Capítulo 29
Alguien había intentado oscurecer la habitación corriendo unas cortinas endebles ante la ventana, pero varios rayos de luz atravesaban la estancia e iluminaban las paredes encaladas.
El médico terminó de examinar a Sam, que yacía boca arriba, con el cabello lacio extendido sobre la almohada.
Estaba blanca como la porcelana. Tenía la frente perlada de sudor.
Un tubo conectado a su brazo llevaba hasta una botella de suero salino que colgaba de un soporte antiguo y oxidado.
Ned y Fergus esperaban en la veranda mientras el médico examinaba a Sam.
Fatimata, que apenas se había separado de su lado, había aprovechado para darse una ducha rápida.
Ahora armaba estrépito en la cocina, «asesinando las ollas y las sartenes», como decía Ned.
Fergus soltó una larga hilera de aros de humo en el aire inmóvil.
—Mi mujer llega mañana. Tengo que ir hoy a Njahili —dijo Ned.
—De acuerdo. Tendrás que coger el autobús. Necesito el coche por si tenemos que llevar a Sam al hospital de allí —dijo Fergus.
—¿Por qué no la llevo ahora?
—Está demasiado débil. No sobreviviría al viaje.
El médico salió de la habitación de Sam y se reunió con ellos en la veranda.
—Tiene razón. Trasladarla sería peligroso y aquí dispone de todo lo que necesita. Fatimata es una enfermera excelente.
—¿Vivirá? —preguntó Ned.
—Aún no puedo asegurarlo —respondió el médico—. Parece que lleva varios días con una malaria muy avanzada. No sé cómo ha conseguido aguantar tanto. Tiene una resistencia de elefante.
—¿Está diciendo que podría morir? —preguntó Fergus.
—Me temo que sí. Está en manos de los dioses. Volveré más tarde para ver cómo sigue. Continúen cambiándole el gotero. He dejado varias bolsas llenas en la nevera.
—Gracias, doctor.
—Siento no poder ofrecerles un pronóstico mejor. Hasta luego.
El médico les estrechó la mano y subió a su coche. Fatimata, que rondaba junto a la puerta, salió al exterior.
—No puede morir, señor Fergus. No lo permitiré. El Chaman le ha hecho un fetiche muy poderoso. Vivirá.
—Gracias, Fatou. ¿Hay alguna posibilidad de que nos prepares algo de comer?
—Estará listo pronto —dijo ella y volvió flotando al interior.
—Por el amor de Dios —dijo Ned—. ¿Es que no ha hecho ya bastante daño con su vudú? ¿Por qué no le has dicho nada?
—El fetiche le habrá costado muchísimo. Sam no es la única que necesita sanar. Déjala en paz. Hace lo que puede.
—No te entiendo. A veces pienso que eres oriundo de Simbako y que tus pecas son tu color natural saliendo a la luz.
Fergus se echó a reír.
—Pareces amargado, Neddy. Necesitas ver a tu mujer.
Cuando Ned se hubo marchado hacia la estación de autobuses, Fergus entró en el dormitorio de Sam y encontró a Fatimata sentada junto a la cama, meciéndose de puro agotamiento.
Ella alzó la mirada cuando Fergus entró.
Tenía una expresión derrotada en los ojos y surcos de lágrimas en las mejillas regordetas.
—Ay, señor Fergus. La he matado. Dios me castigará.
Fergus contempló a Sam, tendida en la cama, con el pecho subiendo y bajando y el rostro cubierto por una película de sudor.
—No, la has salvado. Él te recompensará.
Ella le dedicó una sonrisa débil.
—Ve a descansar ahora mismo. Es una orden. No debes acabar extenuada.
—¿Y Sam?
—Ahora estoy yo aquí.
Para su sorpresa, ella asintió y se puso en pie. La silla crujió, ya fuera en señal de protesta o de alivio. Salió deslizándose; las nalgas le golpearon ambos lados del marco de la puerta al pasar e hicieron estremecerse la habitación entera.
Fergus se quedó de pie junto a la cama de Sam. La palidez de su rostro resaltaba sus pequeños labios rojos y sus ojos verdes. Estaba allí, pero al mismo tiempo no estaba. El fuego de sus ojos casi se había extinguido. Fergus se sentía angustiado e impotente.
Ahora que estaba a solas con ella, los sentimientos que había mantenido ocultos lo desbordaron.
Acercó la silla a la cama y se sentó frente a Sam.
Una extraña sensación le atravesó el pecho y tragó saliva con dificultad.
Una lágrima le resbaló por la mejilla y él se la secó con brusquedad.
Se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—Por favor, no te mueras, Sam. Por favor.
Rompió a llorar desconsoladamente, con la cabeza hundida en las sábanas. Permaneció así unos minutos, hasta que pasó la tormenta. Su propia reacción lo había conmocionado. ¿De dónde había surgido aquel torrente de emoción? Era real.
De pronto, sintió un roce en los dedos, como si un ratón le hubiera pasado por la mano. Se sobresaltó al ver que en los labios de Sam se dibujaba una levísima sonrisa. Ella dijo algo con voz ronca.
—No te he oído. Repítelo —dijo Fergus.
—Pantalones cortos —dijo Sam.