Capítulo 31
Sam no tuvo tiempo de reponerse de la noticia sobre Ned. Los rumores de su recuperación se habían extendido y, unas horas más tarde, recibió la visita de Adanna.
—¿Estás mejor? —preguntó Adanna—. Estábamos muy preocupados por ti. Mi padre está angustiado. Se culpa a sí mismo.
—¿Y por qué demonios se culpa?
—Le diste tu repelente en el aeropuerto.
—Me había olvidado. Pero llevaba más repelente en el equipaje, así que dile que no se culpe. Ya estoy bien.
—Menos mal. Fatimata me dijo que te estabas muriendo.
—Las noticias sobre mi muerte han sido muy exageradas.
—Ya lo veo. Estás demasiado delgada. Espero que te esté dando bien de comer.
—Si pudiera cebarme como a una oca para hacer foie gras, metiéndome un embudo por la garganta, sería feliz.
—Está intentando compensar de más por haber tratado de matarte con vudú.
—Casi lo consigue. Tuve suerte.
—Pero pareces triste. ¿Te pasa algo?
—Ned se ha ido a Njahili para estar con su mujer.
—¿Ned? No me había dado cuenta de que te gustaba. Pensaba que...
—¿Qué? Dímelo.
—Pensaba que Fergus era más tu tipo. Es guapo y divertido. Y tú le gustas mucho.
—Ay, Dios, no. ¿Cómo puedes decir eso siquiera? Yo no le gusto.
—Perdóname, pero, según Fatimata, se pasó días sentado junto a tu cama, deseando que vivieras. Apenas comía ni dormía.
—No digas tonterías. No recuerdo nada de eso. ¿Cómo...?
Pero de pronto sí lo recordó. Recordó su voz junto al oído, pidiéndole que no muriera. Se ruborizó hasta la raíz del pelo.
—¿Qué te pasa? —preguntó Adanna—. ¿Es la malaria? ¿Llamo a Fatou?
—No, no la llames. Estoy bien. Conmocionada. No le digas que lo sé.
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Gracias. Es mucho que asimilar ahora mismo.
—¿Cuándo podrás levantarte?
—El médico dice que a partir de mañana por la mañana podré sentarme en la terraza o tumbarme en la hamaca.
—Tamba se alegrará. Fatimata no es la única persona que se ha sentido culpable.
—¿Vendrá a verme? Me gustaría hablar con él.
—Sí, se lo diré. Ahora tengo que irme, pero volveré pronto.
***
Fatimata le llevó a Sam unos mangos recién cogidos del árbol, que había cortado y pelado.
Eran los primeros de la temporada, pequeños y dulces, con un aroma adictivo.
Hubo que encerrar a Dembo en su jaula con su propia ración de fruta para impedir que propinara picotazos con su afilado pico cuando no estaba de acuerdo con el reparto del botín.
—Mis favoritos —dijo Sam—. Gracias, Fatou. Me encantan los mangos.
—De nada.
Fatimata acercó un viejo sillón a la cama y se sentó.
—Ahora te hablaré de los rebeldes —dijo.
Sam se sorprendió, pero intentó que no se le notara y se entretuvo recolocando las almohadas para poder incorporarse en la cama frente a Fatimata, cuyo rostro reflejaba emociones encontradas.
—Te escucho, Tia —dijo.
El término coloquial que empleaba para dirigirse a las mujeres respetadas de la zona surtió el efecto deseado. El rostro de Fatou se iluminó.
—El jefe vino a verme cuando los rebeldes planeaban pasar por Fona. Yo compartía una casita en Fona con mis hermanas. Era una sowei a pesar de ser joven para recibir aquel honor. Me dijo que los rebeldes se acercaban y me pidió que les preparara un estofado.
—¿Un estofado? No lo entiendo.
—Quería que le echara veneno.
—¿Veneno?
—No podíamos defendernos de ninguna otra forma. Los rebeldes buscaban diamantes y eran despiadados. Mataban a todo el que se cruzaba en su camino.
—¿Y el ejército de Simbako?
—Estaban defendiendo la capital. Estábamos solos.
—Pero ¿qué sabías tú de venenos?
—Mi padre era Chaman. Me enseñó muchas cosas sobre hierbas y pócimas.
—¿Qué ocurrió?
—Acepté ayudar al jefe a cambio de esta casa. Al matar a los soldados, quebranté una norma sagrada, lo que significa que ahora soy impura y no puedo asistir a las ceremonias del bondo .
—Pero tú me rescataste allí.
—Puedes darle las gracias a Dembo.
—¿A Dembo? ¿Qué tiene él que ver?
—Estaba dispuesta a dejarte morir. No podía desafiar nuestra cultura sin recibir una señal de los dioses. Fergus intentó obligarme a ir, pero me negué. Entonces el ventilador se cayó y Dembo me dijo que tú eras la jefa.
Sam se ruborizó. —¿Qué? No me lo puedo creer.
—Todo ocurre por alguna razón.
—Pero ¿qué ocurrió cuando llegaron los rebeldes?
—El jefe Sesay los esperó a solas en el salón de ceremonias. Su intención era retenerlos el tiempo suficiente para que el veneno surtiera efecto.
—Vaya, debió de ser muy valiente.
—Es una pena que no lo conocieras entonces. Era muy alto, fuerte y guapo. Un auténtico líder.
—Entonces, ¿por qué va en silla de ruedas?
—¿No te lo ha contado nadie? Lo torturaron y lo dieron por muerto. El banquete los distrajo y no se aseguraron de que hubiera muerto. El estofado los envenenó y él sobrevivió. Por los pelos.
—Cabrones. Se lo tenían merecido. ¿Dónde los enterraste?
—En un lugar donde no los encontrarán.
Fatimata se levantó. Tenía una expresión en el rostro que Sam reconoció. No habrá más información.
Cuando Fatimata se marchó, Sam se quedó sentada en la cama intentando asimilar los acontecimientos del día.
La entereza que había demostrado Joseph Sesay la asombraba.
Los rebeldes le habían destrozado el cuerpo, pero no el espíritu.
Un auténtico héroe. Sin él, el pueblo habría quedado reducido a cenizas.
Había visto algunos de aquellos pueblos fantasma de camino a Fona.
Muros y árboles calcinados que daban testimonio de aquella atrocidad.
Personas apáticas sentadas al borde de la carretera, con el rostro vacío de tanto sufrimiento.
Sin embargo, la noticia sobre Ned había supuesto un mazazo.
Todas sus ilusiones no eran más que eso: ilusiones.
¿Le había mentido? Era poco probable. Ambos buscaban una distracción después de que sus parejas los hubieran dejado.
Quizá nada de aquello había sido real. Curiosamente, le costaba recordar qué aspecto tenía. Debía de ser la malaria.
De hecho, cada vez que quería fantasear con Ned, Fergus irrumpía en sus pensamientos.
Grande, rubio y guapo, como un león humano; no era de extrañar que la distrajera.
Ned no tenía aquel magnetismo animal, pero era buena persona.
Fergus no lo era. La había rechazado de plano cuando llegó.
La única vez que se había fijado en ella fue cuando llevaba puestos los pantalones cortos de Hannah.
Pero ahora todo se había vuelto del revés.
Lo recordaba con demasiada claridad. Había llorado por ella.
Ya no podía dejar de oírlo. Puede que incluso le hubiera salvado la vida.
Por favor, no te mueras. ¿Seguro que era por ella por quien lloraba?
***
—¿Cómo está Sam? —preguntó Alex.
—Vivirá —respondió Fergus—. Quiere volver al trabajo.
—¿Será posible?
—No veo por qué no. Ya está pidiendo empezar.
—Veamos cómo evoluciona. ¿Puedes poner de nuevo en marcha la excavación de pozos de prospección? Me gustaría asegurarme de que estamos excavando en el lugar adecuado.
—Vale, hablaré con Tamba para ver si podemos reanudar las operaciones. ¿Cómo está Ned?
—En estado de shock, la verdad. Ninguno de los dos ha asimilado aún la situación. Gemma vomita mucho y Ned se queda por ahí, sin saber qué hacer.
—¿Seguirán juntos?
—Ni idea. Le diré que has preguntado por él.
—Hazlo. Te llamaré si encontramos algo.
***
Fergus condujo hasta el recinto del jefe y aparcó entre unas gallinas que hacían todo lo posible para que las atropellara. Tamba salió de la casa y lo saludó con la mano.
—Entra, entra —dijo gesticulando.
Joseph Sesay estaba en la sala formal de invitados, mirando por la ventana. Se le iluminó el rostro de alegría cuando entró Fergus.
—Buenos días, Fergus. ¿Cómo está nuestra paciente?
—Buenos días, señor. Está mejorando. No podré retenerla en casa mucho más tiempo.
—Es una noticia estupenda. Hemos estado muy preocupados por ella, sobre todo Adanna.
—Por eso estoy aquí: por Sam. Nos gustaría reanudar el trabajo en la terraza lo antes posible.
—Tamba puede empezar mañana, si no es demasiado pronto. Pero ¿no necesita una geóloga sobre el terreno?
—Me ha enseñado mucho sobre la toma de muestras, así que puedo seguir haciéndola y enseñarle los resultados cuando esté mejor —dijo Tamba.
—De acuerdo, entonces estamos de acuerdo. Trabajaré con Tamba hasta que Sam esté lista para volver a empezar —dijo Fergus—. Si surge alguna sorpresa, podremos enseñarle lo que encontremos.
Tamba hizo una mueca, pero no dijo nada. Fergus advirtió el leve gesto, aunque lo pasó por alto. Era difícil descifrar a Tamba incluso en el mejor de los casos, pero se había mostrado mucho más colaborador desde que trabajaba con Sam.
—Manténgame informado de cómo va —dijo el jefe.