Capítulo 16
―Desafiarme.
Ella parpadeó.
―¿Qué?
―Desafiarme. No te atrevas a desafiarme —le susurró—. Simplemente no lo hagas, ni siquiera cuando estemos solos. —Ella tomó aire para replicar, pero Gabriel la apretó más contra él y la dejó nuevamente sin aire—. Aprenderás a respetarme. Ya no soy ese niño del que te burlabas…
Calló apretando los labios, como si hubiera revelado algo que le dolía desde hacía mucho tiempo.
Raven le sostuvo la mirada en silencio mientras notaba cómo el cuerpo de Gabriel iba apretándose cada vez más contra ella. Apenas podía respirar, se le secó la boca y sintió como se enfadaba consigo misma por no presentar batalla.
―¿Ves? —Gabriel inclinó su cabeza sobre ella. Los labios rozaron su mejilla, hasta deslizarse hasta su oreja—, no es tan difícil dejarse llevar… rendirse.
Raven apartó el rostro, sin darse cuenta de que eso le daba mejor acceso a su cuello.
Sintió como el corazón le martilleaba fuerte en el pecho, y es que no pudo obviar las imágenes de la noche anterior.
Gabriel besando la sensible piel de su cuello, besándola a ella, en los labios, de una manera que pudo sentir su sabor muchas horas después.
Se acaloró.
―Suéltame.
Él era mucho más alto, más fuerte… él era el hombre. Pero que el infierno se la llevara si permitía que la doblegara.
Alzó la barbilla y apretó los dientes para que ésta no le temblara.
Gabriel sintió que perdía el poco control que le quedaba. Allí estaba esa maldita barbilla respondona y orgullosa. Eso era lo único que no había cambiado en esa mujer, todo lo demás simplemente había desaparecido dejando paso a esa extraña criatura, que ni le respetaba, ni le temía.
No era la muchacha salvaje y desgarbada que había esperado. Su salvajismo no había desaparecido, seguía vivo en sus ojos, pero sin duda se había transformado.
Ahora, ante él, estaba aquella mujer que no reconocía y que, ¡malditos fueran los infiernos!
, le seguía enfureciendo y además ahora…
lo excitaba, como no había conseguido ninguna otra.
Pues una cosa era atracción, que pudiera sentir por cualquier muchacha bonita, pero lo que sintió la otra noche por Raven…
lo que sentía ahora, en esos momentos. Iba mucho más allá de la palabra deseo.
¿Cómo había podido ocurrir?
¿Cómo había sido posible que deseara a la fea Raven?
―No voy a rendirme. —Las palabras de ella lo sacaron de su ensoñación, de querer memorizar cada centímetro de la suave piel de su rostro.
―¡Oh! Sí, lo harás.
Gabriel apretó más las caderas contra ella y pudo sentir cómo su cuerpo se tensaba.
Raven jadeó y abrió los ojos como platos. ¿Qué demonios estaba haciendo? Sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza.
Con los brazos sujetos le fue imposible deshacerse de Gabriel. Luego se avergonzaría al pensar que ni siquiera lo había intentado, porque, maldita fuera, eso le gustaba. Su contacto le gustaba, y Gabriel McDonald… le gustaba.
Abrió los ojos por la sorpresa, al admitírselo a sí misma. Pero Gabriel pensó que la sorpresa venía por notar la manifestación de su deseo contra su abdomen. La sentía contra su cuerpo, tensa como la cuerda de un arco.
Lo que hacía Raven era aguardar que él diera el siguiente paso. No se hizo de rogar.
Gabriel deslizó los labios de su mejilla hasta la piel sensible del cuello.
Fueron movimientos lentos, muy lentos, como si no quisiera asustarla.
Las manos que sujetaban las muñecas sobre su cabeza se fueron deslizando por sus brazos, hasta rozar sus costillas y llegar a su cintura, luego las subió suavemente por su espalda y fue cuando sintió el jadeo de Raven.
Eso lo excitó más que cualquier cosa que hubiera escuchado en su vida.
Cuando Raven sintió el beso de Gabriel en el cuello y sus manos deslizarse arriba y abajo hasta posarse en sus nalgas y apretarlas, volvió a jadear.
Entonces sí intentó zafarse.
—Suficiente.
¿Qué pretendía con ese contacto tan íntimo?
Sin duda castigarla. Como siempre. No tenía dudas al respecto.
Se removió, pero lo único que consiguió fue apretarse más contra él. Gabriel pudo notar los pechos firmes contra su torso apenas cubierto por su kilt.
Le excitó sentirla contra él.
Raven era una mujer hermosa y cálida. Y olía de maravilla, lo supo al rozar la nariz de nuevo contra la piel sensible de su cuello.
Los labios de él se abrieron para besar la nívea piel y hasta morderla, tirando de la piel entre los dientes. Dios, cómo deseaba poder hacer eso en otras partes de su cuerpo, como en sus pechos.
—Jesús… —jadeó el laird.
Sus caderas ondularon contra ella y, como la noche anterior, las piernas de Raven parecieron separarse para que él tuviera cabida.
―Gabriel —susurró ella en un jadeo involuntario.
Raven cerró los ojos y sintió la humedad en su cuello.
Jadeó de nuevo intentando averiguar qué le estaba pasando, aunque creía saber perfectamente lo que era. Deseo.
Deseaba a Gabriel McDonald. Y en su mente, aquello era un hecho completamente… imposible.
Sintió como sus caderas cobraban vida propia para buscar las de él.
Gabriel hizo lo mismo.
Los labios del guerrero se abrieron de nuevo para que su lengua pudiera lamer la sensible superficie bajo la oreja. Sus caderas se sacudieron de nuevo hacia delante, buscando una proximidad que jamás pensó desear.
Él solo quería castigarla y se encontraba con aquello, con el deseo que no había experimentado desde hacía tanto tiempo, y que ahora aparecía con fuerza, e iba destinado a esa mujer, aquella que se había propuesto odiar hasta el fin de sus días.
Raven sintió como su respiración se entrecortaba ante el roce de la lengua, le hubiera gustado decirle que se apartara y que la dejara en paz, pero no podía y, por alguna extraña razón, no quería.
Buscó el rostro de Gabriel inclinando la cabeza hacia un lado, entonces él acarició su rostro, le puso el dedo pulgar en el mentón y tiró de él hacia abajo, abriéndole la boca.
Fue suficiente para apoderarse de ella y besarla con la misma desesperación que solo había experimentado con ella la noche anterior.
Cuando él puso fin al beso, Raven notaba el corazón palpitar en sus oídos.
Entreabrió los ojos al sentir que ya no tenía el contacto de sus labios, y en ese momento pudo captar la mirada clara de Gabriel.
Había dejado de besarla y ahora su rostro estaba apenas a un aliento de distancia. Notó como la miraba intensamente y sintió las manos de él deslizarse por sus brazos.
No se apartó de él y Gabriel no hizo ademán de detener sus manos cuando estas descendieron aún más, acariciando sus costillas hasta posarse en sus caderas.
Cuando Raven respiró hondo, su pecho se hinchó apretándose contra el torso casi desnudo del guerrero. Dejó de notar las manos de su prometido en la cintura y se dio cuenta de que era libre.
Él apenas la rozaba con su aliento.
Raven bajó los brazos, pero él no la dejó huir.
Gabriel subió sus manos apoyándolas en la pared, a cada lado de su rostro, impidiendo que se marchara.
Una sonrisa tan feroz como inesperada se materializó en su rostro.