Capítulo 40
El equipo se puso manos a la obra con renovado vigor y, siguiendo las instrucciones de Sam, retiró todo el material salvo la grava del fondo.
Después la trasladaron a la lámina de plástico extendida a ras de suelo.
La grava estaba mojada y los guijarros centelleaban bajo la luz del sol. Sam sintió un escalofrío de emoción.
—Ahora, con cuidado. No hay prisa —dijo mientras bajaban poco a poco hasta el río con su pesada carga.
Una vez extendida la lámina de plástico, comenzó el proceso de lavado y cribado de la grava.
Sam hizo fotografías del trabajo para distraerse del martilleo de su corazón.
Extendieron sobre el plástico el material reducido.
El resto del equipo se sentó en la orilla.
Tamba y Sam buscaron, apartando con las yemas de los dedos la grava estéril.
El tiempo se detuvo mientras retiraban los pequeños guijarros.
Los dos lo vieron al mismo tiempo. Una piedra transparente de aproximadamente medio quilate se encontraba medio oculta en el centro del plástico. Tamba alargó la mano y la recogió.
—Preciosa —dijo.
—¡Vaya! Se entiende que lleven a la gente a la guerra —dijo Sam.
Entonces se dio cuenta de que había otras dos, semejantes a fragmentos de cristal de un parabrisas, una al lado de la otra.
Con cuidado, las sacó de la grava y las metió en el bote de carrete fotográfico.
Tamba le entregó la otra y ella cerró bien la tapa.
Siguieron buscando y encontraron una más, un diamante más oscuro y de buen tamaño.
—Este debe de ser el pie de la pendiente —dijo Sam—. Mañana deberíamos seguir esta grava.
—De acuerdo. Le diré al Jefe lo que hemos encontrado. ¿Llevará los diamantes para que pueda verlos?
—Supongo que Alex se encargará de eso. Yo vendré a trabajar como de costumbre.
—Usted es quien los ha encontrado. Es una geóloga magnífica.
—Gracias, Tamba, pero los hemos encontrado juntos. Formamos un buen equipo.
Él le estrechó la mano y se volvió para ordenar a los hombres que guardaran las herramientas y cubrieran la excavación. Sam esperó a que terminaran y después caminó hasta el coche, donde aguardaba Sahr.
—¿Ha tenido un buen día, Sam? —preguntó él.
—No ha estado mal.
***
El Jefe permanecía inmóvil y su respiración superficial producía en su garganta un sonido seco y doloroso.
Alex esperó. Se quitó del brazo un gran tábano y lo golpeó con el sombrero hasta tirarlo al suelo; después lo aplastó contra las tablas con un chasquido húmedo.
La mancha de sangre penetró en la madera seca, y él observó, fascinado, cómo avanzaba por las grietas.
Una tos le indicó que el jefe Sesay estaba preparado para hablar.
—Alex, debo disculparme contigo. He incumplido los términos de nuestro acuerdo.
—¿En qué sentido?
—Ya no tengo La Estrella de Simbako —dijo—. Ahora pertenece a mi hija, Adanna. Si deseas comprarla, tendrás que hablar con ella.
Alex reflexionó un momento.
—¿La venderá?
—Tiene planes para el dinero. Quiere modernizar Fona, empezando por el alcantarillado y la electricidad.
—Si me la vende, pagaré el mejor precio.
—Sé que puedo confiar en que serás justo. ¿Cómo calcularás el precio de mercado?
—La llevaré a la bolsa de diamantes de Njahili para que sea purificada. Organizarán una subasta. Así podré pujar por el diamante y adjudicármelo limpiamente. Adanna puede acompañarme y presenciar todo el procedimiento.
—Una subasta podría elevar el precio que tendrás que pagar.
—Si el precio sube demasiado, me retiraré de la puja. Quiero esa piedra.
—Eres un hombre honorable, pero tendrás que entenderte con mi hija. Ya no me escucha.
—¿Está Adanna aquí hoy?
—Está en su habitación, pero no sé si querrá hablar contigo.
—Pregúntaselo, por favor. Me reuniré con ella cuando le venga bien.
—Lo intentaré. Está de luto por su marido y no sale a menudo.
—Siento lo de Pakuteh. Debe de estar conmocionada.
—Todos lo estamos. Lo siento, Alex. Este asunto ya no está en mis manos y no puedo ayudarte.
—Lo entiendo.
—Averiguaré si quiere hablar contigo y te lo haré saber.
—Gracias, Joseph, y no te preocupes. Nada romperá jamás el vínculo que nos une.
Alex se levantó para marcharse.
—Ven solo —dijo el Jefe.
Fergus esperaba a Alex en el coche. Su semblante tormentoso decía mucho de lo que pensaba acerca de que lo hubieran obligado a abandonar la habitación como a un niño mientras hablaban los adultos.
—¿Ha habido suerte? —preguntó.
—Tal vez. Ahora Adanna está al mando.
—¿Hablará contigo?
—Aún no lo sé. Volvamos a casa.
***
Cuando Sam llegó a casa aquella tarde, Alex y Fergus ya estaban tomando su segunda copa en la veranda. Ella se había detenido en el pueblo para tomar un refresco con Tamba y Sahr y celebrar el hallazgo, y ahora intentaba contener los eructos.
—Hola, Sam. ¿Un buen día en la oficina?
—No ha estado mal.
—¿No ha sido bueno? —preguntó Fergus.
—Yo no diría eso. Ponme un gin-tonic y os lo enseñaré.
—Fatou, ponle una copa a la geóloga, por favor.
—Vuelvo en un minuto —dijo Sam, y se deslizó por la puerta principal. Fue a su habitación y se quitó la ropa sucia.
Después de darse una ducha rápida, se soltó el moño y se cepilló el pelo. Tal como esperaba, después de haberlo llevado recogido todo el día, se le habían formado unas suaves ondas. Se puso la camisa vaquera y unos pantalones caqui limpios y examinó su reflejo en el espejo. Casi glamurosa, pensó.
Los dos hombres alzaron la vista cuando regresó. Fergus la miró fijamente como si nunca la hubiera visto antes.
—¿Está lista mi copa? —preguntó.
—Está sobre la mesa —dijo Alex—. ¿Habéis encontrado algo hoy?
Sam le entregó el bote y él lo agitó.
—Eso suena bien —dijo.
Después de cenar, Sam se puso el Walkman y se tumbó en la hamaca mientras los dos hombres examinaban el botín. La sorpresa que les había causado la cosecha del día era todo el elogio que necesitaba.
—Los diamantes que habéis encontrado cubrirán todos nuestros gastos —dijo Alex—. Buen trabajo.
—Gracias —dijo Sam—. Seguí las pistas.
Un coche entró en el patio con los faros encendidos. Se cubrieron los ojos para protegerse del resplandor. Sam salió de la hamaca y se inclinó sobre la barandilla. Sahr abrió la puerta y salió a medias del coche.
—Señor Simmonds, Adanna lo recibirá ahora.
—¿Ahora? De acuerdo, dame un minuto. Caminó hasta el coche. —Volveré —dijo.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Fergus.
—No, no hace falta. Luego te pondré al corriente.
Sahr se marchó tan de repente como había llegado.
Fergus se acercó y se colocó junto a Sam, al lado de la barandilla.
Ella percibía su cercanía, suficiente para que se le erizara el vello de los brazos, y de pronto se sintió torpe e insegura.
Al volverse para decir algo ingenioso, notó que él la atraía hacia sus brazos.
Fergus hundió la mirada en sus ojos y ella se ahogó en ellos.
—¿Te ha dicho alguien alguna vez que eres tan hermosa como una pinta de Guinness? —preguntó.
Tenía una expresión extraña en el rostro.
—Eh, no, creo que no.
—¿Eres una especie de bruja, Sam Harris? Me tienes hechizado.
Ella buscó una respuesta, pero la expectación la había paralizado.
—¿Cuánto crees que tardará en volver? —preguntó Fergus.
—Lo suficiente, espero —respondió Sam.
***
Alex llamó a la puerta de la casa del jefe Sesay, dentro del recinto. Se abrió casi de inmediato y Adanna apareció ante él, regia y sombría con una túnica oscura y holgada.
—Pase, por favor —dijo.
—Gracias por recibirme —dijo Alex—. Acepte mi más sentido pésame.
—Es muy amable. Encontrar a Pakuteh ha sido una conmoción terrible.
—No puedo imaginar lo espantoso que debió de ser. Lo siento muchísimo.
—¿No quiere sentarse?
Alex se sentó en el borde de una silla, con los codos apoyados en las rodillas.
—¿Le ha dicho su padre por qué quería verla?
—Sí.
—Mire, sé que es muy pronto para hablar de estas cosas, ya que acaba de quedarse viuda...
—Han pasado diez años. Creo que siempre supe que debía de estar muerto. De lo contrario, habría vuelto a buscarme.
—Aun así, debe de ser difícil para usted saberlo por fin con certeza.
Adanna se levantó y cruzó la estancia. Se volvió hacia él.
—Mi padre me ha dicho que quiere hablar de La Estrella de Simbako.
Directa al grano.
—¿Puedo verla?
—Por supuesto.
Se plantó ante él, metió la mano en uno de los profundos bolsillos laterales de la túnica y encontró la piedra. El aroma de la manteca de karité y del aceite de rosas pasó flotando ante el rostro de Alex. Él extendió la palma y ella dejó caer la piedra en ella.
—¡Vaya!
Durante un instante, eso fue todo lo que Alex consiguió articular.
Sostuvo el diamante entre los dedos y lo contempló.
El matiz aceitoso no ocultaba su interior casi perfecto.
Distinguía un par de defectos, pero se encontraban en puntos estratégicos de la piedra y apenas reducirían su valor total.
Calculó que pesaba unos veinticinco quilates.
Una vez purificada la piedra, podrían tasarla en cuestión de minutos.
—¿Qué opina? —preguntó ella.
—Es increíble. No puedo creer que haya vuelto a aparecer después de permanecer enterrada tanto tiempo.
—La culpa es de Sam. No es de las que se rinden fácilmente.
—Eso me han dicho. Alex soltó una risita. —Ella también es una joya.
—¿Cuánto vale la piedra?
—No estoy seguro. Si es capaz de desprenderse de ella, me gustaría que unos expertos de Njahili la tasaran para asegurarme de que recibe un precio justo.
—La piedra está maldita. Estaré encantada de venderla y enviarla lejos de Fona. Aquí necesitamos agua potable y teléfonos, no pedazos de carbono.
Alex sonrió. Nunca había oído a nadie llamar pedazo de carbono a un diamante fabuloso.
—¿Le gustaría venir a Njahili y supervisar la tasación? Es importante que haya un representante del pueblo presente. Supongo que su padre no vendrá.
—No se encuentra lo bastante bien. De todos modos, el diamante es mío y puedo hacer con él lo que quiera. Me ha dado su bendición.
Alex no dejó traslucir su sorpresa ante aquel tono despectivo. No era propio de la mujer a la que había llegado a admirar. Algo la había cambiado. No quería inmiscuirse en la política local ni en disputas familiares, de modo que no hizo ningún comentario.
—De acuerdo. ¿Cuándo puede viajar?
—Cuanto antes. ¿Podemos ir mañana?
—Si lo desea. Podemos salir a media mañana, si le viene bien.
—Estaré preparada.