Capítulo 38
Fergus salió temprano de casa. Sam dormía con el brazo derecho echado sobre la cara, como si sintiera vergüenza, pero su respiración pausada revelaba una profunda relajación.
Murmuró entre sueños, pero no se inmutó cuando él le acarició el pelo con las yemas de los dedos.
No pudo evitar sonreír al recordar cómo la necesidad de ambos había abrasado las sábanas.
El tacto de su piel y la fuerza de su abrazo habían traspasado sus defensas, y el deseo de ella había invadido todo su ser como azúcar en el torrente sanguíneo.
Su reacción a la apasionada entrega de Sam no había sido la habitual sensación de conquista y desenfreno que había empañado sus relaciones con otras mujeres.
Una cálida sensación de pertenencia se había infiltrado en sus sentidos, tan extraña como aterradora.
No se sentía así desde que había muerto su madre, tras lo cual había borrado todo recuerdo de ella levantando un muro de ladrillos alrededor de su corazón.
Se sacudió esos pensamientos. Aquello no era más que una aventura.
Como cualquier otra. Cerró la puerta y dejó que golpeara contra el marco.
Eso debería despertarla. Si había vuelto a su habitación para cuando Fatimata llegara a la casa, podrían evitar otra rabieta de dimensiones colosales y algo de comida quemada.
Tal vez Sam sintiera remordimiento o arrepentimiento y lo culpara por haberle dado aquel gin-tonic.
Podía soportarlo. Quizá ni siquiera tuvieran que hablar de ello y se limitaran a sortear la verdad como bailarines que esquivan una zona rugosa del hielo.
Bajó los escalones de un salto, apartó las hojas del parabrisas del coche y subió.
Metió la llave en el contacto y aceleró el motor.
El reproductor de casetes cobró vida. Sam siempre llevaba el volumen a niveles ensordecedores, y aquella vez no era una excepción.
Se abalanzó sobre el control del volumen cuando «Dazed and Confused» inundó el coche.
¿Led Zeppelin? Hasta sus gustos musicales le hacían gracia. Estaba perdido.
—¿Diga? ¿Quién es?
—Alex, soy yo, Fergus.
—Buenos días. ¿Cómo está la paciente?
—No la describiría como una «paciente». Ya ha vuelto al trabajo.
—¿Ya? Cristo, debe de estar hecha de acero. ¿Habéis progresado?
—Tengo noticias extraordinarias. Quizá deberías sentarte.
—¿Has encontrado La Estrella de Simbako?
—Estaba enterrada en la terraza donde estamos trabajando, dentro de la mochila de un joven llamado Pakuteh.
—¿Robó él el diamante?
—No, el Jefe se lo dio antes de que los rebeldes llegaran a Fona, como regalo de boda.
—Menudo regalo.
—Se casó con Adanna en secreto, o al menos eso creía él. El Jefe se enteró.
—Increíble. ¿Dónde está ahora el diamante?
—Lo tiene el Jefe.
—¿Has sacado el tema con él?
—No, pensé que te gustaría hacerlo en persona.
***
La cama era demasiado grande sin Fergus.
Sam estaba despatarrada como una estrella de mar sobre las sábanas revueltas, mirando las grietas del techo.
¿Adónde había ido? Esperaba despertarse a su lado y mantener una conversación incómoda antes de escabullirse a su habitación para recrearse en el placentero recuerdo de cómo habían hecho el amor.
En cambio, yacía sola en una casa silenciosa, preguntándose si había hecho algo mal.
Puesto que había sido ella quien había cruzado la fina línea que ambos se esforzaban por mantener, no podía culparlo.
Fergus no había opuesto resistencia; se había limitado a abrir los brazos y envolverla en ellos.
Había esperado que fuese como Simon en la cama, pero era muy distinto.
Había mostrado una ternura y un abandono que la habían sorprendido y derribado sus reservas.
El cansancio había desaparecido mientras sus deseos gemelos luchaban y se fundían el uno en el otro.
Entonces, ¿por qué se había marchado? No era el tipo de hombre que necesitara que lo tranquilizasen, pero ella había esperado al menos algunas risitas tímidas, caricias y una conversación sobre lo ocurrido.
Se puso en pie con las piernas temblorosas y recogió la camiseta y las bragas de los pies de la cama, donde habían quedado enredadas en los barrotes metálicos.
Tras ponerse la camiseta por la cabeza, se pasó los dedos por el pelo, que parecía un nido y tenía varios nudos imposibles de deshacer.
Se puso las bragas y aguzó el oído por si había algún ruido en la casa. Dembo graznaba en el patio trasero, pero no se oía a nadie.
La puerta crujió cuando la abrió y se asomó al pasillo.
No había moros en la costa. Salió de la habitación de Fergus e intentó caminar con naturalidad hasta la suya.
Una vez dentro, se apoyó un momento contra la puerta antes de meterse en la cama y subirse las sábanas hasta el cuello.
El sol brillaba ya en lo alto y unas sombras cálidas llenaban la estancia.
Debería ducharse. El agua la devolvería a la realidad y podría desenredarse el pelo.
Los enredos de su vida quizá resultaran más difíciles de eliminar.
Se concedió un minuto más para recordar la pasión de la noche anterior y después volvió a levantarse de la cama con esfuerzo, se quitó la ropa y se envolvió el pecho con una toalla.
Había recuperado peso, pero seguía estando delgada comparada con la rolliza geóloga que había llegado a Simbako.
Los pasteles de su madre llenaban un vacío en más de un sentido.
Era asombroso lo que jugarse la vida podía hacerle a la figura.
Se apretó las caderas y el vientre con asombro.
Entonces oyó las pisadas elefantinas de Fatimata atravesando el salón.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Fatou.
—Estoy aquí. No sé dónde está Fergus.
—¿Quieres desayunar?
—Sí, por favor —dijo Sam—. Voy a meterme en la ducha. Estaré lista dentro de quince minutos.
Cuando Fergus regresó, ella estaba sentada a la mesa, dando buena cuenta de un plato de huevos revueltos con tostadas calientes untadas de mantequilla. Disfrutaba tanto que se olvidó de sentirse avergonzada.
—Hola, Fergus. ¿Dónde has estado?
Fergus no respondió con una de sus grandes sonrisas, pero la tensión fue abandonando su cuerpo poco a poco cuando vio que ella no mencionaba lo que había ocurrido entre ambos.
—He llamado a Alex. El teléfono por satélite vuelve a estar averiado, así que he ido en coche a la central telefónica.
—¿Sigue en Njahili?
—Sí; de hecho, va a venir de visita para presentar sus respetos al Jefe y todo eso.
—Genial, ¿cuándo viene? Esperaba que pudiéramos encontrar algo antes.
—No te preocupes por eso. No espera milagros.
—¿Quiere huevos, señor Fergus? —preguntó Fatimata, que había estado esperando una pausa en la conversación.
—Sí, por favor. ¿Pueden ser tres y muchas tostadas?
Fatimata sonrió de oreja a oreja.
—Dame cinco minutos. Hay té recién hecho en la tetera.
Después de desayunar, Sam fue a ver a Dembo en su jaula, detrás de la casa.
Le dio los últimos anacardos de su reserva sin molestarse en provocarlo.
Él se acercó de lado al borde de la jaula e hizo un intento poco entusiasta de picotearle los dedos.
Sonó el claxon del coche, y ella suspiró.
Desde luego, la paciencia no era una de las virtudes de Fergus.
Él dio la vuelta al coche, revolucionando el motor hasta que ella subió. La música sonaba a todo volumen.
—No tenemos por qué hablar de ello —dijo ella.
—¿De qué?
Sam alargó la mano y bajó el volumen.
—No te preocupes. No soy una de esas chicas —dijo.
Sam no era la persona más experimentada en cuestiones amorosas, pero tampoco era tonta.
Ya había conocido antes a hombres como Fergus.
Si estabas interesada, fingías que un romance era lo último que te pasaba por la cabeza.
Como Simon, en realidad . Fergus estaba rígido en su asiento, pero entonces se relajó de forma visible.
—Hoy vamos a por todas —dijo Sam—. Debemos de estar cerca. Me encantaría tener algo que enseñarle a Alex cuando llegue.
—A mí también —dijo él.
El empeño que ambos compartían inspiró al equipo, que trabajó con renovado vigor bajo el sol abrasador.
Al final de la tarde, había un buen montón de grava del fondo sobre la lámina de plástico, listo para lavarlo en batea.
Lo llevaron hasta el río y cribaron la grava con los tamices, desechando los guijarros más grandes y la arena fina hasta reducir el material a un montón con la fracción granulométrica habitual de los diamantes.
En un momento dado, Sam descansó en la silla a la sombra, observando cómo el material se reducía de un metro cúbico a un cubo de grava.
Tomó notas y dibujó perfiles de las paredes de la excavación.
Aquella parte de la terraza no había sido alterada antes, y en el corte se distinguían con claridad las capas de grava de guijarros y arena.
Al levantar la vista, vio a Fergus de espaldas a ella.
No había conseguido captar su mirada en todo el día, y él ni siquiera se había atrevido a dirigirle un guiño.
Se encorvó sobre el cuaderno y fingió concentrarse.
¿Solo había sido una aventura de una noche? Qué decepción.
Extendieron el cubo restante de material sobre láminas de plástico bajo la luz del sol, que ahora llegaba desde un punto bajo del horizonte.
Primero retiraron los desechos más evidentes, y después lavaron y volvieron a extender la grava.
Sam nunca había visto diamantes en bruto.
Entornando los ojos bajo aquella luz mortecina, esperó a que algo llamara su atención.
La búsqueda parecía inútil. Para una aficionada, todos los guijarros eran iguales.
Se inclinó sobre la grava, intentando enfocar uno por uno.
Entonces distinguió una pequeña piedra oscura de forma extraña. La cogió, se la puso en la palma y la giró bajo la lupa. La piedra era oblonga, de lados lisos y con algunas caras bien definidas.
—¿Qué es eso? —preguntó Fergus.
—Eh, no estoy segura —dijo ella, entregándole la piedra a Tamba, que abrió mucho los ojos—. ¿Sabes qué es esto?
—Un diamante —respondió—. No es de la mejor calidad, pero tiene buen tamaño; casi medio quilate, diría yo.
—Déjame verlo —dijo Fergus, que casi se lo arrancó de las manos. Examinó la piedra sin entusiasmo—. ¿Esto es un diamante? —preguntó—. ¿Estás seguro?
—Sí, señor Fergus, estoy seguro.
—Qué emocionante —dijo Sam—. Alex estará encantado.
—No estoy convencido de que esto vaya a interesarle lo más mínimo —dijo Fergus, aún girando la piedra entre los dedos y con aspecto de estar a punto de tirarla—. ¿No es del color equivocado?
—No todos los diamantes son transparentes —dijo Sam—. Los más valiosos son rosas, verdes e incluso azules. Con esta luz no se distingue bien. El color no es la única cualidad que determina el valor. La forma, la pureza y el número de imperfecciones también son esenciales.
—Aun así, parece una mierda —dijo Fergus.
—La belleza está en los ojos de quien mira. Donde hay un diamante, deberíamos encontrar más —dijo Sam.
—Esta terraza es buena para encontrar diamantes —dijo Tamba.
Nadie le preguntó cómo lo sabía.
El hallazgo del diamante intensificó la búsqueda entre el material lavado.
Media hora después, justo cuando el sol se ocultaba bajo el horizonte, uno de los hombres señaló un pequeño cristal cuadrado.
Sam no lo habría reconocido como diamante, pero, en cuanto examinó la piedra, sintió la emoción de encontrar algo formado en las profundidades del manto y disparado hacia la superficie demasiado rápido para carbonizarse.
—Ese es un diamante de tipo II clásico —dijo Tamba—. Vale mucho más que el marrón que encontraste.
—Es mucho más pequeño —dijo Fergus—. Pero hasta yo veo que esto es un diamante.
Recogieron las herramientas y cubrieron la excavación, dejando un guardia para asegurarse de que nadie regresara a cavar durante la noche. Sam metió los dos diamantes en un bote vacío de carrete fotográfico y guardó el recipiente en un bolsillo interior de su mochila, cerrándolo con la cremallera.
—Deberíamos ampliar esta excavación y seguir la grava pendiente abajo —dijo Sam.
—Tú eres la geóloga. Se hará lo que tú digas —respondió Fergus—. Tamba, lleva a los chicos a casa para que descansen. Mañana nos espera un día entero de trabajo.
Los miembros del equipo se marcharon a sus casas, y Sam y Fergus regresaron al coche.
—A casa, James, y a toda velocidad —dijo ella.
Fergus resopló. Entonces, para sorpresa de Sam, le puso una mano en el muslo y se inclinó hacia ella para mirarla a la cara. Le tomó la cara con ternura entre las manos y la besó con suavidad. Con tanta suavidad que ella creyó que iba a desmayarse.
—Llevo todo el día muriéndome de ganas de hacer eso —dijo él, y arrancó el coche.