La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 32
70%

Capítulo 32

A medida que Sam se recuperaba, se sentía cada vez más frustrada porque Fergus se había hecho cargo de su trabajo en la terraza.

Eso le dio todos los alicientes que necesitaba para mejorar lo antes posible.

Se comía todo lo que Fatimata le preparaba, sobre todo las frituras.

Sus favoritas eran las tajadas de plátano macho dulce rebozadas.

Estaba recuperando algo de peso y cada día se sentía más fuerte.

Una mañana, oyó a Fergus en el pasillo y lo llamó. Él entró y se sentó en la cama, en lugar de en la silla de al lado, y la inesperada cercanía de su cuerpo, que irradiaba salud y calidez, hizo que se pusiera como un tomate.

—¿Estás bien? Te has puesto colorada —dijo él.

—Es la malaria.

—¿No estás mejorando?

—Mucho. Debería volver pronto al trabajo.

—¿Al trabajo? Ah, no estoy seguro. Quizá deberíamos preguntárselo al médico.

—Seguro que no pondrá objeciones. ¿Podrías pedirles a Tamba y a sus hombres que me construyan un refugio con una silla en la terraza? Así podría ir durante ratos cortos hasta que esté más fuerte.

—No es mala idea. Ahora estamos avanzando a buen ritmo. La segunda hilera de pozos está casi terminada.

—¿Y los resultados?

—Aún no hay diamantes, pero sí muchos minerales indicadores. Estamos en el lugar adecuado. Al final, Tamba se ha convertido en todo un geólogo después de la formación que le diste.

—Se le da sorprendentemente bien. En cuanto superó sus reservas, se movió como pez en el agua.

—Sospecho que esta no es la primera vez que Tamba cava en busca de diamantes. Será mejor que me vaya. Te construiremos el refugio. En cuanto esté listo, podrás acercarte una hora una tarde, cuando haga más fresco, y ver qué tal te encuentras.

—Estupendo, gracias. Que pases un buen día.

Él se marchó, pero Sam todavía podía olerlo, y eso la puso cachonda. ¡Qué fastidio! Ya va siendo hora de que salga de la cama y deje de fantasear. La vida real me espera .

Adanna volvió a visitarla y se sentaron en la veranda.

Fatimata había ido al mercado y había encerrado a Dembo en su jaula para evitar que molestara a Sam pidiéndole anacardos.

Sam se mecía en la hamaca y Adanna estaba sentada en el banco bajo la ventana.

Había refrescado, y las primeras lluvias habían limpiado el polvo de las hojas del mango.

Estas se mecían con la brisa, de un verde oscuro y reluciente.

—Me alegra verte mejor. ¿Cuándo podrás volver al trabajo? —preguntó Adanna.

—Gracias. Espero poder pasar allí una hora o dos mañana. Fergus se comporta como una niñera. Estoy segura de que ya estoy preparada, pero él sigue siendo muy precavido —dijo Sam.

—¿Qué esperabas? Ese hombre está loco por ti.

—Mmm, no estoy convencida.

—¿Has hablado con tus padres? Deben de haberse preocupado por ti.

—A decir verdad, no les he contado toda la historia. Están demasiado lejos para ayudarme. No me gusta preocuparlos sin motivo.

—¿Sin motivo? Casi te mueres.

—Es verdad, pero estaba demasiado enferma para llamarlos y, ahora que estoy mejor, me parece absurdo causarles inquietud. No suelo llamarlos a menudo cuando estoy fuera. Entienden que desde algunos lugares me resulta difícil.

—Eres una persona muy rara. Si mi madre estuviera viva, la llamaría todos los días.

—Quiero a mi madre. La llamaría mucho más a menudo si el teléfono por satélite funcionara. Es difícil organizar una llamada a través de la central. Está cerrada cuando me voy a trabajar y cerrada cuando termino.

—Pero ¿no te echa de menos?

—En mi familia somos muy británicos con los sentimientos. Mis padres pertenecen a una generación aterrada ante la idea de llamar la atención. Mostrarse demasiado emocional es tabú. Se supone que debes guardarte los sentimientos. Yo misma también soy así. ¿Y tu madre?

—Nunca la conocí. Murió al darme a luz por culpa de su…

Adanna vaciló y suspiró.

—¿Murió al darte a luz? Lo siento muchísimo. No me había dado cuenta de que te referías a eso.

—No pasa nada. No puedes echar de menos lo que nunca tuviste. ¿Viste lo que les hicieron a las chicas en el bondo ?

—Sí, vi casi todo por accidente, pero me desmayé cuando usaron el cúter.

—No me extraña. Es una práctica bárbara. Provocó la muerte de mi madre. Mi padre no permitió que me cortaran. Dice que no es más que una costumbre obsoleta destinada a impedir que las mujeres disfruten libremente de su vida sexual.

—¿Él dice eso? Vaya, no parece tan radical.

—¿Quieres decir que parece viejo y tullido? No lo está. Y su mente, menos aún.

—No quería decir eso.

—No pasa nada. Soy su heredera y quiere que sea la jefa de este reino.

—Tiene razón. Serás una líder excepcional.

—Las sowei y los ancianos tribales no lo permitirán.

—¿Es porque eres mujer?

—No, es porque soy impura, porque no me han cortado.

—Pero eso es ridículo.

—Me lo haría, pero tengo miedo.

—Pero no puedes. Es demasiado peligroso. Recuerda lo que le pasó a tu madre. Ese procedimiento debería llevarse a cabo en un hospital.

—¿En un hospital? He oído que la gente muere en los hospitales.

—Eso es un mito. Se debe a que la gente espera demasiado antes de ir al hospital porque tiene miedo.

—¿Y?

—Esperan hasta que ya es demasiado tarde para salvarlos y entonces mueren en el hospital.

—Ah. Nunca lo había visto de ese modo.

—Me han hecho varias operaciones menores. Hoy en día te dan dos días de reposo y luego te mandan a casa.

—¿Es caro?

—En Gran Bretaña es gratis, pero supongo que tendrías que pagar mucho por una operación en el hospital privado de Njahili. Lo vi cuando atravesamos la ciudad en coche. Es un edificio completamente nuevo. Alguien tiene que pagarlo.

—¿Cuánto es mucho?

—Ah, no sabría calcularlo. ¿Unos diez mil dólares? ¿Por qué lo preguntas?

—Por curiosidad. No me extraña que Fergus te tuviera aquí. No quería pagar el hospital.

Su rostro se arrugó en una sonrisa traviesa.

Después de que Adanna se marchara, Sam pasó casi todo el día en la hamaca, leyendo libros y comiendo tentempiés de los que engordan.

Todavía seguía allí holgazaneando cuando Fergus volvió del trabajo.

Aparcó el coche a la sombra bajo el árbol y salió de un salto.

Se había quitado la camisa y el pecho le brillaba de sudor.

Unas franjas de barro señalaban los lugares por los que se había pasado la mano sobre el vientre.

Cruzó el patio con paso decidido, los costados relucientes al sol como los de un semental después de una carrera.

Sam estaba hipnotizada. Se obligó a saludarlo.

—Hola, Fergus. ¿Qué tal ha ido?

—Bien. Creo. La roca madre desciende en pendiente, como dijiste que podía ocurrir.

—Es una noticia estupenda. Por favor, no me obligues a quedarme más tiempo en casa. Estoy mucho mejor y necesito supervisar la excavación de pozos de prospección a medida que nos acercamos al fondo.

—Estamos construyendo el refugio. Debería estar listo para que lo pruebes mañana por la tarde durante una hora.

—¡Fantástico! Estoy deseando volver al trabajo.

—¿Qué has hecho hoy?

No mucho, pero el día había mejorado. Buscó algo neutro que decir.

—Eh… Adanna ha venido y hemos pasado el rato en la veranda.

—Jesús, me quedo paralizado de miedo cuando os juntáis. Hay algo febril en ello.

—No digas tonterías. Solo nos estamos poniendo al día con los cotilleos locales.

—¿Qué se cuenta ahora de mí?

Sam tragó saliva y agitó las manos.

—Ah, dicen que piensas pedirle matrimonio a Fatimata.

—¡Ja! Tus fuentes están borrachas.

Y, dicho eso, subió las escaleras de un salto y desapareció dentro de la casa, dejándola enferma de deseo. Sam culpó a Ned. Si no la hubiera excitado para nada, ahora no estaría babeando por el cavernícola.

Las noticias sobre la terraza resultaban reveladoras.

Había esperado que los laterales de la hondonada fueran estériles.

Habían realizado la excavación de pozos de prospección en el extremo menos profundo de la terraza y, a medida que avanzaban, aumentaría la profundidad hasta la roca madre, incrementando las probabilidades de encontrar una bonanza.

Necesitaba ir allí e inspeccionar las paredes de los pozos en las zonas más profundas de la terraza.