Capítulo 6
Un segundo después su padre volvió a proferir profundas carcajadas, hasta que le dio un ataque de tos y tuvo que beber de su copa para no ahogarse.
—Esa broma ha sido muy buena.
Callum la miró de hito en hito.
Liam seguía tan imperturbable como siempre, no obstante, Raven hubiese jurado que una sonrisa bailaba en sus ojos.
No podía ser.
—Yo conozco a Raven…
—Yo también te conozco, Callum —añadió ella con tono seco y cortante, como si no entendiera esa actitud.
—Estás... cambiada.
—Tú también. Eres más viejo y con menos modales.
Quinlan McDowell rió de nuevo. Por primera vez la lengua venenosa de su hija le divertía.
—Estoy deseoso de que mi hija emprenda el viaje, junto a su lengua viperina, hacia tierras McDonald. Estoy seguro de que a vuestro laird le espera un nada aburrido matrimonio.
Aunque Raven miró a su padre, ocultó todo el dolor que sentía al abandonar, no a él, sino a su hogar.
Callum escudriñó el rostro de la muchacha. Y sí, pudo ver algo de reconocimiento en su mirada. Entonces el guerrero pareció complacido, como si eso facilitara las cosas.
Ciertamente la conocía, la había visto hacía muchos años, pero de esa cría nada tenía la mujer frente a ellos.
Miró sus cabellos claros, no negros como los de la otra hija de McDowell. Y sus ojos no eran azules, sino marrones. Unos increíbles ojos pardos, tan grandes como los recordaba. Una mandíbula altiva y perfecta y una frente ancha y suave enmarcada por dos mechones de brillante color del trigo.
Aquella mujer no podía ser Raven y sin embargo lo era.
Callum giró la cabeza y vio cómo sus hombres miraban desconcertados a la bella mujer que tenían enfrente.
—Entonces partimos —dijo Callum ante la estupefacción de Raven.
—¿Ahora? ¿No me acompañaréis…?
Se detuvo ante la expresión de fastidio de su padre.
—Te vas con ellos, Raven.
Ella lo miró de hito en hito.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Pero…
No estoy preparada, quiso decir.
No había tenido tiempo de preparar sus cosas, de… despedirse de nadie. Aunque por otro lado, ¿de quién tenía que despedirse? En ese momento Agnes salió de la cocina. Sin ninguna duda, la muchacha había estado escuchando.
—He preparado algunas cosas para que pueda llevarse —le dijo, ofreciendo un fardo de ropas que llevaba en sus manos. Hizo una reverencia—. Meteremos el resto en baúles…
—Ya te los haremos llegar —sentenció su padre, perdiendo la paciencia.
Los ojos de ambas mujeres se llenaron de lágrimas, pero Raven se juró que no las iba a derramar, no en presencia de su padre.
Miró a los guerreros y pareció ver cierto deje de compasión.
Ante el gesto brusco de la mano del laird, Agnes desapareció por el gran portal que daba al corredor de la cocina, sin duda era una mirada de despedida.
Raven se puso de pie para ir tras ella y decirle que…
Una mano se cerró sobre su brazo, apretó y apretó hasta conseguir arrancarle una mueca de dolor.
Sin duda los dedos de su padre estarían marcados por un par de días en su piel.
—Te irás con ellos —los dedos seguían clavados en la carne de su brazo y ella apretó los dientes con rabia.
—Me dijiste que Agnes podría venir con nosotros.
Su padre la miró fingiendo no saber de qué le hablaba.
Por supuesto, ¿por qué habría accedido su padre a darle un pedacito de felicidad, si podía seguir haciéndola más desgraciada de lo que ya era?
La empujó hacia la entrada del salón, con tanta fuerza que tropezó con los bajos de su vestido y cayó de rodillas frente a los cuatro guerreros que habían ido a buscarla.
Alzó la cabeza mirándolos a todos, pero no encontró burla en ellos.
Sino cuatro manos, de cuatro guerreros distintos, dispuestos a ayudarla.
Liam fue el primero en agarrar su mano y, con una delicadeza que nadie creería en semejante guerrero, la ayudó a levantarse.
Cuando se dio media vuelta para mirar a su padre, lo miró con la arrogancia con que siempre lo miraba, aún a sabiendas de que los golpes podrían ser más fuertes.
Pero Quinlan no la golpeó, esta vez no. Y Raven creyó que tenía algo que ver con que Callum la hubiera agarrado del brazo, no a modo de regañina, sino a modo de protección.
Miró al alto guerrero de pelo castaño y este despreció tanto a su padre, como su padre a ellos.
—Señora… —le susurró, pero no la miraba a ella.
Raven tragó saliva y, sobre su hombro, echó un vistazo. Allí estaban los otros tres guerreros, dispuestos a protegerla.
Su padre estaba colérico, algo de lo más habitual.
—Podéis llevárosla y espero que sea más útil para Gabriel como esposa, de lo que me ha sido a mí como hija.
Ella guardó silencio, alzó el mentón y se dispuso a avanzar hacia la salida.
—No ponemos en duda que será una gran señora —dijo Callum—. A partir de este momento, nuestra señora. A quien honraremos y defenderemos.
Quinlan rio ante las palabras de Liam.
—Y no le quepa duda que mataremos a cualquiera que ose hacerle daño, sea quien sea —la voz de Liam la hizo estremecer.
Aquello paró las risas del laird McDowell y Raven se quedó sin habla.
Los otros dos hombres la miraron y asintieron.
Antes de poder saber qué estaba pasando, habían salido del salón y cinco caballos esperaban en el patio de armas.
—Gracias —susurró Raven, verdaderamente agradecida.
Callum asintió; de pronto pareció acordarse de algo y susurró:
—Vuestra doncella… ¿queréis llevarla con vos?
—Mi padre…
—¿Queréis llevarla con vos?
Raven lo miró sorprendida, pero enseguida asintió.
—Eso me complacería más que nada.
Con una sola mirada al guerrero que había estado escuchando su charla, este se marchó sin hacer ruido.
Raven trató de no llorar al clavar sus ojos en la gente que la rodeaba y que había dejado sus quehaceres para despedirla. Los miró con una serenidad que no sentía.
De pronto las manos fuertes de Liam la ayudaron a montar y después se alejó para hacer él lo mismo. Montó en el semental negro que ella tenía junto a su flanco izquierdo.
Callum montó a su derecho y agarró el bozal del caballo que el otro guerrero había dejado sin dueño.
Estaban listos.
Tanto tiempo esperando aquello y el día había llegado sin apenas darse cuenta de lo que estaba pasando.
Liam la miró por encima del hombro y tuvo la osadía de sonreírle cuando dos lágrimas rodaron por sus mejillas. No sabía si para tranquilizarla o para burlarse, pero lo cierto es que el guerrero ya no le daba tanto miedo.
—¡Alto!
La voz de su padre se hizo escuchar desde lo alto de la escalera de piedra. Los guerreros le escucharon, pero sin que su grito los perturbara demasiado.
—Cinco de mis hombres os acompañarán para que no tengáis problemas —la voz de su padre volvió a tronar, fuerte y clara, para hacerse oír sobre el viento que soplaba del norte.
Callum miró a Liam y este se encogió de hombros. Quién sabe si la escolta sería buena, al fin y al cabo, ningún McDonald estaba del todo seguro en tierras McDowell. Pero Callum tenía otra opinión sobre ser escoltado.
—El día que un McDonald necesite la protección de un McDowell, se congelarán los infiernos.
Su padre apretó los labios y luego escupió en el suelo.
—Al infierno con vosotros.
Raven lo vio darse la vuelta y entrar de nuevo en el salón. Los soldados de su padre se quedaron quietos, esperando su partida, sin escolta alguna.
No hubo más palabras antes de que empezaran su camino.
Mientras Raven veía toda la curiosidad que producía su partida, pensó que estaba viendo ese patio por última vez o, en el mejor de los casos, por última vez en mucho tiempo.
Al avanzar por el camino principal y llegar al linde del bosque, se giró para contemplar su hogar.
No lloraría, porque quizás algo bueno estaba por llegar, después de todo lo malo vivido en la vida que dejaba atrás.
—¿Lista?
Raven miró a Liam, que la estaba aguardando.
—S...sí.
—Bien. —Sorprendida, vio cómo una sonrisa amable iluminaba el rostro del guerrero—. Ellos ya están aquí.
—¿Quiénes?
Liam señaló con la cabeza los dos caballos vacíos que había junto al camino. Uno era de Callum, el otro del guerrero que había desaparecido en el patio. De pronto vio cómo regresaban con ellos. Y no venían solos.
—¿Agnes?
—¡Mi señora! —gritó la muchacha.
Al llegar junto a ella, Raven desmontó y la abrazó.
—Si hemos terminado, será mejor partir —las dos mujeres dejaron de abrazarse y miraron a Callum.
El guerrero ayudó a montar a Raven y, sin pedir permiso, agarró a la doncella por la cintura y la subió a lomos de su caballo.
—Vos montaréis conmigo.
Agnes asintió, ruborizándose desde el cabello hasta la punta de los pies.
—Será mejor que nos marchemos, hay mucho tráfico hoy por el bosque.
Callum y Liam se quedaron mirando al guerrero.
—Explícate.
—Viene una comitiva desde el norte. Los he visto cuando miraba al horizonte desde la loma. Llevan los colores de los Campbell.
Raven miró a Agnes y la sonrisa de ambas mujeres desapareció de sus rostros.
Las dos sabían quién llegaba a tierras McDowell.
—Rowyn.