La eterna prometida del Highlander Capítulo 8
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Capítulo 8

Amedida que avanzaban, el nerviosismo de Raven no hacía más que aumentar. No así el de Agnes que, por sus risitas, estaba más que convencida de que deseaba que ese camino no se terminara nunca.

Aunque Agnes tenía dos años más que ella, parecía más experimentada en los temas del amor y el coqueteo. Y por las miradas que Callum le lanzaba, era probable que supiera más de lo que creía. Suspiró pensando que podría darle algunos consejos.

Iba a casarse y no sabía absolutamente nada del matrimonio, ni de lo que esperar de un hombre como Gabriel McDonald.

Pensó en Gabriel, su prometido y futuro esposo.

Se decía que Gabriel McDonald se había convertido en un formidable guerrero que enloquecía a las mujeres, que era más apuesto que el mismo diablo y que una de sus sonrisas bastaba para caer presa de su embrujo.

Raven bufó.

Menuda cosa.

Pero al menos eso le decía que su prometido sonreía.

Intentó imaginarse qué tal sería recibir una de esas cálidas sonrisas que hacía que las doncellas se desvanecieran a su paso por falta de aliento.

Cerró los ojos y se compadeció de sí misma. De nada serviría intentar pintar el futuro mejor de lo que era. Gabriel la odiaba, y ella… ella aún no sabía si podría soportar su presencia.

Se estremeció.

Se imaginó una risa tétrica y fantasmal, burlándose de lo desdichada que haría a su esposa. Era egoísta, un animal, y si Dios le había dado hermosura y la apariencia del Santo que llevaba su nombre, sin duda era para compensar el poco cerebro que le había proporcionado.

El camino fue tortuoso, los hombres de Gabriel McDonald tenían mucha prisa en llegar a su destino.

Tardaron más de seis horas en alcanzar las rocosas tierras McDonald.

Verdes prados se intercalaban con mesetas y salientes rocosos y de tierra oscura.

A uno y otro lado, a medida que se acercaban a la fortaleza, podían verse robustas vacas lanudas, corderos y ovejas.

Principal recurso económico del clan que gobernaba el que ya era su inminente esposo.

Al avanzar más hacia el norte, el frío se hizo más intenso, aguijoneaba la piel de los brazos de Raven que apenas estaba cubierta por una fina tela.

El clima sería más fresco sin duda y eso a pesar de que era primavera y pronto llegaría el verano.

Embozada en una capa con una capucha totalmente opaca, ella y su escolta penetraron en la pequeña arboleda que les separaba de la fortaleza McDonald.

En la lejanía aparecieron siete jinetes, casi tan altos como los cuatro guerreros que la acompañaban.

Liam pareció sonreír, ¿o lo habría imaginado? Cuando su rostro se volteó hacia ella, Raven agachó la cabeza apretando la capucha de su capa, mucho más de lo necesario, intentando controlar el temblor de sus manos.

Tenía miedo.

Ya habían llegado.

Intentó controlar la respiración y el temblor de sus manos. A pesar de ello, alzó la mirada y la centró de nuevo en el horizonte. ¿Sería aquel su prometido? ¿El laird McDonald?

Raven se estremeció, ¿cuánto habría cambiado su prometido? Quizás iba siendo hora de dejar de preguntárselo. Pero de todos modos evocó su imagen, una que guardaba en su memoria de hacía ya tantos años.

Debía reconocer que era afortunada, si es que se le podía llamar así. No se casaría con un hombre viejo y sin dientes, más bien al contrario. Su esposo, el que fuese un joven agraciado, fornido, de anchos hombros y mirada desafiante, de un perfecto gris bruñido, no podía haber cambiado tanto.

Evocó su recuerdo solo para descubrir si él podría encontrarse entre los jinetes que se veían en la lejanía. Buscaba unos ojos grises, unos que fueran capaces de embrujar, de un gris profundo como la niebla de las Highlands. Se relajó al entender que no estaba entre ellos.

Aunque quizás no tenía tan fresco su rostro en su memoria y por eso no lo reconocería. Si Dios impartiera justicia, no le hubiese permitido ser tan agraciado en la edad adulta.

Se congratuló imaginando que quizás hubiera puesto tripa. Sí, un hombre gordo. Y quizás por su carácter beligerante, estuviera lleno de cicatrices. Y por qué no, puestos a tener una, que fuera en la cara. ¿Se le habría caído un ojo…?

¡Suficiente!

No podía ser tan cruel. Ella no era así.

Aunque la primera imagen le había hecho reír, las que sucedieron solo la ponían aún más nerviosa.

Intentó calmarse de nuevo y no pudo.

Seguía viendo a su prometido en su mente. Un highlander fuerte, al estar el verano en puertas, solo se envolvería con el tartán, y su piel bronceada… De pronto los jinetes los alcanzaron.

Cuando los demás guerreros les alcanzaron y se unieron al grupo, lanzaron un par de palabras a modo de saludo. Después empezaron una conversación rápida y fluida en un gaélico marcado que se centraba en el desprecio a los hombres McDowell de su padre.

Raven no tuvo duda de por qué querían una alianza. Los ánimos estaban demasiado caldeados entre clanes, era evidente que se fraguaba una guerra si alguien no lo remediaba. El odio entre los McDowell y los McDonald se había hecho palpable al morir Ian.

Raven lo recordó con tristeza. Con él aún vivo, las cosas siempre habrían sido de otra manera.

Ian tenía el don de atemorizar a su padre, ¿y por qué debería ser de otra manera?

Había sido un formidable guerrero que con su sola presencia se ganaba el respeto de todo el mundo.

Algunos le temían, otros lo admiraban, y después estaban los hombres como su padre, que lo envidiaban hasta la locura.

Sea como fuere, Ian McDonald era el guerrero más fiero y temible que hubiera visto jamás…

y le adoraba. Una tímida sonrisa se dibujó en los labios de Raven.

Si Gabriel solo fuera un poco parecido a Ian, si la tratara con el mismo respeto y afecto…

Bueno, no hacía falta que la tratara con afecto, pero si basaran su unión en el respeto mutuo todo aquel despropósito podría ser más llevadero.

—¿Qué tal está nuestro vecino McDowell? —preguntó uno de los guerreros recién llegados.

—No preguntes, Owen —dijo Liam con una sonrisa—. Es mucho mejor no tenerlo cerca, créeme.

—¿No asistirá a la boda de su propia hija?

—Dios no lo permita —añadió Callum.

Al darse cuenta de que probablemente seguirían hablando mal de su padre, Raven se atrevió a meterse en la conversación.

—Mi padre tiene asuntos más importantes de los que ocuparse.

Pudo notar las miradas de algunos de los soldados sorprendidos. No por su lengua afilada, sino tal vez por su aspecto. No le había pasado desapercibido que ella no era lo que los hombres McDonald esperaban. Quizás esperaban ver a una mujer menuda con joroba y tres ojos.

Suspiró y rechinó algo entre dientes.

—Vaya, nuestra futura señora tiene lengua.

El tal Owen montaba un caballo enorme, que no parecía empequeñecerle, por lo que dedujo que ese soldado mediría más de dos metros de altura. ¡Dios mío! ¿Todos los McDonald eran tan altos y rubios?

—Sí, tengo lengua y todo lo que tengo de tener. Y os agradecería que fuerais más respetuosos conmigo y con mi padre.

Los McDonald la miraron más bien reticentes a creerla sincera, pues sabían de las desavenencias entre padre e hija. Así que lo achacaron más a un tema de lealtad con respecto a su clan, o, mejor dicho, a su inminente antiguo clan.

—Vuestro padre os ha entregado sin preocuparse de que estuvierais bien y llegarais sana y salva. Por lo que a nosotros respecta, si os hubiéramos tirado a una cuneta partiéndoos el cuello, y argumentáramos que se ha caído del caballo, ¿quién podría ponerlo en duda?

Raven abrió la boca como un pez y fue incapaz de articular sonido.

Owen y los demás hombres estallaron en carcajadas.

—¡Parad ya, brutos! Dejad de molestar a mi señora. Puede que no os guste que sea una McDowell, pero pronto será una McDonald. ¡Y también vuestra señora!

Todos miraron a Agnes, y la mayoría de los soldados dejaron de sonreír.

—Eso es cierto —dijo Liam—. Disculpad nuestra lengua, señora.

—Solo constatábamos el hecho de que vuestro padre parece tener asuntos más importantes que vos —dijo Owen.

Sonrió al ver que Raven no contestaba, pero de pronto alzó el mentón y preguntó:

—¿Qué asuntos retienen a mi prometido que no ha encontrado tiempo suficiente para ir en busca de su futura esposa?

Entonces escuchó algo que la enfureció aún más, la sonora carcajada de Callum acompañada por la de Liam, que se golpeó la rodilla para darle más énfasis.

―¿Qué os hace tanta gracia? ¿Acaso los asuntos de mi padre son menos importantes que los de mi prometido?

Los hombres siguieron riendo, sorprendidos gratamente por su carácter.

—Sin duda Gabriel tendrá mucho trabajo para domar a esta mujer.

Raven volvió a enfurecerse.

—¿Acaso soy una yegua?

Los hombres rieron con más fuerza.

—¡Parad ya! —Agnes les lanzó una mirada colérica y se apartó del cuerpo caliente de Callum, al que ya no le tenía tanta simpatía.

—No os ofendáis, señora. También es un hombre muy ocupado —respondió Owen sin que desapareciera la sonrisa de su rostro.

Raven sintió como si se hubiera acabado una importante discusión.

—Avancemos.

Guardaron silencio un largo trecho del camino, y cuando pensó que nadie volvería a dirigirle la palabra, Owen se puso a su lado.

—No os enfadéis. No olvidaremos darle las gracias debidamente a vuestro padre por semejante regalo.

Raven se puso tensa en su montura. ¿Hablaba de ella? Sin duda era una burla, puesto que una mujer como ella no podía ser un regalo preciado para ningún hombre.

Bufó y volteó la cara hacia otro lado. No quería seguir hablando con esos brutos.

Agachó nuevamente la cabeza bajo su fino manto, que ahora había puesto sobre su cabello, y avanzó tal como se le había ordenado.

Cuanto más se acercaban a la fortaleza McDonald, vio cómo las gentes salían de sus cabañas, extramuros, y se unían al camino con curiosidad.

Hombres y mujeres lanzaban miradas curiosas hacia ella. Sin duda escudriñaban su rostro, que ella no dejó ver.

Liam sonrió complacido cuando Raven lo miró interrogante, para después guiñarle un ojo. ¡Oh! Qué hombre más extraño. Pero Liam desapareció de su mente al divisarse la gran puerta de la fortaleza McDonald.

Ante los muros se extendían un sinfín de cabañas circulares de piedra gris, los techos eran de finas ramas y paja.

Raven las miró con inquietud, se fijó en las gentes que salían de ellas y se agolpaban a ambos lados del camino.

No estaba muy segura si para darle la bienvenida o movidos por la curiosidad de querer ver a la nueva lady McDonald.

Se decantó por lo último y la timidez la hizo encogerse aún más.

A pesar de que su cabeza permanecía baja, sus ojos volaban de un lugar a otro, observando todo cuanto la rodeaba.

No dejó de observar la que pronto sería su tierra.

Un pequeño riachuelo serpenteaba en la lejanía del este y pudo ver un grupo de mujeres paradas cerca del camino con cestos y ropa para lavar.

Al oeste, estaba el mar que arrastraba la brisa salada que Raven disfrutó en su rostro al alzarlo levemente.

De pronto, las primeras palabras llegaron a su oído y le hicieron agarrarse con más fuerza a su montura.

—¡Oh! ¡Es la fea Raven! —murmuró una mujer.

La espalda de la muchacha se irguió con espanto. ¿Iban a tratarla siempre así? Y aún peor: ¿lo haría su esposo?

—Ya está aquí —sentenció otra, haciéndose la señal de la cruz.

¡Por el amor de Dios! Era tan bien recibida como la peste.

Se sintió algo dolida, pero al ver la expresión de una mujer que la miraba horrorizada y visiblemente temerosa, le dieron ganas de reír. Una risa triste y nerviosa que apenas pudo controlar.

¿Creerían realmente que era una bruja? Aquello era muy triste.

Agachó la cabeza y dejó de sonreír. De hecho, no había nada de divertido en que a una la creyeran poco más que una gorgona.

De pronto, la multitud congregada en el camino agachó la cabeza en señal de respeto.

Raven miró a su alrededor a medida que avanzaban hacia la puerta de la fortaleza.

Entonces localizó lo que les había hecho mostrar respeto: era el gesto fiero de Owen, quien se lo había exigido.

Ahora sí sonrió agradecida: Owen era un buen hombre, como lo había sido Ian McDonald.

Al entrar al patio, una gran multitud los recibió.

No había vítores ni expresiones groseras, simplemente un silencio sepulcral que lo envolvía todo y le hacía sentirse más desgraciada.

Alzó la vista y entonces el tiempo pareció detenerse.

Los ahí congregados dejaron de existir a excepción de... su prometido.

Gabriel McDonald estaba en lo alto de la escalera que conducía al interior del salón principal.

Raven tragó saliva. Su sola presencia le impactó tanto que se le secó la boca.

¡Oh Dios! ¿Cómo iba a poder sobrevivir a ese hombre?

Gabriel no era el muchachito fuerte que había visto años atrás. Era un coloso de casi dos metros de altura, con una cabellera tan rubia y larga como la suya y unos ojos… no pudo sostenerle la mirada más de un segundo mientras él intentaba escudriñar qué habría bajo la capucha.

Debía ser pecado tener el pelo más largo que una esposa, y sin duda también era pecado ser tan hermoso. Tímidamente volvió a mirarlo. Reparó en sus ojos, parecían lanzar fuego, pero no eran rojos, sino fríos como el metal.

La expresión del guerrero la acobardó.

Siempre le había tenido miedo de niña, aunque por ese entonces, Raven se esforzaba por aparentar ser más valiente y no lo demostraba. Ahora no debía ser diferente.

Como antaño, encontraría la manera de enfrentarse a él, a pesar de sus temores.

Con el mentón fuertemente apretado y las manos cerradas formando un puño, Raven se propuso enfrentarlo. Alzó la mirada y pudo notar su ira y su desprecio.

Sin duda no era una actitud para recibir a su futura esposa.

Resopló como un toro enfurecido, un sonido ciertamente poco femenino que no hizo más que aumentar la atención en ella. Alzó el mentón y vio cómo su prometido, se las arreglaba con su semblante para no hacerla sentir bienvenida.

En ese momento, Raven decidió odiarlo.