La eterna prometida del Highlander Capítulo 34
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Capítulo 34

Meses después.

El agua de la pequeña laguna estaba fría, el verano empezaba a quedarse atrás, pronto llegaría el frío invierno y, aunque en las tierras altas este podía ser cruel, nada podía ser peor que lo sucedido las semanas anteriores.

Owen se había apresurado a llevar a su hermana nuevamente junto a su padre. A los pocos días, quizás por el disgusto de la felicidad de su hija —pensó Raven—, el hombre había muerto de un ataque al corazón. O eso se contaba, aunque en realidad su padre jamás había sufrido tales achaques.

Raven se sentía inquieta por la gente de su clan. Era cierto que la venganza de Gabriel ya no recaería sobre ellos, pues, muerto su padre, ya no tenía por qué odiar a los McDowell; al fin y al cabo, ella había sido una de ellos, y a él no parecía importarle ya su pasado.

Otra McDowell que había sido bien recibida fue Agnes.

La muchacha no podía estar más contenta con su nueva situación en el clan.

No había dejado de ser la doncella de la señora de los McDonald, pero ahora, además, era la amada esposa de Callum, el brazo derecho de Gabriel.

Su esposo, pensó Raven, había depositado toda su confianza en él, ahora que Liam había vuelto a su clan para hacerse cargo de él como laird.

Owen no había querido quedarse. Con gran placer se había propuesto para ir junto a Liam y ayudarle en lo que necesitara entre los McDougall.

Por otra parte, solo había algo que ensombrecía el humor de Raven: su hermana Rowyn.

La que antaño fuera una mujer enérgica y decidida, ahora había sido presa de la locura.

Cuando su padre murió, el próximo laird McDowell la conocía demasiado bien como para querer a una mujer así bajo su techo.

Le dio la opción de volver con los Campbell, pero para su desgracia, Rowyn vio que ya no era bien recibida entre ellos.

El rey había tachado de justicia divina la muerte de Quinlan una vez se reveló el asesinato que este había perpetrado contra Ian McDonald.

Y, de alguna manera, se había filtrado que Rowyn tenía la misma sed de venganza y había intentado matar a su hermana.

Repudiada por todos, solo le quedó la opción de encerrarse en el convento donde su tía Henriette era la abadesa.

Sumergida en la sedante laguna, Raven pensó en cómo debería haberse tomado la noticia de su encierro, si ello le había llevado a perder la cordura.

Con la partida de su hermana, la señora de los McDonald no había vuelto a correr ningún extraño accidente, eso era imposible.

Pensó enfurruñada que Gabriel no lo permitiría.

Durante dos semanas había estado postrada en la cama y, al parecer, si no fuera por la intervención de su suegra, a estas horas seguiría allí.

El instinto protector de Gabriel con respecto a ella le hacía sentirse querida y feliz, pero el aburrimiento había hecho mella en ella y cuando supo que tenía prohibida la salida de la fortaleza...

el término furia o ira se quedaron demasiado cortos.

Lo primero que quería hacer era arrancarle la hermosa cabellera rubia a su marido, pero desistió.

En un enfrentamiento directo Gabriel tenía todas las de ganar, pero en uno indirecto...

Había tardado dos días en salir de la fortaleza sin ser vista. No había sido sencillo, dos veces se sintió descubierta, pero vestirse de anciana había resultado demasiado convincente. ¿Qué guardia o hombre se fijaría en una pobre anciana?

Sonrió triunfal.

Gabriel se enfadaría, pero la perdonaría porque la amaba. Lo sabía por la manera en que le hacía el amor y los susurros que derramaba en su oído cada noche.

Raven estaba pensando en eso y sonreía como una boba mientras se zambullía en el agua.

—Raven.

La voz de su esposo le llegó desde la orilla. Se dio la vuelta e instintivamente se cubrió los pechos desnudos.

—Maldición.

Lo miró fijamente, intentando averiguar cuánto tiempo llevaba allí.

Los colores de su tartán refulgían bajo el sol y sus cabellos dorados, con sus trenzas de guerra, se derramaban sobre sus anchos hombros. Aquella visión no pudo más que cortarle la respiración. No importaba cuán enfadado estuviera, su esposo era hermoso en todos los sentidos.

—Marido... —empezó a decir ella.

—No me hables —sus ojos la fulminaron cuando se posaron en ella—. ¿Tienes idea de cuán preocupados estábamos?

Ella sonrió sin querer, lo que enfureció más a Gabriel.

—No te atrevas a reír.

—¿Estabas preocupado por mí? —preguntó inocentemente.

Gabriel respiró hondo varias veces y se prometió que no le azotaría el trasero cuando le pusiera las manos encima, al menos no con una correa.

—Quizás podrías darte un baño conmigo —las palabras de su esposa lo sacaron de sus cavilaciones.

Gabriel contempló el cuerpo desnudo de su esposa salir parcialmente del agua.

—Eso no te librará de tu castigo.

La descarada sonrió más ampliamente.

Era una tentación para cualquier mortal que respirara.

Sus pechos sobresalían entre sus brazos con su inútil esfuerzo de cubrir esas exuberantes formas.

El agua le lamía el vientre bajo el ombligo y, al fijar su mirada en el agua, donde sabía que se escondían unas perfectas piernas torneadas, no pudo menos que plantearse sus palabras.

Esas piernas eran capaces de enloquecerlo hasta hacerle perder el sentido.

Cuando Raven adrede dejó caer sus brazos a los costados, Gabriel no necesitó más invitación que su mirada para desnudarse y entrar en el agua.

—¿Estás muy enfadado?

—Bastante —dijo atrapándola entre sus brazos.

Raven escuchó sus palabras sin decir nada y no protestó cuando notó el abrazo de su marido. La besó con fuerza y ella respondió, enroscando sus largas piernas alrededor de su cintura.

Raven rió contra su boca.

—Oh, mi señor. Cuánto habéis crecido desde la última vez que os vi desnudo en un lago.

Él le pellizcó el trasero por su osadía y sonrió al recordar cuánto se había burlado ella antaño de su pequeña serpiente.

—Tienes suerte, esposa.

—¿De qué? —preguntó sin dejar de besar sus labios húmedos.

—De que te quiera tanto.

Ella sonrió de nuevo.

—Y de que me consientas tanto.

Él no necesitó escuchar nada más que el sonido de su risa para estar plenamente dispuesto para ella. Sus ojos brillaban por la excitación y sabía que moriría si no se encontraba pronto dentro de ella.

Raven gruño cuando él empezó a mover las caderas de una manera pecaminosa.

–Yo también te deseo mi bella Raven –fue lo único que pudo decir mientras ella se movía contra él, hasta sentir que Gabriel se abría paso en su interior, de manera lenta y dulce al principio, y de forma más brusca después.

A medida que él subía el ritmo los gemidos de Raven se volvieron cada vez más audibles y sensuales.

La miró a los ojos completamente satisfecho. Su boca besó ávidamente la de su esposa, las lenguas de ambos pujaron febrilmente una contra otra hasta que él necesito más. Raven sintió frío al sentir que él salía del agua y sus pieles quedaban expuestas.

La tumbó sobre el tartán que había dejado en la orilla y se dispuso a venerar su cuerpo. Gabriel besó su piel mojada, pero lejos de sentir frío con cada roce de su boca, su piel y su sangre se calentaba, hasta hacerla arder de puro deseo.

Él acarició sus pechos hasta sentir que se derretía. Le besó el cuello y sus manos la acariciaron, los pechos, el vientre... cuando llegó a las nalgas no pudo soportarlo más. Las apretó con fuerza y se hundió de nuevo en ella.

Raven le miró a los ojos cuando pujó frenéticamente por llenarla.

Jamás se había sentido tan plena y había anhelado nada tanto, como volver a tener a su esposo dentro de ella.

Lanzó un pequeño grito que él se apresuró a silenciar con su boca.

Pero a cada embestida jadeó contra el oído de su esposa.

Volvió a empujar una vez y otra hasta que perdió todo control.

Sintió las convulsiones bajo su pesado cuerpo, al tiempo que ella gritaba su nombre. Al sentirla tan cálida y estrecha no pudo más que salirle al encuentro. Su conciencia estalló en mil pedazos para derramarse en ella mientras se desplomaba.

Ambos tomaron aire a bocanadas, y solo tiempo después sus corazones se refrenaron un poco. Gabriel la miró a los ojos.

–Raven –su voz sonó preocupada– ¿Te he hecho daño?

Ella sonrió.

–No.

Gabriel miró centímetro a centímetro el cuerpo que yacía bajo el suyo. Los cardenales en las costillas y los brazos, a causa de la caída por las escaleras, habían desaparecido, pero su solo recuerdo le dolía.

Besó cada centímetro de piel que había sido lastimada antaño.

–¿Te dicho que te amo esposa?

Gabriel se apresuró a colocar su peso sobre sus codos.

La contempló un instante interminable antes de levantarse. Los ojos de Raven aún estaban rebosantes de pasión y sus labios hinchados por los besos salvajes que le había proporcionado durante el acto amoroso.

–Te protegeré esposa, incluso de ti, no quiero que corras riesgos innecesarios, no quiero que te alejes de mí...

–Gabriel.

–... porque no puedo perderte.

–No me perderás.

–No lo entiendes, mi bella Raven, si te perdiera me moriría.

–Yo tampoco podría perderte.

–Dime por qué – dijo buscando el regalo tan deseado de sus palabras.

–Porque te amo.

Gabriel se sintió más que satisfecho y por primera vez en mucho tiempo estaba en paz, su padre había sido demasiado sabio y había visto en esa mujer todas las gracias ocultas que poseían.