La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 35
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Capítulo 35

—¿Qué ha dicho? —preguntó Joseph Sesay, mientras palidecía.

—Hemos encontrado el cadáver de Pakuteh —dijo Tamba.

—¿Dónde lo han encontrado?

Tamba tragó saliva.

—Está enterrado en la terraza donde trabaja Sam.

—Pero ¿cómo llegó hasta allí? No lo entiendo.

—Lo mataron por error. Nos estaba espiando cuando rellenábamos la terraza. El vigía lo golpeó por la espalda porque creyó que era un rebelde.

—¿Lleva muerto una década? ¿Por qué no me lo dijo?

—Por Adanna. Si creía que la había abandonado, tal vez llegaría a quererme a mí.

—Pero estaban casados. Ella no podía estar con nadie más hasta tener la confirmación de que él había muerto.

—Nadie me lo dijo. Es difícil aceptar que lleve años sufriendo y que todo sea culpa mía. Me marcharé del pueblo. No puedo quedarme aquí.

El jefe posó una mano sobre el hombro tembloroso de Tamba. —Ha cometido un grave error, pero no es el único que ha obrado mal. Yo tampoco le he contado algo a Adanna.

—¿Qué más hay, señor?

—Pakuteh desobedeció mis órdenes y se comió un cuenco del guiso envenenado destinado a los rebeldes. De todas formas, habría muerto antes del amanecer. Matarlo fue un acto de misericordia. Al menos no sufrió.

—Pero Adanna ha pasado años sola por mi culpa.

—Tamba, Tamba, Tamba. ¿Qué vamos a hacer con usted?

—No lo sé —dijo Tamba, y rompió a llorar como un niño.

***

Joseph Sesay insistió en acudir a la terraza para la exhumación del cadáver de Pakuteh, que era huérfano: sus padres se habían ahogado cuando un transbordador procedente de Liberia se hundió mientras remontaba la costa.

Los hermanos de Pakuteh habían abandonado el pueblo tras la desaparición de los rebeldes y se habían marchado a la capital en busca de trabajo, así que, aparte de Adanna, no quedaba nadie que llorase su muerte.

Fergus recogió a Sesay en el recinto a primera hora de la mañana siguiente.

El jefe lo esperaba en silla de ruedas en la terraza de su casa.

—Buenos días, jefe Sesay —dijo Fergus.

—Buenos días. Hoy nos espera una triste tarea.

—Sí, señor, es una tragedia. Veo que Tamba no está aquí. ¿Me permite ayudarlo a subir al todoterreno?

Al recibir un gesto de asentimiento, Fergus pasó un brazo por debajo del jefe y el otro alrededor de su espalda y lo levantó de la silla.

Lo acomodó sin dificultad en el asiento delantero, pues, pese a las apariencias, el hombre lisiado pesaba tan poco como un pájaro.

Las túnicas habían ocultado lo mucho que había adelgazado.

Fergus plegó la silla de ruedas y la guardó en la parte trasera.

—Bien, pues vamos allá —dijo mientras metía una marcha y arrancaba con cuidado para no zarandear a su frágil pasajero. Los baches obligaban a avanzar a paso de tortuga.

Llegaron a la terraza, donde Tamba y sus hombres esperaban para llevar al jefe Sesay en su silla de ruedas hasta el borde del hoyo.

Sam y Adanna estaban junto a este; la segunda parecía triste y pálida.

Comenzaron los trabajos para liberar el cuerpo de la grava y la arena.

Fue un proceso laborioso y solemne. Retiraron el material con sumo cuidado para no alterar el cadáver y lo amontonaron a un lado del hoyo.

No tardaron mucho en dejar al descubierto un esqueleto que aún vestía una camiseta barata y unos pantalones.

El tejido, podrido tras años en la grava húmeda, se deshacía.

El cráneo aún conservaba cabello, pero la microfauna local había devorado la carne.

Sobre el cadáver había una bolsa azul, que fue lo primero que retiraron.

Fergus sacudió la arena y se la llevó a Joseph Sesay para que la examinara.

—¿Puede comprobar el contenido, por favor, Fergus? —dijo.

La bolsa seguía intacta porque estaba hecha de una fibra sintética que no se pudría.

Fergus intentó abrir las cremalleras de los bolsillos, pero no lo consiguió porque el óxido las había dejado atascadas.

Sam le prestó su navaja para abrirlos con un corte.

Rajó el tejido del bolsillo delantero y sacó una tarjeta de identidad plastificada y unos billetes viejos.

Adanna dio un paso al frente, le cogió la tarjeta y la limpió con el borde del vestido.

Soltó un gemido y la dejó caer al suelo.

—Es él. Es Pakuteh.

Su padre abrió los brazos y ella ocultó el rostro contra su cuello.

Fergus sacó unas prendas podridas del compartimento principal de la bolsa y después la sacudió.

—Hay algo en el bolsillo —dijo. Cogió la navaja, lo abrió de un tajo e introdujo un dedo por el agujero para palpar el interior de la húmeda bolsa. Abrió mucho los ojos y se llevó una mano a la boca.

—Dios mío —dijo—. Está aquí. Ha estado aquí todo este tiempo.

El jefe se llevó un dedo a los labios y negó con la cabeza, mirando a Fergus, que introdujo la mano en el bolsillo y sacó algo que le entregó a Sesay sin mostrárselo a los demás.

—¿Qué es, padre? —preguntó Adanna.

—Es tu regalo de boda.

—¿Mi qué? ¿Usted lo sabía? No lo entiendo.

—Si me lo permites, no quiero hablar de esto aquí. ¿Podemos terminar de sacar a Pakuteh primero, por favor? Te prometo que te lo contaré todo más tarde.

—De acuerdo, padre, si eso es lo que quiere.

—Continúe, por favor —le dijo a Tamba.

Fergus se volvió hacia Sam, que no tenía ni idea de qué le había entregado al jefe, y movió los labios, pero ella no entendió qué decía. La vida en Simbako estaba llena de sucesos inesperados. ¿Cuál era el regalo de boda? ¿Cómo sabía el jefe que Adanna se había casado con Pakuteh?

***

Envolvieron los restos de Pakuteh en una manta y los llevaron de vuelta al recinto del jefe en Fona sobre unas parihuelas improvisadas.

El jefe ordenó que depositaran los huesos en un ataúd, que colocaron sobre la mesa del salón ceremonial.

Sellaron el féretro con betún para impedir que el olor a descomposición impregnara la estancia, pero aun así se filtraba y hacía arrugar la nariz a los dolientes.

Quienes habían conocido a Pakuteh querían tocar el cadáver, pero tuvieron que conformarse con tocar el ataúd y depositar ofrendas a su alrededor.

Adanna se sentó en una silla a un extremo de la sala y recibió las condolencias.

La noticia de su matrimonio con Pakuteh se había propagado como la pólvora, y curiosos y sentimentales hacían cola para ver a la viuda.

Ella no levantaba la cabeza, sino que mantenía los ojos fijos en el suelo y permitía que la gente le tomara la mano inerte sin hacer comentario alguno.

Las emociones contradictorias que le provocaba el hallazgo del cadáver habían alterado su controlado mundo interior.

Por una parte, la inundaba el alivio al saber que, después de todo, él no la había abandonado.

Por otra, le dolía muchísimo la sensación de que todos llevaban años mintiéndole.

Hasta su padre, la roca sobre la que se sustentaba su existencia, había participado en el engaño.

¿Cómo había podido hacerle algo así? Lo de Tamba lo entendía.

Había esperado vencer su resistencia fingiendo que Pakuteh la había abandonado.

¿Y su padre? La había protegido porque él también creía que Pakuteh había huido.

Llevaba una década siendo viuda y ahora tenía que pasar de nuevo por el duelo. Se sentía destrozada.

A medida que la tarde tocaba a su fin, el número de visitantes se redujo a un goteo y después cesó cuando los aldeanos comprendieron que no se ofrecería comida a los dolientes.

Regresaron rezongando a sus tareas cotidianas de preparar la cena y proteger sus casas contra los espíritus malignos.

Adanna suspiró y se levantó. Se acercó al ataúd y puso la mano sobre el lugar donde habría estado su corazón.

—Perdóname, amor mío. Creí que me habías abandonado. Debería haber comprendido que jamás te habrías marchado sin decir una palabra.

—No es culpa tuya —dijo su padre. Estaba sentado en su silla de ruedas, en la entrada del comedor. —Fui cruel contigo sin motivo alguno y te castigué por estar enamorada.

—Tamba debería habernos contado lo ocurrido. Lo culpo a él.

—No es culpa de Tamba. Hay algo que nunca te conté.

—¿Sobre Pakuteh?

—Sí, vayamos a la sala de estar. Tamba también debe oírlo.

Adanna siguió a su padre por el patio hasta la casa, y Tamba salió corriendo para ayudar a empujar la silla de ruedas por la rampa improvisada que conducía a la puerta trasera. Atravesaron la cocina, entraron en la sala de estar y se sentaron.

—Tamba, siéntese con nosotros. Tiene que oír esto —dijo el jefe.

Tamba se acercó para sentarse. Adanna señaló la silla más alejada de ella. Tamba se encogió como un perro que esperase una paliza y se hizo pequeño en la silla. La miró suplicante, pero ella no le prestó atención.

—Recuerdas el día del asalto —dijo el jefe, dirigiéndose a Adanna—. Me quedé con Pakuteh para preparar el festín de los rebeldes y te mandé a esconderte con las mujeres en el bosque.

Ella asintió.

—Pakuteh preparó el arroz y los plátanos en la cocina mientras yo organizaba el comedor. Le había dado instrucciones estrictas de que no comiera nada del guiso que había preparado Fatimata, pero no le había explicado por qué.

Adanna ahogó una exclamación.

—¿Se comió el guiso?

—Me temo que sí. Fatimata me contó el año pasado que, cuando volvió después del festín, encontró en la cocina un cuenco escondido detrás de los plátanos. Todos se habían marchado salvo Pakuteh. ¿Quién más podría haber sido?

—¿Por qué no me lo contó?

—No estoy seguro —dijo el jefe—. Tal vez quería que conservaras alguna esperanza de volver a verlo, y yo no tenía la absoluta certeza de que Pakuteh se hubiera comido el guiso. Soy un necio y te he hecho muy desgraciada.

—No fue solo culpa de usted —dijo Tamba—. Yo sabía que Pakuteh había muerto, pero no se lo conté a ninguno de los dos.

Adanna miró a uno y a otro con auténtico desprecio. Salió de la habitación.

—Cariño, vuelve —dijo el jefe, pero ella ya se había ido.