La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 39
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Capítulo 39

El coche de Alex estaba aparcado en el patio, bajo el árbol. El conductor se encontraba sentado en la veranda con lo que parecía un enorme gin-tonic en la mano. Sam se relamió.

—Hola, amigos. Ya es hora de tomar algo. ¿Le digo a Fatimata que os prepare uno?

—Sí, por favor —dijo Fergus.

—A mí también —dijo Sam.

—¿Deberías estar bebiendo, jovencita? Hasta hace muy poco estabas jugándote la vida.

—Nos dio un susto de muerte —dijo Fergus.

—Ahora estoy bien —dijo Sam—. Y quiero una copa.

—Dos gin-tonics, por favor, Fatou: uno flojo y otro cargado. ¿Qué tal ha ido hoy?

—No ha ido mal —dijo Fergus después de que Fatimata entrara en la casa—. Hemos encontrado dos diamantes.

—¿Habéis encontrado diamantes? ¿Dónde están?

Sam metió la mano en la mochila y rebuscó en ella. Alex se inclinó hacia delante, estirando el cuello.

—No los encuentro —dijo, guiñándole un ojo a Fergus.

—Tienes que encontrarlos. ¿Cómo has podido perderlos? Fergus, haz algo.

Fergus se echó a reír.

—No te burles de él. Dale los diamantes.

Sam le entregó a Alex el bote de carrete fotográfico. Él quitó la tapa y volcó los diamantes en la palma de la mano. Los hizo rodar de un lado a otro.

—Bonitos —dijo—. No esperaba encontrar esto. Es un extra.

—Algunas partes de la terraza ya han sido explotadas, pero no todas —dijo Sam—. Confío en que aún no hayamos llegado a la zona más profunda de las gravas.

—¿Dónde habéis encontrado estos?

—En el pozo donde encontraron a Pakuteh. Está en medio de la terraza, pero la roca madre desciende hacia la orilla del río.

—Fergus me ha contado lo de Pakuteh. Qué horror para la pobre Adanna. Esa chica no tiene suerte. ¿Crees que podría haber más diamantes allí?

—Sin duda.

—La cena está lista —dijo Fatimata, imponente en el umbral.

—Muy bien, vamos a comer.

Nadie habló durante la cena. Fatimata se había superado con motivo de la llegada del gran jefe y había preparado un sabroso estofado con hojas de patata, acompañado de montones de arroz esponjoso.

Después sirvió plátanos horneados con azúcar moreno, que provocaron gemidos de aprobación.

Al terminar, se sentaron a tomar café en el balcón.

—¿Te importa que Fergus y yo hablemos de negocios? —preguntó Alex.

—En absoluto —respondió Sam sin moverse.

Alex se removió incómodo en la silla. Fergus se encogió de hombros. Sam captó la indirecta.

—Tengo que ir a mi habitación a ordenar mis notas —dijo mientras se levantaba. Los dos hombres se relajaron—. Nos vemos luego.

En cuanto se marchó, Alex se volvió hacia Fergus.

—Háblame del diamante.

***

Sam se sentó en la silla de su habitación y estuvo un rato enfurruñada.

Alex tenía derecho a hablar en privado con Fergus, pero aun así se sentía excluida.

Ahora estaban progresando, pero Alex no parecía interesado en la terraza.

Había estado impaciente por que se marchara para poder hablar con Fergus, pero ¿de qué?

¿Estaban hablando de La Estrella de Simbako?

Parecía evidente. Pero ¿estaría dispuesto el jefe a desprenderse de ella?

Parecía poco probable, sobre todo porque ahora estaba vinculada a Adanna y Pakuteh y a la historia de la aldea.

¿Cuánto valdría? No había podido verla bien, pero a Fergus casi se le habían salido los ojos de las órbitas cuando la encontró en el bolsillo de la bolsa de Pakuteh.

Debía de tener veinticinco quilates o más.

Qué rabia no poder oír su conversación. Con un poco de suerte, por la mañana la considerarían digna de recibir una explicación.

Una vez agotadas las especulaciones, sus pensamientos no tardaron en desviarse hacia el beso.

¿Acaso Fergus era una especie de mago? Era arrogante y gruñón y decía cosas inapropiadas.

En absoluto era su tipo de hombre, al menos en teoría.

Ese era el problema. Los chicos malos siempre resultaban muy atractivos, sobre todo los que conseguían hacerte estallar de pasión con un único beso largo y delicado.

¿Estaría jugando con ella? No lo parecía, pero había algo que no comprendía.

Ahora tenía que acostarse sola, con la sangre hirviendo y sin haber saciado su curiosidad. Mierda.

A la mañana siguiente seguía sin saber nada. Sahr llegó para llevarla a la terraza y Fergus se quedó con Alex.

—¿Nos vemos luego? —preguntó ella.

—Quizá. Voy a llevar a Alex a hablar con el jefe Sesay. A ver qué tal va. Sahr irá a recogerte si seguimos ocupados.

—Vale, pues adiós.

Pero no respondieron, pues ya se habían dado la vuelta para reanudar la conversación. Normalmente disfrutaba pasando el día por su cuenta con Tamba y el equipo, pero aquello era irritante. No tuvo más remedio que subir al coche y dejar que Sahr, tan jovial como siempre, se la llevara.

—Buenos días, Sam. ¿El señor Fergus no viene con nosotros?

—Hoy no. Podemos portarnos mal.

Sahr sonrió, pero sus ojos se movieron de un lado a otro, como si no supiera qué responder a aquello.

—Pues vámonos —dijo.

Se detuvieron en el pueblo para comprar pan recién hecho, latas de atún y botellas grandes de refresco de naranja con gas con las que complementar el almuerzo que llevaba el equipo. Sam compró una bolsa grande de chips de plátano caseros, sus favoritos.

Cuando llegaron al yacimiento, descubrieron que el equipo estaba deseando empezar y que ya había delimitado los bordes del nuevo pozo.

Su energía era contagiosa y Sam no tardó en olvidar que estaba enfurruñada y se puso a tomar notas y hacer sugerencias.

Estaban ampliando el pozo del día anterior siguiendo la inclinación de la roca madre.

El material no había sido alterado y estaba bien clasificado en capas precisas, algunas de las cuales contenían guijarros redondeados de tamaño similar, mientras que otras eran más irregulares, con una matriz más arenosa y menos piedras.

Las capas aumentaban de grosor hacia el límite terrestre de la terraza a medida que la pendiente se hacía más pronunciada.

Pararon para almorzar y las provisiones adicionales desaparecieron a la velocidad del rayo. Sam compartió sus chips de plátano con Tamba.

—¿Lo encontraste aquí? —preguntó.

—¿El qué?

Ella se echó a reír.

—Vamos. Sabes perfectamente a qué me refiero.

Él se encogió de hombros.

—Aquí no. En Mano.

—Entonces, ¿cómo acabó en manos del jefe?

—Lo desenterró en su pozo minero artesanal. Cuando era más joven, solía ir allí a buscar diamantes.

—¿Y cómo llegó a ser jefe?

—Su tío no tenía hijos. Murió poco después de que Joseph regresara a Fona tras servir en el ejército británico. Los ancianos de la aldea eligieron al jefe Sesay y él mantuvo oculto el diamante durante todos estos años. Reconozco que pensaba que había desaparecido hacía mucho.

Tamba se quedó mirando el suelo sin levantar la cabeza. Suspiró.

—Volvamos al trabajo —dijo Sam.

***

Fergus y Alex entraron en coche en el recinto, levantando una nube de polvo.

Permanecieron dentro esperando a que se disipara y Adanna apareció en la veranda.

Les hizo señas para que entraran. Ellos bajaron del vehículo y cruzaron el patio.

Olía a café y unos insectos corpulentos surcaban el recinto como bombarderos, zumbando y chirriando.

Un buitre posado en el tejado los examinaba con ojo experto.

—Odio esos bichos —dijo Alex.

—Son los basureros de África —dijo Fergus—. Alguien tiene que hacerlo.

Subieron los escalones hasta la sala de visitas, donde vacilaron. Adanna abrió la puerta con una bandeja de zumos de fruta en las manos.

—Entrad. Mi padre os espera.

Los condujo a la sala familiar.

—Gracias a Dios —dijo Fergus—. Esas sillas de fuera son un suplicio.

La sala familiar resultaba claustrofóbica tanto por el calor como por el olor.

Todas las ventanas estaban cerradas y del techo colgaba una única bombilla sujeta por un cable de aspecto desgastado.

El jefe estaba sentado en un ancho sillón que prácticamente engullía su frágil cuerpo.

No hizo ademán de levantarse. El cambio en su aspecto era sobrecogedor.

Joseph Sesay parecía como si alguien le hubiera vaciado las entrañas con una aspiradora.

Su respiración superficial les raspaba los oídos con un estertor.

—Bienvenidos —dijo—. Disculpad mi aspecto. He estado enfermo.

—No tiene por qué disculparse, jefe Sesay. Espero que se recupere pronto —dijo Fergus.

—Me alegro de verte —dijo Alex—. Ha pasado demasiado tiempo.

—Mi casa siempre estará abierta para cualquiera de mis hermanos de armas —dijo el jefe, extendiendo sus frágiles brazos para abrazar a Alex.

Los dos hombres permanecieron abrazados varios segundos y, cuando se separaron, ambos tenían las mejillas surcadas de lágrimas.

Fergus se quedó atónito. No sabía que existiera entre ellos vínculo alguno anterior a su trabajo en Simbako.

—Mi querido amigo —dijo Alex, que aún sostenía la mano del jefe y le daba palmaditas con la otra.

—Me salvaste la vida —dijo Joseph—. No estaría aquí de no ser por ti. ¿Qué puedo hacer por ti?