Capítulo 15
Subieron en silencio las escaleras y, al llegar arriba, donde nadie podía verlos, Raven se dio la vuelta.
—Hasta aquí.
—¿Cómo?
—No es necesario que me acompañes a mis aposentos. No sería decoroso —los dos estaban pensando exactamente en lo que había sucedido la noche anterior.
—¿No sería decoroso?
Gabriel sonrió. La agarró del brazo sin miramientos y la arrastró por el pasillo.
—¿Qué estás haciendo?
―Creo que va siendo hora de que tú y yo tengamos una conversación en privado.
―¡Basta! Eres un bruto —le espetó cuando sintió que la apretaba con demasiada fuerza.
Tiró de su mano para liberarse, pero fue inútil. Gabriel tenía demasiada fuerza. Entonces alzó la que tenía libre e intentó golpearle.
Al ver cómo esta descendía sobre él, le cogió ambas muñecas y, con un gruñido, se agachó y la cargó sobre su hombro.
―Suficiente.
―No, no… ¡Para! ¡Gabriel McDonald! ¡Suéltame ahora mismo o empezaré a gritar!
―Ya estás gritando —dijo él—. Y no me importa.
―¡Eres un animal!
Ante el insulto, Gabriel decidió que, si ella creía que era un animal, bien podría serlo. Le palmeó con fuerza el trasero y subió el trecho que le separaba de la entrada del corredor donde se encontraban sus habitaciones.
Abrió la puerta de la alcoba. Era el dormitorio que compartía con Agnes, bien cuidado, limpio y con una gran cama con finos cortinajes. La chimenea estaba encendida con un pequeño fuego que se apagaría en breve, pero no importaba, porque la estancia estaba lo suficientemente caldeada.
—Suéltame.
Y por primera vez, él obedeció a su petición, ¿o más bien era una orden?
La tiró sobre la cama y ella se quedó sin aire por el golpe.
―¿Qué crees que estás haciendo?
Él no dijo nada, simplemente se dio la vuelta y cerró la puerta de un sonoro golpe.
―Vamos a hablar, Raven.
Ella se incorporó de rodillas sobre la cama y bajó de esta por el otro lado, alejándose lo más posible de su alcance.
―¿De qué vamos a hablar tú y yo? Si tal parece que no tenéis don de la palabra, solo sabéis gruñir como un maldito…
Él alzó un dedo en señal de advertencia para que se callara.
—Cuidado.
Raven se maldijo por el efecto que Gabriel tenía sobre ella.
En la chimenea el fuego estaba encendido y, en un lugar de la alcoba, el vestido de novia estaba doblado sobre un gran baúl. Raven le echó un vistazo y enseguida se puso entre él y Gabriel.
―No lo mires —extendió los brazos y alzó el mentón—, da mala suerte.
Gabriel se paró donde estaba. Alzó las cejas y una sonrisa torcida puso de peor humor a la futura novia.
―¿En serio crees que podemos tener más mala suerte?
Ella resopló. Visto así…
―Casarme contigo ya es suficiente mala suerte —insistió Gabriel al ver que ella no le atacaba. Sus palabras dieron su fruto.
―¡En algo estamos de acuerdo!
Él soltó una risa despectiva.
―Muchas mujeres matarían por ser mi esposa.
―Mujeres idiotas, que no os conocen. Pero te olvidas que yo sí te conozco, desde que eras un maldito niño malhablado y sin modales.
Gabriel respiró hondo por la nariz.
―Eso no puedes decirlo.
Raven se mantenía a distancia, pero cuando él avanzó despacio hacia ella, no quiso retroceder.
―¿No puedo decir lo que siento? —dijo altiva—. Suelo expresar mi sincera opinión, ojalá te vayas acostumbrando pronto.
De pronto, él estuvo muy cerca.
Las manos de Gabriel se posaron sobre los hombros de Raven y la atrajeron hacia sí. Con una sonrisa lobuna, que la hizo estremecer de la cabeza a los pies, le hizo una advertencia.
―A partir de mañana, voy a enseñarte un par de cosas sobre lo que se espera de lady McDonald. Harás bien en memorizar cada orden y advertencia que te dé, si no quieres vivir en el infierno.
Ella no bajó el mentón, ni apartó la mirada.
―Puesto que viviremos juntos, espero que vos os acostumbréis también a él.
Se quedaron en silencio unos instantes. Gabriel la miró como queriendo recordar cada pulgada de su rostro, cada diminuta marca o poro de su piel.
—Viviremos juntos como marido y mujer… —dijo Gabriel.
Por su mirada, Raven supo exactamente a qué se refería y se sonrojó sin poder evitarlo.
―No entiendo por qué tenéis tanta prisa, si tan desagradable a la vista me encontráis, mi señor.
Él apretó aún más los hombros de ella y la alzó ligeramente hasta sus labios.
—No me caso contigo por la consumación del matrimonio. ¡Bien lo sabe Dios!
Raven apretó los dientes; esperaba una oda a su belleza. Ese hombre era un bárbaro sin tacto, ni sentimientos, y moriría siéndolo.
―Jamás lo hubiera pensado —dijo entre dientes—. Eres…
―No obstante… hay una alianza que consumar.
—A mi parecer, esta alianza puede irse al mismísimo infi…
—Ssssh —Gabriel tapó su boca con un dedo, obligándola a permanecer callada—. No me importa tu parecer, como ya te he dicho antes.
Ella intentó morderle el dedo y él lo apartó, pero siguió sin apartarse de esa tozuda muchacha.
—Si no te importa mi opinión, ¿por qué a mí debería importarme la tuya?
―Yo soy el hombre. El laird. Tú solo eres…
―¿Vuestra prometida? —dijo furiosa—. En mala hora a vuestro padre se le pasó por la cabeza forjar una alianza con el mío a base de este compromiso indeseado.
Gabriel tomó aire y echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.
Pensó en su padre.
―Mi padre… veía algo en ti.
Sus facciones se suavizaron y sus ojos parecían tristes, sin duda al evocar a la figura de Ian McDonald.
Le habló con más familiaridad y ambos se quedaron en silencio por unos instantes mientras se sostenían la mirada. Pero entonces Gabriel recordó algo y volvió a agarrarla por los brazos. Y tiró de ella hacia arriba para que sus ojos quedaran a la misma altura.
―Por su memoria, quiero advertirte.
Raven tragó saliva, pero ni por un instante apartó la mirada.
―¿Qué deseas advertirme?
―Quiero que sepas que no consentiré que vuelvas a tratarme jamás como lo has hecho hasta ahora. No soy un niño, soy un hombre…
―¿Aunque a veces no te comportes como tal?
―¡Ves! —dijo alzando la voz y soltándola como si quemara—. ¡A eso me refiero! ¡No me hables así! Y mucho menos lo hagas delante de mis hombres.
―¿Hablarte cómo?, ¿con la verdad? —dijo ella punzante—. ¿Quieres que te mienta?
Él dejó de agarrarla por los brazos y enmarcó su rostro entre ambas manos. Las de Raven volaron a sus muñecas, dispuesta a hacer que la soltara y la librara de su contacto.
—Jamás —puntualizó la palabra— vuelvas a hablarme en ese tono frente a mis hombres.
―Si lo deseas, jamás volveré a hablarte.
―No es solo tu lengua endiablada. No hace falta que hables para desafiarme, tu sola mirada es suficiente para que todos vean el desprecio que sientes por mí.
―¿Y de quién es la culpa?
Raven tragó saliva y sus dedos se clavaron en la carne de Gabriel.
No estaba dispuesta a dejarse amedrentar sin presentar batalla, pero él era más fuerte y se lo hizo notar. Ahora eran las manos de Gabriel quienes sujetaban sus muñecas mientras la hacían retroceder hasta la fría pared de piedra cerca de la cama.
―No hagas eso —dijo él entre dientes.
Alzó los brazos de Raven y los sujetó por encima de su cabeza.
―¿Hacer qué? Eres tú quien me tiene prisionera —dijo furiosa por ser incapaz de controlar sus nervios.
Raven se revolvió inquieta contra el musculoso pecho del laird, pero poco podía hacer contra un hombre tan fuerte como él.