La eterna prometida del Highlander Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Señor, cuánto había deseado hacer aquello: tenderla bajo su cuerpo y besarla a placer. Desde el primer momento en que la había besado, había sentenciado que pocas cosas le darían tanto placer como aquello. Y no se equivocaba.

Raven, por su parte, ni siquiera podía pensar.

¿Cómo era posible que aquel hombre, que siempre la trataba sin el menor atisbo de delicadeza, fuera un amante tan extremadamente dulce y servicial? Cuando ya no sintió los labios de Gabriel sobre su boca, jadeó con más fuerza, consciente de que algo no iba bien.

¿Por qué había parado de besarla?

Quizá porque ahora su cabeza estaba a un palmo de la de ella.

Sonreía mientras admiraba su piel y pasaba los dedos por ella.

Primero por la clavícula, después por sus pechos, que apretó con una mezcla de fuerza y delicadeza, y más abajo, en su vientre, y más abajo aún…

más y más abajo, hasta llegar a sus pliegues íntimos, que separó para poder atormentarla.

Raven cerró los ojos y gimió. Alzó de nuevo las caderas, frotándose contra aquella mano que no debía estar allí, pero que ella deseaba que no se fuera nunca.

Gabriel estaba sobre ella, sosteniendo su peso sobre uno de sus codos. No podía dejar de mirar sus ojos cerrados, su hermoso rostro arrebolado y las contracciones de su vientre y sus caderas, que buscaban más.

Entre la bruma del placer, Raven escuchó su risa.

—¿Te gusta, Raven? ¿Puedo asegurar que son jadeos de placer los que se escapan de entre tus labios?

¿Por qué tenía que sonar tan insultantemente arrogante?, se preguntó ella.

Abrió los ojos y vio cómo él la cubría con su cuerpo.

Sintió el calor de su piel mientras descendía sobre ella.

La lengua pasó de sus pechos a marcar un camino húmedo hasta su ombligo y, de allí, mucho más abajo, hacia sus rodillas.

Raven gritó cuando Gabriel pellizcó con los dientes uno de sus muslos. No sabía que pudiera ser tan sensible.

Gritó, aferrándose a las sábanas sin saber por qué permitía que él le hiciera todo aquello. Pero cuando la lengua de su esposo ascendió de nuevo y llegó a aquel lugar húmedo y caliente, no pudo hacer otra cosa que suplicar.

—No temas. No pararé, ni habrá dolor.

Y no. Él dijo la verdad en cada una de sus palabras.

Raven se abrió para él. Levantó las caderas y gritó en su agonía a cada movimiento de su lengua. No supo si aquello debía ocurrir, y tampoco le importó.

Se vio incapaz de dominar su cuerpo, y eso la asustó. Estaba completamente rendida a aquel hombre que era su esposo y no pensó en cuán peligroso podía ser aquello, porque, en ese momento, se convulsionó de placer.

—Oh, Gabriel.

Pero, tal como le había prometido, él no paró. Ni siquiera después de escuchar el rasgar de una sábana. Vio la espalda arqueada de su esposa mientras su cuerpo se perlaba de sudor.

—¡Gabriel!

Volvió a gritar su nombre mientras contenía el último aliento del éxtasis.

Se quedó laxa y relajada. Permaneció con los ojos vidriosos, como inerte bajo su cuerpo, saciada de placer.

Cuando el cuerpo de Gabriel se situó entre sus muslos y sus dientes mordieron suavemente su cuello, ella no pudo hacer nada más que jadear.

Los pechos de Raven quedaron a merced de las manos de su esposo, y ella no pensaba hacer absolutamente nada para apartarlo hasta que escuchó sus palabras.

—¿Lo ves? —dijo, rescatando del olvido la conversación que habían mantenido antes de dar rienda suelta a sus deseos.

La miró a los ojos, solo para asegurarse de que lo escuchaba.

—Me desearás cuando yo diga que me desees.

—Su voz no era más que un susurro y su aliento acariciaba la piel húmeda de sudor de su esposa—.

Y me complacerás cuando yo diga que me complazcas.

—Con cada palabra, los ojos de Raven se iban dilatando cada vez más—.

Las cosas serán así entre nosotros, y no permitiré más protestas de tu afilada lengua.

Raven pestañeó.

¿Estaba soñando aquello?

Aunque en un principio había estado demasiado adormilada para enfurecerse, las palabras de Gabriel iban penetrando en su mente al mismo tiempo que su corazón dejaba de retumbar en sus oídos.

Ira era una palabra demasiado suave para describir lo que sentía por su marido cuando recuperó plenamente el sentido.

Ella no era una cualquiera para que él la utilizara solo para aquello, sin dejarle expresar sus opiniones ni permitirle siquiera participar en todo aquel ritual. No iba a consentir que las cosas quedaran así.

Pero Gabriel no le dio tiempo de vengarse. Salió de la cama y se alejó de su alcance con demasiada rapidez. Recogió el cinto y su kilt sin que ella pudiera darle alcance.

—¿Qué demonios…?

Las palabras de Raven quedaron amortiguadas por el portazo que dio su esposo al salir.

Dios era bueno y misericordioso por permitir que Gabriel estuviera en la otra habitación y no escuchara aquellas palabras obscenas que, sin duda, una dama no debería pronunciar. Ella también era afortunada porque, de haberlas escuchado, no se habría librado de una buena zurra.

Pero lo cierto era que, en aquellos momentos de deseo insatisfecho, a Gabriel le importaba un bledo qué palabras pudiera pronunciar su esposa.

Maldición.

Se acarició la entrepierna, tensa y dura.

—¡A buenas horas!

Dios, aquella mujer era pura delicia y él, un imbécil por no montarla hasta el amanecer y saciarse de ella. Pero estaba furioso y no quería que lo odiara el resto de su vida. Esa Raven no.

Miró hacia la habitación contigua, la que había mandado preparar expresamente para no tener que compartir su lecho a diario con la fea Raven.

Pero aquella mujer ya no existía.

Solo existía su Raven.

Su esposa.

Una mujer que había dejado de ser una arpía odiosa para convertirse en una criatura dulce y angelical.

Dulce y angelical con todos menos con él, su esposo.

Lanzó una nueva maldición mientras arrojaba un leño al fuego y lo hacía prender.

Era un hombre estúpido. Debería castigarla y, sin embargo, ella había sido la única que había disfrutado de todo el juego amoroso de su noche de bodas.

Sí, definitivamente era un imbécil por no volver ahí dentro y consumar su matrimonio.

Pero no podía hacerlo.

No mientras sospechara que ella había ido bajo su techo con la intención de darle muerte.

De momento, él jugaría su papel y le dejaría desempeñar el rol que se esperaba de ella.

—Aprenderás a ser mi dulce y abnegada esposa, aunque sea lo último que hagas.

Extrajo la malévola nota del cinto, la leyó otra vez y… no la arrojó al fuego.

La guardó en el cofre que había sobre la repisa de la chimenea.

Averiguaría de quién era aquella nota. Quién le había advertido de las intenciones de Raven.

Pensó en quién podría ser esa persona, pero, sobre todo, pensó una y otra vez en aquellas palabras que se le clavaban como puñales.

Tu esposa busca tu muerte, y pronto.