Capítulo 9 #2
Raven tragó saliva. El viento de las Highlands no parecía amedrentar a su prometido.
Sin duda podría asfixiarla entre aquellos brazos musculosos, cubiertos tan solo por un brazalete de cuero.
Un pectoral con escaso vello rubio se dejaba ver perfectamente, mientras el otro permanecía oculto cruzado por la suave tela de su manto.
Raven se sonrojó al preguntarse si sería suave al tacto.
En ese momento, sus mejillas se encendieron y bajó la cabeza azorada.
—Bienvenida.
Ella no supo cómo reaccionar ante esa palabra.
Se había imaginado infinidad de veces aquel encuentro y el desarrollo de la acción de manera pacífica no estaba entre ellas.
Raven inconscientemente inclinó la cabeza a modo de saludo para después alzarla y clavar su mirada en aquellos ojos grises.
—No puedo creer… —Se paró al perderse él también en la mirada de Raven.
—¿Qué no puedes creer? —preguntó poniéndose alerta.
Pero al ver a la diminuta persona que se acercaba tras la espalda del laird, esbozó una sonrisa que petrificó aún más a McDonald.
¡Dos hoyuelos! Pensó Gabriel. Ella tenía dos hoyuelos enmarcando un suave par de labios rosados que dejaban entrever fuertes dientes blancos como perlas.
La sonrisa se hizo más ancha y las inestables cavidades más profundas.
Esa visión era mucho más turbadora de lo que se atrevía a admitir.
El deseo que le invadió el cuerpo lo dejó asombrado tanto que no se percató de que su madre se colocaba a su lado para dar la bienvenida a su futura nuera.
Mairy interrumpió el escrutinio de su hijo para asegurarse de que Raven fuese bien atendida y se sintiera cómoda. No había pasado por alto las miradas de los dos jóvenes, pero tampoco el tono de las últimas palabras. El fuego prendería pronto entre ellos, y más de una batalla estaba por librarse.
—Hija mía, bienvenida.
—Lady Mairy.
Raven hizo una reverencia, pero la madre de Gabriel extendió los brazos hacia delante y ella se adelantó para que pudiera abrazarla.
—Ya era hora de que llegaras, querida —se abrazaron sonrientes y con verdadero afecto.
—Gracias por recibirme, me complace que os encontréis bien de salud.
Mairy le besó dulcemente la mejilla mientras intentaba contener las lágrimas.
Gabriel notó que su madre no parecía nada sorprendida del aspecto de Raven. Ella ya sabía en qué bella joven se había convertido. Apretó los dientes sintiéndose herido por el silencio de su progenitora respecto a ese tema.
—Supongo que no hace mucho que os visteis.
—Hace muchísimo —le dijo Mairy a su hijo—, casi han pasado cinco meses desde los juegos de invierno.
—¡Por Dios! —No quería blasfemar, pero entendió que su madre y Raven se habían estado comunicando muy seguido.
Raven se sintió feliz de encontrar una cara amiga.
Mairy McDonald siempre había sido amable con ella, tanto como lo había sido su marido y mezquino su hijo.
Cuando sintió que le cogía la mano, no pudo dejar de sonreír.
Pensó que se la llevaría de allí y sería ella quien la instalaría en su nuevo hogar, pero se equivocó.
Con una sonrisa aún en los labios, Mairy McDonald agarró la mano de Gabriel y, antes de que pudieran darse cuenta, unió ambas manos bajo el asombro de los dos prometidos.
El contacto de esas manos unidas hizo que el vello de Raven se erizara y que la piel de Gabriel ardiera por un instante.
—¿Hijo?
Su madre le llamó la atención, pero a él le costó arrancar la mirada de las manos unidas. Se dio cuenta de que a ella le había pasado lo mismo.
―¿Sí?
―¿No la presentas a tu gente? —Su tono era dulce y sumiso para que no pudiera negarse, él lo sabía bien. Si alguien era experto en el arte de manipular, esa era su madre.
Raven tragó saliva, no querían verlos murmurar nuevamente sobre ella, pero mientras pensaba en ello, Mairy agarró su capa McDowell y se la arrebató, dejándola expuesta a todas las miradas.
Aunque Raven miró a Mairy sorprendida, Gabriel asintió con aprobación.
Agarró fuertemente la mano de su futura esposa y subieron hacia la entrada del salón. La subida fue tan vigorosa que Raven se vio literalmente arrastrada tras su figura masculina.
Cuando se detuvieron en lo alto, Gabriel la hizo volverse. La mantuvo a su lado para afrontar la multitud que se había congregado bajo sus pies.
Raven notó al menos cien pares de ojos que la contemplaban vivazmente.
Liam y Callum estaban junto a los caballos que no habían sido retirados del patio, Agnes la miraba sonriente, como si ella fuera una aparición.
Murdock y Owen lo flanqueaban, pero lo que más perturbó a Raven no fue ser el centro de atención del clan, sino sus sonrisas.
Los guerreros sonreían y eso era… inquietante.
Gabriel gritó unas palabras con un acento tan cerrado que apenas las entendió.
Estaba tan nerviosa que, tiempo después, solo recuperaría retales de memoria de lo vivido en aquellos momentos, pero si algo no olvidaría mientras viviera fue lo que sucedió a continuación, a pesar de que todo pensamiento coherente la abandonara.
―Mi futura esposa, bienvenida.
Pensó que debería inclinarse y saludar al clan, pero le fue imposible. Antes de que pudiera hacerlo, Gabriel McDonald fue quien se inclinó sobre ella.
Raven contuvo la respiración al verlo tan cerca, pero fue incapaz de moverse. Mientras Gabriel agarraba fuertemente su mentón, la acercó a su boca para besarla como jamás nadie lo había hecho.
Como hechizada, sus ojos se agrandaron al notar el tacto de unos sedosos labios sobre los suyos. Con una presión débil pero constante, él la besó.
Ni siquiera se planteó rechazarlo, hacer algo así era imposible.
Los ojos de Raven se entrecerraron y decidió rápidamente que aquello era demasiado bueno como para perdérselo. Movió tímidamente sus labios bajo los de Gabriel y juraría que notó la sorpresa de él.
La sensación era mucho más agradable de lo que hubiera podido imaginarse nunca, pero cuando Raven notó el roce de su lengua un rayo pareció fulminarla. No pudo moverse, solo sentir… sentir el dulce roce de su lengua acariciando la suya de manera húmeda e insistente.
Aunque jamás se hubiera imaginado que un hombre besara así, Raven llegó a la conclusión de que no era nada desagradable, al contrario, era una sensación tan placentera que se le olvidó respirar.
Se le doblaron las rodillas, pero no cayó, las fuertes manos de Gabriel la sujetaron por los hombros, atrayéndola al tiempo contra su pecho y aplastándola con escasa delicadeza contra su torso semidesnudo.
Iba a desmayarse, no le cabía duda.
Pero con la misma brusquedad con que empezó el beso, este terminó.
Cuando Gabriel se obligó a apartarse de ella, el deseo lo consumía. Observó los ojos vidriosos de la muchacha y sonrió con descarada satisfacción.
Raven también se percató de su estado, sabía que tenía las mejillas encendidas y le costaba respirar. Lo miraba a través de lo que parecía una bruma. Y apenas pudo darse cuenta de que los hombres y mujeres que aguardaban a sus pies vitoreaban.
Entonces las mejillas se encendieron aún más. ¡Qué vergüenza!
Gabriel tenía ganas de volver a besarla.
Raven tenía ganas de abrirle la cabeza.