Capítulo 43
Fatimata se inclinó sobre el jefe Sesay y le puso una mano en el pecho.
—Ahí no encontrarás nada, Fatou. Soy un viejo cabrón sin corazón.
Se echó a reír, y el pecho le traqueteó como una víbora.
—Eres un buen hombre, pero te estás muriendo. ¿Por qué dejaste que tu hija fuera a Njahili? Debería estar aquí, a tu lado.
—Tiene su propio destino. Soy demasiado viejo para decirle lo que debe hacer. Confío en que Alex consiga el mejor precio por la piedra. Ella sabrá gastar bien el dinero.
—Fona necesita electricidad.
—Oh, no pretendo que gaste aquí el dinero. Espero que antes viaje y conozca mundo.
—No te lo ha contado.
—¿Contado qué?
—Joseph, tu hija piensa ir al hospital de Njahili para que la purifiquen.
Al jefe le sobrevino un ataque de tos. Fatimata lo ayudó a incorporarse un poco más sobre los cojines.
—¿Te habló de esto? ¿Qué demonios te pasa? ¿Por qué no la detuviste?
—Siempre ha querido ser jefa. No pude detenerla. Tú dices que tiene su propio destino. Este es el que ha elegido.
—No, no lo permitiré. Esto no es lo que yo quería. Tenemos que detenerla. Dile a Sam que venga a verme, por favor.
—Pero, Joseph...
—Ni peros ni nada, mujer. ¿Cómo has podido permitirlo? Yo no quería eso para mi hija.
—Puede que ya sea demasiado tarde.
—Tráeme a Sam ahora mismo.
***
El tráfico de Njahili quedó paralizado. Alex tamborileó con los dedos sobre el salpicadero y silbó sin ton ni son.
Adanna miraba al frente, con el perfil serio.
Entraron en la plaza de aparcamiento situada ante el edificio de compraventa de diamantes, pero un funcionario quisquilloso se acercó al vehículo e intentó echarlos de allí.
—Aquí solo pueden aparcar compradores y vendedores acreditados —dijo, agitando las manos—. Tienen que marcharse.
Alex lo ignoró, salió del coche y le dio un par de dólares. Después condujo a Adanna al vestíbulo.
—Ah, vas a comprar un diamante para vuestro compromiso. Deberías habérmelo dicho.
Adanna se echó a reír.
—No tiene tanta gracia —dijo Alex.
—Perdona. No pretendía ser grosera.
—Solo estoy bromeando. Relájate. Hoy no es más que el principio. Primero tenemos que conseguir que purifiquen el diamante.
—¿Cómo lo hacemos?
—Hierven el diamante en ácido.
—¿De verdad?
—Sí, fluorhídrico y nítrico. Es peligroso, pero eficaz. No reconocerás el diamante cuando hayan terminado. La purificación revelará si hay algún defecto oculto bajo la suciedad.
Bajaron las escaleras hasta el sótano y entraron en un despacho mugriento ocupado por un enano que estaba sentado en un puf colocado encima de una antigua silla con respaldo de husos.
Tenía las piernas extendidas ante él y unas gafas de pinza apoyadas en la punta de su corta nariz.
Miró lascivamente a Adanna durante diez largos segundos.
—Buenos días, Alex. Veo que hoy has traído contigo a tu sobrina.
Alex ignoró la pulla.
—Buenos días, Nelson. Permíteme que te presente a Adanna Sesay, hija del jefe Joseph Sesay, jefe supremo de Fona.
Los ojos del enano se abrieron de par en par y él se ruborizó.
—Le ruego que me disculpe, señora. ¿A qué debo este honor?
—Nos gustaría que purificara un diamante y organizara una subasta. Es urgente. ¿Puede programar el proceso para hoy?
—Depende. Enséñemelo.
Adanna metió la mano en el bolso y depositó el diamante sobre la mesa, delante de Nelson. Él se quedó boquiabierto y lo tanteó con un dedo.
—¿La Estrella de Simbako? Creía que era un mito.
—Es de verdad. ¿Puede ayudarnos? —dijo Alex.
—Por supuesto. Vuelvan mañana por la mañana y lo tendré listo.
—Supongo que avisarás a los comerciantes de la subasta.
—Estarán aquí.
Nelson sacó una balanza electrónica y colocó el diamante sobre el platillo. La pantalla digital marcó veinticuatro coma seis quilates. Silbó admirado y sacó unos formularios, que rellenó por triplicado.
—Comprueben, por favor, el peso y la procedencia. Necesito que firmen aquí y aquí. Después registraremos el diamante ante el Estado y habrá que pagar las regalías correspondientes.
—Entiendo.
Alex cogió el bolígrafo.
—Tú no —dijo Nelson.
Alex le entregó el bolígrafo a Adanna, que leyó los documentos y firmó al pie.
—¿Eso es todo? —preguntó ella.
—Por ahora. La parte más importante tendrá lugar mañana.
***
Cuando Sam y Fergus regresaron del proyecto aquella tarde, Fatimata los estaba esperando.
Ambos estaban eufóricos, pues habían encontrado otros cinco diamantes de buen tamaño en el pozo.
Ver a Fatimata sentada a la mesa, con los brazos cruzados y expresión sombría, les aguó la fiesta.
Fergus puso los ojos en blanco mirando a Sam, que se encogió de hombros.
—Buenas tardes, Tia Fatou —dijo Fergus.
—Buenas tardes, señor Fergus y señorita Sam.
—¿Llegamos tarde? —preguntó Sam.
—No, la cena estará lista dentro de cinco minutos, pero tengo malas noticias.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Fergus.
—El jefe se está muriendo.
—Pero creía que estaba mejorando —dijo Sam.
—No, está luchando, pero morirá. He hecho cuanto he podido, pero su cuerpo está demasiado débil.
—Es terrible. ¿Deberíamos acercarnos a ver cómo está? —preguntó Fergus.
—Quiere ver a Sam.
—¿A mí? ¿Por qué?
—No lo sé. Deberías ir por la mañana, cuando esté más fuerte.
—Iré mañana a primera hora.
—¿Y yo? —preguntó Fergus.
—No ha preguntado por ti.
Se levantó y desapareció en la cocina, donde el estrépito de ollas y sartenes dejó claro que no tenía interés en continuar la conversación.
—¿Y Adanna? Deberíamos llamarla antes de que empeore —dijo Sam.
—Iré ahora mismo a la central telefónica.
—¿No está cerrada?
—Mierda, se me había olvidado. Mañana por la mañana te dejaré en el recinto e iré directo allí.
—¿Y el teléfono por satélite?
—Alex se lo llevó a Njahili para que lo repararan.
Fatimata salió con la cena y la dejó sobre la mesa sin ceremonia alguna.
—Tengo que irme ya —dijo—. Quiero hablar con el médico.
—¿Puedo llevarte?
—No, Sahr viene de camino. Dejad los platos en la cocina. Los lavaré mañana.
En ese momento, las luces del todoterreno aparecieron junto a la entrada. Fatimata bajó las escaleras bamboleándose y entró en el vehículo con dificultad.
Sahr los saludó con la mano y se alejó.
—Deberíamos rellenar el registro. Quiero llevarle mañana la hoja al jefe para que pueda firmarla. De lo contrario, los considerarán ilegales y el Estado podrá confiscarlos —dijo Sam.
—Es verdad. Si muere, podremos vender los diamantes en beneficio de la comunidad. Iré a por la balanza.
Volcaron los diamantes sobre la mesa y los pesaron uno por uno, anotando su tamaño y color en la hoja. Después los guardaron en el bote de carrete junto con los demás. Ninguno de los dos habló mucho. Cuando terminaron, Fergus tomó a Sam de la mano, la condujo hasta su dormitorio y cerró la puerta.