La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 42
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Capítulo 42

El nuevo hospital se alzaba en la ladera, en una carretera secundaria que salía de la vía principal de acceso a Njahili.

—¿Podemos parar en el hospital, por favor? —preguntó Adanna.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Alex.

—Ah, sí, estoy bien. Solo quiero comprobar si tienen un medicamento concreto para mi padre. Se le ha acabado.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, gracias, no tardaré mucho. ¿Te importa esperar unos minutos?

—Odio los hospitales. Prefiero quedarme fumando un cigarrillo en el aparcamiento. Tómate el tiempo que necesites.

Adanna atravesó las nuevas puertas cromadas del hospital. Frente a ella, tras el imponente mostrador de recepción, había cinco mujeres de aspecto formidable. Escogió a la que tenía la expresión menos aterradora y se acercó a ella.

—Buenas tardes, Tia.

—Buenas tardes, señora. ¿En qué puedo ayudarla?

—Quisiera hablar con alguien sobre una operación.

—¿Es urgente?

—Sí, lo es.

—¿Qué tipo de operación?

Adanna se ruborizó y clavó la mirada en el suelo. Buscó las palabras adecuadas, pero la intimidaba la mirada severa de la recepcionista. Se retorció las manos y miró con gesto suplicante a la mujer, cuya expresión se tornó compasiva.

—Creo que el doctor Kamara está libre. Le preguntaré si puede atenderla. Espere en la zona de recepción, por favor.

La mujer susurró algo a su compañera, que hizo una mueca. Después desapareció tras unas puertas batientes. Unos minutos más tarde reapareció e indicó a Adanna que la siguiera.

—Está en la sala veintidós, al fondo del pasillo. Buena suerte.

Adanna avanzó por el reluciente suelo de linóleo, deslizando los zapatos sobre su lisa superficie. Llamó a la puerta.

—Adelante. Era una voz de hombre, suave y profunda.

—Buenas tardes, doctor Kamara. Soy Adanna Sesay, de Fona.

—Mi tierra. ¿Qué puedo hacer por usted, jovencita?

—Necesito una operación urgente.

—No se avergüence, por favor. A menudo acuden a mí pacientes con este problema. ¿Padece una fístula o tiene incontinencia?

—Ninguna de las dos cosas.

—¿Cuándo fue purificada?

—Ah, no, todavía no lo he sido. Mi padre no permitió que la sowei me operara.

—Es un hombre sensato. Entonces, ¿por qué está aquí?

—Quiero que me practiquen la ablación para poder ser jefa suprema. Mi amiga me dijo que es más seguro hacerlo en un hospital.

—Aquí no podemos ayudarla.

—Tengo dinero.

—Querida, es una práctica bárbara que el Gobierno está a punto de declarar ilegal. No puedo ayudarla.

—Por favor, tiene que hacerlo. Yo... —Adanna rompió a llorar desconsoladamente. Lloraba en silencio, pero las lágrimas empaparon la parte delantera de su vestido.

—Vamos, vamos. No llore.

—Pero tengo que hacerlo. No hay alternativa. La única manera de cambiar nuestro reino es desde dentro. Si no me convierto en jefa, elegirán a alguien que no permita ningún cambio.

—Es un sacrificio enorme.

—Y estoy dispuesta a hacerlo.

El médico la observó atentamente y suspiró.

—Comprendo su situación. Mi familia es de Mano. Una jefa suprema sería un cambio excelente. Tal vez podamos hacer algo. Espere aquí.

El médico dejó a Adanna con una caja de pañuelos de papel. Unos minutos después regresó con otro médico.

—Este es el doctor Mohammed. Es experto en este campo. Hable con él y vea si puede ofrecerle una solución a su dilema.

Treinta minutos después, Adanna salió del hospital con una sonrisa radiante. Encontró a Alex fumándose su tercer cigarrillo.

—Siento muchísimo haberte hecho esperar —dijo.

—No pasa nada. Pero ¿dónde está el medicamento?

—Ah, se les había acabado y han tenido que hacer un nuevo pedido. Tengo que recogerlo el miércoles.

—Bien, eso nos da dos días para conseguir la tasación y vender el diamante. Vamos a la oficina. Puedes usar la habitación de Sam.

***

Sam permaneció callada durante el trayecto de vuelta desde Mano. Fergus conducía con estudiada concentración, esquivando los peores baches, y pronto estuvieron de regreso en el recinto. Detuvo el coche y se volvió hacia ella.

—¿Estás bien?

—No sé qué esperaba. Estoy un poco agotada, nada más.

—La vida es dura para la gente de Simbako. Al menos, encontrar un diamante les da la oportunidad de vivir mejor.

—Las probabilidades son terribles. Me siento como una impostora.

—Todos hacemos lo que podemos. Muchas familias de Fona viven mejor gracias a nosotros.

—Supongo que sí.

—Vamos. Comamos algo. Me muero de hambre.

Saquearon la nevera y calentaron unas sobras en los fogones. Fergus mezcló lo último que quedaba de ginebra con una tónica pasada y se sentaron a comer.

—Salud —dijo Fergus.

—Salud. Gracias. Ya estoy mejor.

—No hay de qué. Mano es un lugar deprimente cuando lo ves de cerca.

—¿Cuánto tiempo viviste en Simbako?

—Hasta los diez años, cuando...

—¿Cuando qué?

—Mi madre murió de malaria. Poco después nos marchamos a Inglaterra.

—Lo siento muchísimo. No lo sabía.

—Fue hace mucho tiempo.

—¿La recuerdas?

Fergus suspiró. Cerró los ojos como si intentara asomarse al pasado. Volvió a abrirlos, pero miraba a través de Sam, como si ella ya no estuviera allí.

—Era guapa y divertida. Cada día era una aventura.

Recuerdo una vez que encontramos una serpiente en el jardín.

No permitió que el jardinero la matara y atrapó a la serpiente en un cubo.

La llevamos a la orilla del río y la soltamos.

Lo curioso es que intentó morderla. A ella todo el episodio le pareció desternillante.

—Parece que era maravillosa.

—Mi padre nunca superó su muerte. Me envió a un internado para poder beber tranquilo.

—Debió de ser espantoso para ti. Tengo mucha suerte de que mis padres sigan vivos. Me avergüenza quejarme de ellos a veces.

Fergus acercó la silla a la de ella. Le brillaban los ojos.

—Era como tú, Sam. Creía que jamás encontraría a nadie que pudiera compararse con ella, pero entonces te conocí. Me desconciertas y me cautivas a partes iguales. No comprendo lo que siento por ti.

Sam sintió que iba a desmayarse bajo su escrutinio. Buscó en sus ojos y leyó dolor y perplejidad. Aquello no se parecía a sus experiencias amorosas habituales, pero sintió que su intensidad le calaba hasta lo más hondo.

—No sé muy bien qué decir —dijo.

—No digas nada. No hay palabras para esto.

Se levantaron y él la abrazó. El corazón le martilleaba en el pecho, ¿o era el de ella? Fergus le tomó el rostro entre las manos y la besó. La pasión estuvo a punto de desbordarla y ella apretó el cuerpo contra el suyo, pero entonces él se apartó.

—Esta noche vayamos despacio —dijo—. Tenemos todo el tiempo del mundo.