Capítulo 10
Cuando entraron en el salón, Raven estaba furiosa.
¿Era eso lo que le esperaba una vez fuera la señora?
, ¿que él la tratara como si fuera de su propiedad?
Había sido algo humillante, una humillación bastante pública, añadiría.
Pero ¿qué debía esperar de Gabriel McDonald?
Sin duda no podía gustarle a semejante bárbaro insensible, entonces, ¿por qué la había besado?
Raven entrecerró los ojos.
La respuesta era evidente: para demostrarle que era él quien mandaba.
—Arrogante —murmuró para sí, pero Agnes, que corrió a su lado al entrar en el salón, la escuchó.
—¿Ha sido un buen beso, mi señora?
—¡Agnes!
—Desde abajo, así nos lo ha parecido.
Raven cerró los ojos y se concentró en aplacar su enfado.
—Nada del otro mundo.
¿Cómo podía decirle que cuando él la había besado se había olvidado de dónde estaba, y hasta se había vuelto sorda? Pues desde luego, debía estarlo para no darse cuenta de los ensordecedores vítores de los McDonald.
—¿Eso significará que me aceptan?
Agnes la miró interrogante.
—¿El qué?
—Los vítores.
—¡Oh! Sí, yo creo que sí, o bien que el laird besa muy bien.
—¡No besa bien!
Se arrepintió de haber alzado la voz, porque al instante Agnes se tapó la boca para ocultar su sonrisa y se retiró unos pasos, quedando bajo la mirada de varios hombres y mujeres del clan que abarrotaban el salón.
—¿No beso bien, querida?
Ella volvió a ponerse del color de la grana cuando Gabriel le ofreció su brazo y la arrastró hacia la mesa que se había montado para la cena.
Qué arrogante era. Raven suspiró. La estaba exhibiendo, sin lugar a dudas. Ella buscó ayuda en Agnes, pero esta estaba riendo con lady Mairy, que sin duda se divertía tanto como su doncella.
No le extrañaba que la exhibiera, ella no sería más que una propiedad más del laird McDonald. Una propiedad no deseada, pero a la que seguramente le gustaría poseer y humillar. Apretó los puños y sintió cómo el enfado iba creciendo en su interior.
Gabriel no había cambiado tanto en el fondo, le despertaba los mismos sentimientos que antaño. Bueno… quizás añadiría algunos nuevos… Pero ahora no quería pensar en su beso.
Raven apretó los puños con fuerza y dejó caer sus brazos a los costados. Al dejar de sentir su tacto en el brazo, Gabriel la miró.
Intensamente.
Raven podía sentir sus ojos clavados en ella, escudriñando su rostro y cada palmo de su cuerpo.
Ofendida, alzó el mentón y lo encaró.
Cuando sus miradas se cruzaron, Gabriel le sonrió. Una sonrisa ladeada, llena de orgullo y soberbia, o así lo interpretó ella.
―Te has convertido en una joven hermosa.
Enarcó una ceja ante las palabras que pronunció su prometido, no sabiendo si debía considerarlas sinceras o no.
¡Por supuesto que no! Él preferiría comer tierra antes que dedicarle una palabra amable.
Raven apartó la mirada y mantuvo el mentón alzado.
Liam batió las mandíbulas riendo groseramente al ver su gesto. Gabriel lo reprendió con la mirada y, con las manos alzadas, el guerrero aguardó frente a uno de los bancos dispuestos alrededor de la mesa.
Sin duda estaban esperando que ellos dos se sentaran para poder hacerlo los demás.
―Sentémonos —dijo Gabriel sin más.
Él le tendió el brazo y Raven, dubitativa, puso una mano sobre la que Gabriel le ofrecía.
Le siguió unos metros hasta la cabecera de la mesa y la hizo sentarse a su derecha. Después, una docena de hombres y mujeres también lo hicieron.
Su madre tomó asiento a la izquierda, y Raven agradeció tener enfrente a una cara amiga.
―No debes temernos, somos buena gente. Ya lo verás —le dijo inclinándose un poco hacia delante—. Todos van a quererte, tanto como yo y mi difunto esposo.
―Gracias. —Sí, ellos la querían. Sin esperarlo, sus ojos se inundaron de lágrimas. Y parpadeó para disiparlas antes de que cayeran—. Me haré merecedora de ese afecto.
―Ya lo eres, querida.
De reojo miró a Gabriel, que más serio hablaba con Liam y Callum, seguramente de cómo había transcurrido el viaje.
Frente a ella se sirvió un gran banquete y, a medida que pasaba la tarde, los hombres se iban achispando más y las mujeres subían el tono de sus risas.
En algún momento se escucharon nuevos vítores y aplausos.
Sus mejillas se tiñeron de rojo, pero eso no hizo que agachara la cabeza; asintió en señal de gratitud e hizo una imperceptible reverencia a los que pronto se convertirían en su gente.
Súbitamente, sintió el contacto de la mano de Gabriel sobre la suya que tenía apoyada en la mesa.
Los ojos de Raven se abrieron desmesuradamente.
¿Qué pretendía?, ¿otro beso? Sí, eso era exactamente lo que quería.
Ese hombre, siempre queriendo imponer su maldita voluntad.
Y, a pesar de saberlo, no podía negarse.
Todos la estaban mirando. Pero esta vez, cuando los labios de Gabriel se apoderaron de los suyos, ella se quedó rígida y no respondió como antes.
Esta vez ya estaba prevenida. Él solo quería ridiculizarla ante todos y no se lo iba a poner fácil.
Se apartó apenas unos segundos después y ella pudo ver cómo sus ojos grises se entrecerraban. Entonces el laird le dedicó una radiante sonrisa ladina.
Ríete, que bien te haré llorar, se dijo ella para sí.
No iba a doblegarse tan fácilmente a la voluntad de ese hombre. No importaba cuántas serpientes le metiera en el vestido, si se había creído que la pequeña Raven había cambiado, se equivocaba.
A su alrededor había una actividad frenética.
―Ahora que ya estás llena… Ven, te presentaré a algunos de mis hombres —dijo Gabriel poniéndose en pie.
Raven vaciló, pero al ver la cara suplicante de Mairy, enseguida aceptó conocer a sus guerreros.
Pequeños grupos se arremolinaban por todo el salón, no solo en la mesa principal.
Raven podía escuchar sus conversaciones, algunas a media voz y otras entre estridentes carcajadas.
Todos parecían contentos con su llegada, o al menos por tener algo que celebrar.
No solo se encontraban allí los guerreros de Gabriel, sino que estos iban acompañados de sus esposas, algunas damas con vestidos más lujosos de los que ella había visto jamás.
Mientras Gabriel la presentaba al primer grupo de gente, ella notó la presencia reconfortante de Mairy a su lado, que, sin que ella dijera nada, le apretó con cariño la mano. Un gesto que agradeció y le dio fuerzas.
La mujer la miraba amorosamente y le susurraba algunas palabras, añadiendo algunos comentarios a las presentaciones que hacía su hijo.
Murdock, el viejo consejero de Gabriel, fue el primero en ser presentado y se mantuvo al lado de Mairy, como si la escoltara. Aunque lo que realmente pensaba Raven es que no quería perderse ningún detalle de sus primeros pasos entre los McDonald.
Owen, Liam y Callum estaban en el pequeño grupo al que se dirigían. No había mujeres en él, así que dedujo que los grandes guerreros de Gabriel aún no habían formado una familia.
Raven miró a los hombres entrecerrando los ojos al escuchar algunas de las palabras que estaban intercambiando.
Comentarios que, si bien no eran groseros, podrían definirse como una carencia imperdonable de moral.
Suspiró y Gabriel capturó su mirada como si la reprendiera por su expresión. Ella se limitó a enarcar una ceja.
―¿Qué?
La tensión parecía que iba en aumento entre ambos, pero allí estaba Lady McDonald para solucionar cualquier percance que pudiera acontecer.
—Este es el salón principal y estos son los mejores guerreros de Gabriel, a los que encomienda las misiones que son de más valor para mi hijo, como el traerte aquí.
―Por supuesto.
Raven dudaba que para Gabriel fuera una misión de valor traerla sana y salva.
Estaba convencida de que, si hubiera llegado metida en un saco, en el carro de abono de un campesino, le hubiera sido igual.
Al fin y al cabo, lo que importaba era tenerla allí para poder casarse con ella y que la alianza por fin se consolidara con su matrimonio ante los ojos del rey.
Mientras Mairy seguía hablándole, Raven pudo relajarse un poco y olvidar la intensa mirada de Gabriel que ahora hablaba con sus hombres.
La voz de Mairy animaba a que ella se sintiera más a gusto.
Era imposible no contagiarse del buen humor de la mujer.
No obstante, la sonrisa de Raven desaparecía al notar que el bárbaro la estaba mirando, o más bien vigilando.
Dispuesta a ignorar por completo a su prometido, centró toda su atención en Mairy, pero solo hasta que sintió como la mano de su prometido rodeaba su cintura y la acercaba a él para presentarla formalmente a sus guerreros.
Al notar la tensión en Raven, Gabriel había dejado de sonreír. Había vuelto a usar la máscara imperturbable de siempre.
―Déjame presentarte a mis guerreros más leales.
―Creo que ya nos hemos conocido en el camino.
Owen se inclinó ante ella.
―Owen es el mayor del grupo, por eso me fío de su experiencia y es uno de mis consejeros, junto a Murdock —el guerrero tenía un largo pelo rubio y, aunque más bajo que los demás, su musculatura dejaba entender que era un formidable guerrero.
―Mi señora. —El que habló fue Liam. Parecía el más joven, de pelo castaño claro, más alto que los demás hombres, pero también más serio, a pesar de que le había visto reír a carcajadas ante su incomodidad.
―Mi primo Liam pronto nos dejará para ocuparse de su propio clan. Solo ha pasado con nosotros este invierno para terminar su formación y aprender algo de lucha cuerpo a cuerpo, además de la importancia que se le debe dar al ganado.
Por la sonrisa enigmática que los dos hombres se dedicaron, Raven pensó que en esas palabras había segundas intenciones.
Callum era el más alto de todos y algo le decía que el más inteligente de todos.
―Bienvenida, Rowen McDowell —dijo Callum—, esperamos que se sienta a gusto en su nuevo hogar y que pronto podamos llamarla lady McDonald.
Ella asintió, forzando una sonrisa en el rostro a pesar del nerviosismo. La madre de Gabriel entró en la conversación.
―Deseo de todo corazón que tus palabras se cumplan pronto, Callum.