Capítulo 20
Cuando Raven salió al exterior del salón, Gabriel la acompañó. Dentro, los invitados seguían con la fiesta, pero allí, en el último peldaño, mientras vislumbraban avanzar a los recién llegados, la expresión de Raven era más bien de funeral.
A sus pies, en el patio, Rowyn apareció como la reina que siempre había creído ser.
Raven miró por encima de su hombro a Gabriel. Lo vio absorto hasta que se dio cuenta de que su esposa intentaba averiguar cuál era su parecer. Pero él no estaba dispuesto a revelar ninguna emoción.
Con un gesto de su mano y otro de su cabeza, alentó a sus soldados para que rodearan a los McDowell que habían llegado. Rowyn desmontó con ayuda de uno de sus hombres; ya no la escoltaban los hombres de su difunto marido, sino guardias de su padre.
Raven volvió a centrar su atención al frente, en el carro cargado con baúles que su hermana se había encargado de llevar hasta allí el día de su boda.
–Querida hermana… –la voz de Rowyn se levantó y voló hacia ella entre la brisa de la tarde.
Se limitó a respirar hondo y a revisar que su vestido seguía tan inmaculado como durante la ceremonia.
–Bienvenida.
Rowyn subió los peldaños bajo la atenta mirada de todos.
–Estás hermosa.
Raven frunció el ceño ante la sonrisa radiante de su hermana. ¿Cuándo ella le había dedicado una palabra amable? ¿Sería posible que tantos años fuera de casa la hubieran cambiado? Sin demasiado ánimo, le respondió a su abrazo.
Luego se apartó y miró a Gabriel.
–Querido… Gabriel –dijo Rowyn, perdiendo la sonrisa por un instante… pero solo un instante.
–Bienvenida –arrastró la palabra para que no le quedara ninguna duda de que no se alegraba en absoluto de verla.
No después de lo que había pasado entre ellos la última vez que se vieron.
Pero a Rowyn no le importaba el humor que él tuviera. Tenía un objetivo, el de quedarse, y lo conseguiría a toda costa.
–No sabía que hoy era el día de tu boda –dijo, mirándola de arriba abajo.
Sí, estaba hermosa. Apretó los dientes sin dejar de sonreír. ¿Cuándo su hermana se había convertido en algo digno de admirar? Le tomó de nuevo las manos, centrando toda su atención en ella.
–Siento haberme perdido la ceremonia. Quise venir antes, pero hubiese sido grosero abandonar a padre el mismo día de mi llegada. Pero ya estoy aquí...
–Ya veo…
–Y he venido a quedarme.
Eso sí que era una puñalada en el viento.
Raven cabeceó, sin atreverse a separar los labios.
No es que odiara su presencia, esa era una palabra muy fuerte. Pero, sin lugar a dudas, su presencia no presagiaba nada bueno en su vida.
–Siento tanto haberme perdido el enlace. Lo lamento profundamente.
–Seguro que sí.
Al escuchar esa voz, los tres se volvieron.
Mairy había salido del salón y, con una expresión que no dejaba intuir lo que realmente pensaba, se acercó a ellos, parándose junto a su hijo y tomándole del brazo.
Rowyn tenía artes y belleza para engañar a cualquiera, pero no a ella.
Era muy mala idea que aquella mujer estuviera en las tierras McDonald, por muy hermana que fuera de su dulce nuera. De todas formas, iba a optar esa noche por la diplomacia.
–Bienvenida. Pasa a celebrar con nosotros el matrimonio de tu hermana con mi hijo, por favor.
Mairy extendió el brazo, sin darle opción a negarse.
Aunque no era lo que deseaba, avanzó escoltada por ella, dejando atrás a los dos recién casados, que se miraron sin saber muy bien qué decirse el uno al otro.
En el salón, el calor era asfixiante, la comida copiosa y el vino rodaba a raudales.
Rowyn se sentó junto a su hermana, acaparando las miradas de sus soldados, que ella disfrutaba.
No había perdido ni un ápice de belleza y eso aumentaba la seguridad en sí misma, seguridad que sin duda iba a ayudarla para reclamar la atención del laird, que sin lugar a dudas apreciaría la belleza tanto como hacían sus soldados.
–Bueno, menudo recibimiento –dijo Rowyn, absorta en todo el trajín que la rodeaba.
–Me gustaría haberte recibido como es debido, pero no esperaba tu visita... tan pronto –se atrevió a añadir.
Rowyn enarcó sus perfectas cejas.
–Así que, ¿no soy bien recibida?
Raven parpadeó y se apresuró a corregir el malentendido.
–Por supuesto que eres bienvenida.
Como si Rowyn aceptara que todo había sido un malentendido, desvió la conversación.
–Mi hermana casada, quién lo iba a decir, después de tantos años esperando que el compromiso…
–¿Un dulce, querida?
Mairy le acercó la bandeja de pastas con miel.
Gabriel, sin poder contenerse, soltó una leve carcajada que se apresuró a camuflar con una tos. Sin duda, su madre sabía cómo lidiar con semejantes mujeres.
–No, gracias –dijo, mirándola de pronto en silencio.
Sí, la bruja sabía demasiado bien a qué había venido y no estaba dispuesta a ningunear a su flamante nuera delante de nadie y mucho menos de su hijo.
–Esperaba que hicieras una cena en mi honor cuando llegara –dijo a su hermana Raven–. No pensaba encontrarme con tu espléndida boda.
Mientras las mujeres hablaban, Gabriel pasaba sus ojos por ellas, fijándolos más adelante en su esposa, que había recogido sus manos en su regazo, permanecía con la cabeza gacha y en silencio.
–No pareces muy feliz, Raven.
Ella alzó la mirada al percatarse de que esa voz era la de Gabriel derramándose en su oído.
¿Ella? ¿Feliz? No… no sabía ni siquiera qué debía sentir.
–Yo… ha sido un día muy largo.
Al responder y mirarle a los ojos, Gabriel se quedó tan en silencio como ella. De pronto, el bullicioso salón parecía haber dejado de existir y solo estaban ellos dos, solos, en silencio, a no ser por el latido de sus propios corazones.
Al verlos tan juntos, Rowyn no pudo soportarlo. Era hora de poner en marcha su primer plan de su estancia allí, pero para eso debía conseguir una fuerte distracción. De momento se divertiría con la ingenuidad de su hermana.
–Y dígame, lady McDowell, ¿sabrá adaptarse mi hermana a la administración de la fortaleza? –dijo Rowyn con toda intención.
Eso hizo que Raven desviara la atención de su esposo y la pusiera en ella y en Mairy, que enseguida le lanzó una mirada tranquilizadora. Bendita fuera.
–Perfectamente, diría yo –cogió con cariño la mano de Raven por encima de la mesa y se la apretó–. Ella será el soplo de aire fresco que necesitamos y me liberará pronto de todas las cargas. Esta pobre anciana no podría desear que nadie más se hiciera cargo de sus obligaciones.
Raven se ruborizó y se le llenaron los ojos de lágrimas por el agradecimiento.
Rowyn no tardó en soltar una risita exasperante.
–Lamentablemente, debo decir que mi hermana no es muy virtuosa en el dominio de las artes femeninas, por no decir que no posee ningún atributo que todo el mundo cabría esperar en una dama…
Murdock, a la izquierda de Mairy, gruñó y miró a Gabriel como si se hubiera dado cuenta de que habían puesto a una serpiente en el cesto de manzanas.
Gabriel meneó la cabeza, dispuesto a no dejar pasar por alto aquello, pero enseguida la mano de su madre se puso sobre la suya.
Como también tenía la de Raven, las juntó sobre la mesa.
–¿Por qué no bailáis para nosotros? Festejemos que estáis casados, que sois jóvenes y la pareja más envidiada de la noche.
Raven sintió cómo la palma de la mano de Gabriel calentaba la suya y también se calentó su pecho cuando Gabriel asintió y la miró tan intensamente que creía que su corazón iba a pararse.
–Me parece una idea excelente.
¿En serio? Ella era muy torpe bailando y…
cuando su esposo la tomó de la mano y la llevó al centro del salón, las gaitas empezaron a sonar melodiosamente.
El tambor resonó en el salón y, cuando Gabriel empezó a bailar delante de ella, sus mejillas ardieron y no pudo menos que ponerse a reír entre los vítores de su gente.
No supo muy bien cuándo, pero, en algún momento, cuando él la hizo girar entre sus brazos, pensó que era la mejor noche de su vida.
Sentada a la mesa, Rowyn desplazó su mirada sobre los hombres y mujeres del salón. Nadie la miraba a ella; ahora todas las miradas estaban puestas en la pareja de amantes. Rowyn rio, acariciando su anillo. ¿Amantes? No, ella no estaba dispuesta a que eso sucediera.
Con un movimiento casual, tomó la copa de vino de Gabriel, que estaba justo a su izquierda, y, poniendo la copa sobre su falda, vertió el contenido del anillo.
Rio más fuerte mientras removía el polvo con el dedo.
Entonces agarró la jarra y vertió vino en la copa de Gabriel, llenándola hasta el borde.
Cuando la puso en su lugar, la mirada de Mairy se paró en ella.
Rowyn le sonrió con candor y, al instante, vertió también vino en la jarra de su hermana, hasta que se convenció de que Mairy no había visto nada más que una atenta hermana llenando las copas de sus seres queridos para festejar ese acontecimiento tan especial.