La eterna prometida del Highlander Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Gabriel se volvió buscando a su esposa y la encontró avanzando hacia ellos, con Mairy detrás, alentándola a tranquilizarse.

—Os presento a la nueva señora McDonald. La hermosa lady Raven McDonald —añadió para asombro de todos, incluso para el suyo propio.

Raven lo miró como si intentara averiguar si aquello había sido o no una burla. ¿De verdad la había presentado como hermosa?

—Es un placer conocerla —dijo lady McAlister.

Gabriel volvió a coger la mano de su esposa con dedos delicados y la hizo avanzar un paso por delante de él. Roslyn sonrió y se apresuró a felicitarla; ella agradeció esa amabilidad.

—Gracias por vuestros buenos deseos.

Minutos después, cuando la capilla empezó a quedarse vacía, Raven contempló a la extraña pareja formada por los McAlister.

Había oído hablar de ellos, del poderoso laird que había compartido formación con su esposo Gabriel en casa de los Kincaid, el cual se había casado con una bella extranjera, a la que, por cierto, había salvado la vida después de encontrarla moribunda en un páramo de sus tierras.

Raven sonrió al ver cómo avanzaban hacia la salida.

Alec McAlister no era apuesto, al menos no en su criterio.

No es que sus rasgos estuvieran carentes de belleza, pero la dureza y tosquedad de estos hacían que le adjudicara un carácter demasiado severo.

Pero Roslyn parecía mirarle como si no hubiera otro ángel en el mundo.

Y ella en sí era otro ángel. Era bella, más que eso, era hermosa y delicada como una rosa.

Sus oscuros cabellos caían en cascada sobre sus pechos e intentaban, sin ninguna clase de éxito, ocultar su embarazo, visible para aquellos que se fijaran lo suficiente en su vientre.

Cuando un musculoso brazo rodeó los hombros de Roslyn, Raven encontró algo distinto en ellos, quizás la forma en que Alec miraba a su esposa, la protección de su cuerpo, el cuidado que ponía en observar el suelo y sus pies para que no tropezara ni cayera... Eso era amor.

Una puñalada de envidia la atravesó e hizo que se volviera a mirar fijamente a Gabriel.

Al cabo de un rato, él paró de hablar con Alec y la miró, preguntándose el porqué de su escrutinio.

Pero, cuando las miradas de ambos se cruzaron, Raven apartó los ojos para no tener que admitir lo mucho que le hubiera gustado que Gabriel se casara con ella por un motivo diferente que una obligación.

—¿Ocurre algo, esposa?

Raven cogió aire, sorprendida de cómo se escuchaban aquellas palabras en boca de Gabriel. Un hormigueo se extendió por su vientre y negó con la cabeza.

—No, nada malo.

Miró a los McAlister, que ya salían al exterior para que ellos fueran los últimos en hacerlo. Alec le ofreció el brazo a su esposa y Raven no pudo menos que notar que Gabriel la sujetaba de igual manera.

Sin prestarle demasiada atención, se dirigieron hacia la salida. Raven agradeció sentir el aire fresco del exterior en sus mejillas.

La celebración siguió en el patio, entre lluvia de pétalos de rosa y vítores de su gente. Un par de comentarios obscenos de los hombres, cuando creían que ella no los escuchaba, fueron suficientes para acercarse más a su esposo.

Gabriel clavó su mirada en ella, pero siguió hablando amablemente con los McAlister, que tuvieron a bien incluirla en la conversación.

—Llevas un vestido precioso. Tú estás preciosa.

—Muchas gracias.

—Mi boda no fue tan bonita como esta.

Alec rió por lo bajo y Gabriel lo acompañó en su risa.

—No, creo que fue muy diferente —mientras el laird McAlister sonreía, Roslyn le explicó—.

—Yo estaba postrada en una cama cuando Alec se casó conmigo.

Ante la cara de horror de Raven, el hombre rió más fuerte.

—Qué horror.

—Por suerte, todo quedó atrás —Roslyn estaba radiante y las miradas que se lanzaban los esposos le decían que todo había salido bien y que ese era un matrimonio por amor que despertaba la envidia de todos.

Sus pensamientos vagaron de una cosa a otra mientras el tiempo avanzaba. Cuando Gabriel la agarró nuevamente del codo de manera posesiva, pero delicada, la hizo subir las escaleras que daban a la entrada del salón.

—Debemos dar la salida a las celebraciones y empezar el banquete.

Raven asintió mientras subían los peldaños.

—Me caen bien los McAlister —dijo Raven para tener algo de conversación con su esposo—. ¿Lo suyo también fue un matrimonio concertado?

—Eso no es asunto tuyo, esposa —dijo, algo molesto por creer que iban a compararles con ellos—. Fue un matrimonio por pura conveniencia, algo práctico que salió bien.

No como el nuestro, que no saldrá bien como sigas con esa actitud, pensó Raven. Pero se mordió el labio y se mantuvo en silencio. No quería ser ella quien estropeara el día.

—Intentemos que el nuestro salga igual de bien.

—Lo dudo —espetó Gabriel, recordándole que él se veía obligado a un matrimonio indeseado y que ella jamás sería de su agrado.

El comentario la enfureció y ciertamente le hubiera encantado golpearle, pero no era tan estúpida como para no saber que sus actos traerían represalias aún peores.

Lo miró de reojo; más que golpearle, quisiera estrangularle, pero se miró las manos, demasiado pequeñas para su cuello. Y es que él era robusto, musculoso, como lo eran sus hombros, su espalda, su… Deja de pensar en su cuerpo, niña.

Raven volvió a mirar al frente. Esperaba sinceramente no volver a tener pensamientos que le hicieran arder sus mejillas.

Sería mejor no olvidar lo irritante que era ese bruto insensible, pero, claro, todo era culpa de él; si no tuviera un físico tan impresionante, ella no tendría motivos para distraerse de la manera que lo hacía.

—¿No me has oído? —Gabriel volvió a darse la vuelta para reclamar su atención.

Raven parpadeó. Y Gabriel frunció el entrecejo.

—¿Qué?

—¿Qué tanto miras?

Ella frunció más profundamente el ceño.

—Tu cuello —dijo con una sonrisa. Se rio de que solo ella sabía que quería estrangularlo.

Raven quería añadir algo más, pero, puesto que no sabía si tenía suficiente sentido común para detenerse, agradeció que Gabriel olvidara sus palabras y la arrastrara a la mesa principal del salón.

El bullicio ahí dentro era ensordecedor, pero la fiesta estaba tan animada que Raven pronto se olvidó de cualquier pensamiento oscuro y disfrutó como nunca de la bebida, de la comida e incluso del baile.

Hubo momentos, en aquel salón, que realmente no parecían dos enemigos obligados a casarse.

Gabriel le dio de beber de su copa y sintió que las mejillas volvían a arderle, esta vez gracias al vino, o quizás por la mirada extraña y tan profunda con que su marido la miraba.

—Gabriel… —quiso preguntarle por qué la miraba así y por qué estaba tan cerca de ella.

Bebió otro trago al tiempo que escuchaba la voz ronca de su esposo.

—Estás realmente precio…

—¡Gabriel!

La interrupción no pudo llegar en peor momento. El grito de Owen rompió el hechizo. ¿Qué iba a decirle Gabriel? No encontró ninguna burla en las palabras que había empezado a pronunciar.

—¿Qué ocurre? —el tono fue el que se usa cuando alguien está realmente molesto y no quiere aparentarlo.

Owen alzó las cejas, como si no quisiera gritarlo a los cuatro vientos. Se acercó deprisa y se inclinó sobre Gabriel para susurrarle…

—Tenemos visita.

Por el ceño fruncido de su esposo, a Raven no le pareció que fuera nada bueno.

—¿Rowyn…?