Capítulo 9
Cuando Murdock le avisó de la llegada de su prometida, Gabriel tuvo ganas de gritar.
El mal nacido de Quinlan había ganado.
Sus clanes se unirían en una alianza que el actual laird McDonald no había pedido ni deseado.
Pero una cosa estaba clara: pasase lo que pasase, jamás rehusaría cumplir una promesa, aunque hubiera hecho lo imposible por retrasar su ejecución.
Quebrantar un juramento haría una muesca en el honor intacto de la familia y serviría para que las otras alianzas se rompieran y el deshonor entrara en su casa por primera vez desde el nacimiento del clan.
Por otra parte, Gabriel sabía que no podía culpar a Raven de la muerte de su padre, ¿qué podría saber aquella muchacha de ello?, ¿qué sabría ella en concreto de esa muerte que aún le causaba tanto dolor? Los fantasmas de Gabriel le susurraban al oído que quizás más de lo que él creía.
Ella era hija de quien era. Quizás podría haber oído cosas, saber algo que a él le sirviera para verificar lo que su corazón sabía desde hacía tanto tiempo: que su padre había sido asesinado.
Fuera como fuere, era otro de los motivos por los que no la quería cerca.
Yacer con su enemiga, hacer el amor a una mujer que pertenecía a un clan que había ordenado asesinar a su padre, era simplemente insoportable.
Pero su madre, Mairy McDonald, no sospechaba nada de todo aquello.
Para ella, Raven sería la nuera perfecta.
Lástima que Gabriel pensara que sería todo menos la esposa perfecta.
Se quedó esperando en lo alto de las escaleras a que Raven desmontara.
Debería acudir en su busca y ayudarla, pero no lo hizo, estaba muy concentrado en ocultar todo el desprecio y la rabia que sentía hacia los McDowell.
Si Gabriel conocía a Raven y creía conocerla muy bien, le haría la vida imposible inducida por su padre.
Y aunque la niña torpe y nada agraciada no era lo suficientemente lista como para cumplir las órdenes de su progenitor, tampoco importaba, el hecho de mantenerla a su lado como la señora de los McDonald ya era desagradable y ofensa suficiente.
Deseaba odiar a su hija tanto como odiaba a Quinlan, aunque sabía que aquello no era del todo justo.
A regañadientes tuvo que admitir que odiar a Raven no le resultaba fácil; tenerle algo de ojeriza, sí, pero el odio era un sentimiento demasiado fuerte que solo reservaba a los asesinos y traidores a su clan. Y ella aún no había decidido si lo era.
Lo que sí tenía claro es que su padre, Ian McDonald, adoraba a esa niña.
Cerró los ojos por un momento y pudo escuchar la voz de su padre alabando a la niña, había crecido con esas palabras. Cuando los abrió, observó a la mujer: Raven avanzaba muy lentamente, con la cabeza cubierta por el manto de los McDowell. Unos colores que no tardaría mucho en quitarle de encima.
Su rostro estaba oculto bajo una capucha y, por más que mirara, no podía ver bien si esa mujer se parecía al recuerdo que tenía de la niña que en su día fue Raven, el cuervo. De momento, su figura alta y estilizada poco tenía que ver con la niña regordeta que fue antaño.
—Gabriel —Mairy de pronto apareció a su lado y pronunció su nombre de manera dulce, intentando llamar su atención—, ve a buscarla.
Sus palabras eran un apremio para que su hijo descendiera los escalones y le diera la bienvenida a su nuevo hogar.
Mairy no pudo menos que congratularse por las trampas del destino. La muchacha ya estaba allí y ya todo sería como Ian había planeado.
La mujer adoraba a aquella niña, y la había escogido junto a su esposo para que entrara en la familia.
Sin duda, con Raven a su lado, Gabriel tendría un gran apoyo.
Rowyn, en cambio… esa mujer hubiera traído la ruina a su gente.
Y no obstante, su hijo la prefería a la que finalmente era su prometida.
Meneó la cabeza con disgusto, ya se daría cuenta de su error.
Los grandes escalones de piedra que separaban el patio del salón daban una vista privilegiada para observar todo lo que sucedía allí.
Desde las alturas, la bella mujer sonrió a Raven que, tímida, seguía escondiéndose del mundo.
—Gracias —dijo mirando al cielo, no sabiendo a qué mano protectora agradecer ese milagro, si al mismo Dios o a su esposo, que velaba por ellos desde las alturas.
Observó la reacción de su hijo, tan inescrutable como siempre, pero con un cierto brillo de impaciencia en la mirada.
Liam se encaminó, no hacia su laird, como debería, sino hacia la mujer que había cabalgado con él. La ayudó a avanzar agarrándola por el codo cuando vio que sus rodillas parecían fallarle después del no tan largo viaje.
Raven se vio rodeada por gente extraña que no conocía, guerreros bárbaros con gestos huraños y, sobre todo, se vio cohibida por la fuerza que había en ese rostro que parecía estar esculpido en piedra.
Gabriel no hizo ademán de acercarse a ella una vez bajó los peldaños, y ella no se asombró en absoluto de ese hecho.
Lo miró fugazmente, como si no quisiera demorarse en semejante espectáculo.
Junto a él, un hombre de barba rojiza la miraba con expectación.
No era un anciano, aunque seguramente había vivido más que todos aquellos jóvenes guerreros.
Cuando lo vio lanzarle una mirada a Mairy y ella le respondió con una sonrisa, se dijo que, a pesar de la actitud superior y el ceño fruncido, el maduro guerrero le caería bien.
Cuando los pies de ella parecieron tropezar con una piedra imaginaria, Owen la flanqueó por el otro costado y la agarró de la cintura, dispuesto a no dejarla caer. Ante aquel gesto y la escolta que dos de sus mejores hombres le daban a Raven, Gabriel por fin pareció reaccionar.
Owen soltó su talle y se apartó esperando que Gabriel hablara. No obstante, el señor de la fortaleza no dijo ni una sola palabra cuando llegó a su lado.
Raven notó esos ojos grises sobre ella.
Era alto y tendría que levantar la cabeza si quería mirarle a la cara.
Intimidada hubiera sido una buena palabra para describir cómo se sentía en esos momentos.
Un escalofrío recorrió su columna y se sintió estremecer.
Y aunque era lo suficientemente sincera consigo misma para aceptar que tenía miedo, también era lo suficientemente orgullosa como para no aparentarlo.
Levantó el mentón como solía hacerlo de niña y lo fulminó con sus grandes ojos pardos.
Gabriel escudriñó aquel rostro todavía poco visible y ella sintió deseos de que viera que la mujer con quien iba a casarse era exactamente la misma de antaño.
Con dedos apenas inseguros, ella descubrió su rostro, echando hacia atrás la fina capucha de lana. Clavó su mirada en los ojos grises con los que tantas noches había soñado.
―Gabriel —su voz apenas fue un susurro mientras sacaba valor para sostenerle la mirada.
Pudo ver la reacción de él cuando su cabello color miel se desparramó sobre su espalda, dejándola por primera vez expuesta a los ojos de todos.
Hubo un murmullo que no tardó en convertirse en un gemido de asombro.
Gabriel no supo cómo reaccionar y ni siquiera se molestó en ocultar su sorpresa. Abrió los ojos desmesuradamente, para luego entrecerrarlos.
—¿Raven?
Ella hizo una leve reverencia e inclinó la cabeza por un instante, para luego volver a enfrentarle.
—¿Gabriel?
Gabriel simplemente no podía creerlo.
Por el rabillo del ojo vio cómo Liam y Owen, que se habían apartado de ella, se daban codazos entre sí. Claramente divertidos por la reacción del laird.
La voz de la muchacha no se escuchaba tímida ni débil y Gabriel lo agradeció. Respiró hondo y se dijo que seguramente sus ojos le engañaban.
Bajo la fina capa oscura asomaron unas vestimentas de un burdo tejido marrón. No, no eran sus ropas las que le daban ese brillo a la muchacha.
Los ojos de ella eran de un oscuro color pardo y su cabello...
pura perfección. Las hebras de su pelo se derramaron sobre sus pechos.
Pechos que por otra parte no recordaba que ella tuviera.
Instintivamente Gabriel dio un paso atrás y sus guerreros no pudieron aguantarse una carcajada, que él pronto cortó con una mirada severa.
Tragó saliva como si aquello pudiera ayudarle a hablar.
La capa se había abierto sobre su cuerpo, un cuerpo que antaño estuvo abultado con formas que no podían llamarse femeninas. Ahora era redondeado en los lugares que Gabriel consideraba que lo estaban las mujeres hermosas.
Los dioses habían sido generosos con aquella mujer. Sus caderas ciertamente eran plenas y redondeadas. Gabriel se descubrió queriendo explorarla mejor. ¿Sería cierto lo que veían sus ojos? Su cintura no era ciertamente estrecha, pero lo que llamó más su atención eran sus pechos, generosos y altos.
—Por Dios —a Gabriel se le escapó un juramento.
Si el que fuera un perro lanudo deforme se había convertido en un bello lobo pardo, ¿qué no podía ocurrir en esa vida?
Raven estaba tan ofendida por el escrutinio, pero no pudo menos que hacer lo mismo con él. Cuando Gabriel se percató del escrutinio, enarcó una ceja dorada.
Raven alzó el mentón y retrocedió un paso para observarlo mejor, con el mismo detenimiento con que él la había observado. Su cuerpo se inundó de calor al percatarse de que era pura perfección.
Había sido demasiado niña para comprender qué atraía tanto de Gabriel a su hermana mayor, y a todas las muchachas en general.
Quizás Rowyn sí había sabido apreciar la clase de cosas que aquel hombre estaba predestinado a hacerle a una mujer.
Sin lugar a dudas, Rowyn hubiera gritado de placer nada más ver el hombre en que se había convertido Gabriel McDonald.
Su torso era mucho más amplio que antes, sus brazos más fuertes y el mentón seguía destilando arrogancia.