Capítulo 18 #2
―No puedes pensar así, Raven. ¿Qué hombre no te querría como esposa?
–Vuestro hijo.
Mairy sonrió.
–¿Ya te he dicho que es un cabezota?
Ella asintió, pero eso no la hizo pensar diferente.
–Jamás le gusté, la fea Raven gusta a muy poca gente.
Mairy la abrazó y le dio un beso en el pelo.
―El tiempo de la fea Raven pasó, lady McDonald –le dijo en un susurro junto a su oído–.
Ahora empieza tu próspera vida. Será maravilloso tenerte entre nosotros y estoy segura de que llamarás hogar a estas paredes, donde la gente no tardará en amarte.
Yo te amo, mi querida niña, y desde hace mucho tiempo.
Raven estrechó el abrazo y una lágrima rodó por su mejilla.
–Yo también te quiero, Mairy.
Las dos mujeres se quedaron así por largo rato, hasta que su abrazo fue interrumpido por los golpes en la puerta. Las doncellas y damas se arremolinaron alrededor de ellas, con pequeños arcones y telas de seda y terciopelo que maravillaron a Raven con sus colores.
–Su ajuar de novia –dijo Agnes dando saltitos de alegría.
Ciertamente no el suyo, quería decir que no eran sus cosas las que habían llegado de tierras McDowell, sino los regalos que Mairy había ido confeccionando y atesorando para cuando su hijo se casara.
Había zapatos, pequeños frascos de un aroma embriagador y unas joyas que hicieron que le brillaran los ojos de admiración.
Y cuando se puso el vestido...
―Que me aspen si no es el vestido más glorioso que hayan visto mis ojos.
La madura mujer no podía tener más de cuarenta años y, no obstante, su pelo, atado en un sencillo moño, era ciertamente blanco. Se notaba en los ojos que el comentario estaba hecho con buenas intenciones.
–Lady Brenna siempre dice lo que piensa –dijo Mairy.
–Y suelo pensar bien de la gente que me cae bien, querida.
Raven acarició el maravilloso bordado sobre el corpiño. El escote no era demasiado exagerado, pero le hacía de igual modo unos pechos generosos. Y las mangas eran de la tela más fina que ella hubiera visto jamás.
―Nadie podrá apartar la mirada de usted, señora –dijo otra muchacha.
Con unas tiras de fina seda blanca abrazaron la cintura de aquel vestido inmaculado. Raven supo que sería el sueño de toda doncella. Sonrió con dulzura; ese obsequio de la madre de Gabriel la hizo sentirse más que especial.
Con delicadeza, cubrieron su pelo de flores y lo trenzaron cuidadosamente. Al acabar de colocar sus ornamentos en brazos y cuello, Mairy retrocedió algunos pasos y la miró con lágrimas en los ojos.
―Estás tan bonita, hija.
Raven sintió ganas de llorar, pero en lugar de eso sonrió y dio media vuelta para ver cómo el vestido ondeaba alrededor de su cuerpo. Pensó en que debería sentirse agradecida y dichosa. Y ciertamente, así se sentía en aquel momento.
De pronto se descubrió pensando en si le gustaría a alguien en particular. Alguien con nombre angelical, dotado de unos grandes ojos grises que podían demostrar amor y ternura a todos... menos a ella.
Sí. El único problema de esa boda era el novio.
Respiró hondo, dispuesta a olvidarse de ello por un momento, hasta que recordó la sonrisa de Gabriel, esa sonrisa ladina que no podía presagiar nada bueno.
«Te deseo», le había dicho la noche anterior.
Sintió arder sus mejillas cuando pensó en los besos robados, en sus indecentes caricias, en cómo la tocaba…
apasionadamente, y juraría que, en algunos momentos, con cierta reverencia.
―¿Tienes calor? –Se apresuró a preguntar Mairy al verla enrojecer–. Es mejor que te apartes del fuego.
―Sí –asintió ella, aunque sabía que sus mejillas ardientes poco tenían que ver con las llamas de la chimenea.
―Es hora de bajar, Gabriel debe estar esperándonos en la capilla.
―¿Tan pronto? –preguntó ella.
Mairy asintió.
―Sí, de hecho, se nos hace tarde.
Las mujeres se apresuraron a salir de la habitación y se quedaron a los pies de la escalera, viendo cómo ella descendía hasta el salón. De allí la escoltaron hacia la entrada, donde Murdock la esperaba.
―Si me permite –dijo, ofreciéndole el brazo–, será un honor escoltarla hasta la capilla.
Mairy asintió emocionada.
–Nadie podría hacer mejor ese trabajo.
Raven asintió.
–Sé que su padre no está aquí, y como mejor amigo de Ian que fui, déjeme, en su recuerdo, hacer el corto recorrido hasta entregarla a su hijo.
Al mencionar a Ian las dos mujeres se emocionaron.
–Será todo un honor que me entregue en el altar.
El hombre rio, y sus ojos se humedecieron. Parecía tan complacido y emocionado como Mairy.
–Entonces vamos.
Fuera del salón, todo el clan estaba reunido en el patio de armas. Y, por consiguiente, toda la pequeña capilla debía estar abarrotada de personas que iban a presenciar cómo ella pronunciaría unas simples palabras: «Sí, quiero».
Murdock y ella habían dejado atrás la sólida escalera de piedra que conducía al patio.
Justo en la entrada, Owen y Callum la aguardaban para despejar el pasillo de gente, antes de su avance.
Raven no se fijó en sus miradas; si lo hubiera hecho, se habría dado cuenta de que ambos guerreros estaban embelesados por la belleza de «la fea Raven».
Puede que ella no se hubiese dado cuenta en ese instante, pero aquel apodo, desde ese momento, quedaba para siempre en el olvido.
Y no porque fuera a convertirse en su nueva señora, sino porque simplemente no tenía razón de ser.
La fea Raven era una de las criaturas más hermosas que hubieran visto jamás los ojos de los miembros del clan McDonald, y así recordarían siempre aquella criatura que entró como Raven McDowell y salió convertida en la señora de los McDonald.