La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

Adanna estaba frente al hospital, contemplando el reluciente edificio.

La operación que se avecinaba la aterrorizaba, pero nada se interpondría en el camino de sus ambiciones.

Ni hablar de compartir el poder con alguien como Tamba.

Nadie la comprendía. Ahora tenía los medios para escapar del destino que su padre le había impuesto y abrirse su propio camino. Fona sería suya.

Se acercó de nuevo al mostrador de recepción.

—Tengo una cita con el doctor Mohammed para operarme a mediodía. Quisiera pagar ahora.

—Por supuesto, señora. ¿Cómo se llama?

—Adanna Sesay.

La recepcionista abrió un archivador situado detrás del mostrador. Después de revolver los papeles, encontró el documento correcto y se lo llevó a Adanna.

—Tiene que firmar aquí y aquí y poner la fecha abajo. ¿Cómo va a pagar?

—En efectivo. Dólares.

La ceja derecha de la mujer se alzó casi hasta el nacimiento de la peluca.

—¿En efectivo? De acuerdo, ¿puede acompañarme, por favor?

Entraron en una sala contigua, donde Adanna vació el dinero sobre la mesa.

—¿Puede esperar aquí mientras voy a buscar a la contable al despacho de atrás? —dijo.

Adanna se sentó en la silla de polipiel y empezó a hurgarse las uñas. Se le subió el corazón a la garganta. Oleadas de pánico la arrollaron. Se levantó con la intención de marcharse. En ese momento, la recepcionista regresó con otra mujer.

—Esta es la contable. Comprobará la cantidad. En total son nueve mil quinientos dólares.

Adanna siguió de pie cuando entraron, dispuesta a huir a la menor oportunidad.

—¿Se encuentra bien, querida? —preguntó la recepcionista.

Adanna se obligó a reaccionar.

—Sí, creía que se me había olvidado algo, pero no.

—¿Ha traído el dinero? —preguntó la contable.

Una vez que comprobaron dos veces el dinero y firmaron los documentos, la recepcionista condujo a Adanna hasta una antesala, donde le extrajeron sangre y anotaron sus constantes vitales.

—Espere aquí, querida. Irá directamente al quirófano porque esta mañana ha habido una cancelación. Espero que hoy no haya comido nada.

—No, desde anoche.

—Perfecto. Espere aquí.

Adanna se sintió desfallecer de expectación y miedo.

Pese a las garantías del doctor Mohammed, no conseguía librarse del miedo y el recelo que le inspiraban los hospitales.

Sin embargo, Sam le había dicho que eran seguros, y Adanna confiaba en Sam, así que apartó el miedo de su mente.

La puerta se abrió y el doctor Mohammed ocupó el marco de la puerta.

—Buenos días, querida. ¿Preparada para el gran día? Mi colega, la doctora Bemba, la dormirá ahora y, cuando despierte, todo habrá terminado.

La joven anestesista hizo que Adanna se tumbara en la camilla y la cubrió con una sábana.

—Solo notará un pinchacito —dijo.

Adanna sintió el anestésico arder mientras se abría paso por su mano, pero antes de que tuviera tiempo de alarmarse, tuvo la sensación de estar cayendo en un pozo oscuro. Intentó aferrarse a los bordes, aterrada ante la posibilidad de que Pakuteh estuviera en el fondo.

—Ya está, ya está. Déjese llevar y descanse. Todo irá bien.

La anestesista le sujetó los brazos. Había presenciado a menudo aquel terror irracional en pacientes que ingresaban por primera vez en el hospital.

Adanna no tardó en sumirse en un sueño profundo y la llevaron en la camilla al quirófano, donde estaban ayudando al doctor Mohammed a ponerse los guantes.

—¿Preparados, todos? Esto tiene que salir perfecto. Bien, empecemos.

***

Sam había dejado de parlotear, pero seguía sentada en el borde del asiento, como si pudiera obligar al coche a avanzar más deprisa.

Fergus no había sabido cómo afrontar aquel torrente de emociones y decidió que su mejor opción era conducir hasta el hospital tan rápido como pudiera.

Sin embargo, las carreteras se lo impedían, arrancándole el volante de las manos cada vez que intentaba acelerar.

Los amortiguadores también estaban soportando un castigo innecesario debido al pavimento irregular.

—Llegaremos pronto.

—Por favor, date prisa. A lo mejor podemos detenerla.

—No entiendo por qué crees que tienes algo que ver con esto. Adanna es adulta y puede tomar sus propias decisiones. No tenemos por qué estar de acuerdo con ellas, pero no es culpa tuya que planeara hacer esto.

—Pero yo se lo dije.

—¿Qué le dijiste?

—Que los hospitales eran seguros. Le hablé del gran hospital nuevo de las afueras de Njahili.

—¿Y qué?

—Antes no lo hizo porque temía contraer una infección o morir. En cuanto comprendió que los hospitales modernos no te mataban, ya nada podía detenerla.

—Pero tarde o temprano se habría enterado. Tal vez, al hacerlo ahora que todavía es joven, se haya ahorrado un trauma peor.

—Eso no lo sabes.

—Tú tampoco. Sé razonable, Sam. El mundo no gira a tu alrededor, por mucho que tú lo creas.

—¿Y eso es lo que piensas? ¿Que me imagino que el mundo gira a mi alrededor?

—Sí. Pero ¿acaso eso me ha hecho perder el interés?

Sam se enfurruñó durante un rato y puso algo de Led Zeppelin para llenar el silencio. Al poco llegaron al hospital. Fergus aparcó el coche y se volvió hacia Sam.

—¿Quieres que vaya contigo?

—¿Puedo entrar yo primero?

—Me fumaré un cigarrillo.

Sam se inclinó hacia él y lo besó sin pensar y, como él no se resistió, volvió a besarlo para que le diera suerte.

—Sal del coche, Sam.

Cruzó el aparcamiento y entró por las puertas dobles que daban a recepción.

—Hola, ¿tienen hoy aquí a una paciente llamada Adanna Sesay?

—¿Es usted familiar suyo?

—No exactamente.

—Entonces no puede verla.

—Pero su padre se está muriendo y he venido a darle un mensaje.

En su estado emocional, no le costó forzar unas cuantas lágrimas.

—Veré qué puedo hacer.

Cinco minutos después, Sam entró en una habitación privada del ala este del hospital. Estaba pintada en el color magnolia típico de los hospitales, con muebles baratos y camas de metal cromado. Adanna yacía en la segunda de las dos camas, junto a una ventana que daba a la carretera principal.

—Sam, has venido. Cuánto me alegro.

—¿Me esperabas?

—No... Bueno, sí. Pensé que te enviaría mi padre. A Fatimata no se le da bien guardar secretos.

—No entiendo por qué te has hecho esto.

—No me lo he hecho.

—¿Qué quieres decir?

—El doctor Mohammed es un genio. Ha ocultado las pruebas. Parece que me lo han hecho, pero sigo teniendo el clítoris. Está oculto junto a la uretra. Tengo lo mejor de ambos mundos.

—¿De verdad? Es increíble. Me tenías preocupadísima. Me culpaba por que hubieras venido aquí.

—Bueno, eso sí fue culpa tuya, pero me condujo hasta el doctor Mohammed, así que el resultado es fantástico.

Fergus llamó a la puerta. Entró con los dedos metidos en los oídos.

—Hagas lo que hayas hecho, por favor, no me cuentes los detalles. Los hospitales hacen que me desmaye. ¿Estás bien? Eso es lo único que importa.

—Sí, estoy bien. Mañana podré salir del hospital.

—¿Se lo has contado? —preguntó Fergus. Sam lo miró sin comprender. —Lo de su padre.

—Dios mío, se me había olvidado.

—¿Qué se te había olvidado?

—Lo siento muchísimo. Tu padre se está muriendo. Nos envió a buscarte para llevarte a casa.

Adanna no respondió, pero gruesas lágrimas le rodaron por las mejillas.

—Esta tarde tenemos que ver primero a Alex, pero, si quieres, podemos marcharnos mañana cuando te den el alta.

Adanna asintió.

—Tu padre no siente dolor. Te lo prometo. Su cuerpo sencillamente está apagándose.

—Quería morir sin mí porque no soportaba marcharse si yo estaba a su lado.

—Puede que lleguemos a Fona a tiempo —dijo Fergus.