La eterna prometida del Highlander Capítulo 23
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Capítulo 23

Rato después, a Raven le corrió un sudor frío por la espalda.

Pero se enderezó. No, no iba a tenerle miedo a ese bruto insufrible. Que, por cierto… la había dejado sola por más de una hora. ¿Dónde estaría?

Dejó vagar su mirada por entre las vivas llamas del fuego.

Se le calentaron las mejillas, y quizás no fuera por el calor que desprendían.

Pensó en ese salvaje carente de modales.

Sin duda sería una noche horrible. No era tonta, había visto mil veces el acto sexual entre animales.

Bueno, puede que no mil veces, pero un par de ellas.

Y si lo que tenía que introducirse entre sus piernas era…

bueno... era lo que ella ya había visto años atrás, sin duda no tenía por qué preocuparse.

Ese pequeño gusano entre las piernas de Gabriel no debería atemorizarla.

Bufó al recordar la escena de hace tantos años.

Gabriel se había defendido diciendo que el agua estaba muy fría y que ese motivo era el causante de su estado.

Raven no le creyó que el agua podía causar semejante efecto, al fin y al cabo, el resto del cuerpo no se había encogido.

¿Cómo iba a ser eso posible? Estaba mintiendo.

Años después, Agnes le había dicho que, al parecer, el tamaño preocupaba mucho a los hombres, y lo medían como si fuese la única cosa que los hiciera hombres.

Según había comprobado a través de los años, por conversaciones groseras escuchadas por casualidad o a escondidas, los hombres se vanagloriaban de “eso” aunque en realidad no midiera más que medio dedo meñique, y eso parecía ser el caso de Gabriel, aunque él actuara como si fuera todo lo contrario.

Raven estaba tan concentrada en sus cavilaciones que dio un grito al escuchar la voz de su esposo tras de sí.

–Veo que me esperas, esposa. ¿Vas a volverte obediente?

Raven dio un respingo y se volvió hacia la puerta que él acababa de cerrar.

Él sonreía.

Gabriel quedó inmóvil observando el tapiz con el que se cubrían los portones de madera de las ventanas. Todo en aquella habitación parecía ser más cálido de lo habitual, y quizás fuera por ella. Su esposa. Así lo pensó hasta que su lengua de serpiente volvió a moverse.

–Tu madre me ha llevado hasta aquí. Puedes suponer que yo hubiese preferido cualquier sitio.

Gabriel puso los ojos en blanco.

–¿Incluso el establo, esposa?

Ella se levantó para encararlo. De hecho, tomó aire y después cerró lentamente la boca, como si se lo hubiera pensado mejor.

Sí, pensó Gabriel, definitivamente todo estaba más cálido, menos el corazón de su esposa.

Raven escuchó los pasos rápidos de Gabriel avanzar hacia ella. Notó cómo las manos masculinas la agarraban de los hombros y le daba la vuelta sin ninguna clase de preámbulos. Al instante le sujetaban las muñecas, mirándolas ansiosamente, como si esperara encontrar algo en ella.

Raven hizo una mueca de extrañeza.

–¿Qué ocurre?

Él la miró de arriba abajo, frustrado. Como si hubiera un misterio delante de él que no pudiera resolver.

–Gabriel –susurró Raven con el ceño fruncido.

Él la soltó, apartándose un paso. Entonces alzó el mentón y la miró de arriba abajo.

–Desnúdate.

–¿Qu… qué?

Raven palideció. ¿Ya estaba? ¿Eso era lo que iba a ocurrir? ¿Tan pronto?

Pues vaya, al menos la ansiedad por saber cuánto debía esperar antes de consumar el matrimonio había acabado.

–De acuerdo –murmuró molesta.

–Bien.

Alzó la mirada hacia él cuando Gabriel le replicó. En sus ojos, Raven pudo ver claramente que no sería cortés ni amable. Realmente el semblante de su esposo era frío y serio, incluso puede que furioso, pero ¿por qué? ¿Qué había hecho esta vez?

Raven encontró dificultad en deshacer el lazo frontal de su camisón que adornaba su escote. Se le entrecortó la respiración. Él la miraba demasiado intensamente. Le entraron ganas de llorar.

Quizás las lágrimas lo alejaran. Quizás esa fuera una solución…

No tuvo tiempo de pensar en ello, Gabriel dio un paso hacia ella y de un tirón deshizo el lazo, incluso rasgó la fina tela de la hermosa prenda. Uno de sus hombros quedó desnudo y abrió la boca sorprendida.

–¡Estás enfadado! –dijo sorprendida y furiosa.

Aquello no era una pregunta y, desde luego, la cara de Gabriel no era la de un hombre felizmente casado que esperaba que su esposa estuviera feliz por sus atenciones.

–Quizás sí.

Ella pateó el suelo. Algo muy infantil, pero que al menos aliviaba un poco la tensión que sentía. Era eso o abrirle la cabeza, y esa segunda opción no era válida. Él era más grande, más fuerte y, sobre todo, mucho más cruel que ella.

–A mí también me han obligado a casarme, Gabriel. Te lo digo por si lo has olvidado, o crees…

–Cállate –dijo acercándose de nuevo a ella.

Ante su tono imperativo, ella obedeció. Pero no ocultó el rostro, alzó el mentón y lo miró a la cara.

–Siempre tan desafiante, ¿verdad?

Ahora era ella la que no respondió. Quizás no lo fuera si él no se comportara como un patán siempre que estaba en su presencia.

Gabriel alzó una mano que posó en su delicado hombro. Ella era una mujer menuda, al menos para él. Su cabeza le llegaba a la barbilla, y si ella quisiera besarle alguna vez, debería ponerse de puntillas para alcanzar sus labios.

¡Maldita sea! En serio estaba pensando en besos. La nota le quemaba, estaba prendida a su cinto, y él pensaba en besar a su esposa, o peor, que su esposa lo besara a él por propia voluntad.

Cerró los ojos por unos instantes y agradeció que Raven estuviera en silencio. Mientras veía cómo ella intentaba cubrirse los pechos con sus delicadas manos y miraba hacia el fuego, él, en su mente, podía volver a leer las palabras del mensaje.

Sí, podía repetirlas, leerlas una y otra vez, y su significado no iba a cambiar.

Tu esposa busca tu muerte, y pronto.

Le alzó la barbilla con el dedo índice para que lo mirara a la cara.

Ella no se resistió y él pudo ver esos intensos ojos pardos, mirándola con rabia y cierto miedo. ¿Sería Raven capaz de eso? Aquella mocosa, aquella mujer insignificante que se había convertido en blanco de su ardiente deseo, ¿sería capaz de matarle?

Maldición, debería estar prohibido desear algo con tanta fuerza.

No sabía muy bien qué hacer, pero, sin duda, lo que se hacía en una noche tan señalada era más que obvio.

Era su noche de bodas y, por otra parte, qué mejor momento para deshacerse de él que este, antes de que él la tocara, de que, según ella, la mancillara con su cuerpo.

Pero, cuando había entrado, él no encontró arma alguna en sus manos.

Y estaba seguro de que, de querer matarlo, no lo haría a sangre fría.

Quizás acabar con él con veneno... era otra posibilidad, pero miró a su alrededor y no encontró que le hubiese servido vino en su copa.

–¿Tienes sed? –dijo al ver que miraba la jarra.

–¿Por qué? ¿Quieres que beba?

Ella lo miró extrañada.

Por mí como si te ahogas.

–Solo preguntaba porque estabas absorto en la jarra.

–No buscaba la jarra.

Ella se encogió de hombros. Lo vio buscar algo bajo la luz mortecina de las velas. ¿No pretendería azotarla? ¿No?

–Si buscas algo, podría ayudarte.

–No –dijo Gabriel, y su voz sonó increíblemente grave–. Todo lo que busco está ante mis ojos.

No supo por qué, pero ella se estremeció y no era precisamente de miedo.

–Está bien –susurró Raven. De nuevo apartó la vista hacia las llamas.

Sería mejor acabar con eso cuanto antes.

No estaba dispuesta a que se burlara de ella, ni que la tratara con frialdad y total indiferencia, como tampoco quería recordar aquella noche y odiarle.

Así que… sin más, tiró de la tela y sacó sus brazos de las mangas.

El vestido desgarrado cayó hasta su cintura.

Abrió la boca para decir algo, pero no encontró las palabras.

La contempló como jamás había sido contemplada y ella, sin saber por qué, se sintió dichosa al ver las sensaciones que bailoteaban en sus ojos.

Deseo, simple y llanamente, deseo.

Gabriel respiró con fuerza.

Allí estaba ella, la niña que tantos dolores de cabeza le había dado. Esa mujer a quien sus padres parecían adorar, esa que sabía que a la mínima ocasión le hundiría una daga en el corazón, o esperaría a clavarle el puñal por la espalda.

La miró y una respiración entrecortada delató su deseo.

Ella tenía las manos sobre sus pechos, aguardando que él mismo las apartara para tener una visión más completa de todo cuanto tenía por ofrecerle aquella noche.

No esperó y, delicadamente, se las apartó.

Contuvo el aliento. Sus pechos eran una delicia, altos y plenos.

Mujeres hubieran matado por ser tan hermosas como lo era Raven bañada por la luz del fuego.

Uno de sus mechones color miel cubría una de esas generosas curvas. Cuando lo apartó con un dedo, rozó la satinada piel y ella pareció estremecerse.

La miró a los ojos y ella no bajó la vista. Lo miraba directamente, como retándole a decirle que no la deseaba.

–Eres hermosa, maldita bruja.

Ella soltó un poco de aire y parpadeó para que sus lágrimas no cayeran.

–Y aun así siento que no te complazco.

Gabriel se acercó un último paso y su pecho tocó los de Raven; sus manos cayeron a ambos lados de su cuerpo, hasta que se introdujeron en la fina tela del camisón y tiró de ella, para que superara la barrera de sus caderas y tenerla por fin totalmente desnuda ante él.

No importaba cuántas veces se la había imaginado a lo largo de la noche, nada hacía justicia a la realidad, a lo que tenía realmente delante de él.

Pero era una traidora. Había venido aquí a asesinarle. Igual que el padre de ella mató al suyo.

La besó para castigarla. Agarró su nuca y la atrajo hacia él.

Raven se puso de puntillas sobre sus pies desnudos mientras él la levantaba, rodeándole la cintura desnuda con su brazo. La apretó contra él sin apenas dejarla respirar. Sus pulmones apenas podían tomar aire a través de esos labios entreabiertos que él estaba devorando.

Gimió apretándose más contra el salvaje.

Puede que fueran enemigos, pero… Dios del cielo, podía olvidarse de ello, podía olvidarse de todo cuando Gabriel McDonald la besaba.

Alzó los brazos y se colgó de su cuello mientras él siguió besándola.

Alzó una de sus rodillas para que su muslo se apretara contra él.

Rodeó la cintura con su pierna mientras él la llevaba a la cama.

Los labios de Gabriel siguieron besándola, su lengua penetraba esa exquisita boca, como si esa fuera la plegaria a su sed.

Gimió acariciándola aún de pie frente a la cama.

Estaba desnuda y, por fin, ambas piernas rodeaban su cintura, la tenía totalmente entregada.

Y eso… eso era aún un maldito problema, porque no podía hacerlo.

–Maldita sea –separó la boca de los labios de Raven, que lo miró completamente azorada. Sus mejillas estaban rojas por el deseo y sus labios hinchados.

–¿Qué? –preguntó ella desconcertada, pero antes de que él le respondiera, Raven se lanzó de nuevo contra su boca, dispuesta a reclamar de nuevo toda su atención.