La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

Adanna los esperaba en la recepción del hospital, con el rostro pálido. Se tambaleaba, pero su expresión irradiaba triunfo y felicidad. Alex la ayudó a acomodarse en el asiento trasero, donde se acurrucó como un gato. Sam dobló una chaqueta y se la puso debajo de la cabeza.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Perfecto. Gracias.

A pesar de las paradas para ir al baño y almorzar, llegaron a Fona en poco tiempo y entraron en el recinto a última hora de la tarde.

Fatimata los esperaba en la terraza. Se había vestido de blanco.

Parecía que una nube hubiese descendido hasta allí.

Desde la parte trasera del coche se oyó un grito de angustia.

Adanna salió de un salto y corrió hacia la casa.

—¿Se ha ido?

—Sí, esta mañana al amanecer. Lo siento muchísimo.

Adanna se sentó en los escalones y hundió la cabeza entre las manos. Sam se acercó y se sentó a su lado. Le rodeó los hombros con un brazo.

—Se ha ido —dijo Adanna—. Mi padre ha muerto.

—Era un hombre bueno y valiente. Le debía la vida —dijo Alex.

Fatimata había llevado a la casa ropas de luto. Adanna ayudó a Sam a ponerse la túnica roja y el tocado.

—Hoy formarás parte de la familia —dijo.

—Tu padre fue amable y me trató con respeto —dijo Sam—. Nunca lo olvidaré.

***

Después del funeral, Fatimata y las sowei se reunieron para debatir la elección del nuevo jefe supremo.

Eran quienes ostentaban la máxima autoridad en la aldea, aparte de los ancianos tribales, que tenían la última palabra.

Tenían derecho a proponer su propia candidata.

Las mujeres gozaban del mismo rango en lo relativo a ocupar el cargo de jefe supremo y, aunque era poco frecuente, a veces lo ejercían.

—Creo que deberíamos recomendar a Adanna —dijo Fatimata.

—¿Qué estás diciendo? No puede ser jefa.

—¿Y por qué no?

—Fatou, sabes por qué.

—Te equivocas. Ha sido purificada y ahora es digna de nuestro voto.

—¿Cuándo ha ocurrido eso? ¿Por qué no participamos nosotras?

—Fue al hospital de Njahili.

—¿Al hospital? ¿Se ha vuelto loca?

—Al hospital nuevo, y está perfectamente cuerda. Espera fuera por si queréis comprobar la operación.

—Hazla entrar. No me lo creo.

—Yo tampoco. Nadie sobrevive al hospital.

Fatimata abrió la puerta. Adanna esperaba fuera con unas túnicas holgadas ceñidas a la cintura.

Avanzó hasta el centro de la estancia y se desató el cinturón.

La túnica se deslizó por su hombro y ella quedó desnuda en medio del suelo.

Los puntos destacaban sobre la carne que estaba cicatrizando.

Se volvió para que todas pudieran verla. Una mujer se arrodilló a sus pies.

—Abre las piernas —siseó.

—Por favor, ten cuidado. Todavía me duele —dijo Adanna.

La mujer examinó la herida de cerca y palpó los puntos. Adanna se estremeció, pero no se quejó. La sowei se puso en pie y se dirigió al grupo.

—Está purificada.

Adanna volvió a cruzar sobre su cuerpo los lados de la túnica y se anudó el cinturón.

—Tías, me conocéis. Conocíais a mi padre.

Continuaré la labor que él inició. Ahora tenemos dinero.

Dinero para tuberías de agua y alcantarillado.

Dinero para electricidad. Podemos traer Fona a este siglo.

Por favor, recomendadme como vuestra candidata.

Aprendí de mi padre a ser honrada; sirvió en el ejército británico, donde la honradez es muy valorada.

Prometo gastar el dinero de forma equitativa.

—¿Y qué hay del bondo ?

—Pronto no podremos elegir. El Gobierno planea promulgar una ley que prohíba la purificación de las niñas.

Debemos adaptarnos a los tiempos. ¿Cuántas de vosotras tenéis dificultades para orinar?

¿Ha muerto alguna de vuestras familiares durante el parto?

¿Sufrís fístulas? ¿Por qué habría de ser algo bueno?

Debemos avanzar hacia el futuro y proteger a nuestras hijas.

Fui purificada en solidaridad con el pasado, con vuestro pasado, pero quiero que nuestras niñas tengan un futuro sin dolor.

Se hizo un silencio hosco. Fatimata acompañó a Adanna fuera de la habitación.

—Sé fuerte. Las convenceré. Este es tu momento.

***

Celebraron la ceremonia de coronación en el recinto del jefe supremo.

Habían barrido todo el plástico y la basura y colocado unos bancos desparejados en semicírculo frente a una plataforma construida con viejos palés de transporte y cubierta con una lona.

Habían sacado el trono de la choza ceremonial y lo habían colocado sobre la plataforma.

La aldea entera abarrotaba el recinto, sentada o de pie según la categoría de cada cual, a la espera de la coronación.

Sam y Alex se sentaron a un lado de la multitud, sacando fotografías y estrechando la mano de los lugareños.

Sonó una trompeta de la banda de la aldea y la multitud se abrió para dejar pasar a un grupo de mujeres que entraron en fila india y se alinearon ante la plataforma.

Sam sintió un escalofrío al reconocer a las mujeres sowei del bondo .

Cerró los ojos con fuerza para alejar los recuerdos de los gritos y agachó la cabeza, planteándose huir. Alex advirtió su malestar.

—¿Estás bien?

—Eh, sí. Esas mujeres vestidas de blanco, las sowei , estaban a punto de matarme cuando llegó Fatimata.

—Creo que ahora estás a salvo. Aquí no te harán nada.

Alargó la mano y le apretó la suya. Ella esbozó una sonrisa forzada. Entonces las mujeres empezaron a cantar y, pese a sí misma, Sam levantó de nuevo la cabeza para escuchar aquella música estimulante. Una banda local hacía cuanto podía por seguirles el ritmo.

Su canto acalló a la multitud y todo quedó en silencio.

Una procesión entró por la puerta principal del recinto y se acercó a la plataforma.

En el centro iba Adanna, sentada en una silla de manos tan antigua que la tela colgaba por los lados y amenazaba con hacer tropezar a los porteadores.

Estos se tambaleaban bajo el peso de la silla y la depositaron en el suelo con un golpe sordo, empapadas de sudor sus túnicas ceremoniales.

Los dignatarios de la procesión se distribuyeron por la plataforma y se sentaron a ambos lados del trono.

Cuando todos estuvieron acomodados, Adanna bajó de la silla de manos ataviada con un vestido morado con estrellas azules y se situó delante del trono, de cara a la multitud.

Los ancianos tribales se acercaron a Adanna y uno de ellos habló.

—¿Aceptas tú, Adanna Sesay, la voluntad del pueblo y accedes a ser nuestra próxima jefa suprema?

—Sí, acepto —respondió.

A Sam le sonó como un voto matrimonial. Hasta que la muerte nos separe.

Los ancianos colocaron sobre la cabeza descubierta de Adanna un tocado de melena de león, con mechones hechos de garras.

Le entregaron un bastón para una mano y una maza para la otra.

La multitud rugió de entusiasmo cuando Adanna, luciendo todas sus galas, se alzó ante ellos para recibir su aclamación.

—Ahora parece todavía más peligrosa —dijo Alex—. No me gustaría interponerme en su camino.

Sam se sentía orgullosa de su amiga, que lo había arriesgado todo para conseguir lo que quería. Resultaba difícil comprender su sacrificio, pero era fácil apreciarlo.

Tamba merodeaba a la izquierda del estrado. Sonreía, aunque apenas. Vio a Sam y a Alex y los saludó con la mano.

—Pobre Tamba —dijo Alex—. Ahora ya no tiene ninguna posibilidad de hacerse con la jefatura.

—Creía que quería a Adanna —dijo Sam.

—Solo para conseguir poder.

¿Era por eso por lo que Fergus la quería? ¿Para tener poder sobre ella? ¿Se había marchado porque era demasiado libre?

—Creo que había algo más —dijo ella.

***

Después de la ceremonia, Sam y Alex volvieron a la casa para quitarse las túnicas y ponerse la ropa de diario.

Alex se sirvió una copa y se sentó en la terraza con los pies en alto.

Sam hizo la maleta, sosteniendo en alto los pantalones cortos de Hannah y contemplándolos en todo su esplendor provocativo.

—Mira que habéis dado problemas, chicas —dijo antes de doblarlos y guardarlos en la bolsa. De no haber sido por esos pantalones cortos… Bueno, ¿quién sabe qué habría ocurrido? Miró por la ventana y se sorprendió al ver que Adanna se acercaba a la casa.

Sam bajó corriendo para recibir a su amiga.

—Jefa Sesay, bienvenida. Entra.

—De verdad, Sam, ¿podrías ser más formal? Llámame Adanna, por favor.

—¿Qué se siente al ser jefa? ¿Estás emocionada?

—Más de lo que puedas imaginar. Tengo una montaña de ideas para este lugar.

—Alex me ha dicho que ahora os encargaréis de vuestra propia explotación minera.

—Es cierto. Siento que vayas a perder tu trabajo, pero estoy decidida a que en Fona tomemos las riendas de nuestro destino. La minería forma parte de ello. Le he pedido a Tamba que enseñe a los demás jóvenes, hombres y mujeres, los métodos que tú le has enseñado.

—¿Tamba? ¿Es prudente?

—Mantén cerca a tus amigos y aún más cerca a tus enemigos, solía decir mi padre. En cualquier caso, quizá si tiene un trabajo importante deje de molestarme. Ya va siendo hora de que se case.

—¿Y tú? ¿Piensas casarte?

—La verdad es que no. ¿Y tú?

—Es difícil decirlo. Si no encuentro a la persona adecuada, no lo haré. Pero ¿cómo lo sabré?

—¿Y Fergus? Daba por hecho que había algo entre vosotros.

—Lo había, lo hay… No estoy segura. Quizá se asustó.

—Volverá. Si algún hombre me mira alguna vez como él solía mirarte a ti, yo en tu lugar tal vez cambiase de opinión.

—Te mantendré informada.

—Entonces, ¿dónde deberíamos iniciar la explotación minera?

—La terraza que hay al otro lado del río, frente a donde trabajábamos, tiene un aspecto fantástico. Deberías enviar allí a Tamba.

Adanna se echó a reír, sacudida por las carcajadas.

—No vamos a explotar esa terraza a corto plazo.

—¿Por qué no? He estudiado la geología y es la que ofrece mejores perspectivas de todas.

—¿Dónde crees que enterramos los cadáveres de los rebeldes?