Capítulo 17
―Me deseas. ―Él sonrió complacido.
Ella apretó los labios y empujó su pecho. No pudo moverlo. Los pies de Raven patearon el suelo en señal de frustración.
―¿Y qué? ¡Tú me deseas a mí! —dijo ella mirándolo a los ojos.
Intentaba de alguna manera salir airosa de la humillación que era que él se estuviera burlando de algo tan íntimo.
―Sí —fue lo suficientemente sincero para admitirlo—. Te deseo.
No podía ocultar que estaba tan sorprendido como ella por ese hecho.
Estaba peligrosamente cerca, tanto que podía notar su delicado olor a brezo y flores. Su entrepierna no parecía dispuesta a calmarse a menos que se alejara. No podía hacerla suya, no de ese modo y antes de la boda, así que solo pudo soltar una maldición entre dientes y apartarse.
Los dos se miraron unos minutos en silencio.
—Descansa bien esta noche —dijo con una sonrisa ladina— porque mañana ya no podrás hacerlo.
―Eres un… —Raven apretó el puño y lo alzó.
Gabriel no perdió la sonrisa, y alzó el dedo índice, como si le estuviera advirtiendo que no toleraría más desafíos ni insultos.
Raven apretó los labios con fuerza, como si fuera a pronunciar una “p” perfecta. Finalmente la soltó:
—Puerco.
Gabriel tiró de ella y la encerró con un fuerte abrazo. Ella intentó soltarse, pero era como intentar mover un muro del castillo.
―Te lo advierto… —dijo en un gruñido.
Raven intentó golpearle, pero él encerró ambos brazos en su abrazo y ella no pudo moverse más.
—¿Qué me adviertes…? Eres un…
—Sssssh, no voy a permitirte ese lenguaje, ¿no te lo he dejado claro?
—Dijiste delante de tus hombres, ¿pero ves a tus hombres? ¡No hay hombres! Estamos solos.
—Exacto —dijo él con la voz más dulce que hubiera escuchado jamás.
Ella se estremeció cuando las caderas de Gabriel se movieron contra las suyas y la obligó a abrir las piernas.
—¿Sabes qué significa eso?
Raven se horrorizó ante la expresión que vio dibujada en su rostro. Abrió desmesuradamente los ojos cuando sintió que él volvía a mover las caderas contra ella.
―Basta.
―¿Basta, qué? —Besó su cuello y una de sus manos descendió hasta su escote, acariciando sus pechos.
―Oh Dios…
Ella jadeó a su vez cuando sintió ese contacto. Él no le había acariciado los pechos de esa forma, y por un instante su voluntad se dobló.
—Puede que me odies, que no desees este matrimonio, pero sin duda me deseas a mí.
Ella intentó negar lo evidente, pero sus párpados apenas se mantenían abiertos mientras él la besaba en el cuello, en el mentón, en el escote…
Era una mujer odiosa. Pero le gustaba… Le gustaba... ¿Castigarla? Sí, eso iba a decir antes de que sus ojos repararan en la boca de la mujer. Por Dios, cómo podría haber cambiado tanto esa boca.
Otro tirón en la ingle le advirtió que debía parar antes de que fuera demasiado tarde.
–Maldición –gimió contra sus labios. Unos labios perfectos a los que estaría deseando regresar toda la noche.
Raven correspondió a sus besos de una manera mucho más apasionada de lo que ambos esperaban y él no pudo menos que soltar una maldición tras otra, rezando para tener un poco más de autocontrol.
Le encantaban los labios de su prometida.
Siempre había tenido los labios gruesos, pero era por su gordura, ¿no?
Deberían haber adelgazado al igual que el resto de su cuerpo.
Gabriel enarcó una ceja, pero no habían adelgazado tanto, ¿no es cierto?
Agarró sus nalgas con ambas manos. No, no había huesos ahí, sino un generoso trasero que estaba deseando ver desnudo.
Mientras la besaba, las manos pasaron de su trasero a su cintura, acariciaron su vientre para finalmente subir a su sitio favorito. Apretó uno de los pechos de Raven y ella jadeó contra su boca.
–Quiero saborearlos.
Raven jadeó cuando él la alzó del suelo y, llevándola hacia la cama, besó la suave piel de su escote para después hacer lo mismo con sus pechos, sobre la tela del vestido verde. ¡Maldito vestido!
Mientras la besaba una y otra vez, no podía dejar de pensar que era redondeada en los lugares precisos y que pocas cosas le gustarían tanto como tenerla desnuda bajo su cuerpo.
Raven le devolvía los besos apasionadamente y disfrutó de cada caricia hasta darse cuenta de que la estaba midiendo. ¿Cómo se atrevía?
―Basta –jadeó.
Gabriel no hizo caso a sus protestas. Estaba demasiado absorto en tocar su cuerpo cuando la tendió sobre la cama.
Disfrutaba de cada centímetro de piel expuesta y deseaba que los ropajes que la cubrían desaparecieran. Deslizó sus manos sobre la suave tela de su vestido, rumbo al dobladillo, que ya había subido hasta sus muslos.
Sin duda, Raven tenía las proporciones adecuadas. Era perfecta, redondeada donde él lo deseaba, se sorprendió pensando.
Se incorporó sobre sus codos. Le examinó el cuerpo de tal manera que Raven no pudo más que sorprenderse. ¿Era deseo aquello que veía en él?, ¿o la promesa de un castigo?
Gabriel se meció contra ella. Notó claramente el calor de su pecho contra su propio torso. Esos pechos voluminosos no estaban allí en su niñez y esas caderas estaban lejos de ser estrechas.
Su erección tocó el centro del deseo de la mujer. No iba a poder detenerse.
–Mierda –se estaba excitando demasiado. Debía marcharse–. Dime que me marche.
Raven abrió la boca, aún observando el agitado pecho de Gabriel sobre ella y sintiendo la caricia de sus manos en sus níveos muslos.
–Dilo.
Raven respiraba con dificultad. Asintió, se juró a sí misma que estaba intentando echarle de la habitación.
―Quiero que te marches.
Él se quedó quieto sobre ella.
―¿Es eso lo que quieres?
–Es lo que me has dicho que dijera.
–¿Y desde cuándo me haces caso?
Volvió a apoderarse de su boca y ella envolvió su cintura con sus piernas.
No importaba lo que le hiciera decir, ciertamente él deseaba otra cosa.
Pero no debía pensar en ello. No debía pensar en quitarle la ropa y hundirse en ella hasta saciarse.
No debía pensar que deseaba más que a nada a su prometida, ni pensar que la fea Raven era tan hermosa que le había hecho olvidarse de su maldito carácter. Tan hermosa que no veía nada más. Ella no es hermosa, se dijo, intentando convencerse y que su deseo menguara lo suficiente como para escapar.
Maldita sea, no era hermosa. No lo era.
–No eres hermosa –se dijo, dispuesto a controlar su deseo.
Raven dejó de responder a su beso y se lo quedó mirando fijamente.
La expresión de Raven mudó, y no de tal manera que él predijera que iba a arrancarle la cabeza de los hombros. Más bien, sus ojos pardos se inundaron de lágrimas. Herida. Ella estaba herida.
¡Oh! Pero esa fragilidad duró muy poco.
Raven intentó arañarle la cara y él le sujetó las muñecas para impedírselo.
–¡Quieta!
Ella se removió, dejando que sus cabellos le rozaran el torso semidesnudo.
Raven no estaba dispuesta a obedecerle y, cuando se soltó de su abrazo, volvió a atacar su cara.
Pero Gabriel era rápido, demasiado. Sujetó sus brazos, la inmovilizó de tal manera que sus pechos quedaron expuestos a su mirada y su boca hambrienta a escasos milímetros de la suave carne expuesta.
No quiso hacerlo, o mejor dicho, no quería desear hacerlo, pero no pudo evitarlo.
Sus labios descendieron, aprisionando la boca de la mujer, pero esta vez ella no estaba dispuesta a dejarse llevar.
Gabriel notó los dientes de su prometida clavarse en sus labios. Se sorprendió tanto que ni siquiera tuvo miramientos: se separó de ella con un sorprendido alarido de dolor y una maldición.
–Maldita sea. –Se tocó el labio y vio que manaba sangre del pequeño corte que ella le había hecho con sus dientes.
–No deberías haberme besado así.
–¡No parecía quejarte mucho hace un instante!
Por el amor de Dios, jadeaba como una gata salvaje y le acusaba de… ¿de qué le acusaba?
Raven apartó la vista. Debería haberlo hecho, pensó ella. Debería haber protestado…
–No me ha gustado –lo empujó y se puso en pie. Acomodó su vestido, totalmente arrugado por el peso de ese hombre.
–¿Ah, no? ¿No te gustan mis besos, mujer?
Gabriel no sabía si su cara reflejaba el asombro que sentía, pero, si era así, seguro que tenía la cara de un bobo sin cerebro.
Ella balbuceó para luego apretar firmemente los labios y negar con la cabeza.
―No.
–Ni la idea de ser mi esposa.
–¡A ti tampoco! –se defendió ella.
Ese comentario le pilló desprevenido.
–Eso no es el tema de discusión.
–Si no, no hubieras tardado nada más y nada menos que nueve años en llamarme a mi nuevo hogar…
–Por mí te hubieras quemado en el infierno antes de venir –explotó.
Ella quiso gritar, pero, en cambio, intentó clavarle las uñas nuevamente. Y de nuevo él la sujetó.
–Inténtalo otra vez y te cortaré los dedos.
Raven se detuvo ante el tono helado de Gabriel. La tiró de nuevo sobre la cama, pero esta vez para apartarla de él.
–Nos casamos mañana. Así que la próxima vez que estemos en esta cama, espero que estés preparada. No es que arda en deseos de intimar con una mujer tan carente de atractivo como tú, así que procura facilitarme la tarea.
–Maldito cerdo –intentó levantarse, pero él puso su mano abierta sobre su cabeza y empujó hacia abajo–. No puedes...
Gabriel levantó un dedo en señal de advertencia.
–No vuelvas a decirme qué puedo y qué no puedo hacer, mi dulce novia, o te juro que te demostraré todo lo que puedo hacerte por el simple placer de demostrártelo.
Lo vio alejarse de la cama y salir de la habitación dando un portazo.
Raven gritó, llena de frustración y porque todos los sentimientos y emociones que sentía se estaban agolpando en ella a la vez. Iba a volverse loca.
Apretó los puños y golpeó la almohada.
Se juró que no iba a ponérselo nada fácil a su futuro marido.
Si él la condenaba a vivir en un infierno, ambos lo harían.