La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 41
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Capítulo 41

Fatimata se estaba preparando para ir a la iglesia cuando vio a Adanna por la ventana de su casa.

—Buenos días —dijo—. ¿Qué haces aquí?

—Buenos días, Tia Fatou. Necesito hablar contigo.

—Entra y tómate un café. Podemos hablar en la cocina.

—¿No llegarás tarde a la iglesia?

—No te preocupes por mí. Luego rezaré una oración de más. Debe de ser importante para que vengas a verme a estas horas.

Se sentaron en la pequeña cocina, que olía a especias. Las paredes estaban cubiertas de estantes con misteriosas botellas que contenían las pócimas que Fatimata había heredado de su padre, el Chaman.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Fatou, mi padre está enfermo y puede que se esté muriendo. Quiero ser jefa suprema.

—Pero, hija mía, eso no es posible.

—Porque soy impura. Pero ¿y si eso cambiara?

—Ni siquiera te plantees esa posibilidad. Es demasiado peligroso. Ya no eres lo bastante joven para recurrir al bondo . La sowei no te atenderá.

—Puedo ir al hospital de Njahili.

—¿Al hospital? Morirás. Por favor, no corras ese riesgo.

—El hospital es moderno y Sam me ha dicho que allí la gente no muere.

—¿Y ella cómo lo sabe? Sam es muy lista, pero no es de aquí.

—Estoy dispuesta a intentarlo, pero antes debo estar segura de que me apoyarás.

—¿Como jefa suprema? Por supuesto. Si estás limpia, nadie se opondrá a ti. Pero ¿qué pasa con tu padre?

—No tiene por qué enterarse. Voy a Njahili con el señor Simmonds para vender un diamante y conseguir fondos con los que ayudar al reino. Me someteré al procedimiento mientras esté allí.

—¿Estás segura? Es un paso muy importante y no habrá vuelta atrás.

—Fatou, ¿qué futuro tengo si no? He decidido seguir adelante.

***

Alex Simmonds hizo la maleta y la sacó a la veranda. Sam y Fergus seguían sentados a la mesa del desayuno, y se reunió con ellos para tomar una taza de café antes de emprender el viaje a Njahili.

—Me gustaría que terminarais de explotar la marmita antes de venir a la ciudad —dijo—.

No olvidéis dejarle al jefe un registro de la producción para que podamos ajustar las cuentas después de que tasen y vendan los diamantes.

Os he dejado una hoja para que la rellenéis.

Ya he anotado los diamantes recuperados de la terraza antes de hoy.

—¿Puedes dejar aquí la báscula, por favor? También la llevaremos con nosotros.

—Claro. Y buen trabajo con la exploración. El trabajo ya se ha amortizado.

—Haré unos perfiles de la terraza basándome en la excavación de pozos de prospección que ya hemos realizado y delimitaré la zona que deberíamos explotar —dijo Sam.

—Estupendo. Ah, ahí está Adanna. Será mejor que nos marchemos enseguida.

Adanna dejó su bolsa junto al coche y se acercó a la veranda para despedirse. Sam le dio un fuerte abrazo.

—¿Puedes pasarte a ver a mi padre mientras estoy fuera? Ha estado preguntando por ti.

—Claro. ¿Se encuentra mejor?

—No, por desgracia tiene los pulmones muy congestionados. Fatou ha estado intentando aliviarle la respiración, pero sus pulmones están cada vez más débiles. Necesita algo de alivio. Estos últimos días le han pasado factura.

—Buena suerte en Njahili. Espero que la tasación vaya bien —dijo Fergus.

—Gracias. Volveré pronto y todo saldrá bien.

Alex y Adanna subieron al coche y se marcharon.

—¿Qué ha querido decir? —preguntó Sam.

—¿Con qué?

—Con eso de que todo saldrá bien.

—Supongo que se refería al dinero para Fona.

Sam tenía sus dudas, pero necesitaba concentrarse en la última fase de la exploración.

Se puso a dibujar perfiles de la terraza de norte a sur y de este a oeste, sirviéndose de sus notas y de las que había tomado Tamba.

Chasqueó la lengua ante lo mal que dibujaba, pero él había registrado los datos importantes, así que extrapoló a partir de ellos.

La roca madre descendía hacia el sector norte de las gravas donde habían encontrado los diamantes.

Trazó curvas de nivel en el mapa para mostrar la profundidad de la roca madre y seleccionó la mejor zona en la que continuar excavando.

—¿Algún avance? —preguntó Fergus.

—Será fácil explotar la última parte de la marmita. No creo que hayamos alcanzado todavía la zona más profunda, así que aún podríamos encontrar más diamantes.

—Fantástico. Mañana empezaremos de nuevo. ¿Tienes planes para hoy?

—¿Te apetece que volvamos a los campos de diamantes? Quería hacer un reconocimiento geológico de las excavaciones.

—Solo piensa en una cosa, señorita Harris. Yo también, aunque mi disco toca otra canción.

—Llévame a las minas y quizá luego baile al son que tú marques.

—De acuerdo, trato hecho. —Le apretó el hombro—. ¿Nos vamos?

—Dame un minuto para guardar todo esto y recoger mi equipo.

—Sí, Bwana .

***

Sam estaba impaciente por explorar las excavaciones.

Conservaba vívidos recuerdos de su primera visita al lugar y del extraordinario panorama que se extendía a sus pies.

Una experiencia así era una oportunidad excepcional para cualquier geóloga.

No pensaba perdérsela. Cuando llegaron a Mano, tomaron una sinuosa carretera secundaria que serpenteaba ladera abajo hasta llegar a la llanura.

Dejaron el coche y entraron en las excavaciones, avanzando por lo alto de los montones de escombros.

Muchos de los pozos estaban desiertos, pero pronto llegaron a uno en el que parecía trabajar una familia entera.

Una ruidosa bomba extraía agua del fondo.

Los hombres excavaban la grava y llenaban sacos de arpillera.

Unos niños flacos y harapientos arrastraban los sacos pendiente arriba y los vaciaban junto a un grupo de mujeres que cribaban el material con cedazos antiguos y llenos de agujeros.

Los niños la rodearon, gorjeando con sus voces agudas, pidiéndole dinero y tocándole la piel blanca.

Tenían llagas abiertas y la nariz llena de mocos.

Las ideas románticas de Sam sobre África se habían desvanecido hacía mucho, pero resultaba desolador contemplar de cerca aquella pobreza extrema.

Les dio unos caramelos que había comprado en Fona.

Los examinaron con recelo hasta que Sam les enseñó a desenvolverlos y se metió uno en la boca.

Al poco rato, todos los chupaban con entusiasmo y grandes sonrisas.

Entre ellos había un niño albino con quemaduras solares en la cara y los brazos. Algunas eran profundas y supuraban.

—Pobre pequeñajo —dijo Fergus—. Los albinos no sobreviven mucho tiempo aquí. Contraen cáncer de piel.

—Es horrible. ¿Por qué no lo cubren?

—Mucha gente cree que los albinos son obra del Diablo. Hay bandas que los matan para robarles partes del cuerpo y usarlas en rituales de vudú.

Sam soltó una exclamación ahogada. El niño retrocedió asustado ante su reacción, y ella trató de tranquilizarlo con una sonrisa.

Entonces recordó que llevaba una camiseta vieja de manga larga en la mochila.

La sacó y se la ofreció. Él se apartó, pero ella se agachó y volvió a tenderle la prenda.

El niño la agarró y se alejó para ponérsela.

Las mangas le cubrían las manos. Las mujeres se rieron de él, pero el niño desfiló con ella, pavoneándose por lo alto de los montones de escombros.

Lo llamaron para que volviera al trabajo.

Lavaron y cribaron el material del pozo, pero no tuvieron suerte y no encontraron ningún diamante.

Sam examinó las paredes del pozo para ver si podía ayudarlos recomendándoles dónde excavar.

El material no era virgen, sino una mezcla de arena y grava de todas las formas y tamaños.

Se preguntó cuántas veces habrían lavado ya el mismo material.

Los cedazos destrozados que utilizaban permitían que un diamante se colara con facilidad, por muchas veces que procesaran el material.

—Las posibilidades de que encontréis algo aquí son escasas —dijo—. Deberíais buscar material virgen en otro lugar.

—Dudo que quede algún sitio libre. Cada palmo de este lugar pertenece a alguien y, si alguien invade una parcela ajena, se desatan peleas violentas —dijo Fergus.

—Me sorprende que no hayan invadido las terrazas de Fona.

—Son tierras tribales. Los lugareños expulsarían a cualquier intruso antes de que pudiera empezar a excavar.

Se quedaron un rato más, observando los vanos intentos de encontrar una piedra: un trabajo agotador que destrozaba la espalda y el ánimo.

Cuando se volvieron para marcharse, el niño albino le tendió la mano a Sam.

Ella miró su rostro quemado y le guiñó un ojo.

Se quitó el sombrero y se lo puso en la cabeza.

El niño sonrió radiante mientras se ataba con fuerza el cordón bajo la barbilla.

Sus largas pestañas blancas resaltaban sobre las mejillas rosadas. Fergus negó con la cabeza.

—No puedes ayudar a todo el mundo, Sam.

—No, pero sí podía ayudarlo a él.

Él se encogió de hombros. —De acuerdo, Florence, vámonos a casa.