Capítulo 34
Tras un largo día al sol, Sam estaba sentada con Adanna a la sombra, en la silla de Pakuteh, mientras Fergus se había refugiado bajo la sombra del cobertizo de Sam. Las mujeres bebían agua de coco para evitar la deshidratación.
—¿Cómo era? —preguntó Sam.
—¿Quién? ¿Pakuteh?
—Sí, quiero decir, ¿qué aspecto tenía? ¿Era guapo?
—Oh, sí, tenía cuerpo de atleta y cara de ángel.
La diversión que percibió en su voz hizo que Sam se diera cuenta de que exageraba.
—No, en serio, quiero saberlo.
Adanna se recostó y cerró los ojos.
—Era flaco y tenía las rodillas huesudas. Tenía los ojos saltones y los labios gruesos; no era ningún Adonis, desde luego, pero tenía un corazón enorme. Todos los demás me evitaban porque no había ido al bondo . A Pakuteh no le importaba.
—Parece que era un buen hombre. Debes de echarlo de menos.
—Antes sí. Más que si me faltara un miembro. Pero cada vez me cuesta más recordar su rostro.
—¿Qué tenía de especial?
Adanna hizo una pausa y una carcajada retumbó en su pecho. Se dobló de risa y soltó risitas hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas. Sam la contempló asombrada. Nunca había visto reír así a Adanna. No entendía nada. Por fin, las risitas se apagaron y Adanna se explicó.
—Tenía una cosa enorme. Le llegaba casi hasta la rodilla.
Y se dejó caer de espaldas sobre la roca, con el pecho agitado.
Sam abrió la boca, estupefacta. Por algún motivo, nunca había atribuido emociones auténticas a Adanna.
Siempre tan dueña de sí misma, su distanciamiento la hacía parecer casi inhumana; sin embargo, allí estaba, tendida y riéndose a carcajadas.
—¿Hasta las rodillas? ¡Qué horror!
—La primera vez que me la enseñó, le pregunté dónde pensaba meterla.
Volvió a soltar una carcajada y Sam se unió a ella.
Fergus oyó reír a las dos mujeres, un sonido jubiloso. Se dirigió hacia los árboles para averiguar qué les hacía tanta gracia, pero, de pronto, uno de los trabajadores lanzó un grito y salió de un salto del pozo como si lo hubiera mordido una serpiente.
—¿Todo bien? —preguntó Fergus mientras se acercaba.
Tamba se asomó al agujero. Una expresión extraña apareció en su rostro.
—Es un cadáver —dijo con tono resignado. No parecía sorprendido en absoluto.
—¿Un cadáver? ¿Cómo demonios...? —preguntó Fergus.
—Aquí murió mucha gente durante la guerra civil. —Vaciló—. Este hombre luchaba con los rebeldes.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo estaba aquí cuando lo enterraron.
—¿Qué ocurrió?
—La noche en que los rebeldes llegaron a Fona, el jefe Sesay me envió a la terraza para rellenar las excavaciones que habían hecho los lugareños.
—¿Encontraron diamantes aquí?
—Eso creo. Tendrás que preguntárselo al jefe.
Había luna llena, así que trabajamos lo más deprisa posible por si los rebeldes nos encontraban.
Uno de los hombres hacía de vigía. Un rebelde atravesó el bosque y nos vio cavando.
No podíamos arriesgarnos a que avisara a los demás, así que el vigía lo golpeó en la cabeza.
Lo mató en el acto. Lo arrojamos al pozo y lo cubrimos para que los rebeldes no descubrieran qué le había pasado.
—¿Lo reconociste?
Tamba tragó saliva. —No, era un rebelde.
—Puede que lleve documentación encima.
—Deberíamos esperar hasta mañana para sacarlo. Hoy ya es demasiado tarde.
—De acuerdo, terminemos entonces. Cubrid el pozo con unos troncos. No queremos que una hiena encuentre el cadáver y se lleve los huesos.
Fergus estaba intrigado. Era evidente que Tamba sabía exactamente quién yacía en el pozo, pero no quería decirlo. Fuera quien fuese, dudaba que el cadáver siguiera allí por la mañana. Evitaba la política local de Fona como la peste.
Antes de que Fergus pudiera avisarlas, Sam y Adanna salieron del bosque para ver qué había causado aquel alboroto.
—¿Qué pasa? —preguntó Sam.
—Han desenterrado un cadáver. Tamba dice que es un rebelde al que mataron durante el asalto de hace diez años —explicó Fergus.
—¿Un cadáver? —preguntó Adanna—. ¿Quién es?
Se volvió hacia Tamba, que retrocedió, incapaz de mirarla a los ojos.
—Dios mío, ¿podría ser Pakuteh? —dijo Sam, con la mente funcionando a toda velocidad.
Adanna señaló a Tamba con un dedo acusador. Su expresión se transformó en una máscara de furia.
—¿Tú lo mataste? Asesinaron a mi pobre marido. Maldito cabrón.
Las lágrimas le corrían por las mejillas e intentó agarrarlo.
—¿Tu marido? Pero... No, no lo entiendes —dijo Tamba.
—Oh, sí que lo entiendo. Lo odiabas porque yo lo amaba a él y no a ti. Aprovechaste el ataque de los rebeldes para matarlo.
—Lo matamos, pero fue por error. Merodeaba a escondidas por el bosque y el vigía lo golpeó por detrás. Puedes preguntárselo tú misma. Está allí.
Tamba señaló a un hombre situado al borde del grupo. Al verse señalado, este agachó la cabeza.
—No nos dimos cuenta de que era Pakuteh.
—Pero dejaste que creyera que me había abandonado. He pasado una década pensando que había huido y me había dejado. ¿Cómo pudiste?
Estaba fuera de sí. Fergus tuvo que sujetarla para impedir que atacara a Tamba.
—Lo... lo siento. Pensaba contártelo, pero la agresión a tu padre te había llevado al borde de la razón. Tal vez... tal vez habría sido demasiado traumático para ti. Tenía intención de decírtelo más adelante, pero, conforme pasó el tiempo, me pareció mejor mantenerlo en secreto.
—¿Un secreto? —preguntó Adanna—. ¿A mí? ¿Lo sabe mi padre?
—No. Nunca se lo he contado a nadie.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Adanna, pero ella permanecía muda, con el cuerpo esbelto temblando de furia y dolor.
La angustia de Sam se intensificó por el contraste con el ataque de risa que habían compartido apenas unos minutos antes.
Rodeó a Adanna con los brazos, pero fue como abrazar un poste.
Tamba permanecía apartado, con los puños cerrados y los ojos cerrados con fuerza.
Cuando la tormenta amainó, Fergus se ofreció a llevar a Adanna al recinto. Tamba se quedó con su equipo para cerrar el pozo. Su silueta solitaria se recortaba en la creciente oscuridad.