La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

Tamba vio marcharse a Adanna. Su belleza aún lo maravillaba, pero ella tenía las llaves del reino.

Ahora sería vulnerable y buscaría consuelo.

No había tiempo que perder. El jefe estaba cada vez más débil y no viviría mucho más.

Se redimiría y haría realidad sus ambiciones con una sencilla jugada.

Después de llevarle al jefe una cena ligera, fue a la habitación de Adanna y llamó a la puerta.

—¿Estás ahí? —preguntó.

—¿Qué quieres, Tamba?

—Necesito hablar contigo.

—¿No has dicho ya bastante?

—Por favor, escúchame.

—Tienes cinco minutos.

La puerta de Adanna se abrió de golpe. Ella se quedó plantada en medio de la habitación.

—¿Qué?

—Vengo a hacerte una petición.

—¿Una petición? ¿Para qué?

—Para pedirte la mano.

—¿Te has vuelto loco? —Adanna cruzó los brazos y le dio la espalda.

—Escúchame, por favor.

—No tengo la menor intención de casarme contigo.

—Sé razonable. Ahora estás soltera. Nadie te querrá porque eres impura. Siempre te he deseado y estoy dispuesto a aceptarte tal como eres. Podríamos gobernar Fona juntos.

—¿Cómo te atreves? No me casaría contigo ni aunque fueras el último hombre sobre la faz de la tierra.

—Conmigo tienes la oportunidad de convertirte en jefe supremo. Sin mí, no eres nada.

—Prefiero no ser nada antes que casarme contigo.

Señaló la puerta con los ojos llameantes.

—Cambiarás de opinión.

—Antes prefiero morir. —Las lágrimas asomaron a sus ojos—. ¡Vete ya!

Tamba regresó a sus aposentos para meditar sobre la respuesta.

Adanna siempre había sido impetuosa y obstinada.

Sin embargo, había plantado una semilla y ahora esperaría a que ella se debilitara al mismo tiempo que su posición.

Sabía que al final la conquistaría. ¿Qué otra opción tenía? Disfrutaría de su capitulación.

***

Más tarde aquella noche, el jefe se acercó en su silla de ruedas a la puerta de la habitación de Adanna y llamó.

—¿Puedo entrar, por favor? No te he contado todo lo que debías saber.

—Ya me has contado bastante.

—Ahora mismo tienes todo el derecho a odiarme, pero hay algo que debería darte. Por favor, déjame entrar.

La puerta se entreabrió y el rostro malhumorado de Adanna apareció entre las sombras. Varias velas de citronela titilaban detrás de ella e iluminaban su pelo afro, que había dejado suelto.

—De acuerdo, pero no puedes quedarte mucho tiempo. —Se sentó en una mecedora de mimbre situada en un rincón.

El jefe acercó la silla hasta tocarle las rodillas y se las sujetó con las manos. Contempló sus ojos atribulados.

—Han sido un par de días muy duros para ti, cariño —dijo—. Ahora que Pakuteh descansa en paz, se ha abierto la caja de Pandora.

—Tú eres uno de ellos —repuso ella.

—Nadie lo lamenta más que yo, pero debo contarte algo importante.

—¿Qué puede ser más importante que descubrir que soy viuda y que quienes lo sabían me lo han ocultado durante años?

—No lo niego, pero quiero explicarte lo que ocurrió en realidad aquella noche.

—Cuéntamelo.

—Cuando Pakuteh terminó de preparar el banquete para los rebeldes, hablé con él. Le dije que sabía que estabais casados.

—¿Qué dijo?

—Se quedó atónito. Incluso asustado, pero le dije que quería que te llevara lejos.

—¿Por qué? Este es mi hogar.

—Me preocupaba que hubieras pasado demasiado tiempo rodeada de vudú y supersticiones. Pensaba que debías marcharte de Fona y conocer el mundo.

—Pero ¿cómo? No teníamos nada aparte de la ropa que llevábamos puesta.

—Le di esto. —Joseph Sesay tomó la mano de su hija, que ella le tendió de mala gana, y la volvió con la palma hacia arriba. Con la otra mano, dejó caer en ella el diamante, cuyo brillo vítreo parecía untuoso a la luz de las velas. Adanna abrió la boca y los ojos como platos.

—¿La Estrella de Simbako? Creía que había desaparecido, que se había perdido.

—Sí, quería que la gente lo creyera. Pakuteh la mantuvo oculta todos estos años.

—¿Se la diste a él?

—A los dos. Cuando desapareció, temí que hubiese huido con ella y te hubiera abandonado.

Pensé que tal vez se había perdido para siempre, dejándote atrapada aquí.

No supe lo del guiso hasta que Fatimata me lo contó, y no fui capaz de decírtelo.

Supuse que Pakuteh había muerto en el bosque o que le habían robado.

—¿Atrapada aquí? Pero, padre, no estoy atrapada. Quiero estar aquí. Amo a nuestro pueblo y quiero dirigirlo.

—Pero ellos no te lo permitirán.

—Eso también es culpa tuya. Soy impura por tu culpa. Quizá debería llevarme este diamante y abandonarte.

Su padre alzó la cabeza y la miró directamente a los ojos. —Quizá deberías hacerlo —dijo.

***

—¿Identificaron el cadáver? —preguntó Fatimata—. ¿O era un rebelde?

Estaba esperando en la puerta cuando Fergus y Sam regresaron a la casa.

—Era Pakuteh —contestó Fergus.

—¿Pakuteh? Dios mío. ¿Está bien Adanna?

—La verdad es que no —respondió Sam.

—Pero ¿cómo llegó hasta allí?

—Murió la noche del banquete de los rebeldes. Tamba y sus hombres estaban rellenando el pozo de diamantes, y el vigía lo confundió con un soldado rebelde y lo mató por error —explicó Fergus—. ¿Podemos hablar de esto mañana, por favor? Ha sido un día muy largo.

—¿Tamba? Pero ¿por qué no se lo contó a nadie?

—La cena, por favor —dijo Fergus.

Fatimata se santiguó y volvió a la cocina para servir la comida. Por el estrépito que armaba, resultaba evidente que no estaba satisfecha con la escasez de información que le habían ofrecido.

—¿Puedo irme ya?

Fatimata ya se había puesto el chal.

—Por supuesto. Te prometo que mañana te lo contaré todo.

Ella suspiró y se marchó dando un portazo y pisando con tanta fuerza que parecía dispuesta a partir los peldaños de madera.

Sam y Fergus cenaron juntos en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Sam aún no se había recuperado por completo de la malaria y la jornada la había dejado agotada.

—¿Quieres tomar una copa? —preguntó Fergus.

—Ah, no sé. Estoy bastante cansada.

—Vamos. No seas aguafiestas. No me obligues a beber solo. Una copa nada más.

—De acuerdo, solo una. ¿Me preparas un gin-tonic?

—Solo si te pones los pantalones cortos.

—Sigue soñando. Tráeme esa copa. Voy a sentarme en la hamaca.

—Sí, señora. Saldré enseguida.

—Qué gracioso —dijo Sam, aunque sonrió.

Se mecía con la brisa nocturna cuando él salió con las bebidas.

—Aquí tienes —dijo, entregándole un vaso alto con un buen gajo de limón.

Sam dio un sorbo y tosió.

—¿ Laimh laidir ? —preguntó Fergus, volviendo al gaélico.

—¿Te pesa la mano? Podría decirse que sí. ¿Cuánta ginebra has echado?

Fergus se encogió de hombros y le guiñó un ojo.

—¿Estás intentando emborracharme?

—Me has pillado. Bueno, había pensado aprovecharme de ti mientras estás demasiado débil para defenderte.

—Me lo imaginaba. Tráeme un poco más de tónica, por favor. Está demasiado fuerte para disfrutarlo.

Cuando Fergus regresó, Sam se había quedado dormida. Se sentó un rato a sorber su bebida mientras observaba su respiración superficial.

Cuando terminó la copa, se inclinó y deslizó los brazos por debajo de ella para levantarla y sacarla de la hamaca.

La estrechó contra el pecho y apoyó la cabeza de Sam en su hombro.

El pelo le cayó sobre la cara y Fergus percibió el olor del champú local barato que utilizaba.

Intentó no excitarse, pero con ella libraba una batalla perdida.

La tentación de meterse en la cama a su lado era abrumadora, pero no quería traicionar su confianza.

La dejó bajo la mosquitera y volvió a su habitación.

***

Adanna estaba sentada en la mecedora, balanceándose hacia delante y hacia atrás sobre los crujientes patines mientras miraba al vacío.

Se pasaba el diamante de una mano a otra y lo frotaba como si fuese la lámpara de Aladino.

No brillaba, pues tenía la película amarillenta común en los diamantes aluviales, que solo podía eliminarse con ácido fluorhídrico.

Cálido y pesado, la hipnotizaba con su presencia inquebrantable.

Pensó en la madre a la que nunca había conocido.

La mujer a quien había pertenecido la mecedora.

Se balanceó hacia delante y hacia atrás, consolando a la criatura que había sido.

No podía imaginar el dolor del parto para una mujer con una fístula, pero aquello la había matado en el acto.

Para su padre, el día de su nacimiento había sido a la vez el más feliz y el más triste de su vida.

Quería que Adanna se marchara antes de que a ella también le ocurriera lo mismo.

Adanna quería quedarse y llevar la modernidad a Fona, pero el sacrificio era enorme.

Tal vez el diamante representase una solución.

Fuera, la lluvia volvió a caer, llenando de agua fresca para las larvas los barriles y otros criaderos de mosquitos. Olía la tierra mojada, y aquel aroma la entristecía.

***

Sam estaba ante la puerta de Fergus. La luna iluminaba el corredor que recorría la fachada de la casa desde la zona del salón y el comedor.

Se había despertado con la sensación de tener el rostro de él contra el cuello.

¿Se lo habría imaginado? Quería acostarse junto a Fergus, tocarle las venas de los brazos y acurrucar la cara contra su pecho.

El deseo había impregnado todo su ser y no podía dormir porque el corazón bombeaba sangre ardiente por su cuerpo.

Vaciló. ¿Y si se lo había imaginado? ¿Y Ned?

¿Acaso ya no le importaba? Al fin y al cabo, él había vuelto con su esposa.

Cerró los dedos en torno al pomo y lo giró.

La puerta se abrió y dejó al descubierto el cuerpo desnudo de Fergus, perfilado tras la mosquitera.

Su pecho subía y bajaba. Tenía una mano sobre los genitales.

Con la melena rubia y la piel morena, parecía un dios griego.

Sam entró en la habitación y cerró la puerta tras ella.

Se acercó a la cama, levantó la mosquitera y se deslizó por debajo hasta tumbarse en el colchón a su lado.

Escuchó su respiración y alargó la mano para sentirle el corazón.

Él abrió los ojos y la miró a los ojos dilatadas.

—¿Sam?