La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 30
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Capítulo 30

Sam no murió, pero tardó mucho en recuperarse.

Permanecía tendida en la cama, sudando y dando vueltas mientras su cuerpo combatía la malaria.

Fergus y Fatimata se turnaban para velarla y darle de comer.

Fatimata la mantenía limpia y le cambiaba las sábanas una vez al día.

Trataba a Sam como a una recién nacida. Fatimata deshacía y volvía a hacer la cama con la ayuda de Fergus, que levantaba a Sam en vilo.

—Gracias, señor Fergus. Así es mucho más fácil —dijo Fatimata.

—Está tan delgada... —dijo él—. Es espantoso.

—Es por la fiebre. Cuando se recupere, la engordaremos. Como una buena chica fona.

—Eso espero.

Ambos salieron de la habitación, llevando a la cocina las sábanas sucias, varios cubiertos y algunos vasos.

La puerta solo quedó entornada durante un minuto, pero Sam recibió una visita.

Dembo, el loro, se coló en la habitación caminando de lado y trepó por el armazón de la cama hasta situarse sobre la cabeza de Sam, donde empezó a acicalarse.

Como aquello no provocó reacción alguna en Sam, que dormitaba entre sus sábanas limpias, saltó a la almohada y le tiró del pelo con el pico. Ella abrió los ojos.

—Sam es la jefa —graznó Dembo.

Ella abrió los ojos de par en par.

—Sam, Sam, Sam.

Ella soltó una risa casi gorgoteante.

Fergus, que había vuelto para recoger el resto de las cosas usadas, se quedó en el umbral con la boca abierta de asombro.

—¿Sam? ¿Estás despierta?

—Dembo —dijo ella.

—¿Qué hace ese animal aquí dentro? —dijo Fatimata, dando una patada en el suelo, indignada—. Sácalo ahora mismo.

—Sácalo tú. Muerde.

Dembo se había retirado al armazón de la cama y alzaba el pico, dispuesto a atacar.

—No está haciendo ningún daño —dijo Fergus.

—Dembo —dijo Sam.

—Dios mío —dijo Fatimata—. Ha hablado. Es un milagro. Ve a buscar al médico.

***

El médico sacó el termómetro de la boca de Sam. Lo sostuvo a la luz de un rayo de sol y sonrió.

—Le está bajando la temperatura. Aún no está fuera de peligro, pero puede que salga adelante —dijo.

—Gracias a Dios. Estaba en tan mal estado cuando la rescatamos que pensé que habíamos llegado demasiado tarde —dijo Fergus.

—Yo también —dijo el médico—. Es dura de pelar. Dígale a Fatimata que la mantenga hidratada y que me llame si empeora. Cerró la cremallera de su maletín y suspiró. —¿No puede echar al loro? No debería estar aquí dentro.

Hizo un gesto hacia Dembo, que estaba posado en la barandilla de hierro a los pies de la cama de Sam, rascándose las plumas de la cabeza con una larga garra. El loro siguió acicalándose bajo la mirada severa del médico. —Sam es la jefa —dijo antes de reanudar su aseo.

—Es muy agresivo, doctor. He estado a punto de perder un dedo varias veces.

A nosotros no nos molesta —dijo Fergus, alargando la mano para tocarle el lustroso lomo y viéndose obligado a dar un salto atrás cuando Dembo se abalanzó sobre él—.

No sé cuándo le enseñó ella a decir eso, pero parece animarla. Me resisto a sacarlo.

—Mmm, bueno, no es muy ortodoxo, pero supongo que no hará ningún daño. Nos vemos mañana.

—Gracias, doctor.

Fatimata apareció en la puerta con una bandeja sobre la que hacía equilibrios una jarra de limonada recién hecha y varios vasos. —¿Le apetece un vaso de limonada, doctor?

—Me encantaría. ¿Tal vez en la veranda?

Fatimata dio media vuelta con un revoloteo del vestido y regresó por el pasillo con la bandeja.

—¿Tiene bastante suero salino? —preguntó el médico mientras la seguía fuera de la habitación.

Fergus permaneció un minuto contemplando a Sam antes de ir a reunirse con ellos.

***

Una vez que la fiebre remitió, Sam fue mejorando de manera constante.

Pronto pudo incorporarse en la cama, apoyada contra las almohadas.

Demasiado cansada para hablar mucho, pasaba gran parte del tiempo dormitando.

Fatimata le llevaba sopas nutritivas y huevos cocidos, con los que jugueteaba, pero que no se veía capaz de comer.

La mayor parte de los nutrientes los recibía por vía intravenosa.

Una mañana, Fatimata entró en la habitación de Sam y la encontró en el suelo.

—Sam, ¿qué estás haciendo?

—Necesito lavarme. He intentado levantarme, pero las piernas no me han respondido. Por favor, Fatou, ayúdame. Estoy asquerosa.

—Te ayudaré, pero tienes que volver a la cama.

Fatimata sacó del cobertizo situado en la parte trasera de la propiedad una gran bañera de hojalata y, después de quitar todas las telarañas y a sus peludos habitantes, la instaló en la habitación de Sam. Fergus la ayudó a llenarla hasta la mitad con agua tibia.

—Ahora tienes que irte —dijo Fatimata.

Cuando Fergus salió de la habitación a regañadientes, quejándose de que se estaba «perdiendo la mejor parte», Fatimata ayudó a Sam a quitarse la camiseta y la ropa interior y la trasladó de la cama a la bañera de hojalata. Sam se recostó en el agua con una expresión de dicha en el rostro.

—Ayúdame a ponerme de pie, Fatou —dijo. Se levantó sobre unas piernas temblorosas, con Fatimata muy pendiente de ella, mientras se enjabonaba todo el cuerpo—. Ya puedo volver a sentarme —dijo. Fatimata la tomó del brazo y la ayudó a bajar de nuevo hasta el fondo de la bañera.

Dembo, que había observado aquellas maniobras con interés, intentó trepar al borde de la bañera, pero cayó al suelo, lo que provocó una risita en Sam. Con la dignidad por los suelos, se alejó arrastrando las patas hasta su percha habitual a los pies de la cama.

—Echa la cabeza hacia atrás —dijo Fatimata, y vertió agua sobre el cabello sucio de Sam. Se puso una porción de champú en las manos y se lo masajeó en el cuero cabelludo.

—Todavía tienes pintura en el pelo —dijo.

—No te he dado las gracias —dijo Sam—. Por salvarme la vida. Siento mucho haberte juzgado mal.

—Fui yo quien te juzgó. Por mi culpa casi mueres. Nunca me lo perdonaré.

—Por favor, no digas eso. Fergus me ha contado que salvaste a todo el pueblo de los rebeldes. Eres una heroína.

—¿Te ha contado lo que ocurrió?

—No exactamente, pero, si quieres contármelo, me encantaría oírlo.

—Te contaré la historia cuando estés mejor. Ahora vamos a meterte de nuevo en la cama.

***

—¿Dónde está Ned? —preguntó Sam.

Se encontraba mucho mejor. Lo bastante bien como para recibir visitas.

—¿Qué tengo yo de malo? —dijo Fergus, que le había llevado agua de coco fresca—. Estoy aquí, ¿no?

—Si a estas alturas todavía no lo sabes, no creo que pueda ayudarte.

—¿Cómo puedes ser tan cruel cuando llevo días sin separarme de tu lado?

—Pues a mí me ha parecido bastante cruel.

—Me has herido en lo más profundo.

—Seguro que sí. ¿Puedes responder ahora a mi pregunta?

—Ned está en Njahili con Alex.

—¿Cuándo volverá?

—Mmm, no estoy seguro de que vaya a volver. Su mujer también está allí.

—¿Gemma? Pero creía que iban a divorciarse.

—Ha surgido una complicación.

—¿Qué clase de complicación?

—Me temo que es de las gordas. Gemma está embarazada. Y Ned es el padre.

—Ah. Ya veo. O, mejor dicho, no lo veo. Creía que la había dejado.

—Sí, la ha dejado... o la había dejado, pero se vieron en Londres antes de que él viniera a Simbako y tuvieron sexo de despedida.

—¿Sexo de despedida?

Sam quedó destrozada.

—Lo siento. No tenía ni idea. Es un idiota.

—¿Puedes irte ya, por favor? Necesito estar sola. Estoy cansada.

—Sam...

—No, vete. Por favor.

Ni siquiera podía llorar. Era como si tuviera en el pecho un agujero lleno de desdicha.

Hasta ahí habían llegado sus sueños. Desde aquella primera noche en el bar había fantaseado con que Ned la tomaba entre sus brazos y le hacía el amor.

Él le había dado falsas esperanzas, y todo mientras tenía una esposa embarazada. La idiota era ella.