La eterna prometida del Highlander Capítulo 12
38%

Capítulo 12

Raven se levantó temprano, tanto que pensó que no habría nadie en el salón, pero se equivocaba. Mairy, junto a Murdock y Gabriel encabezando la mesa, ya estaban compartiendo las vituallas que se servían para el desayuno.

Nada más verle, a Raven se le encendieron las mejillas. Murmuró alguna que otra palabra ininteligible, mientras se acercaba a la gran mesa.

―Buenos días.

Gabriel tuvo el descaro de mirarla de la cabeza a los pies. No como alguien observa el horizonte, sino como alguien hambriento que contempla un asado.

―Buenos días. ¿Preparada para el día más importante de tu vida?

Raven suspiró y se sentó a la derecha de Gabriel, donde creía que él le había asignado un lugar permanente la noche anterior.

―No sé si será importante, pero desde luego no va a ser el día de mi boda.

―¿No creéis que el día de nuestra boda será uno de los días más importantes de tu vida?

Él se estaba burlando claramente de ella.

―No, lo que quiero decir es que hoy no nos casaremos.

Gabriel no perdió la sonrisa.

―Yo creo que sí.

Raven lo miró desafiante, pero al contemplar de nuevo esos ojos grises se acordó de lo que habían estado haciendo la noche anterior en el pasillo, y apartó la mirada de él como si con ello consiguiera calmar su ardor.

―No creo que debáis discutir tan temprano. Las gallinas aún no se han despertado ―Mairy intentó ser conciliadora, y Murdock a su lado asintió dándole la razón.

―Solo digo que la boda está planeada para hoy.

Su madre suspiró como si no pudiera evitar la tormenta.

―Podríamos casarnos ahora mismo.

No fue solo la mirada, sino el tono con que Gabriel dijo aquellas palabras. Después… sintió como la mano grande del guerrero se posaba sobre su muslo.

Raven casi escupió la leche que había empezado a beber, pero con normalidad, aunque conteniendo la respiración, dejó el vaso sobre la mesa de madera.

Gabriel estaba complacido, vio cómo las mejillas de su futura esposa se volvían de color escarlata.

Dios, cómo no podía esperar más para tenerla.

¿Tres semanas había dicho ella? Se le escapó una risa ronca.

Ya le costaba esperar tres horas. Después del deseo que había visto en ella la noche anterior, no iba a postergar lo único bueno que le proporcionaría el matrimonio.

―No te atreverás —murmuró solo para Gabriel, apretó su muslo.

―¿Quieres seguir desafiándome? —Sintió como de nuevo su aliento se derramaba en el oído cuando él se inclinó sobre ella. Raven se estremeció de la cabeza a los pies.

No se atrevió a responder, sabía hasta qué punto podía tensar esa cuerda sin romperla y estaba a punto de llegar al límite.

―No discutáis, por favor. Será una boda preciosa, pero no tiene por qué ser hoy.

¿Verdad, hijo? ―le preguntó Mairy―. Mañana será un día igual de hermoso.

Una bonita ceremonia, sencilla, pero bonita.

―Entonces miró a Raven―. ¿Eso te complacería?

¿Querrás hacerlo por mí? Esta vieja ha esperado demasiado tiempo este momento.

Las palabras de Mairy conmovieron a Raven y la hizo asentir sin apenas darse cuenta.

―Como usted diga, señora.

―Mairy ―dijo ella con una sonrisa radiante―. Mairy o mamá. Yo estoy deseando llamarte hija con todos los motivos.

Raven asintió y las palabras de Mairy disiparon algo su enfado, hasta que Gabriel la hizo sentir incómoda de nuevo bajo su mirada de hierro.

―No hay mucho que preparar.

Mairy discrepaba y siguió hablando del enlace e ignorando a los guerreros que empezaban a situarse alrededor para el desayuno. Pero a Raven no se le escapó que ninguno de ellos les quitaba los ojos de encima.

―El vestido de novia es maravilloso, solo tengo que hacerte unos pequeños arreglos. Esta tarde te informaré de todo.

―Yo… ―vaya. Uno de los motivos por los cuales no quería casarse aún, es porque no habían llegado sus cosas. No tenía ningún vestido bonito consigo.

―Y no solo el vestido es bonito. Mandaré a que las mujeres recojan las mejores flores y las pondremos por todas partes. Adornaremos la pequeña capilla y el salón. Ya verás que...

Raven no sabía si le sorprendía más el que aquella mujer hubiera organizado todas aquellas cosas o la velocidad con que hablaba sobre el futuro venidero.

—Vendrán Alec McAlister con su esposa Roslyn. Acaban de casarse. Te gustarán. Él es el mejor amigo de Gabriel y ella una muchacha encantadora que no lo ha pasado demasiado bien.

No quiso ofender a la pobre mujer diciéndoselo, pero si Alec era parecido a Gabriel no le iba a gustar en absoluto.

—Bien —fue la única respuesta de Raven y se dispuso a poner una expresión tan imperturbable como la de Gabriel.

—¿Deseas algo más para la boda?

Ante la pregunta de Mairy, Raven recordó lo que le había prometido a su hermana.

—Espero puedas avisar a mi padre y a mi hermana Rowyn de que la boda es mañana, y que puedan traerme todas mis cosas.

—¿Tu hermana? —Ahora sí Gabriel la miró a los ojos.

Notó la inquietud en Mairy, que miró a Murdock como si no comprendiera.

La idea de que su padre apareciera en tierras McDonald no parecía ser del agrado de ninguno de los presentes, eso podía entenderlo, pero por algún motivo, creyó que eso también se extendía a su hermana.

―Tu padre dio el consentimiento, ya dejó claro que no asistiría a la ceremonia y, sobre tu ajuar, yo te proporcionaré todo cuanto necesites.

Raven lo miró, pero esta vez él miraba a su madre.

—Esperaba que no hubiera inconveniente en que mi familia esté presente en nuestro enlace. Puedo entender que mi padre esté muy ocupado con…

―No.

Raven dio un respingo y esta vez sí que los ojos de Gabriel estaban fijos en ella. Y a pesar de haber discutido desde que ella llegara a tierras McDonald, en ese momento había algo más que enfado en su mirada.

―¿No?

―No —repitió secamente.

―¿No, qué?

―No creo que dé tiempo a mandar llamar a tu hermana. Además, sería algo incómodo aguantar la presencia de una mujer tan caprichosa y que siempre quiere ser el centro de atención. ¿Quieres eso para tu boda?

Raven miró su tazón de gachas dispuesta a morderse la lengua, pero finalmente su temperamento renegó de estar escondiéndose.

―Una hermana caprichosa con la que te ibas a casar —dijo como si escupiera veneno.

Por instinto Mairy se levantó de la mesa y meneó la cabeza en señal de negación.

—Eso no ha estado bien.

Gabriel aguantó la respiración y se sintió ofendido ante las risas de sus hombres.

Iba a tener que enseñarle un par de cosas a esa arpía y cuanto antes mejor.

Juró que se sentiría complacido de poder enseñarle el lugar que iba a ocupar junto a él, bajo su puño de hierro.

Porque no tenía la menor duda de que Raven McDowell iba a ser un quebradero de cabeza hasta que la sometiera y se iba a dedicar en cuerpo y alma a hacerlo.

—Sí, iba a casarme con ella —dijo Gabriel como si las palabras no le hubieran molestado—. Desgraciadamente no ha sido ese el caso, ¿me equivoco?

Raven apretó los labios con disgusto ante ese ataque.

―No, creo que tendrás que conformarte conmigo.

―Contigo… una mujer ciertamente menos caprichosa, pero mucho más insolente.

―Gabriel —Mairy miró a su hijo suplicante, le puso una mano sobre su hombro y miró a Raven también suplicante—. Por favor, es demasiado temprano.

—Puede que no llegue para la boda, si tan ansioso estáis de que nos casemos, pero… no veo por qué no puedo traerla aquí de visita. Su marido acaba de morir…

Gabriel alzó los brazos exasperado y miró a su madre para que la ayudara. Esta se dedicó a sentarse y a cerrar los ojos a modo de rendición.

—Ella se siente muy sola…

Entonces Gabriel volvió a ser tajante:

—No.

Raven volteó su cuerpo y se inclinó hacia su prometido.

—¿Qué? —La pregunta salió a tropezones de su boca y, desde luego, no era asombro lo que destilaban sus ojos.

—Oh —Gabriel torció la cabeza—, no sabía que, entre tus innumerables virtudes, estaba la sordera.

—Dios bendito —murmuró Murdock—. Esa boda será el infierno.

—Hijo... —susurró Mairy, pero no apaciguó a ninguno de los dos.

—Sí, va a ser un matrimonio de lo más interesante —las palabras cansadas de Murdock y la carcajada de Owen, que había estado escuchando junto a otros guerreros en la mesa, avergonzaron a Raven.

―Tengo muy buen oído, laird McDonald.

Los brazos cruzados sobre su ancho pecho, esa maldita ceja levantada con un claro deje de superioridad, era suficiente para querer estrangularlo.

―Entonces úselo, lady Raven.

―¡No me llames Raven!

Ante el grito de ella, todo el salón se quedó en silencio.

Mairy juntó las manos en oración y pidió a Dios que repartiera paciencia.

Aquello no estaba resultando todo lo apacible que a ella le hubiera gustado.

Los guerreros hacían un verdadero esfuerzo por no reírse a carcajadas y Gabriel había enrojecido de ira, pero controló su lengua y, cuando habló, su tono fue inquietantemente calmo.

―Creo que deberías tratar al que va a ser tu dueño y señor con más respeto, Raven —odió su nombre en boca de Gabriel y más cuando lo dijo arrastrando la palabra para molestarla.

Ella tomó aire por la nariz ante sus palabras.

No había gritado, sino que, acercándose más a ella, le había rozado la oreja con sus labios para hacerle esa sencilla advertencia que no estaba dispuesta a pasar por alto.

Que se acercara al oído para hablarle era un acto que la enervaba y quizás por ello lo estaba repitiendo una y otra vez.

No llevaba allí ni un día y ya había sentenciado su relación.

La animosidad entre ambos era evidente y lo peor es que ella no quería hacer absolutamente nada para cambiar eso.

Mairy, en cambio, parecía mucho más preocupada que Raven.

Buscó ayuda en los guerreros de su alrededor, pero Liam no estaba dispuesto a quitar su sonrisa de su cara, Murdock estaba simplemente perplejo, mientras que Owen miraba al techo como si este fuera la cosa más entretenida del mundo.

Ella también le susurró, consciente de que los demás fingían conversar de sucesos interesantes, pero en realidad estaban muy pendientes de ellos.

—Eres un bárbaro insufrible —le dijo entre dientes—, no has cambiado en lo más mínimo y has tenido años para hacerlo.

Mairy bufó con desánimo y Gabriel frunció tanto el ceño que desapareció toda hermosura de su rostro.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Bueno… —dijo apartando un poco su rostro para mirarla a la cara. Después sus ojos descendieron y el escrutinio la hizo sentir incómoda—. Tú sigues siendo tan desagradable a la vista como siempre.

Raven abrió la boca y Murdock se apresuró a arrebatarle el tazón de gachas, plenamente consciente de que ella podría utilizarlo como arma.

A Raven se le humedecieron los ojos; miró alrededor desconcertada y abochornada por las palabras de su prometido, pero nadie más que ella pareció haberlas escuchado.

—Si me disculpan…

A Mairy se le partió el corazón al verla salir.

—Hijo mío… eres un bruto —dijo antes de partir tras su futura nuera.

En el entrenamiento de la mañana, Gabriel había estado verdaderamente entregado.

Uno podría pensar que la boda sería un tema que lo tendría distraído. Pero los cuatro hombres que lanzó por los aires en un combate cuerpo a cuerpo jurarían que el laird se empleaba tan a fondo como siempre.

Cuando Gabriel salió del círculo de entrenamiento, se lavó la cara, el torso y los brazos con un bidón de agua que estaba ahí precisamente para que sus hombres pudieran sacarse el polvo después de los entrenamientos.

—Hoy has estado espléndido. Creo que Liam ha volado cuatro metros.

Gabriel asintió, mientras se secaba con un paño el exceso de agua.

—Será un buen laird. Creo que su gente lo respetará.

Murdock estuvo de acuerdo.

—Tú también eres un gran laird —dijo su consejero y el que había sido el mejor amigo de su padre—. Ahora solo falta por ver si también serás un buen marido.

Gabriel puso los ojos en blanco.

—¿De verdad no vais a darme un respiro?

Sus más fieles guerreros se acercaron a él.

—¿De qué habláis? ¿De la boda? —Callum lo dijo sin maldad alguna, pero una mirada de su laird y entendió que no tenía que sacar el tema.

Liam no parecía de la misma opinión.

—La ha llamado fea —tosió para disimular sus palabras.

—¿Quieres que vuelva a lanzarte como un saco de patatas? —preguntó Gabriel—. Además, ¿qué dije? Tampoco es que sea ninguna belleza.

—Está ciego —Owen murmuró a sus espaldas mientras los demás soldados intentaban ocultar su risa con una tos.

Gabriel lo fulminó con la mirada.

—¿Quieres atragantarte de verdad, Owen?

—No, mi laird —dijo el guerrero sin poder borrar de sus ojos un brillo burlón.

Dios mío, pensó Gabriel, que se celebre la maldita boda y acabemos con esto.