Capítulo 25
Dos horas después, Raven se encontraba con los ojos abiertos como platos, mirando al techo.
Estaba desnuda, metida entre las sábanas y cubierta con la manta de los McDonald hasta los pechos. No sabía muy bien qué decir, ni qué hacer para dejar de sentirse… como se sentía.
Se giró hacia un lado, dándole la espalda a su esposo.
Seguía siendo fea. Esa era la razón. Por eso estaba intacta todavía, por eso su marido no había podido consumar su noche de bodas.
Intentó sacarse esos sombríos pensamientos de la cabeza, mientras sentía las respiraciones de Gabriel a su lado. De vez en cuando, él soltaba algún gruñido, demostrando que estaba despierto y de muy mal humor.
Gabriel también se encontraba desnudo bajo las mantas. No recordaba cómo se había imaginado la noche de bodas, pero ciertamente, lo que había pensado estar haciendo no era quedarse mirando al techo mientras escuchaba a su esposa suspirar y refunfuñar, sin ni siquiera darse cuenta de que lo hacía.
–Gabriel –la escuchó susurrar sin volverse hacia él.
Un gruñido fue su única respuesta.
–¿Te había ocurrido esto antes?
Él contuvo la respiración. No quería gritarle, así que tardó en responder.
–No –dijo finalmente.
Por supuesto que no le había ocurrido antes, ni con ninguna mujer. Era vergonzoso y denigrante.
Maldita fuera ella.
–Todo es culpa tuya –rugió mientras se levantaba de la cama.
–¿Mía? –Raven se volvió hacia él para comprobar que se había levantado y estaba completamente desnudo. Apartó la mirada mientras él se ponía el kilt alrededor de la cintura.
–Sí, tuya –le dijo ajustándose la correa.
Ella se sentó en la cama y alzó la barbilla.
–Es injusto que eches las culpas a la mujer, yo no he hecho absolutamente nada.
Tampoco es que hubiera mucho por hacer. No sabía mucho de esas cosas; Agnes le había explicado que no debía hacer nada, absolutamente nada, que el hombre es quien quería encargarse de todo.
Al menos al principio. Luego ya descubrirás un par de cosas…
No habían terminado la conversación, pues otras doncellas las habían interrumpido.
Así que, si ella no debía hacer nada, no era su culpa que esa noche fuera un completo desastre.
–No me deseas, es simplemente eso, ¿verdad? –susurró, pero Gabriel la miró sin entender qué le había preguntado.
–¿Qué diablos murmuras?
–¡Nada! –dijo ella dándole la espalda–. Solo que la culpa no es mía.
De pronto, su mal humor dejó paso a un abatimiento descorazonador.
–No eres el primer hombre que le pasa –dijo en un susurro y lo miró de reojo.
–¿Cómo? –Gabriel no daba crédito, ¿de verdad iba a seguir hablando?
–Al carpintero le pasaba lo mismo. Acuérdate, ¿no recuerdas lo que se decía de él?
Gabriel abrió los ojos como platos.
–¡Por Dios!
Mejor sería que se callara.
–Y Percival Mc…
–¡¡Ese hombre tenía ochenta años!!
Ella se encogió de hombros.
–Bueno, solo quería decirte que algunos hombres simplemente no pueden… No pueden.
Cuando Gabriel paró de caminar por la habitación y se abalanzó sobre ella, supo que no debería haber hablado.
La cogió por los codos, arrastrándola fuera de la cama, y sin pensar en las consecuencias vio cómo la sábana resbalaba por su cuerpo, dejándola expuesta.
Su visión era un tormento. Sus pechos plenos, sus piernas… ¡Por todos los infiernos! Sus piernas eran… Gabriel apretó los dientes con fuerza para no gritar. Nada deseaba más que esas piernas rodearan sus caderas mientras la poseía.
–Yo no soy cualquier hombre y créeme que jamás me ha importado lo más mínimo quedarme despierto toda la noche para complacer a una mujer. –Por alguna razón, ella supo que no mentía.
–¿Entonces?
–Eres tú –dijo con los dientes apretados–. Tú, maldita sea.
Y en verdad lo era, jamás había deseado tanto a una mujer y… no sabía qué le ocurría. Quizás era la sospecha de que ella no era tan inocente como aparentaba, que quizás quería su muerte.
Sí, definitivamente la culpa era suya. Suya por intentar matarlo o porque simplemente era Raven: la piojosa que le daba patadas en la espinilla cuando no alcanzaba el medio metro de estatura, la que aprendió a pegarle mucho antes de saber caminar, la que le tiraba de las trenzas de guerra y se burlaba de su cabellera diciendo que parecía una mujer.
Gabriel cerró los ojos.
Esa Raven a la que detestaba antaño se había convertido en la mujer que deseaba y en la que no podía confiar.
La miró a los ojos y buscó algo que le dijera lo mucho que ella lo odiaba. Lo suficiente para matarlo. Pero solo encontró cierta tristeza en aquellos ojos pardos.
–Lo siento. Siento que no me desees. Pero no puedo hacer mucho para cambiar mi aspecto y hacer que…
Ella calló y agachó la cabeza, estaba seguro de que iba a empezar a llorar.
–Maldita sea –murmuró.
Sus manos seguían apretando sus hombros, pero cuando la soltó, Raven sintió la calidez de una manta sobre ella.
Lo que a Raven le dolía era que ni siquiera ella misma encontraba extraño que un hombre no la deseara.
Ningún miembro de su clan se había acercado a ella prodigando amor eterno, ni insinuándole que era hermosa, así que se creía una tonta por pensar que entre los McDonald sería diferente.
Estaba claro que ella no era su hermana, era simplemente Raven.
–Lo siento, Gabriel –Le dolía que Gabriel no la deseara, que fuera capaz de satisfacer a cualquier mujer menos a ella, así que trató de restarle importancia a algo que la carcomía por dentro.
Había tanta calma y aceptación en su voz que Gabriel tuvo ganas de gritar.
–No te sientas mal –de algún modo pensó que él tampoco tenía demasiado dominio sobre su propio deseo–. Al fin y al cabo, yo tampoco te deseo –se encogió de hombros sin mirarle–. Así que no tienes por qué preocuparte.
Gabriel la soltó, pero no se apartó de ella. Se la quedó mirando, pero ella no parecía dispuesta a decir nada más.
–Que me desees o no carece de importancia, mocosa.
Ella se abrazó a sí misma y con un hilo de voz dijo:
–Había oído que era mejor que la mujer deseara al marido… –él no contestó enseguida y ella pensó que ya no lo haría–. Perdón, no tengo experiencia en esto, es lo que me han dicho.
–Sí, Raven, siempre es mucho mejor que la esposa desee al marido. Pero tú… no tendrás que preocuparte por eso.
Gabriel alzó una ceja esperando que en el rostro de su esposa apareciera el interés por su respuesta. Y lo hizo, alzó el rostro hacia él y movió la cabeza interrogativa.
–Si quiero que me desees, me desearás.
La voz de su esposo era tan seria… Ella se rió, encogiéndose de hombros.
–Eres tan arrogante como siempre. No puedes obligarme a que te desee.
Ahora el que sonreía era Gabriel.
–Eres muy ingenua todavía, Raven.
Empujarla con un dedo contra su pecho fue más que suficiente para que ella cayera en la cama. Inclinándose sobre ella la hizo tenderse de espaldas.
–Pequeña cuervo, ¿qué sabrás acerca del deseo?
Raven notaba el aliento en su cara, dulce y especiado, olor a canela y cerveza.
Respiró profundamente cuando lo notó tenderse desnudo sobre ella. Se había quitado el kilt que envolvía sus caderas.
Cerró los ojos y sintió con más fuerza su peso y la caricia de su velludo torso sobre sus pechos.
El aliento dulce del hombre se esparció sobre su cara.
Sintió una sensación húmeda y placentera cuando la lengua de Gabriel empezó a recorrerle el cuello.
Gabriel tenía unos labios que besaban y unos dientes que mordían solo para excitarla.
Se retorció inquieta mientras su esposo seguía inmovilizándola sobre la cama.
Se escuchó un suspiro y Raven ni siquiera se dio cuenta de que se le había escapado de entre sus labios.
–Te voy a enseñar un par de cosas sobre el deseo Raven, así que presta atención.
Ella abrió los ojos y se quedó contemplando a su esposo. Su aliento caliente se derramaba sobre ella y quiso gritar cuando su boca se precipitó sobre uno de sus pechos desnudos. Pudo escuchar como succionaba y se retorció ante la pasión de la caricia.
–Gabriel.
Él no paró porque no se lo había pedido, y si empezaba a conocer a su mujercita, no se lo pediría. Raven era una mujer apasionada, lo había podido comprobar las noches anteriores. Ella lo deseaba al más leve roce de su piel o su lengua.
Gabriel dejó caer un poco más de su peso sobre el delicado cuerpo de ella. Mientras, seguía presionando sus muñecas sin hacerle daño, queriendo que estuviera quieta y dispuesta, toda para él.
Raven se estremeció una y otra vez al ritmo de sus íntimos besos, incapaz de soltarse de la firme tenaza que eran las manos de Gabriel. No es que lo pretendiera.
Gimió cuando sintió que él lamía el rosado pezón hasta dejarlo erecto, después hizo lo mismo con el otro. Incapaz de detenerse concentró todas sus atenciones en el generoso pecho de su esposa hasta hacerla jadear su nombre.
–Gabriel esto no...
Las protestas de Raven se desvanecieron incluso antes de salir de sus labios, fueron substituidos por gemidos de placer mientras ellas se retorcían contra él.
Raven levantó sus caderas hacia él invitándolo a no sabía qué, pero Gabriel si lo sabía y sonrió satisfecho antes de contemplar sus ojos envueltos por la bruma del placer.
El movimiento de sus caderas eran lo más erótico que se pudiera desear, pero en la parte baja de su vientre él estaba muerto. Quiso maldecir, pero al levantar la mirada hacia Raven, la vio anhelante de lo que él pudiera darle.
Meneó la cabeza. Quizás en esta noche, por el motivo que fuera, no hubiera disfrute para él. Pero por todos los infiernos, que su esposa conocería lo que era el deseo.
Raven no se resistió, se apresuró a separar los muslos al notar una suave rodilla haciendo presión entre ellos. Cuando él la retiró permaneció tal como la había dejado, expuesta a él y para todo el tormento que quisiera provocarle.
La boca de Gabriel volvió a subir, apoderándose de sus labios. Arrasó su boca, intercalando el placer de la invasión con suaves mordiscos apasionados. Sus labios se pusieron rojos como una granada y él los saboreó una y otra vez, hasta arrancarle gemidos de placer contra su boca.