Capítulo 4
Los mensajeros McDonald entraron en el patio McDowell, tan altos e imponentes como sus monturas de guerra. Los tartanes de vivos colores ondeaban al viento, haciendo que los ojos de Raven se agrandaran al contemplarlos, no sin cierta fascinación.
Una sensación demasiado familiar como para no reconocerla se apoderó de ella: el corazón se le aceleró y un frío sudor se esparció por sus manos sin que ella pudiera evitarlo.
Era miedo.
Pero todavía no había nada que temer.
Él no estaba entre ellos.
Al sentir de nuevo el pulso acelerado, intentó respirar con fuerza.
No quería pensar en él, o se veía capaz de cualquier locura, incluso negarse a ir con ellos y enfrentarse a su padre por primera vez en mucho tiempo.
Raven tragó saliva, sabía que no podía hacer eso. Huir no era una opción. Las amonestaciones estaban hechas. En la puerta de la capilla de los McDowell colgaba el pergamino anunciando su boda inminente. Al igual que colgaría en la puerta de la iglesia de los McDonald.
Había intentado convencerse a sí misma de que esa boda era lo mejor para ella. Viviría con Mairy McDonald, ¿y acaso había otra persona en el mundo que quisiera más?
Que Dios la perdonase, pero su corazón se resistía a sentir un profundo amor hacia su padre severo y distante, y hacia su hermana Rowyn, siempre tan furiosa con el mundo y sobre todo con ella.
Jamás olvidaría el día en que su padre le informó a Rowyn que el futuro matrimonio con Gabriel McDonald no se realizaría. Al menos… ella no sería la novia.
Un día después de que Murdock se marchara con los guerreros McDonald, Raven se encontraba en su habitación. Se había pasado un día entero en la cama, llorando por la muerte del laird McDonald.
Aún tenía lágrimas en los ojos cuando bajó al salón y encontró a su hermana Rowyn soñando despierta.
—Buenos días…
—¡Ah! ¿Eres tú? —dijo como si hubiese entrado uno de los perros de caza de su padre, y no su hermana—. ¿Qué te pasó ayer? No apareciste en todo el día.
—Yo… —Raven había vacilado. Su hermana parecía de muy buen humor. ¿Acaso su padre no le había informado de lo que iba a suceder próximamente?
Al parecer no.
Rowyn la ignoró por completo mientras terminaba su desayuno.
—¿Qué te ocurre? —preguntó algo más intrigada al ver que Raven no tocaba su desayuno—. ¿Desde cuándo le dices que no a la comida?
Raven se encogió de hombros, hasta que su hermana la agarró por la barbilla y apretó. Después de echarle un vistazo, la soltó.
—Has estado llorando —eso la divirtió—. ¿Papá te pegó? ¿Qué has hecho ahora?
Nada, quiso decirle, pero a Rowyn le dejó de interesar pronto su estado de ánimo.
—¿Sabes? —dijo Rowyn—. No me importa. Ayer estuvieron aquí los soldados McDonald, y padre hoy quiere hablar conmigo.
¿Sabes qué significa eso? Que pronto seré la señora del laird.
¿Y tú? —La miró con verdadera malicia—. Vas a casarte también.
Aunque mucho me temo que no será con un hombre tan apuesto como Gabriel.
Rió en voz alta, regodeándose de lo que ya sabía: que Raven iba a casarse con el viejo Campbell.
En ese mismo instante su padre la había llamado a la habitación donde despachaba sus asuntos de justicia. Rowyn fue gustosa, porque poco podía imaginarse que su destino sería uno muy diferente al que ella había pretendido.
Raven se había retirado a su habitación, y estaba echada de nuevo en la cama cuando su hermana entró en su recámara. Raven esperaba ver lágrimas en los ojos de Rowyn, y ciertamente las había, pero había algo más. Un odio visceral, que quemaba como el infierno y que jamás se apagaría.
—Tú, maldita.
Escuchó un rugido de despecho salir de boca de Rowyn, tan encolerizada que avanzaba a ciegas. Sin pensárselo dos veces, se abalanzó sobre ella con un ímpetu que un guerrero en la batalla envidiaría.
Raven gritó al encontrarse cara a cara con unos ojos sanguinolentos y un rostro surcado de lágrimas.
—Tú, perra —escupió a su hermana intentando clavar sus uñas en su rostro—. Tú no eres nada. ¡Nada!
Rowyn la arrastró de los cabellos hasta tirarla al suelo, donde Raven intentó cubrirse el rostro de los arañazos y golpes que Rowyn le daba.
—¿Crees que vas a robarme lo que es mío?
—Yo no te he robado nada —le dijo esquivando una patada—. No quiero este matrimonio.
—Y no lo tendrás —gritó fuera de sí.
De repente su padre entró en la habitación y agarró a Rowyn, separándola de ella. Pero no por eso dejó de intentar atraparla.
—Déjala —dijo su padre.
—No, déjame tú —había algo de súplica en la voz de la muchacha—. Padre, déjame matarla. Si ella muere no faltarás a tu palabra de casarla con Gabriel. Yo podría…
Por primera vez en su vida, Raven presenció cómo su padre cruzó de una bofetada la cara de Rowyn, que empezó a sangrar por la nariz y quedó muda por el horror de haberse podido quedar marcada de por vida.
Pero eso no había ocurrido.
Con el paso de los años, Rowyn era incluso más hermosa de lo que había sido en su tierna juventud.
—Padre. Padre —había suplicado Raven—. Yo no quiero casarme con él.
—Maldita mocosa —dijo él mirándola con desprecio—, deberías estar agradecida de que alguien como tú consiga casarse con el futuro laird McDonald.
El alma pareció escapársele por la boca, y quedó tan petrificada por el horror que sentía, que ni siquiera pudo volver a hablar.
No obstante, después de toda aquella escena, su padre se había llevado a Rowyn. Y a la mañana siguiente ocurrió un milagro.
Su hermana había aceptado de buen grado casarse con el laird Campbell y no solo eso. También había aceptado que Raven, y no ella, sería la futura esposa de Gabriel McDonald.
Nunca supo lo que su padre hizo para convencerla, pero a día de hoy, su hermana no había vuelto a hablar sobre el asunto. Y ella jamás había preguntado.
Frente a los ojos de Raven, los jinetes bajaron de sus monturas.
Los había visto en diversas ocasiones. En el festival de invierno, cada año, desde lejos, contemplaba a los guerreros que ya sabía iban a estar en su vida nada más casarse con el laird McDonald.
Y, extrañamente, aunque conociera la cara de esos hombres, desconocía cuánto habría cambiado la de su futuro esposo, pues llevaba nueve largos años de ausencia.
Gabriel no le caía bien, no le caía bien de niña y no lo haría ahora que se había convertido, a todas luces, en un hombre insufrible. Porque posiblemente lo sería.
Quizás también fuera más alto y más fuerte. Se encogió de hombros como para decirle al mundo que no le importaba lo alto y fuerte que fuera.
También era posible que, a causa del entrenamiento recibido durante los años en tierras Kincaid, sus hombros y pecho fueran tan musculosos como los que ahora veía en el patio.
Suspiró al imaginárselo, pero de pronto un escalofrío de terror le recorrió la columna.
¿Cómo podría luchar contra un hombre así si este deseara maltratarla y humillarla?
Cerró los ojos por un instante y creyó fervientemente que aquel compromiso no tenía sentido.
Era una farsa.