Capítulo 33
Para su gran alivio, Fergus le permitió ir al yacimiento la tarde siguiente.
Envió a Sahr a recogerla en el viejo jeep.
Sam estaba sentada en los escalones de la terraza, dándole trozos de plátano a Dembo, que le había cogido mucho cariño y chasqueaba su lengua morada para pedirle más.
Sahr llegó levantando una nube de polvo y se acercó a verla.
—¿Ya estás bien? —preguntó Sahr—. Todos estábamos preocupados por ti, hasta el médico.
—Ahora estoy mucho mejor.
—Siento muchísimo lo del vudú. El fetiche contenía un poder maligno. Debería haberme dado cuenta de que acabaría atrapándote.
Sam no creía en fuerzas malévolas. La malaria se la habían contagiado los mosquitos que la picaron en Fona durante su primera noche en la ciudad, pero no tenía sentido decírselo.
—Gracias, Sahr. Me salvaste la vida al adivinar que había ido al bondo , así que creo que estamos en paz.
Él sonrió y la ayudó a subir al asiento delantero. A Sam le flaquearon las piernas y tuvo que auparse para entrar en el coche.
—¿Estás segura de que puedes volver al trabajo? —preguntó él.
—Solo hay una forma de averiguarlo. ¿Puedes hacerme un favor?
—Claro.
—Tengo que llamar a mis padres. ¿Podemos parar en la central telefónica? El teléfono por satélite es una porquería.
—Claro.
Fueron hasta la central telefónica y Sahr la hizo esperar en el coche mientras reservaba una llamada y conseguía una cabina para ella. Cuando establecieron la conexión, salió a buscarla.
—Ya te han pasado la llamada —dijo—. Creo que es tu madre.
Una oleada de emoción la embargó. Pese a su actitud flemática, en lo referente a su madre seguía siendo una niña. Subió los escalones con dificultad y entró en la cabina que él le señaló, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Diga?
—¿Sam? ¿De verdad eres tú?
Hannah. Sam sintió pánico. ¿Debía colgar?
La voz de Hannah tembló.
—Por favor, no cuelgues. Necesito hablar contigo.
—De acuerdo. Yo también necesito hablar contigo.
—¿Estás bien? Tienes una voz muy rara.
—Solo estoy cansada. He pasado unos días muy largos trabajando sobre el terreno.
—Estaba muy preocupada porque no llamabas. No te imaginas cuánto siento todo lo de Simon. Es culpa mía. Tendría que habértelo contado cuando volviste de Sierramar.
—Sí, deberías haberlo hecho. Ahora ya es un poco tarde. ¿Sigues con él?
Se produjo un largo silencio.
—Sí.
Sam reflexionó sobre ello y comprendió que ya no le importaba. Simon era agua pasada. La vida era demasiado corta para desperdiciarla con él. Suspiró.
—No te sientas mal. Descubrir que los dos me habíais traicionado me hizo mucho daño, pero eres mi hermana. Eso es más importante que una relación fracasada, aunque seas una hermana de pena. He decidido que me merezco algo mejor que Simon. No voy a volver con él. Te lo puedes quedar.
—Muchas gracias.
—No era eso lo que quería decir. Bueno, un poco sí. En cualquier caso, lo tengo completamente superado.
—¿Hay otra persona?
—Sí y no.
—¿Qué significa eso?
—Uno dice que sí y, en cuanto al otro, no estoy segura.
—He creado un monstruo. —Hannah vaciló—. Soy una zorra. Te mereces una hermana mejor. Perdóname.
—Dame tiempo. Lo haré. —Cambió de tema—. ¿Cómo están mamá y papá?
—Los dos han salido a jugar al golf. Les diré que has llamado. ¿Querías contarles algo?
—Eh... No, nada en realidad. Ya los llamaré otro día. Diles que esto es increíble y que me lo estoy pasando fenomenal.
—Lo haré. Gracias, Sam. No te merezco.
Era cierto, pero Sam no necesitaba restregárselo.
—Bueno, adiós.
—Adiós.
Sam colgó. Contarle lo de la malaria no serviría de nada.
Sus padres solo se preocuparían. La falta de rencor con que Hannah y ella habían afrontado lo de Simon la había sorprendido, pero quizá haber estado a punto de morir le había hecho comprender la diferencia entre lo permanente y lo pasajero.
Las hermanas pertenecían a la primera categoría. Los novios infieles, en cambio...
Llegaron a la terraza, donde Fergus los esperaba para recibirlos. Sam se deslizó del asiento y dio unos pasos inseguros. Fergus, que la había estado observando, se acercó al coche a grandes zancadas y, sin contemplaciones, la tomó en brazos, haciendo que se le cayera el sombrero.
—Eh, cuidado, no estoy segura de que haga falta llevarme en brazos —dijo Sam, sonrojada de vergüenza. Él olía a barro, a sudor y a alguna feromona que hacía bailar las de ella.
—Yo sí —respondió él.
Sahr recogió el sombrero y se lo puso en la cabeza. Al ver su rostro encendido, le guiñó un ojo.
Dios mío, lo sabe. Todo el mundo lo sabe menos Fergus, y ¿cuánto tardaría él en enterarse? No eran precisamente la gente más discreta que había conocido.
—Dame la mochila, por favor, Sahr.
Con la mochila colgando del brazo libre, soportó la indignidad de que la llevaran hasta la terraza, donde todos se apresuraron a recibirla y ayudaron a Fergus a acomodarla en una silla recién montada.
—Bienvenida, señora.
—La hemos echado de menos.
—¿Se encuentra mejor?
—El señor Fergus está enfadado con nosotros.
—No, no lo estoy.
Todos asintieron. Sí que lo estás. Sus rostros lo acusaban. Sam se echó a reír.
—¿Os habéis portado mal? Seguro que es por eso.
Aquello provocó una hilaridad general; los trabajadores soltaron risitas y se dieron codazos, pero ninguno lo negó.
Concluidas las formalidades, Sam permaneció sentada mientras le llevaban los resultados del trabajo de aquel día.
Desde su lugar en la terraza, examinó el último pozo.
El material de las paredes había sido removido y ya no estaba dispuesto en estratos.
Alguien había estado allí antes que ellos.
Ya lo había observado en otros pozos. Solo había una manera de saber hasta qué profundidad habían excavado antes o si habían alcanzado la roca madre, donde se encontraba la grava más rica.
El material que le llevaron contenía granates y diópsidos, lo que aumentaba la probabilidad de que la grava contuviera diamantes o los hubiese contenido en el pasado. Un escalofrío de emoción la recorrió.
—¿Estás bien?
Fergus había advertido el estremecimiento y le puso una mano en el hombro. Aquello no ayudó demasiado. Su contacto la mareaba.
—Mejor que bien. Estoy encantada de haber vuelto al trabajo.
—¿Qué opinas? —preguntó Fergus—. ¿Estamos en el lugar adecuado?
—Sin duda. Tenemos que seguir excavando.
—Excelente. Mañana será otro día.
Dicho esto, le tendió los brazos. Ella no protestó.
Se puso en pie con esfuerzo, permitió que volviera a tomarla en brazos y se dirigieron al vehículo.
Con el pretexto de ayudarlo a cargar con ella, le rodeó el cuello con un brazo y se acurrucó contra su pecho.
Quizá fingiera debilidad durante unos días. Tenía sus ventajas.
La recuperación de Sam se aceleró y no tardó en tener que ir andando desde el coche, incapaz ya de fingir que necesitaba que la llevaran.
Fergus se había mostrado encantado de seguir haciéndolo, pero habría resultado demasiado evidente que ella lo disfrutaba.
Al fin y al cabo, afirmaba ser una geóloga dura y liberada.
Pasaban las noches charlando, escuchando música y tomando notas sobre el trabajo del día.
Su presencia resultaba reconfortante y terapéutica, y ella nunca quería irse a la cama.