Capítulo 28 #2
Confusa y desorientada, bajó tambaleándose la corta escalinata y se quedó al pie, balanceándose.
Uno de los árboles avanzó hacia ella con las ramas extendidas.
Sam retrocedió encogiéndose y tropezó con una raíz.
Un escalofrío violento se apoderó de ella.
Tenía que marcharse, pero las piernas no le respondían.
¿La habían drogado? Entonces recordó las picaduras de mosquito. ¡Malaria! Si no escapaba, moriría.
Estuvo a punto de soltar un gemido. Entornó los ojos e intentó localizar el sendero por el que había llegado al bondo .
Pero los árboles lo bloqueaban. Vaciló, insegura.
Los árboles parecían rodearla y sus ramas se cerraban sobre ella mientras gemía.
Las piernas dejaron de sostenerla y se desplomó en el suelo.
***
La luz se extinguía cuando Ned y Fergus llegaron a la entrada del bosque con su reacia pasajera.
Fatimata permanecía sentada como una estatua en el asiento trasero, sin mostrar la menor intención de salir.
Se había vestido completamente de blanco.
Bajo el turbante blanco que le envolvía la cabeza, se había pintado rayas de pasta blanca en las mejillas.
Los dos hombres esperaron en silencio a que cediera.
Largas sombras se extendían hacia el coche como si intentaran arrastrarlo a la penumbra.
Fatimata suspiró y llenó el vehículo de resentimiento.
Por fin abrió la puerta y pisó el barro endurecido por el sol.
Tras vacilar, miró a Fergus en busca de ánimo.
—Los dioses han hablado, Fatou. Ve a buscar a nuestra chica —dijo él.
Ella se ciñó la túnica, se alejó del coche y se internó en el bosque.
Su andar bamboleante la condujo entre los árboles, donde durante unos instantes pareció una mancha blanca suspendida en el aire antes de desaparecer.
Parecía que el muñeco de Michelin hubiese salido a dar un paseo nocturno por el bosque.
—¿Llegará a tiempo al bondo ? —dijo Ned.
—Por supuesto. Sam estará bien, ya lo verás.
—Malditas supersticiones absurdas.
***
Muchas manos la tocaban como torpes polillas que chocasen contra una bombilla.
Volvieron a pintarla. El líquido fresco sobre su cuerpo ardiente le proporcionó cierto alivio, pero, al secarse, le quedó tirante y caliente sobre la piel.
Le separaron los brazos del cuerpo y le ataron las muñecas con cuerdas a los travesaños de la mesa.
Estaba demasiado débil para resistirse. Ni siquiera estaba convencida de que aquello sucediera de verdad.
La malaria se había apoderado de su cerebro y su confusión era absoluta.
De pronto, las mujeres se apartaron de la mesa y dejaron a la sowei principal a los pies de Sam.
Llevaba el cúter en la mano. Las demás mujeres pataleaban y daban palmadas, haciendo temblar el bondo hasta los cimientos.
Entonaban cánticos y cantaban. Sam cerró los ojos y dejó que el sonido le hiciera vibrar los huesos.
La mujer del cúter levantó una mano para exigir silencio.
Las demás volvieron a acercarse y la inmovilizaron contra la mesa.
Un recuerdo espantoso atravesó su conciencia nublada y Sam forcejeó.
A medida que aumentaba su miedo, oyó un extraño gemido agudo que llenaba la habitación.
Alguien le tapó la boca con una mano y el sonido cesó.
La sowei se aproximó a la mesa. La obligaron a separar las rodillas y ella mordió la mano que le cubría la boca, gritando de miedo y furia.
La sowei alzó el cuchillo mientras las mujeres sujetaban a Sam.
***
Fatimata se había abierto paso por el bosque, tomando atajos en el sendero y acelerando el paso a medida que caía la oscuridad.
El corazón le martilleaba en el pecho. Poco acostumbrada al esfuerzo, ansiaba detenerse a descansar.
Aminoró la marcha, jadeando. Un extraño lamento flotaba entre los árboles. ¿Llegaba demasiado tarde?
Volvió a acelerar y casi echó a correr. Perdió un zapato, pero no se detuvo a recogerlo. Las luces del bondo brillaban entre la maleza. Reinaba un silencio escalofriante. Irrumpió entre los árboles, salió al claro y subió corriendo los escalones. Llenó los pulmones de aire.
La puerta del bondo se abrió de golpe y chocó contra la pared.
Un trozo de corteza cayó al suelo. El grupo se quedó con la boca abierta y retrocedió para alejarse de la entrada.
La sowei principal aún sostenía la hoja en alto.
Apenas tuvo tiempo de volverse antes de que el enorme brazo de Fatimata la apartase de un golpe.
Cayó con fuerza al suelo y las demás mujeres acudieron a ayudarla.
—¡Desatadla! —dijo Fatimata.
—¿Cómo te atreves a entrar en el bondo ? Eres impura. ¡Márchate ahora mismo!
La sowei principal, todavía sostenida por sus compañeras, había recuperado la compostura.
—No lo haré. ¿Habéis olvidado que os salvé a todas cuando llegaron los rebeldes? —Fatimata fulminó con la mirada a las demás mujeres, que evitaron sus ojos—. ¿Por qué soy impura? Soy una heroína, no una proscrita.
—Los dioses deciden a quién se permite entrar, no tú. Estás profanando nuestra cultura.
—¡Ja! ¿A esto lo llamas cultura? ¿Asesinar a una extranjera que no sabe nada?
—Trajo un fetiche de muerte al bondo .
—No, no lo hizo. No adrede —Fatimata suspiró—. Lo puse yo en su habitación. Ella no sabe lo que es.
—Si no sabía nada, ¿por qué intentabas matarla?
—Porque yo también soy una ignorante. Estaba celosa de ella. Quería quitármela de en medio porque creía que a mi jefe le gustaba ella y no yo.
La sowei principal chasqueó la lengua.
—¿Y era así?
—La única persona que le gusta al señor Fergus es él mismo.
—¿Todo esto se debe a que te sentías despechada?
—Sí. Soy idiota. Lo admito. Pero no podéis culpar a Sam por eso. Tenéis que dejarla marchar.
—¿Y qué pasa con el bondo ? ¿Dónde purificaremos a las jóvenes?
—Podemos quemarlo hasta los cimientos y así quedará purificado. No tenemos que matar a la extranjera. El fetiche no tiene poder aquí dentro.
—Deja que lo consideremos.
Las sowei se agruparon en un rincón de la cabaña y comenzaron a murmurar acaloradamente. Fatimata se acercó a la cabecera de la mesa y sostuvo la cabeza de Sam. Alargó una mano para apartarle el pelo de la cara. Luego dio un salto hacia atrás y volvió a encararse con el grupo.
—¡Santo Dios! —gritó—. La chica está ardiendo. Vais a matarla de todas formas. Dejad que me la lleve, por el amor de Dios.
La sowei principal se volvió hacia Fatimata. Temblaba de ira y su rostro era un vivo retrato de emociones encontradas.
—Llévatela.
***
Fergus se apoyó contra el coche y alzó la vista al cielo.
Algunas estrellas dispersas centelleaban en el azul cada vez más oscuro.
Encendió un cigarrillo para tener algo que hacer y expulsó el humo hacia las nubes de mosquitos suspendidas en el aire cálido del anochecer.
Ned estaba sentado en el coche con la cabeza agachada sobre el salpicadero.
—Llegamos demasiado tarde —dijo.
—¿Por qué dices eso?
—Lleva días desaparecida. Si tiene malaria, morirá.
—No digas eso. Estará bien. Es fuerte.
Ned suspiró.
—Para ti el vaso siempre está medio lleno.
—La esperanza es lo único que queda cuando ya no queda nada más.
—Eres un idiota de lo más cursi.
Se volvieron hacia el bosque. Como si aquella fuera su señal, una enorme figura blanca apareció entre los árboles, tambaleándose bajo el peso de su carga.
Fergus corrió hacia ella. Ned arrancó el todoterreno y condujo hasta el borde de los árboles, adelantando a Fergus, que le hizo señas para que continuara.
Fatimata emergió de la oscuridad. Llevaba un cuerpo inerte en brazos.
Antes de que Ned pudiera bajar del coche, Fergus ya los había alcanzado y corría hacia Fatimata.
—¿Está viva? —preguntó.
—Sí, lo estoy —murmuró Sam, que no volvería a hablar durante días—. Estoy viva, pero ¿por qué estoy flotando?