Capítulo 5
Durante estos años había habido relativa paz entre los clanes, pero Raven jamás olvidaría que su padre había matado a Iain McDonald y que, de algún modo, con el matrimonio pretendía deshacerse del hijo.
No sabía aún sus planes, pero estaba más que convencida de que algo tramaba, y que a todas luces Rowyn sabía los pormenores del plan de su padre.
Por otro lado, ¿sabría Gabriel que se casaría con la hija del asesino de su padre?
Sintió cómo la bilis le subía a la boca y cerró los ojos, dispuesta a recuperar la compostura.
Lo consiguió apenas al recordar las palabras de su padre, pronunciadas con rabia. Una confesión que escupió al aire creyéndose solo: Morirás, Gabriel McDonald, aunque tenga que matarte con mis propias manos, tal como maté a tu padre.
Cuando Raven abrió los ojos, vio a los guerreros McDonald acercarse a la escalera de piedra con zancadas largas y decididas.
Ya habían esperado demasiado.
Debido al buen tiempo, sus torsos y anchos hombros solo estaban cubiertos por la franja de tartán de vivos colores que cruzaban su pecho.
Raven enderezó su espalda, debía quitarse el miedo, porque si algo no quería, era volver a sentir miedo por ningún hombre. Ni por su padre, ni por Gabriel, ni por sus hombres.
Repentinamente dio media vuelta y entró en el salón antes de que ellos pudieran verla.
Iba a escabullirse como siempre, no por miedo, pero había aprendido que un zorro escurridizo vive más tiempo sin ser molestado. Su objetivo era observar desde algún rincón apartado cuánto iba a suceder, pero no le fue posible. Pues, desgraciadamente, no iba a pasar tan desapercibida como creía.
—Vuestro padre os busca, mi señora.
Agnes, su fiel doncella, la aguardaba a la entrada del salón.
Ella suspiró contrariada.
—No podré esconderme esta vez, ¿no es cierto?
—Me temo que no —la mujer le sonrió. Fue una sonrisa destinada a insuflarle valor.
Ambas sabían a qué habían venido los guerreros McDonald al castillo, y no eran tontas. También sabían el motivo de la visita.
—¿Así que debemos bajar?
—Eso me temo.
Bajaron juntas los escasos peldaños que iban del recibidor al salón principal de la fortaleza.
—Le he comentado a mi padre que me gustaría llevarte conmigo al castillo McDonald.
A Agnes se le sonrojaron sus jóvenes mejillas.
—Mi señora…
Raven le agarró del brazo y ambas compartieron una misma sonrisa.
—Por favor, no quiero ir sola, y se me permite llevar a un sirviente. ¿Me acompañarás?
La doncella sonrió y asintió con la cabeza efusivamente.
Hacía poco más de cuatro años que Agnes era su doncella personal.
A diferencia de Rowyn, que antes de casarse había tenido un ejército de criadas, a Raven solo le había hecho falta una.
Y no para servirla, sino para ser su amiga.
Y Agnes había cumplido con aquel cometido, con creces.
A pesar de solo tener dos años más que ella, era su protectora, la que la avisaba de qué humor estaba el laird del castillo, de cuándo debía esconderse y cuándo podía huir al mar que tanto amaba.
—Sí, mi señora. Claro que sí. No la dejaré sola.
Raven sintió algo de alivio, pero este duró poco. Solo el tiempo justo de llegar al salón y ver la mirada severa de su padre puesta sobre ella.
Ahí aguardaba su padre, que la miró con el ceño fruncido.
Lejos de agachar la cabeza, la levantó y avanzó hacia él.
—Siéntate —le ordenó con el mismo tono déspota de siempre.
Sin decir una palabra, Raven obedeció.
Había aprendido con los años que era mejor no contradecir a su padre. Tenía marcas en el cuerpo que le decían que el desafío era siempre una mala idea. Así que permanecería callada y observaría cómo se fraguaba su destino.
Ocupó el espacio a la derecha de su padre. Se sentó en el banco de madera y solo entonces una Agnes temerosa de lo que pasara se perdió en las cocinas, no sin antes hacerle un gesto a su señora para infundirle valor.
Raven alzó la cabeza y escuchó los pasos de los guerreros antes de verlos.
Cuando los soldados McDonald entraron por la puerta principal del salón, alzó la vista solo un instante. Tras ellos, una docena de soldados McDowell, los más leales a su padre, los escoltaban.
Los rostros tensos y las armas al cinto no presagiaban nada bueno.
Observó las espadas y puñales, le extrañó que no se dejaran fuera como era la costumbre. Sus ojos también se fijaron en que ni unos ni otros tenían nada en su aspecto que les hiciera merecedores de confianza.
Fuere como fuere, los cuatro soldados McDonald dejaron pasar por su lado a los McDowell y solo se acercaron al laird cuando estos ya habían tomado posiciones.
Bajaron los peldaños de piedra y rehusaron tomar asiento, dando a entender, muy diplomáticamente, que no pensaban quedarse un solo instante más de lo necesario. Semejante despliegue de orgullo exhibido delante de su padre la regocijó y sorprendió al mismo tiempo.
El más corpulento de todos, Liam McDonald, se adelantó para hablarle al laird, pero sabía que solo podría hacerlo cuando él le dirigiera la palabra.
Raven contempló al hombre, que no hacía tanto había sido un aprendiz de guerrero. A pesar de su edad, parecía capaz de acabar con una docena de McDowell él solo.
De algún modo Raven supo que ni por un instante aquellos guerreros se sentían incómodos ante su inferioridad numérica.
—Liam —su padre gruñó—, algo muy desagradable tienes que haber hecho para que te encomienden la guarda y custodia de una simple mujer.
El McDonald juntó sus rubias cejas, que coronaban unos ojos azules y profundos.
—No es ninguna ofensa ser el encargado de velar por la seguridad de mi señora.
Raven sintió que se ruborizaba cuando el gigante de cabellos dorados la miró. Sus ojos azules le recorrieron el rostro con interés, pero apartó la mirada velozmente, volviendo al asunto que le había llevado hasta allí.
—Sí, supongo que sí —dijo Quinlan contrariado—. Aunque, según dicen, tu tío está gravemente enfermo y pronto abandonarás a tu primo Gabriel para volver al este, para tomar el liderato del clan.
El silencio fue tan largo que Raven pensó que no contestaría.
—Cuando regrese —dijo con cierto enfado en la voz—, esas tierras serán mías. Mientras, seguiré sirviendo a mi primo, y Lady Rowen seguirá siendo mi señora —fueron las únicas palabras de Liam.
A Raven casi se le escapa una risa.
Rowen... hacía años que había dejado de usar ese nombre.
El insulto de Gabriel McDonald se había hecho tan popular en las tierras altas, que se había extendido por doquier y convertido, de un apodo, al nombre con el que todos se dirigían a ella.
Liam McDugall, junto a otro guerrero imponente que ella reconoció como Callum, el general de Gabriel, se acercaron más a la mesa. Los dos guerreros restantes se situaron a sus espaldas, indudablemente para protegerlos de cualquier ataque.
Raven los conocía porque esos formidables guerreros habían participado en los juegos de invierno, y sus hazañas eran legendarias.
—Si llama a nuestra futura señora, empezaremos cuanto antes.
Raven alzó de golpe la cabeza y los miró extrañada.
¿Llamarla? Estaba sentada junto a su padre, justo enfrente de ellos. Era imposible que no la hubieran visto.
Carraspeó y los miró… cuando ellos pusieron los ojos sobre ella, no hicieron ademán de reconocerla, ni de hablar de nuevo.
Se movió inquieta en el banco. Liam seguía mirándola fijamente y la ponía nerviosa.
No le inspiraba confianza, quizás era porque no había visto un hombre tan temible en toda su vida.
Raven lo observó detenidamente, ni siquiera llevaba los colores McDonald.
Los otros sí, pero él… entonces recordó las palabras de su padre: “Volverás a las tierras de tu tío”.
La carcajada de su padre la distrajo momentáneamente y apartó la mirada de Liam.
—¿Llamar a Raven? —Entonces los guerreros dejaron de mirarla para prestar atención al laird—. ¿Y quién se cree que está sentada a mi derecha?
Una sonora carcajada y un puñetazo en la mesa hizo que todos los hombres McDowell reunidos en el salón se rieran.
Callum, el general de los McDonald, quedó claramente desconcertado.
—Pero tenía entendido que la prometida era Raven McDowell, no vuestra hija Rowyn.
—¿Cómo? —Raven no pudo ocultar su desconcierto—. ¿Va a casarse con Rowyn? ¿Va a cambiar de opinión después de tantos años?
No supo muy bien a quién iban dirigidas las preguntas, al McDonald, a su padre, o a ella misma. Pero Quinlan la miró con el mal humor de siempre. Aunque esta vez, este también sería derramado sobre los guerreros de Gabriel.
—Gabriel se casará con ella —el laird McDowell frunció el ceño.
Callum parpadeó.
—No quisiera ofender a vuestra hija —Liam vaciló—, sabemos que ha enviudado y que un matrimonio quizás fuese posible en otras circunstancias. Pero… desgraciadamente no es lo acordado.
Liam parecía no querer ofenderla. No sabía por qué extraño motivo, la habían confundido con su hermana.
—Nos llevaremos a Raven, como nos ha ordenado mi señor.
No supo por qué, pero eso la ofendió. “Nos la llevaremos”, como si fuera un saco de de trigo que solo tenía que quedarse quieto sobre los lomos de una mula.
Respiró profundamente y al ver que su padre estallaba en sonoras carcajadas, apretó los puños y se levantó de un salto.
Fulminó a los guerreros McDonald con la mirada y estos no supieron muy bien cómo tomarse el enojo de la mujer.
—Seguro que al laird McDonald no le molestaría lo más mínimo casarse con Rowyn, pero para su desgracia y la mía, tendrá que conformarse conmigo.
Todos guardaron silencio, incluso su padre, que la miró como si hubiera brotado de la tierra.
—Yo soy Raven McDowell.