Capítulo 7
Efectivamente, así había sido. Divisaron a los guerreros Campbell, solo a veinte minutos de viaje, cuando el camino rozaba un claro del bosque.
Raven alejó cualquier pensamiento de su cabeza cuando la vio. Había siete guerreros Campbell alrededor de la figura esbelta. Iba con un voluminoso vestido, quizás terciopelo azul, pero sobre su cabeza y los hombros lucía la manta de los Campbell, a pesar de que se dirigía a tierras de su padre.
―Rowyn ―susurró.
¿Cuántos años hacía que no veía a su hermana? Quizás tres, o… cuatro.
Tan hermosa y grácil como siempre, aunque la vida no la había tratado todo lo bien que esperaba, su belleza había florecido con los años. Sus cabellos negros parecían brillar bajo la luz del soleado día.
Cuando ella alzó la mirada y sus ojos se encontraron, Raven pudo ver que la había reconocido, y contra todo pronóstico, una sonrisa que nunca había parecido tan sincera se dibujó en el rostro de Rowyn.
―¡Rowen! ―Su hermana alzó la delicada mano a modo de saludo, sin perder la sonrisa.
Los guerreros McDonald se pararon en medio del camino, de igual modo hicieron los Campbell. Ambas hermanas aprovecharon eso para desmontar; Rowyn lo hizo con ayuda de uno de sus soldados, pero Raven no esperó tanto.
No corrió a su encuentro, pues aunque hubieran pasado muchos años, su hermana Rowyn la odiaba. ¿O no era así?
Por la cara de felicidad de la joven viuda, no había sido así.
―Qué gusto verte, hermana.
Cuando Rowyn aceleró el paso y se echó a sus brazos, Raven se quedó atónita, e incluso pudo ver cómo Agnes, totalmente incrédula sobre la montura de Callum, se santiguaba, como si hubiera visto al mismísimo demonio.
Pero no era el demonio quien la abrazaba, sino Rowyn.
Incluso había lágrimas en sus ojos.
―Yo… también me alegro de verte.
No sabía si aquello era totalmente cierto, pero Rowyn estaba tan contenta de verla y, quién sabe, quizás los años en tierras Campbell la habían cambiado.
Lo último que supo de ella es que el clan de su esposo la trataba con respeto, y que, aunque el viejo Angus había pasado muchos años en cama, casi tantos como había estado casado con su hermana, Rowyn no se había quejado de su destino.
Eso siempre que creyera en las palabras de su padre.
Rowyn la miró de arriba abajo sin perder el buen humor.
―Mírate, qué hermosa estás.
Raven estuvo a punto de que sus ojos se le salieran de las órbitas.
—Tú siempre estás hermosa.
Y era cierto. Sus harapos marrones no podían competir con el majestuoso vestido, ni con los pendientes de oro que adornaban las orejas de su hermana.
—¿Dónde te diriges?
Raven intentó hablar; fue cuando miró a los soldados McDonald que vio que se revolvían incómodos sobre sus monturas.
—A mi boda.
Una sombra pareció cruzar el rostro de Rowyn, pero fuese lo que fuese, ya había pasado. La agarró de las manos y las apretó con fuerza, como si Rowyn quisiera darle ánimos.
—Estaba deseando llegar, precisamente para no perdérmela.
—Oh.
Eso sí que no se lo esperaba.
No los soldados tampoco, pues Liam resopló y Callum carraspeó, como si tuviera prisa por abandonar el camino. Las relaciones con los Campbell eran tan buenas como con los McDowell, por lo que estaban deseando llegar a casa, lejos de ellos.
―Debemos marcharnos, mi señora ―habló Callum.
Raven se volvió hacia el guerrero y asintió.
Pero cuando intentó separarse de Rowyn, ella la sujetó fuerte de la muñeca.
―Querida hermana, te he echado mucho de menos. ―No le dio tiempo a responderle―. Estos años sola, lejos de casa, sin una amiga, me han dado mucho tiempo y espacio para reflexionar. Lo mal que te traté en nuestra infancia. Pero éramos niñas y sé que vas a perdonarme, ¿verdad?
Raven parpadeó.
¿Esperaba que le dijera que sí?
―Claro. ―Fue lo único que pudo balbucear.
—Acuérdate de mí cuando llegues —dijo con el tono más dulce del que fue capaz—. Ahora que mi esposo ha fallecido, me encontraré muy sola sin ti. He decidido trasladarme con padre. Ahora que mi esposo ha muerto, el nuevo laird tomará una esposa, y siento que ya no es mi lugar.
Siguió apretando las manos de Raven con fuerza y cariño, un cariño que Raven no pudo notar como fingido.
―Estoy deseando estar en tu boda.
Raven asintió.
―De acuerdo. —Te mandaré a llamar —le prometió.
―Claro, además ¿quién quiere estar sola en un lugar extraño? —Raven pensó que lo decía por experiencia.
Pero ella no estaba sola.
―Agnes viene conmigo.
Cuando los ojos de Rowyn se posaron sobre la muchacha, su sonrisa desapareció.
―Pero ella es una criada —dijo perdiendo el buen humor, pero enseguida sonrió de nuevo—. Quiero decir, que seguro que prefieres tener cerca a la familia.
Raven no respondió a ello, pues pensó que cualquier palabra amable sería una mentira.
―Nos veremos pronto —fue lo último que dijo antes de alejarse de ella y montar sin ayuda en su caballo.
Rowyn se hizo a un lado, dejando pasar a los soldados McDonald.
―Hasta pronto.
∞∞∞
Rowyn se quedó observando el camino, incluso después de que su hermana desapareciera en el recodo de un camino.
Estaba sumida en sus pensamientos. Unos que cada día eran más oscuros.
―¿Nos vamos, mi señora?
―¡Cállate, estúpido! Y déjame pensar.
Los soldados agacharon la cabeza.
Si alguno de ellos había pensado que el agrio carácter de su antigua señora había cambiado por la inesperada escena del reencuentro, en un segundo habían vuelto a convencerse de que Rowyn Campbell no había cambiado en lo más mínimo.
―Ayúdame, idiota ―protestó cuando uno de los soldados no fue lo suficientemente rápido para ayudarla a montar.
Sin decir ni una sola palabra más, se encaminó hacia las tierras de su padre.
Nueve años. Nueve malditos años habían pasado desde que dejara esas tierras, hasta ahora que volvía para quedarse.
Cierto que, en algunas ocasiones, había vuelto para visitar a su padre, pero Quinlan McDowell solo tenía una palabra para ella: paciencia.
Y maldita sea si no había sido paciente.
Ella juraría que nadie aguantaría en su sano juicio todo el tiempo transcurrido en aquella tierra fría de los Campbell.
Atarse a ese viejo de Angus había sido un calvario para ella. Al menos al principio. Cuando el primer año había quedado claro que el viejo laird no le daría un heredero, Rowyn había pensado que no tenía por qué aguantarle más.
Una apoplejía a tiempo, y fue la dueña y señora de una fortaleza, que tenía a su señor postrado en la cama y cuyo general la trataba con respeto, porque quería ganarse su favor en la cama.
Por suerte, el guerrero había sido todo un descubrimiento en la cama, y le había aliviado en las largas noches de invierno de soledad.
Pero ella no quería gobernar a un clan al que no se sentía unida, ni quería un hombre en su cama…
al menos no a ese. Ella deseaba en su cama a Gabriel McDonald, y si quería gobernar a un clan, ese era el de los McDonald.
Apretó los dientes con fuerza y los puños se cerraron sobre la cinta del caballo hasta volverse blancos.
Pensó en la condenada suerte que había tenido la fea Raven. Ese cuervo desgarbado iba en busca de un destino que debería haber sido para ella.
La maldijo en voz baja. Y siguió maldiciendo hasta que los caballos y sus jinetes atravesaron el pórtico de los McDowell.
―Querida hija… ―Su padre la miró desde lo alto de la muralla y ella se la devolvió con aquellos ojos fríos como el hielo.
Subió a grandes zancadas, ignorando a cualquiera que se acercara para darle la bienvenida.
Llegó donde estaba su padre y su buen humor no había mejorado.
En las almenas, los guerreros ojeaban el horizonte, y no había oídos indiscretos que pudieran escuchar las palabras que se dedicaron padre e hija.
―He visto a Raven rumbo a su boda.
―Sí, así es.
―Una boda que debería haber sido la mía.
Su padre no se inmutó.
―Sabes los planes que tengo para los McDonald.
―Y tú los planes que yo tengo para Gabriel. Raven no se va a acabar con él. Yo y no ella seré la señora de los McDonald. Y no matarás a mi marido antes de que yo pueda disfrutarlo.
Su padre gruñó, acercándose más de la cuenta.
Al ver el rostro amenazante, los soldados Campbell se impacientaron.
Rowyn les hizo una señal para que no interfirieran.
―Ya no soy una niña a la que puedas amedrentar.
He vivido como tú querías. Y he forjado una alianza con los Campbell como querías, hasta he hecho que el jefe de sus guerreros se plantee una alianza tuya contra los McDonald.
Ahora quiero mi trozo del pastel. Quiero a Raven fuera de mi camino y a Gabriel en el altar conmigo. Me lo prometiste.
Su padre pareció pensativo.
―Te lo prometí. Pero mis planes se inclinan hacia matar a la esposa de Gabriel McDonald y echarle la culpa a él. ¿Quieres ser la elegida?
Rowyn lo miró con odio.
―¿Esa es la excusa que deseas para que el rey te dé permiso para atacar a uno de sus señores predilectos?
Quinlan se encogió de hombros.
―Excusas más pobres se han usado para iniciar guerras.
―Tú no quieres una guerra ―le dijo acercándose más a su padre. Alzó el rostro para verlo bien a pesar de la diferencia de estatura―. Lo que deseas es venganza.
Quinlan no se inmutó, simplemente respiró hondo y aguantó la respiración.
―Yo te ofrezco un trato.
―¿Qué trato?
―Dame hasta el invierno y te prometo que yo tendré a mis pies a tu enemigo para hacer con su voluntad lo que desee. Y tú… tendrás a Mairy McDonald.
Los ojos de Quinlan se agrandaron por la sorpresa y por el repentino deseo de que aquella premonición se cumpliera.
―¿Cómo vas a conseguir…?
Rowyn se dio media vuelta para dirigirse al salón y tener su merecido descanso, después de un viaje tan largo. Pero no iba a deshacer su equipaje.
―Mañana mismo partiré para reunirme con mi querida hermana y hacer los preparativos de su boda. Me instalaré allí y no me marcharé jamás.
Quinlan contempló a su hija.
Si alguien podía poner patas arriba el mundo de los McDonald, esa era su hija Rowyn.