Capítulo 22
El estruendo de copas entrechocando, los cánticos y la música melodiosa de las gaitas subían por las paredes de la fortaleza y se perdían por los corredores del castillo.
Hacía buen tiempo y las celebraciones de aquellos que no habían sido invitados en el salón se seguían celebrando fuera, junto a los grandes barriles de vino y cerveza que Gabriel había mandado sacar de la bodega para la ocasión.
Hacía calor en el salón, por eso, cuando subió hacia el corredor del piso de arriba, junto a Agnes y Rowyn, agradeció el ambiente más fresco.
Aquella era su noche de bodas y Raven no sabía lo que iba a pasar entre esas cuatro paredes, aunque más o menos tenía una ligera idea.
Cuando llegaron a la alcoba, Agnes sacó su hermoso camisón blanco bordado.
Ella le dedicó una sonrisa agradecida. La ayudó a quitarse el vestido y desató los lazos del corpiño.
Raven miró al fuego y pensó en los besos que Gabriel le había dado. No podía salir tan mal, cuando pensaba en las noches anteriores. Era un arrogante insufrible y un patán, pero había despertado el deseo en ella. Sería gentil y…
Al ver cómo Raven sonreía a la luz del fuego, Rowyn no pudo soportarlo más.
—Agnes, vete a la cocina y trae un balde de agua tibia.
La doncella la miró y después a Raven.
—Yo… me he bañado esta…
—Vamos, tendrás que refrescarte un poco, siempre es mejor que la novia huela a rosas.
—aquí hay agua…
—A la cocina, Agnes… ya.
La doncella hizo una reverencia y miró a Raven con pena, y de igual modo ella le devolvió la misma mirada.
Cuando escuchó que se cerraba la puerta, Rowyn acabó de deshacerle los lazos del vestido.
—Como no tenemos madre… creo que es mi deber de hermana ya casada advertirte sobre lo que pasará hoy.
Raven se puso tensa.
—Tengo una ligera idea.
—¿De verdad?
La sonrisa maliciosa de Rowyn acompañó a su rostro mientras empezaba a hablar.
—La primera vez, porque supongo que eres virgen y no una ramera…
—¡Claro que lo soy!
—Bien, porque sé de alguna novia, cuya virtud su marido estaba dudoso de haber arrebatado, que terminó muy mal.
Un nudo se creó en el estómago de Raven.
—Yo soy doncella.
—Eso carece de importancia, lo importante es que Gabriel lo crea así.
—¿Quieres decir que no será evidente?
—Claro… estoy segura de que sí. Solo que… por si acaso, asegúrate de ello.
¿Cómo? Quiso preguntarle, pero estaba segura de que su hermana todo eso lo hacía para fastidiarla.
—Me estás poniendo nerviosa.
—Oh, no es esa mi intención. Solo quería contarte mi experiencia.
Eso no pareció tranquilizarla en lo más mínimo.
—¿Cómo fue? —preguntó al cabo de unos minutos en silencio.
Rowyn sonrió, acabando de desanudar todos los lazos de su ropa interior, y la ayudó a quitársela.
Rowyn suspiró como si lo que iba a decirle fuera lo más normal del mundo.
—Habrá sangre y te dolerá espantosamente. Dicen que tu esposo es un hombre de apetitos bastante intensos.
Raven intentó darse la vuelta para mirar a la cara a su hermana; cuando lo hizo, ella tomó el camisón y se lo pasó por la cabeza.
—¿Quién lo dice?
Rowyn se encogió de hombros.
—Mujeres… en la cocina, las mujeres hablan.
—No has estado en la cocina.
—De esta casa no —le dijo con una sonrisa cruel—. Los apetitos de tu esposo son bastante legendarios. Tiene muchas amantes, esparcidas por todas las Highlands.
A Raven se le entrecortó la respiración.
—Yo, no…
—¿No tenías ni idea? —preguntó con un mohín de disgusto—. Pobrecita. Pero no debes preocuparte, todos los hombres tienen amantes. Y algunas lo agradecemos mucho, ya que gracias a eso no tenemos que pasar cada noche por algo tan espantoso como la noche de bodas.
—¿Qué? —Estaba mintiendo. ¿No iba a ser horrible?— Gabriel me ha besado, y no me ha parecido horrible.
Rowyn intentó ocultar su enfado y a duras penas lo consiguió. Así que la zorra de su hermanita ya había intimado con su prometido. ¿Hasta dónde habrían llegado? Ciertamente no hasta el final, o habría descartado sus palabras acerca del mal trago que tenía que pasar.
—Eso es aún peor. Si has disfrutado de sus besos y te entregas demasiado alegremente a él, pensará que eres una ramera.
Raven la perforó con la mirada. Y Rowyn se limitó a asentir.
—Así es.
—No es cierto, él no pensará eso de mí.
—Bueno, quizás si haces lo que yo te digo…
Raven dudó, pero... Rowyn era la que había estado casada. La que tenía experiencia sobre el tema del matrimonio y lo que pasaba en una alcoba.
—¿Y qué debería hacer?
Rowyn intentó ocultar una sonrisa maléfica. No lo consiguió, porque Raven no la vio.
Alguien golpeó a la puerta, y Rowyn estaba dispuesta a echar a patadas a Agnes, pero no solo entró ella, sino que Mairy se abrió camino hasta Raven y la abrazó cariñosamente.
—Te llevaré a la alcoba del laird. Esta solo era provisional. Ahora la podrás ocupar tú, querida Rowyn.
—Es muy amable —intentó contener su enfado y creyó hacerlo demasiado bien.
—Que descanses.
—A mí me gustaría acompañar…
—Creo que no será posible —dijo Mairy con una sonrisa perenne en la cara.
La voz de Mairy era la de una mujer amable, pero con mano fuerte. Acostumbrada a mandar y hacer prevalecer su voz sobre las demás. Algo a lo que Rowyn no estaba acostumbrada, pero aquella vez tenía que morderse la lengua y retirarse.
Tomó a Raven por los hombros y la acompañó fuera, después de ponerle una manta sobre los hombros.
Agnes soltó una risita y salió tras ellas, con la jofaina de agua caliente en las manos.
—Acompáñanos, Agnes —le rogó Mairy tras ella.
La condujo por el corredor y, al final de este, dobló la esquina.
—Esta es mi habitación —dijo Mairy—, por si necesitas algo, y ésta… —al final de ese corredor una robusta puerta de madera con adornos en hierro le dio la bienvenida— es la tuya.
Al abrir la puerta, Raven se quedó sin habla.
Era enorme y con techos altos. Las paredes estaban forradas de tapices.
Frente a la chimenea había una piel de algo que no supo identificar; una gran mesa llena de pergaminos estaba al fondo, junto a la ventana.
Pero lo más impresionante de todo era la cama.
Una enorme cama con doseles de color borgoña parecía desafiarla a meterse en ella.
La suave manta había sido apartada para dejar ver las inmaculadas sábanas blancas.
Fue ahí cuando Raven se puso nerviosa y empezó a temblar.
–Vamos, mi niña, no tengas miedo. Mi Gabriel será gentil. Nada tienes que temer.
–Pero… –Raven calló. No quería decirle lo que su hermana le había dicho.
–No hagas caso a nadie, más que a tu cuerpo y tu corazón. Esta experiencia para cada mujer es diferente. Cierto es que para algunas es el infierno, pero para otras es el paraíso.
Alzó los ojos, miró a Mairy esperando que dijera algo más para tranquilizarla. Cuando no lo hizo, se armó de valor para preguntar.
–¿Vos y el laird…?
Agnes se retiró un poco más y dejó la jarra sobre el mueble junto a la puerta. Agachó la cabeza como si no quisiera escuchar la conversación.
–Ian era un hombre maravilloso, que sabía hacer cosas maravillosas –rio Mairy–.
Puede que la primera vez no fuera todo lo atento que debería, pero lo compensó con creces en el transcurso de nuestras noches conyugales.
Y creo poder aventurar que, si a una mujer le encantan los besos de su esposo, le gustarán otras cosas que esperemos ellos sepan hacer.
Agnes soltó una risita y Mairy también.
Le palmeó las manos y Raven no recordó haberse sentado en una silla frente al fuego. Pero lo cierto es que lo estaba y Mairy ya se estaba alejando.
–¿Y ya está? –dijo, algo decepcionada y enfadada–. ¿Eso es todo?
Mairy se encogió de hombros y salió de la habitación. Agnes iba a seguirla, salió, pero entonces su cabeza volvió a entrar.
–No voy a preocuparme lo más mínimo por usted, mi señora –dijo sonriendo–. De hecho, le tengo mucha envidia.
Dijo esto, cerró la puerta y Raven quedó a solas con sus miedos y preocupaciones.
–Pues vaya ayuda.
Gabriel seguía en el salón. No sabía cuánto tiempo necesitaba una novia para prepararse para la noche de bodas, pero supuso que no demasiado. Cuando la vio desaparecer con Rowyn, temió por ella. Si esa arpía le llenaba la cabeza de miedos, no iba a tener una noche demasiado divertida.
Como si su madre hubiese tenido el mismo pensamiento, se había levantado para ir a ayudar a Raven.
–En media hora dirígete a tu alcoba –antes de poder dar dos pasos, se volvió de nuevo hacia él–. Solo. No quiero que tú y tus hombres montéis un espectáculo.
Callum fue el primero en alzar los brazos en señal de rendición.
–Señora, nos ofende.
Pero Mairy se había limitado a mirarlos uno por uno. A Callum, a Liam, a Owen y, finalmente, a Murdock.
–Yo pondré orden –le había prometido a su señora.
Mairy confiaba en Murdock ciegamente y se había ido hacia la alcoba de Raven para poder tranquilizar a su esposa.
De eso hacía ya casi media hora, así que era momento de marcharse. Cuando se levantó, Callum empezó a golpear la mesa y todos le siguieron.
–No podéis ser más pueriles.
Pero a esas palabras solo le siguieron más risotadas.
–Murdock.
–Señor –había orgullo en la cara del hombre. Al mirarlo, a Gabriel le recordó a su padre.
–Mantenlos alejados.
Murdock hinchó el pecho, como si le hubiesen encomendado una misión de honor.
–Descuida y… –una sonrisa se dibujó en su arrugada cara–. Me alegra…
Gabriel levantó una mano sin que su sonrisa dejara de ser visible.
–Lo sé. Ya he cumplido tu santa voluntad, la de madre y la de padre... Y la del padre de Raven por añadidura, aunque esta última me trae sin cuidado. Cumpliré esta noche…
–Y esperamos que muchas más, mi señor –esta vez fue Liam quien habló.
Con el ruido de sus hombres, los vítores, la música y los aplausos, Gabriel subió las escaleras para ir hacia su noche de bodas. Pero antes de poder llegar al corredor donde estaba la habitación del laird, un muchacho llamó su atención.
–¡Mi señor!
–¿Qué ocurre, William? –Conocía al chico, de no más de doce años, de haberlo visto trabajar en las cuadras. Su madre era una chica de confianza en la cocina y estaba muy orgullosa de él.
–Me han entregado este mensaje para usted.
Gabriel lo miró entrecerrando los ojos.
Era inútil preguntarle al chico si lo había leído, porque sabía que no sabía leer.
El sencillo pergamino había sido sellado con cera roja, sin duda de un noble, quizás Alec o alguno de los suyos burlándose de él. Evidentemente, la cera no llevaba sello alguno.
Lo abrió y leyó la nota.
El chico inclinó la cabeza y, cuando iba a marcharse corriendo, Gabriel lo detuvo.
–¿Mi señor?
–¿Dónde está el mensajero que te ha entregado esto?
La expresión de Gabriel era indescifrable, pero, por el tono seco de su señor, el chico pensó que había hecho algo malo.
–No lo vi bien –era alguien que no conocía.
–¿Quizás un McDowell?
El chico negó con la cabeza.
–Estaba oscuro, pero juraría que llevaba nuestros colores.
–Bien… –fue lo último que dijo con aire pensativo.
Cuando el chico hubo desaparecido, Gabriel se quedó de pie en medio del corredor.
Lo que le faltaba, por si no fuera poco haber tenido que casarse con Raven McDowell, ahora esto.
Furioso, respiró hondo varias veces hasta que pudo pensar con claridad.
Bien, era hora de averiguar cuánta verdad había en esa carta.