes de mi padre…

—Tus súplicas solo funcionarían si yo creyera que hay un complot de tu hermana y tu padre contra mi persona.

—Lo hay. Pero si aun así deseas a Raven... —le costó horrores que la bilis no saliera de su boca—, yo podría hablarle bien de ti, y quizás así se entregara gustosa en tus brazos.

—No te necesito para eso.

Volvió a andar, alejándose de ella. Esta vez, cuando la escuchó escupir su veneno, no se detuvo.

—Lo sé —dijo ella llena de amargura—, me acuerdo bien de lo que puedes despertar en una mujer.

La carcajada lo persiguió y se dijo que tenía que hacer algo para que Rowyn se marchara de allí cuanto antes.

Rowyn se quedó sola bajo el viejo árbol que la cobijaba del sol.

Meneó la cabeza, cavilando, dándole vueltas una y otra vez al asunto.

¿Cómo podría ella quedarse? Sin duda, haciendo que Raven la quisiera a su lado.

Pero eso era tremendamente difícil. Ahí, su hermana pensaba que la enemiga era ella.

Y estaba convencida de que deseaba abrirse de piernas ante Gabriel.

Sí, debía insistir en la idea de que no debía permitir que Gabriel la tocara. Y, por otra parte, hacer que su hermana le pidiera que se quedara.

¿Pero cómo lo haría?

Le bastaron los minutos que faltaban para la hora de la comida para poner en marcha su plan. Un plan brillante que la dejaría justo donde quería, y que además le haría mantener la promesa con su padre Quinlan: la de buscar una excusa para la guerra.

Gabriel se dirigió al salón, cubriendo la distancia que separaba la parte exterior de la cocina con el salón a grandes zancadas.

Al entrar, todo era un hervidero de gente, con sus idas y venidas de comida y bebida.

Algunos ya habían dado cuenta de parte de su ración, y es que en la fortaleza, el horario de las comidas era mucho más flexible.

En cambio, en la noche, a su madre siempre le había gustado que las gentes del castillo comieran todos juntos.

Al acercarse a la mesa, Gabriel escuchó a su esposa concentrada en la comida que tenía ante ella, pero sin mirarla de forma apetitosa, pues seguía intacta.

—Gabriel debe estar a punto de llegar —le dijo a Mairy.

—Gabriel ya ha llegado.

Él anunció su presencia en el mismo instante en que se sentaba en su gran silla, en la cabecera de la mesa.

La voz potente de su marido llegó hacia ella y lo observó tomando asiento a su lado. Se lamentó al ver que no parecía muy contento.

—¿Ha ido bien la caza?

—Cenaremos jabalí y tendremos una copiosa cena en honor a mi esposa.

Sin previo aviso, Gabriel puso su mano sobre la de Raven, quien lo miró como si no supiera a qué venía ese gesto tan amable.

Mairy y Murrock se golpearon los codos. Raven no sabía cuál de los dos estaba más feliz.

—¿Te complace eso, esposa?

Ella asintió y notó cómo Gabriel tiraba de ella, hasta inclinarse y rozarle los labios.

¡Dios del cielo! La estaba besando frente a todos.

Fue un toque suave y dulce que sorprendió tanto a ella como a Gabriel.

Raven tenía el rostro arrebolado y su madre los miraba con una sonrisa bailando en los labios.

Cuando Gabriel escuchó el carraspeo, quiso matar a Liam que reía por lo bajo junto a Callum y Owen.

Raven recobró la compostura dándose cuenta de dónde estaban.

Él la soltó, sintiéndose complacido de lo mucho que ese beso había perturbado a su esposa.

Por su parte, Raven se sonrojó de la cabeza a los pies y dio gracias por que los hombres no lanzaran vítores como habían hecho en la noche anterior.

Gabriel era muy consciente de que, si sus hombres no mostraban su buen humor, era precisamente porque el suyo era sombrío.

No había sido una gran noche de bodas, y su mal humor había perseguido a todos los asistentes de la cacería.

Así que era mejor no burlarse, ni provocar al laird.

La comida fue tranquila, y por la tarde, Mairy y ella, junto con las demás mujeres, bordaron fuera, tranquilamente en un rincón del patio, en el que la madre de Gabriel cultivaba hierbas medicinales y algunas flores. Fue una tarde maravillosa, que contrastó con la cena.