Capítulo 18
Ala mañana siguiente, Raven abrió los ojos sintiéndose cansada. Había conseguido dormir después de dar muchas vueltas a lo sucedido con Gabriel.
De todos los recibimientos posibles en el que sería su nuevo hogar, nada le hacía prever que las cosas podrían llegar a ser así entre los dos.
Suspiró dando una patada a la manta que cubría la cama.
Empezaba a hacer calor.
–¿Estáis bien, mi señora?
Al escuchar la voz de Agnes, que dormía en su camastro situado contra la pared, Raven se sintió algo culpable de su mal humor.
–Sí, estoy bien –pero su respuesta no la engañaba.
–¿Todo bien con el señor? –dijo Agnes, incorporándose de la cama–. ¿Tan bien como la otra noche?
Raven bufó y volvió a tumbarse en la cama. Esta vez se puso una almohada en la cabeza para poder gritar.
Las carcajadas de su doncella y amiga no le sirvieron de ayuda.
–Eres una desvergonzada, debería castigarte por esa lengua.
–¿Y qué tal la lengua de mi señor…?
–¡Agnes! –Raven enrojeció como el interior de una granada–. Ya es suficiente.
–¡Sí lo es! –gritó la muchacha–. ¡Porque hoy os vais a casar!
Sin previo aviso, Agnes tiró de la sábana y empezó a bailar con ella.
–Eres una loca.
–Sí, pero una loca enamorada –dijo soñadora–. Estoy tan contenta de haber venido con vos.
Raven se levantó de un salto.
–¿Es Callum, verdad? ¿Cómo ha pasado? ¿Se puede enamorar una tan rápido?
La sonrisa de Agnes le indicaba que sí, pero antes de poder explicar nada, una doncella abrió la puerta con sigilo y ambas la miraron.
–Buenos días. Vengo a encender el fuego y a prepararos el baño.
Raven asintió y Agnes hizo una mueca de desencanto.
–Os lo explicaré luego –le dijo a su señora–. Aunque, de todas formas, hoy no debería hablar de mí, es el día de vuestra boda.
Para mi desgracia, quiso decirle Raven, pero se calló ante el ejército de criadas que entraron con baldes de agua caliente y una enorme tina de madera.
Se abrieron las dos ventanas de la habitación y Raven vio claramente que la primavera había llegado con fuerza. Pronto disfrutarían del verano y de los baños a escondidas en el mar.
Se estiró desperezándose.
Quizás en las tierras McDonald no tendría tanta libertad como para irse con Agnes al mar. Sería la nueva señora del clan, y Raven dudaba que su marido le diera tanta libertad como su padre, que prácticamente había pasado su vida ignorándola.
No, sin duda Gabriel la ataría en corto. No por su bienestar, por supuesto, sino solo para prohibirle cualquier cosa que le diera placer. Pero ya encontraría la manera. Siempre lo hacía.
Resopló y se levantó de la cama dispuesta a afrontar aquel día.
El día de su boda.
Miró su vestido de novia sobre el arcón. Se quedó quieta, muy quieta. Como si esa verdad hubiera aparecido de repente de la nada y no fuera un hecho que sabía que acontecería desde hacía mucho. Miró por la ventana y tragó saliva.
Cuando la bañera estuvo preparada, Agnes la ayudó a desvestirse. Poco después se sumergía en ella para disfrutar de unos minutos de paz. Agnes le lavó la cabeza y le frotó los brazos y la espalda con un jabón aromático que olía a lilas.
―Huele de maravilla.
―Olerá a flores y se verá aún más hermosa con el ramillete que las muchachas han traído para usted –dijo Agnes, aclarando su cabellera.
–Son todos muy amables.
Todos menos su prometido, quiso decirle, pero con las advertencias de la noche anterior, ya había tenido más que suficiente.
Raven se hundió bajo el agua. ¡El día de su boda! ¿Estaría nunca preparada para ser la mujer de Gabriel McDonald?
Cuando estuvo limpia se levantó de la bañera de madera y la doncella la envolvió con una toalla de lino. Se puso junto a la chimenea y empezó a ver un desfile de sirvientas que la agasajaron como si fuera una reina.
–Buenos días –cuando Mairy entró en la habitación, Raven no pudo menos que sonreír, pues en verdad extrañaba su compañía–. He traído estas manzanas para que comas algo. Nadie quiere que te desmayes en medio de la ceremonia.
―Si me desmayo no será por el hambre.
Mairy sonrió y, sin previo aviso, se acercó a ella para besarle la coronilla.
―Será un día maravilloso.
Raven asintió.
―Eso parecéis pensar todos –susurró apenas. Pero ella no estaba tan convencida de que todo se desarrollara tan bien.
–Mis damas te traerán tu ajuar –Raven la miró por encima del hombro al ver que Mairy se sentaba tras ella.
–¿Mi ajuar? ¿Han llegado mis cosas?
Mairy negó con la cabeza mientras tomaba un peine de finos ornamentos.
–No, es el que he hecho durante estos años y he estado guardando pacientemente para ti –Raven se ruborizó. Ya solo el regalo de aquel vestido maravilloso con hilos de plata era suficiente para hacer sonrojar a una reina.
–Yo… no sé cómo darte las gracias.
–¿Qué te parece si lo haces siendo feliz… y haciendo feliz al cabezota de mi hijo?
Raven cerró los ojos y evitó abrir la boca para no ofender a la dama.
Sintió las manos de Mairy trabajando con su pelo, con la suavidad con que lo haría una amorosa madre. La peinó, haciendo que el cabello se secara junto al fuego.
Las doncellas se habían retirado. Hasta Agnes había ido con ellas en busca del ajuar, así que se quedaron solas en la habitación. No hablaron, pero Mairy canturreó una preciosa melodía celta que le había escuchado cantar hacía tantos años.
―Siempre me gustó esa canción.
―Es hermosa. Habla de una novia… ―De pronto calló y Raven rio por lo bajo.
―A la que su enamorado abandonó el día de la boda.
―Bueno… no es muy apropiada.
―No lo sé –dijo Raven sin perder la sonrisa–. No hay muchas esperanzas de que el novio me abandone en el altar.
―No hay ninguna –dijo ella, volviendo a besar su coronilla.
Raven no tenía una madre, pero sin duda no se imaginaba a nadie mejor que Mairy para estar en esos momentos.
―Sé que estás nerviosa por todo lo que vendrá, pero quiero que sepas que yo estaré aquí a tu lado para lo que necesites. Y mañana también estaré, y al otro y al otro –Mairy no supo cuán agradecida estaba Raven por sus palabras.
―Gracias, significa mucho para mí.
La mujer asintió mientras continuaba cepillándole el cabello.
―Mi muchacho es un buen hombre, Raven –le dijo, inclinándose hacia un lado para que la mirara. Cuando Raven contempló sus ojos, supo que esa orgullosa madre estaba convencida de que así era.
–Yo…
―Sé que a veces puede ser un poco…
―Insufrible –masculló entre dientes y enseguida se arrepintió de haberlo dicho, pero la carcajada de Mairy la animó.
―Insufrible es una buena palabra, pero quería decir cabezota. ―Siguió cepillándole el cabello–. Recuerdo mi boda, y he de decir que no estaba nada conforme con casarme con mi Ian. Era un guerrero rudo y carente de modales, un déspota… Insufrible.
Raven parpadeó, algo sorprendida por sus palabras.
―¡No era así! Su esposo era el mejor hombre que he conocido jamás –dijo apasionadamente, dispuesta a defender a Ian.
Al mirarla a la cara, intentó averiguar si le estaba mintiendo, pero las palabras de Mairy parecían más que sinceras.
―Sí, lo era. Insufrible –insistió en ello mientras asentía levemente con la cabeza, aunque todo ello sin perder la sonrisa–. Lo era y yo le amé como no amé ni amaré jamás a nadie.
Raven volvió a mirar el fuego y dejó que siguiera cepillando sus cabellos.
―Usted cree que yo amaré a Gabriel, ¿verdad?
Hubo un silencio largo, pero Mairy finalmente habló.
―Sé que será así, y que Gabriel te amará a ti.
Eso no iba a suceder, pensó Raven. Pero no quiso ser tan sincera con ella y dejarla sin ilusión.
La mujer parecía tan convencida de que un futuro de prosperidad la aguardaba que hubiera sido cruel insistir en lo contrario.
―Dios la oiga.
―Nos oirá –aseguró–. Gabriel es cabezota, testarudo y tiene un carácter difícil, pero sabe perfectamente lo que está bien y lo que está mal.
Como también sabe lo que conviene a este clan.
Y la boda nos conviene a todos. No solo porque es una alianza concertada por mi marido y tu padre, hace tanto tiempo, sino porque realmente es necesaria para dar estabilidad a nuestras gentes.
―Hay muchas tensiones entre los clanes, ¿verdad?
Raven no sabía mucho de las relaciones entre unos y otros.
Siempre había pensado que los McDowell y los McDonald se soportaban mutuamente, con más o menos disputas que no pasaban de simples rencillas y robo de ganado.
Ahora, visto cómo se miraban unos y otros guerreros, podía notar el odio entre ellos.
¿Eso iba a desaparecer por una boda? Supuso que no, pero, una vez emparentados, les sería mucho más difícil justificar tal animadversión frente al rey.
Los McDonald odiaban a su padre, y ella no sabía muy bien por qué.
Jamás se había metido en los asuntos de su padre, se había limitado a obedecer.
Bueno… a veces no obedecía, pero en el asunto de su compromiso…
ahí sí que se dio cuenta de que era algo importante, que la alianza debía llevarse a cabo.
―Hay tensiones –aseguró Mairy cuando ella pensó que ya no hablarían más del tema–. Gabriel cree que tu padre…
Se hizo el silencio y Raven se quedó escuchando.
―¿Sí?
―Nada. Pensó que no te enviaría para que por fin se realizara la boda –mintió–, pero al fin estás aquí. Y hoy es un gran día para todos.
Cuando hubo acabado de cepillarle el cabello, Mairy le dio la vuelta y la miró a los ojos, mientras sus manos reposaban en los hombros de su futura nuera.
–Sé que mi hijo tiene muchos defectos, pero deseo con todo mi corazón que descubras también sus grandes virtudes –Raven asintió, aunque jamás había visto demasiadas en él–. Mi hijo es valiente, fiel y el hombre más leal que se pueda conocer.
Esas palabras tan solemnes le llegaron al corazón. No pudo burlarse de ellas, ni quiso hacerlo.
–Si te ganas su corazón, te amará, te será fiel –dijo Mairy– y se cuidará hasta el día de su muerte. Él se sacrificará por ti, siempre se sacrificará por el bien de los que ama.
–Se casa conmigo –dijo con un hilo de voz–, ese es un gran sacrificio.
Así que sí, al menos le concedería eso. Su predisposición al sacrificio.
Mairy enmarcó su rostro entre sus manos.