La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 46
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Capítulo 46

—Estáis aquí. Gracias a Dios. ¿Habéis encontrado a Adanna? —preguntó Alex.

—Sí, está en el hospital —respondió Fergus.

—¿Qué hace allí?

—Bueno, solo es una intervención menor. Le daba demasiada vergüenza contártelo —dijo Sam.

—Ah, bueno, me alegro de que esté bien. William ha preparado la cena. Lavaos y comeremos.

La cena estaba deliciosa, pero Sam apenas pudo probarla.

El torbellino de emociones le había quitado el apetito.

Todo el asunto de Adanna la había dejado confusa y alterada.

Puede que hubiera acabado bien, pero aun así se sentía culpable por haberlo desencadenado.

Alex todavía tenía resaca y no pareció darse cuenta.

Estaba encantado con el botín de diamantes de la terraza.

—Mañana se los llevaré a Nelson. Todos sacaremos un buen pellizco de esto, incluida tú, Sam.

—Gracias. Me sorprendió que se hubieran dejado la mejor parte del pozo. Supongo que Pakuteh hizo que dejaran de trabajar justo antes de dar con él.

Se disculpó y fue al baño.

—Tengo que volver a Gran Bretaña —dijo Fergus.

—¿Ahora mismo? ¿No puede esperar? ¿Y la ceremonia? ¿No vas a venir a Fona?

—No, no puedo. Ha surgido algo.

Fergus esquivó la mirada inquisitiva de Alex.

—¿Sam? Es por Sam, ¿verdad? Esa mujer no deja de sorprenderme. Entiendo que Ned se enamorara de ella, pero creía que tú eras un soltero empedernido.

—Lo soy. O, al menos, eso creía. Estoy entrando en pánico, Alex. Necesito marcharme ahora y pensar en todo esto.

—¿Y Sam? ¿Sabe que piensas irte?

—Se lo diré esta noche.

—Eres idiota.

—Soy consciente de mis defectos y no quiero hacerle daño, pero no estoy preparado.

—¿Que no estás preparado? ¿Es que tienes dieciséis años? Yo me casé a los veintiuno.

—Y te divorciaste a los veintiséis.

—Touché. Pero tú tienes treinta y cinco y no es que hayas llevado una vida monacal. ¿Te imaginas que hay muchas mujeres como Sam por el mundo? Puede que nunca vuelvas a tener una oportunidad semejante de ser feliz.

—Lo siento. Será duro para ella, pero ahora mismo no puedo comprometerme. Espero que no le rompa demasiado el corazón. Tampoco es que hayamos pasado mucho tiempo juntos.

—Habéis afrontado juntos situaciones en las que habéis estado a punto de morir. Eso crea vínculos que no se rompen con facilidad. Mi amistad con Joseph nació de la misma manera.

—Si tuviera que ocurrir, encontraría la manera. Es solo que no quiero hacerle daño.

—No creo que eso sea muy realista. Pero ella podrá superarlo. ¿Y tú?

La conversación se interrumpió cuando Sam reapareció. Charlaron un rato más y después Alex se levantó.

—Me voy a la cama. Nos vemos por la mañana.

—Buenas noches, Alex —dijo Fergus.

—Que sueñes con diamantes —dijo Sam.

Se quedaron sentados juntos a la mesa después de que William retirara los platos. Fergus sirvió a cada uno un whisky con agua.

—Salud —dijo.

—Salud.

—Tengo que contarte algo.

—Eso suena ominoso.

—Tengo que irme a Inglaterra. Hay un asunto del que debo ocuparme.

—¿No volverás a Fona con nosotros?

—No. Lo siento. Quería pasar más tiempo contigo.

—Entonces, ¿esto es todo? A pesar del calor, un escalofrío helado le recorrió la espalda.

—¿El qué?

—¿Volveré a verte? ¿O todo ha sido un espejismo?

—Sabes que me importas.

—Eso creía.

—Ahora no puedo explicártelo. Tienes que confiar en mí. Dame tu número y te llamaré a casa.

—Alex lo tiene. Pídeselo a él.

Sam se levantó bruscamente y le tendió la mano.

—Ha sido un placer trabajar contigo —dijo.

—¡Sam!

—No me vengas con «Sam». Llámame cuando madures.

Subió corriendo las escaleras y apenas consiguió llegar a su habitación antes de perder el control.

Se arrojó sobre la cama, hundió la cara en la almohada y gritó toda su rabia y su dolor.

Debería haberlo sabido. Simon, segunda parte.

La culpa era suya por haber permitido que la lujuria se impusiera al sentido común.

Golpeó la almohada con el puño y se mordió el labio.

¿Por qué se sorprendía? Einstein definió la locura como hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados distintos.

Apagó la luz y se metió bajo la mosquitera.

***

Fergus ya se había marchado cuando bajó a la mañana siguiente.

—Ha ido a la bolsa de diamantes para registrar los diamantes y dejarlos para la subasta —dijo Alex—. Después irá directamente al aeropuerto. Me pidió que me despidiera de ti en su nombre.

—¿Sabes por qué tenía que marcharse? —preguntó Sam.

—Por alguna mujer, supongo. Es todo un donjuán.

—Sí, lo es.

Se obligó a desayunar. Alex evitaba mirarla y jugueteaba con la tostada. Por fin, habló.

—Has hecho un trabajo magnífico en Fona y he ingresado una bonificación en tu cuenta junto con tu sueldo.

Hizo una pausa, pero Sam siguió mirando el plato sin decir nada.

—Sin embargo, vine aquí por La Estrella de Simbako, y explotar las terrazas solo era algo secundario.

Tu éxito con la primera terraza hizo que me planteara continuar, pero la muerte de mi querido amigo Joseph pondrá fin a eso.

Adanna me dijo que no permitiría que nadie de fuera volviera a realizar explotaciones mineras en Fona.

—Ah, ya veo.

—Me temo que este proyecto ha llegado a su fin.

—Es una pena. Me ha gustado trabajar contigo.

—Antes de que vuelvas a casa, me gustaría que vinieras conmigo para enterrar al Jefe y apoyar a Adanna en su intento de sucederle. Podrás recoger todas tus cosas mientras estemos allí. Esta mañana te reservaré un billete de avión para volver a casa, en clase preferente.

A pesar de los esfuerzos de Sam por mantener la mirada fija en la pared, Alex logró cruzar la mirada con ella. Su rostro reflejaba compasión.

—Lo siento. Has hecho un trabajo de primera. Te tendré en cuenta para la próxima aventura.

Sam asintió.

—¿Cuándo nos vamos a Fona?

***

—¿Diga?

—Hola, cariño. Papá y yo estábamos hablando de ti. ¿No te toca volver pronto a casa para tomarte un descanso?

—Sí, estaré en casa dentro de unos días. Alex acaba de ir a comprarme un billete.

—Qué bien. ¿Cómo van las cosas por ahí?

—Ha sido increíble. Por desgracia, el proyecto ha terminado. Es demasiado complicado para explicarlo por teléfono. Te lo contaré cuando llegue a casa.

—Siento oír eso. Debes de estar decepcionada. Pero hay buenas noticias. Espera un momento. Te paso con papá.

Hubo una pausa en la línea. Sin duda, su madre le estaba contando las novedades.

—Hola, cariño. Siento lo del trabajo. Estamos deseando que nos lo cuentes todo y ver tus fotos.

—No pasa nada. Hay trabajo de sobra.

—Esa es la actitud. Antes de que cuelgues, quería confirmar una cosa contigo.

—¿Cuál?

—El banco ha llamado esta mañana. Querían confirmar que esperabas recibir una transferencia de Simbako. La cuestión es que asciende a veinticinco mil dólares.

Sam soltó una exclamación ahogada. Alex le debía doce mil quinientos por sus diez semanas de trabajo.

—¡Vaya! Alex me dijo que me había pagado una bonificación, pero no esperaba tanto. Es increíble.

—Estoy seguro de que te la mereces. Bien hecho, cariño.

—Gracias, papá. Es una larga historia, pero prometo contártelo todo cuando llegue a casa.

—Cuídate.

—Lo haré. Nos vemos pronto.

Sam colgó el teléfono. ¿Veinticinco mil dólares?

¿Cuánto era eso en libras? El día acababa de volverse más luminoso.

A pesar de todo, confiaba en Fergus. Pasara lo que pasase, aquella era una historia que aún no había terminado.

Estaba convencida. Quizá solo necesitara tiempo para asimilar lo que sentía por ella.

La forma en que se habían despedido la había dejado destrozada porque él se había mostrado muy distante.

Pero comprendía que se resistiera a cambiar los hábitos de toda una vida.

Merecía la pena esperar a un hombre como él.

Cuando Alex regresó de la agencia de viajes, le dio un fuerte abrazo.

—Gracias —dijo—. Mi padre me ha contado lo de la bonificación.

Él pareció avergonzado.

—Quería que fuera una sorpresa.

—Lo es. La mejor sorpresa que he recibido en mi vida.

Alex sonrió de oreja a oreja.

—Vámonos a Fona.