La eterna prometida del Highlander Capítulo 19
58%

Capítulo 19

–¿Por qué demonios tarda tanto?

Liam, que hacía de padrino, estaba a su lado y resopló. Esperaba que las mujeres llegaran pronto o, de lo contrario, estrangularía al impaciente novio, y todo aquello se habría acabado antes de empezar.

Dentro de la capilla, Gabriel la aguardaba, como quien espera su ejecución, o quizás eso es lo que él quería creer.

Se decía que su objetivo no era otro que acabar todo aquello cuanto antes.

Como aquel que intenta quitarse la costra de una herida, de un tirón, para no volver a pensar en ella.

Pero, si fuese sincero consigo mismo, admitiría que lo que deseaba era empezar cuanto antes aquel tortuoso camino que llamaban matrimonio.

La incertidumbre de cómo sería este era peor que el hecho de estar casado.

No habían empezado con buen pie, bien lo sabía Dios. Sentía una quemazón en su vientre y pecho al estar frente a ella, quizás rabia y algo de furia, por ser la hija de quien era y también por burlarse de él desde hacía tanto tiempo.

A pesar de que ahora era el laird de los McDonald, temido por muchos y envidiado por tantos, frente a Raven… era como volver a tener quince años. Se sentía pequeño e insignificante. Jamás una mujer le había humillado tanto como la que se convertiría en su esposa.

El murmullo general hizo que prestara atención a la entrada de la capilla. Después, el silencio.

Entonces supo qué pasaba: todos se habían quedado sin habla.

Cuando su futura esposa avanzó hacia él, atravesando el umbral, a Gabriel se le olvidó todo pensamiento coherente. Solo uno quedó grabado a fuego. Su esposa nada tenía que ver con la antigua niña odiosa de antaño.

Raven era bella. Unos inmensos ojos almendrados y un cabello sedoso y del color de la miel clara hacían de ella un bocado tan apetitoso que ningún hombre podía evitar pensar en actos lujuriosos cuando la contemplaba.

Sintió cómo su cuerpo reaccionaba, inflamándose de deseo como la noche anterior.

Se apresuró a llevar la mirada hacia el cura desdentado, que parecía presa del mismo embrujo que todos los presentes y quien levantó la vista e hizo algo que Gabriel no le había visto hacer antes.

Sonrió, feliz y contento, mientras ambos esperaban al pie del altar.

Las campanas resonaron mientras dos niñas esparcían pétalos de flores frente a los pies de Raven, que cada vez estaba más cerca de ellos. Gabriel sintió cómo su pecho se hinchaba al respirar profundamente. De pronto, la voz de su primo lo distrajo de su angelical visión.

―¿A que ya no te sientes tan desgraciado? –le susurró Liam.

No obstante, no pudo replicar, centrado como estaba en mirar a la novia que Murdock llevaba del brazo. Unos pasos más y ya estaría a su lado.

Gabriel observó la primera fila, donde su madre lloraba emocionada, y tuvo que reprimir las ganas de poner los ojos en blanco. Callum y Owen se habían sentado a su lado, dejando otro asiento libre para Murdock.

Cuando miró de nuevo a Raven, un escalofrío le subió de la base de la columna hasta la nuca. Un fogonazo de deseo se esparció por su vientre y lo dejó atontado y sin habla.

Parpadeó varias veces ante la visión que era su futura esposa.

El largo vestido le estilizaba la figura; no obstante, la fina cinta anudada en la cintura revelaba unas caderas plenas.

Igual de plenos y abultados se dejaban ver sus pechos, hermosamente altivos sobre el escote redondeado.

Entre las manos, Raven estrujaba un pequeño ramo de flores blancas.

Sus nudillos estaban pálidos y por eso se dio cuenta de que no estaba acostumbrada a ser el centro de atención.

Estaba nerviosa.

Gabriel sonrió, no por maldad. Verla pasarlo mal lo tranquilizaba a él.

Si no le gustaba ser el centro de todas las miradas, sería mejor que se fuera acostumbrando.

Ningún hombre volvería a ignorarla jamás cuando ella pasara por su lado, y ese era un hecho que le molestó bastante.

Se fijó en los congregados y pudo ver alguna que otra mirada de deseo.

Apretó los puños y se dijo que tendría que dejar claras un par de cosas a esos irrespetuosos.

Por otra parte, ninguna mujer dejaría de envidiarla por su belleza y por el acontecimiento que iba a producirse entre las paredes de la capilla.

Su señora McDonald. El pecho se hinchó de nuevo al tomar aire. Sorprendido, se dijo que debía tener cuidado. ¿Podría empezar a sentir orgullo por llamarla esposa?

*Raven la fea* había muerto, como quien mata una leyenda; esta se había transformado, creando una nueva. Raven la hermosa, la gran señora de los McDonald.

Cuando Murdock llegó al altar y entregó a la novia, Gabriel tomó su delicada mano entre sus dedos.

La sintió tibia al tacto y notó cómo temblaba ligeramente.

Sus dedos entraron en calor por el mero contacto y se preguntó cuánto tiempo tendría que transcurrir hasta que dejara de sentir aquellas sensaciones cada vez que la tocara.

No se hablaron, pero sí se miraron intensamente.

Cada uno con inescrutables semblantes.

–Queridos hermanos...

A la señal del párroco se arrodillaron al unísono y todo pareció transcurrir tal y como se esperaba que debía ser una cristiana ceremonia.

No hubo novia llorosa ni miedosa, no hubo novio reticente, y se escucharon los votos con voz alta y clara para que todos los testigos pudieran dar fe del enlace en el futuro.

Mairy lloró. Murdock, quien le dio leves palmaditas en las manos para que se calmara.

Gabriel escuchó el sollozo de su madre e inevitablemente meneó la cabeza con una sonrisa.

Echó un vistazo a sus espaldas el tiempo justo para verla secándose las lágrimas.

No podía culparla; sabía demasiado bien cuánto tiempo había esperado la mujer todo aquello.

Ahora, en lugar del enlace, esperaría el bautizo de sus nietos y mucho se temía que iba a tener mucha más presión en ese aspecto.

Cuando los congregados aplaudieron, Raven sonrió, aliviada de que todo hubiera terminado. Se volvió hacia él y a sus oídos estallaron más vítores y aplausos. Un tierno rubor cubría sus mejillas y Gabriel la encontró tan irresistible que no pudo evitar inclinarse sobre ella.

―Puede besar a la novia.

Los labios de Gabriel rozaron los de la que ahora era su esposa. Eso estaba destinado a ser un gesto de aceptación, un suave roce para sellar la unión ante Dios y los hombres, pero, al recordar cuán dulces eran esos labios, Gabriel se olvidó de todo cuanto les rodeaba.

Una mano rozó la cintura de su esposa y la otra ascendió hacia su nuca, acariciando la sensible piel del cuello para atraerla hasta él y obligándola a permanecer allí, sin apartarse, disfrutando del suave roce de sus labios.

Raven se vio envuelta entre sus brazos y, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, sus manos rodearon el cuello de su esposo.

–Deberías dejar algo para esta noche.

La voz de Owen rompió el hechizo.

Gabriel separó sus labios de los de su esposa, pero no dejó de abrazarla.

–Y apiádate de tu esposa –gruñó Liam con una sonrisa–. Sabes que, si la asfixias, tu madre te matará antes de abandonar la capilla.

Gabriel soltó a Raven con aturdimiento y la miró. Sus mejillas parecían arder y jamás la había visto tan hermosa.

Raven parpadeó varias veces. Los labios se habían hinchado levemente a causa del roce con los suyos. Por los ojos vidriosos asomaban lágrimas que él esperó que no fueran de miedo o repulsión.

Carraspeó ante todos.

—Es hora de irnos —le dijo Gabriel, apartando la mirada y sin ganas de saber qué pensaría realmente ella en aquellos momentos—. Debemos celebrar un banquete.

Bajaron juntos los peldaños que conducían al altar. Gabriel miró las caras sonrientes de los congregados, que se apresuraban a salir al patio para compartir la buena nueva con los demás.

Mairy se apresuró a ir junto a su nueva hija para felicitarla.

—Una ceremonia preciosa, hija mía. Bienvenida a la familia —la abrazó con fuerza y se le saltaron las lágrimas de nuevo.

Raven seguía ruborizada; notaba la presencia de Gabriel a su lado, aunque no lo miraba.

Se sintió furiosa consigo misma. Ese bárbaro la besaba y ella parecía perder todo entendimiento.

Había disfrutado de aquel beso en un lugar sagrado y se sentía avergonzada.

Lo peor es que hombres y mujeres sabían exactamente qué estaba sintiendo entre los brazos de su esposo y, desde luego, sabrían qué pasaría esa noche entre ellos.

Intentó no pensar en ello, pero le fue difícil conseguirlo.

Gabriel, por su parte, sentía tanto calor como ardientes estaban las mejillas de Raven. Ardía de puro deseo y necesitaba serenarse o adelantaría la noche de bodas antes de que el sol se pusiera.

Era inútil estar cerca de ella y no querer tocarla. No podía imaginar cómo había ocurrido aquello. Parecía una broma macabra del destino, pero era cierto que no podía estar en la misma habitación y no pensar en mil formas diferentes de poseerla.

Debía serenarse y encontró la manera: decidió ignorar a su mujer. Si centraba toda la atención en las conversaciones de su alrededor y en las felicitaciones de familiares y amigos, tal vez no acabara avergonzándose ante ella.

Alec McAlister estaba ocupando uno de los bancos cercanos al altar. Uno de los más poderosos lairds de Escocia se levantó para, con paso firme, acercarse a saludar a los recién casados. Su esposa Roslyn permanecía sonriente a su lado. Saludó a Gabriel afectuosamente.

—Gabriel —la voz melodiosa de Roslyn, acompañada de una sonrisa, le daba un aspecto angelical—, felicitaciones.

Él sonrió y la risa se convirtió en carcajada cuando Alec le palmeó enérgicamente la espalda. Sin duda, Alec McAlister estaba anonadado por el hecho de que su amigo finalmente decidiera casarse con la fea Raven.

—¿No vas a presentarnos a la novia?

Alec volvió a hacer desaparecer su sonrisa del rostro, más por costumbre que por cansancio. Estaba feliz por su amigo y aquel día era para festejar.