Capítulo 11
Raven subió los peldaños de la escalera que le llevarían a la galería del primer piso. Allí, donde media hora antes su futura suegra le había enseñado dónde pasaría la noche. Después de bajar con Agnes a por algunos enseres que necesitaría, como el camisón, Raven había vuelto a estallar de ira.
Se dio la vuelta, en medio del pasillo mal iluminado y miró a su doncella.
―No te rías.
Agnes se rió aún más fuerte por el enfado de su señora, y no era para menos.
Los cabellos de Raven se habían soltado de sus trenzas y parecía una loca anciana perdida en el bosque. Al menos estaba limpia, pues había podido lavarse y quitarse el polvo del camino.
―¿No te parece un hombre odioso?
―Un hombre odioso y muy guapo.
Raven la miró sorprendida.
―¿Crees que es guapo?
―¡Por Dios! ¿Nuestro señor os ha dado ojos? Por supuesto que es guapo. Todos aquí parecen serlo, unos gigantes rubios, con unos ojos…
―Puede que sean guapos y rubios, pero me da que a ti quien te gusta es el moreno.
Agnes chasqueó la lengua cuando ahora era su señora la que se burlaba de ella.
―Bueno, una tiene sus predilecciones.
―¿Qué tal ha sido el viaje entre los brazos de Callum?
La muchacha estaba mucho más parlanchina y animada que ella.
Para Agnes, haber llegado a tierras McDonald era casi una bendición.
Y es que Raven empezaba a sospechar que aquel lugar era muy diferente de las tierras McDowell.
Allí la gente parecía sonreír más y divertirse.
Aunque no sabía si ella podría hacerlo si iba a casarse con ese bruto.
―Buenas noches.
La voz masculina que llegó desde la oscuridad le hizo dar un respingo. Agnes se apretó contra la puerta, pero sonrió al ver que se trataba de su nuevo señor.
―Solo he venido a daros las buenas noches, espero disfrutéis de esta última noche como mi prometida.
Agnes miró a Raven, que intentó agarrarla por el codo para que no se fuera, pero la doncella entró en la habitación con una risita bailando en el aire y cerró la puerta dejándolos solos en el pasillo en penumbra.
―Que amable sois —dijo en un tono sarcástico que ya empezaba a ser habitual en ella.
Él se dejó ver a la luz de la antorcha que crepitaba en la pared.
Se acercó y Raven se obligó a permanecer quieta, y a no retroceder, aunque todos sus sentidos le decían que huyera de allí.
Se compuso el alborotado cabello y carraspeó. Eso hizo aparecer una sonrisa en los labios plenos del guerrero.
Sus ojos grises la miraron fijamente.
Nerviosa apartó la mirada. Cobarde. Volvió a alzar la vista y esta vez sí sostuvo la mirada del laird.
Sus ojos la quemaban.
Raven los sintió recorrer su cuerpo y eso hizo que sus palmas sudaran y se le secara la boca.
Estaba tan cerca que podía olerle. ¿Cómo podría haberse imaginado que ese palurdo habría cambiado a mejor en todos esos años? Seguía siendo el mismo muchacho insufrible y déspota de siempre.
―Habéis venido a darme las buenas noches, y como ya lo habéis hecho, os agradecería… ¿qué? ¿qué estáis haciendo?
Raven se apretó contra la fría pared de piedra, cuando él se inclinó sobre ella. Apoyó ambas manos a los lados de la cabeza de Raven y su pecho rozó los de ella.
―No estoy haciendo nada —dijo Gabriel, fingiendo la bondad de un santo—. Solo daros las buenas noches.
―Ya lo habéis hecho.
―No, como debería.
¡Iba a besarla!
―¿Pero qué demonios te crees…?
No pudo continuar con su protesta. Los labios de Gabriel descendieron hacia los suyos y los atrapó. Él ladeó la cabeza y Raven pudo sentir el roce de su lengua intentando entrar en su boca. No la habían besado nunca así, porque este beso era diferente al que le había dado en el patio.
Él se apartó apenas un aliento. Rozó su nariz con la de Raven y se congratuló de que ella permaneciera con los ojos cerrados, apenas respirando.
―¿Te gusta?
Ella dejó transcurrir un par de segundos, entonces sus labios se movieron intentando darle una respuesta que no llegaba.
―Claro que no… esto ha estado fuera de lugar y exijo…
―¿Más? —dijo él burlón—. Tus deseos son órdenes.
La besó de nuevo, esta vez todo el cuerpo musculoso del guerrero se apretó contra el de ella. Podía sentirlo en cada parte de su cuerpo. Se quedó sin aliento cuando las grandes manos de Gabriel rodearon su cintura, la apretaron con delicadeza, como si midieran su talle.
Sus pechos volvieron a apretarse contra el torso musculoso y, mientras su boca atrapaba de nuevo sus labios una y otra vez, sintió la necesidad de comprobar si aquel escaso vello en el pecho era tan suave como había predicho.
Las manos de Raven se alzaron para comprobarlo.
Gabriel se inclinó más sobre ella al notar su contacto y, como si ella le hubiera dado permiso para más con ese gesto, las manos masculinas bajaron de su cintura a su cadera y más abajo, hasta que pudo sujetarla por detrás de la rodilla y hacer que su pierna rodeara la cadera de él.
Entonces Raven se estiró sobre la punta de sus pies. Apartó su boca de él e intentó tomar aire. No estaba preparada para ese contacto tan íntimo. No estaba preparada para que él presionara sus caderas contra el centro de ella.
―Gabriel.
―Dios, sí.
Besó su cuello y Raven tuvo que rodear su cuello con los brazos para no caerse. Entonces, contra la pared de piedra, ella lo agarró por sus espesos cabellos rubios y tiró de él para mirarle a los ojos, unos profundos ojos grises que parecían en llamas, tanto como ella.
Intentó decir algo, pero sabía que su mente estaba en blanco, solo hablaba su cuerpo en aquel momento.
Gabriel inclinó la cabeza y esperó que lo rechazara, pero al no ser así, sonrió antes de apoderarse de nuevo de su boca. Esta vez el beso fue apasionado, carnal. Ya había dejado de jugar con esos suaves toques que solo deseaban explorarla.
Raven gimió contra su boca, notó la lengua del laird y le salió al encuentro con la suya.
Se apretó tanto contra ella que la dejó sin respiración.
Mientras sus caderas ondulaban, Gabriel acarició su cuerpo por encima de la ropa, hasta abrazarla de nuevo.
Cuando sintió que cruzaba la línea, las palmas de sus manos se deslizaron hacia abajo hasta apretar las nalgas de Raven, que se encontró suspendida en el aire.
Gabriel siguió besándola desesperadamente, mientras las piernas de Raven se enroscaban en su cintura y él la abrazaba contra la pared.
Debía parar, si continuaba...
―Buenas noches —dijo contra la boca de Raven. Y ella se apartó unos centímetros como si no hubiera podido oír bien—. Buenas noches —repitió.
Entonces él la dejó en el suelo; sus piernas apenas la sostuvieron, cuando las rodillas se doblaron.
Raven se apretó de nuevo contra la pared y sintió frío al ver que el cuerpo de Gabriel se separaba de ella.
―Buenas noches —Gabriel se dio media vuelta y se marchó.
Raven se quedó algunos minutos en silencio, sin saber muy bien qué había pasado.
Se llevó una mano a la frente y otra al vientre. ¿Así que eso era el pecado?
Se tapó finalmente la boca con las manos, tenía los labios hinchados.
―¡Maldita sea!
Entró hecha una furia y Agnes apenas pudo contener la risa al ver su ropa desajustada y el pelo completamente alborotado.
―¿Una batalla dura? ¿Quién ha ganado?
Raven cerró la puerta tras de sí, y no quiso hacer más caso a las bromas de Agnes. Ya estaba suficientemente mortificada al tener que admitir ante sí misma, que compartir el lecho con aquel hombre no sería ningún sacrificio.