Capítulo 26
Aquella mañana, Raven se despertó sola en la cama.
Acudieron a su mente los momentos vividos la noche anterior junto a Gabriel. No importaba cómo había imaginado su noche de bodas; sabía perfectamente que no había sido de aquella manera.
Se puso nerviosa al pensar que vería a su esposo durante el desayuno. Y así fue, pero al llegar al gran salón, parte de su nerviosismo se disipó porque Gabriel no estaba solo. Alec McAlister y Roslyn lo acompañaban.
Cuando se acercó a la gran mesa central, la tensión entre los recién casados era evidente, pero se fue disipando a lo largo del desayuno gracias a la animada charla de sus amigos.
Roslyn y Raven rieron animadamente, dejando que los hombres hablaran de otros temas más afines a su belicoso carácter.
Cuando terminaron de desayunar, ya era hora de partir. El viaje a las tierras de los McAlister no era demasiado largo, pero el laird prefería llegar antes del anochecer.
Se despidieron en el patio.
—Una pena que no puedas quedarte para la caza —le comentó Gabriel.
—Me habría gustado, pero tengo asuntos que atender —respondió Alec, mientras las dos mujeres se abrazaban a sus espaldas.
Los dos hombres se miraron significativamente y, de verdad, se alegraron de que sus esposas se llevaran bien. Quién sabía si pronto Raven y Gabriel tendrían hijos y los de ambas parejas podrían ser tan amigos como él y Gabriel lo habían sido en su infancia.
—Nos veremos pronto.
—Lleva a tu esposa después del verano. Roslyn estará a punto de dar a luz y estoy seguro de que yo estaré más desquiciado que ella. Le animará.
Gabriel sonrió. El fuerte guerrero que tenía frente a él estaba profundamente enamorado de su esposa y eso, pensó, era una suerte.
Ojalá su matrimonio hubiese sido…
Gabriel cabeceó, despejando aquel pensamiento. No quería decir que se hubiese casado por amor; simplemente deseaba que no todo fuera tan complicado.
Cuando las dos mujeres se acercaron, Alec ayudó a montar a su esposa en el carruaje. Embarazada como estaba, habían decidido hacer el viaje mucho más cómodo para ella.
—Raven, espero que tu esposo y tú queráis acompañarnos una temporada este verano.
Alec la miró sonriendo.
—Ya hemos quedado de acuerdo. Os volveréis a ver antes de que empiece el otoño.
—Bien.
Roslyn lo deslumbró con una de sus sonrisas, como hacía siempre, y él no pudo esperar a estar junto a ella en el carruaje para poder besarla.
Pero antes…
Se dio la vuelta para despedirse de la anfitriona.
—Ha sido un placer conocerte, Raven. Espero que este idiota sepa lo afortunado que es por haberse casado contigo.
Raven se ruborizó de la cabeza a los pies. Algo le decía que el laird McAlister era sincero y que, además, era un hombre de parcas palabras. Así que atesoraría esa opinión como lo que era: el mejor cumplido posible.
—Gracias —murmuró tímidamente.
De pronto, Alec McAlister miró a su amigo y se inclinó hacia lady Raven para besarla en la mejilla.
—Hasta la vista.
Ella quedó azorada y las aletas de la nariz de Gabriel se hincharon.
Alec McAlister se apresuró a subir al carruaje con una sonrisa en los labios. Cuando partieron, Roslyn le dio un codazo en las costillas.
—¿Qué ha sido eso? —dijo, sorprendida.
—¿Estás celosa?
La carcajada de Alec fue acompañada por un tierno abrazo a su esposa.
—No, pero pensé que Gabriel iba a saltarte al cuello.
Él asintió.
—Nada mejor que dejarle claro a un hombre lo que puede perder para que lo valore más que nunca.
Roslyn meneó la cabeza y besó dulcemente los labios de su esposo.
—Sigues siendo el hombre más inteligente que he conocido en mi vida.
Alec gruñó, satisfecho.
Si todo iba como esperaba, su hijo pronto tendría un mejor amigo con quien jugar.
∞∞∞
Raven se quedó allí plantada viendo cómo el carruaje atravesaba la gran puerta del patio y se encaminaba hacia tierras McAlister.
Mientras los observaba alejarse, fue muy consciente de la presencia de su esposo a su lado.
Notó el calor de su cuerpo cuando él se acercó demasiado y la agarró del brazo para susurrarle palabras al oído.
—Jamás vuelvas a acercarte a otro hombre.
Ella se limitó a mirarlo, esperando fervientemente que repitiera aquellas palabras que escapaban a su comprensión.
—No entiendo —dijo, sin mirarlo.
¡Por supuesto que entendía! A ella también le había sorprendido el beso de Alec McAlister, pero no era como si lo hubiera provocado.
Sin decir nada más, él tiró de su brazo y empezaron a caminar hacia el establo.
—¿Dónde me llevas?
—Me voy de caza con mis hombres. La celebración de nuestra boda ha dejado las despensas vacías.
Ella no acababa de entender.
—¿Y por qué me arrastras? ¿Acaso quieres que te acompañe?
Él rió, pero no respondió a esa pregunta.
Cuando llegaron al establo, la hizo entrar. Estaba oscuro porque las grandes puertas estaban cerradas. Los caballos, que habían pastado fuera durante la mañana, ahora eran ensillados.
—¿Qué hacemos aquí?
—Pensé que me agradecerías la privacidad.
Ella sacudió la cabeza sin entender cuando él la arrinconó contra uno de los cajones del caballo.
—¿Qué haces?
—Informarte, darte una lección, una advertencia… como quieras llamarlo. Pero tú y yo vamos a hablar de cosas serias.
Raven se apretó más contra la pared de madera. Miró hacia las grandes puertas cerradas, por si alguien vendría a ayudarla, pero antes de poder hacerlo, Gabriel empujó la tabla de madera que hacía de puerta en ese cubículo. Estaban solos.
Tragó saliva mientras veía que el gran pecho de Gabriel se acercaba más a ella, hasta que estuvo a un suspiro de distancia.
—¿Y bien? —dijo nerviosa, esperando que él hablara. Carraspeó, dispuesta a no demostrar su nerviosismo.
Antes de responder, la empujó más contra la pared de madera y la tomó por la nuca. La besó con fuerza, posesivamente, marcándola para dejarle claro a quién pertenecía. Pero ella no pertenecía a nadie más que a sí misma.
Lo empujó, plantándole cara. Dispuesta a fingir que ese beso no la había afectado lo más mínimo, cuando ella sabía que no era así.
—Eres un maldito bruto.
—Soy un auténtico caballero —le dijo mucho más calmado de lo que ella esperaba—. Si no fuera así… te montaría por primera vez contra la puerta de una caballeriza.
—Eso es muy grosero.
—Eso es exactamente lo que haré si sigues provocándome.
Ella abrió la boca dispuesta a decirle lo que pensaba.
—Yo no te provoco.
—Sí lo haces —El cuerpo de Gabriel se apretó más contra el de su esposa y ella jadeó, entreabriendo los labios—. Lo haces cada vez que abres esa boca para molestarme, cuando ríes, cuando suspiras, cuando… consientes que otro te bese.
—¡Vamos! —dijo ella, indignada—. Alec McAlister es tu amigo. Yo no provoqué esa situación. Eres un…
El dedo índice de Gabriel cayó sobre la boca de su esposa.
—Ssssh… Dios sabe lo mucho que me gusta que muevas esos labios, pero ahora… te quiero callada, para que así escuches lo que tengo que decirte.
Ella tuvo que callar cuando sus pulmones se vaciaron de aire.
—Raven —dijo rozando la oreja de ella con sus labios.
Las manos de ella se pusieron sobre el torso de él, pero no lo empujó, simplemente se quedó allí esperando que le hablara, mientras su corazón martilleaba fuerte en el pecho—.
El único hombre al que vas a besar, de ahora en adelante, es el que tienes frente a ti.
—Oh —Ella entreabrió los labios por la sorpresa y por el deseo que sintió cuando las manos de Gabriel rodearon su cintura y la apretaron contra su pecho. Tragó saliva al ver cómo los labios de su esposo se acercaban a ella. Fue incapaz de alejarse cuando la mirada profunda de Gabriel la aturdió.
Notó su aliento suave sobre su cara y suspiró incontrolablemente.
Ya sabía lo que vendría después.
Raven no vio más, ni la expresión posesiva de Gabriel, ni la complacencia provocada por su buena predisposición, pues cerró los ojos nada más notar el roce de los labios de su esposo.
Él se apoderó de su boca, igual que se apoderó de ella una imperiosa necesidad de entregarse.
Se abrazó a su esposo intentando absorber el calor que emanaba de su pecho.
Suspiró de una manera que solo conseguía arrancarle él y esto lo hizo sentirse arrogantemente complacido.
Gabriel sintió puro fuego en sus venas. Raven había aprendido a entregarse y podía asegurar que la pasión que él manifestaba era bien correspondida, al menos en ese momento, o hasta que ambos volvieran a envenenarse la sangre con palabras.
∞∞∞
Gabriel saboreó la boca de su esposa con su lengua, no quedó ni un rincón por recorrer. Ella se lo permitió y se inclinó contra él, sabiendo que las rodillas se le doblaban y no podría sostenerse sola mucho tiempo más.
Raven sentía las manos de su esposo recorriendo su espalda, su cintura, hasta masajear su trasero, haciendo que gimiera una vez más contra su boca.
Gabriel no había probado nada tan dulce ni tan ardiente.
Dioses… no veía la hora de que estuvieran solos de nuevo en su alcoba.
Pasara lo que pasara la noche anterior, fue simplemente una maldición puntual.
Las caderas de él se movieron hasta el centro del deseo de Raven y ella abrió la boca, sorprendida.
Eso le arrancó una carcajada mientras volvía a besarla apasionadamente.
—Esta noche… —pronunció contra su boca— serás mía, en todos los sentidos.
Ella asintió.
—¿Así que puedes…?
Su esposo tomó una de sus manos y la condujo hasta donde ella pudiera notar el tamaño de su deseo. Gimió correspondiendo el beso de Gabriel hasta que él se apartó.
—¿Has aprendido las lecciones de hoy?
Ella se recostó contra la madera, para no caerse de bruces.
Asintió con la cabeza.
—Sí.
—Bien.
Lo vio abrir la puerta de madera y alejarse en busca de su caballo.
Sí, había aprendido las lecciones del día. Una, que su esposo era un hombre celoso, junto a otros muchos defectos. Y dos… que no tenía ningún problema para consumar ese matrimonio, y se lo iba a demostrar.