La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Gracias a haberse criado en Simbako, todo lo sucedido hasta el momento le parecía perfectamente lógico a Fergus.

Fona lo relajaba y allí se sentía como en casa, pese a las extravagancias locales que sacaban de quicio a Ned; pero, claro, este se había criado en la campiña inglesa y no entendía cómo transcurría la vida en un pueblo gobernado por la superstición y la magia negra.

El jefe Sesay era escéptico, pero su respeto por los ancianos tribales y las sowei hacía que tolerase la mayoría de aquellos tejemanejes como algo normal.

Y luego estaba Adanna. Un enigma envuelto en una capa de frialdad: su sereno exterior era una máscara tan impenetrable como cualquiera de las que colgaban de las paredes de la casa del jefe. ¿Qué la entristecía tanto?

La mayor sorpresa había sido Fatimata. ¿Quién habría imaginado que era una heroína? Aquel acorazado gruñón de prejuicios simplistas era un ángel vengador que había salvado al pueblo de los rebeldes con sus pociones letales.

Pese a sus protestas, Fergus le preparó una taza de té a Fatimata.

Mientras esperaba a que hirviera el agua, se apoyó contra la mesa de madera de la cocina e intentó poner en orden sus pensamientos.

La revelación sobre el guiso envenenado lo había conmocionado.

Alex nunca le había hablado del roce de Fona con la guerra civil.

Tal vez ni siquiera conociera la turbulenta historia del pueblo.

Aquello explicaba que aún quedasen diamantes en las terrazas que lo rodeaban, a pesar de que las terrazas cercanas ya habían sido explotadas.

¿Cómo sabía Alex que se trataba de terreno virgen?

Sam parecía creer que la que les habían adjudicado ya había sido explotada, aunque no estaba segura.

El sabotaje solo tenía sentido si había diamantes esperando a ser descubiertos en el fondo de la terraza.

Seguía sin tener ni idea de quién lo había organizado.

Tamba era su principal sospechoso, aunque no habría sabido explicar por qué, y ahora que este colaboraba con Sam e incluso parecía disfrutar trabajando con ella, las interferencias habían cesado.

Aquello lo sorprendía. Había esperado oírla quejarse de las condiciones rudimentarias de Fona, pero nada parecía arredrarla.

Era una muestra del efecto que ejercía sobre todo el mundo.

Por lo que él veía, la única persona que se tomaba todo con absoluta tranquilidad era Sam.

Su desdén inicial se había transformado en admiración y en algo más, algo que no podía confesarse ni a sí mismo.

Que él también pudiera encontrar atractiva a Sam ni siquiera se le había pasado por la cabeza cuando Ned había reclamado sus derechos sobre ella.

Comprendía lo delicado que sería entrometerse en los deseos de su temperamental amigo.

El resentimiento de Ned a veces parecía pesar más que su sentido común.

Que Ned se comprometiera con Gemma supondría un duro golpe para Sam, pero quizá entonces necesitara consuelo.

A Fergus se le daba bien proporcionarlo.

Muchas mujeres habían sucumbido a sus encantos mientras buscaban alivio tras una relación desastrosa.

Nunca se quedaban mucho tiempo. Él no las animaba, pero a ellas les encantaba volver a sentirse atractivas, y él aceptaba su afecto sin entregar nada verdadero a cambio.

Vertió el agua en la tetera y llevó la bandeja al salón. Fatimata estaba sentada a la mesa bajo el ventilador, que giraba tambaleándose sobre su cabeza. Dembo, el loro, se coló dentro y rondó bajo la mesa con la esperanza de que le ofrecieran un trozo de galleta.

—No puedo hacerlo —dijo ella.

—Debes hacerlo. Sam morirá.

—No es una buena mujer. No tiene importancia.

—¿Qué te pasa? Sam es una persona especial que se lleva bien con todo el mundo.

—Viste como una puta y la vi entrar en tu habitación. No merece que la salven. Dios la juzgará.

—¿Dios? ¿Qué clase de cristiana eres? No eres más que una hipócrita.

—La vi. Intentó apartarte de mí.

—No digas tonterías, mujer. Sam no tiene ningún interés en mí. Entró en mi habitación para limpiarme la mordedura de serpiente de la mano. A Ned le gusta, pero no son pareja.

—Entonces, ¿por qué viste como una puta?

—Esa ropa es de su hermana. Se equivocó de bolsa. Es una larga historia.

Fatimata resopló y se removió en la silla para darle la espalda.

—Fatou, por favor, la chica va a morir. No merece morir solo porque estés celosa.

—Necesito un mensaje de los espíritus. No han hablado. No iré.

Fergus se levantó y salió a la veranda. Estaba hecho una furia, pero no quería que ella lo viese. ¿Qué podría hacerla entrar en razón?

—¿Qué coño está pasando? —dijo Ned—. ¿Por qué no rescatamos a Sam del bondo ?

—No podemos. Nos detendrán y también nos matarán. Nos enfrentamos a unas raíces culturales muy profundas.

—Fatimata es una hipócrita. Va a la iglesia. Ni siquiera cree en todas esas tonterías del vudú.

—Estoy intentando convencerla. No te metas. No puedes ayudar.

Dentro de la casa, Fatimata devoraba un plato de galletas de mantequilla.

Dembo trepó por las cortinas ayudándose del pico y las garras y se dejó caer sobre la mesa.

Se acercó al plato e inclinó la cabeza con expresión suplicante.

Fatimata casi sonrió, pero permaneció donde estaba, con la última galleta entre los dedos y a medio camino de su enorme boca.

La cabeza de Dembo siguió la galleta que ella agitaba ante él, justo fuera de su alcance.

El loro intentó atrapar el bocado con el pico, pero Fatimata volvió a acercárselo a la boca, provocándole tal pánico que empezó a saltar y a aletear angustiado.

Graznó de frustración y luego dijo con una claridad cristalina:

—Sam es la jefa, Sam es la jefa.

Fergus, que había estado fumando fuera para serenarse, irrumpió de nuevo en la habitación.

—¿Qué ha dicho? —preguntó, atónito.

—Sam es la jefa, Sam es la jefa, Sam es la jefa —dijo Dembo, desesperado por conseguir su galleta.

Los ojos de Fatimata se desorbitaron de miedo. Dejó caer la galleta sobre el plato y Dembo se abalanzó sobre ella. Saltó de la mesa y se escabulló con su premio.

—Eso no es posible —dijo ella—. No lo haré. No lo haré.

Empujó la silla hacia atrás y esta crujió de forma amenazadora. Fergus alargó una mano para sostenerla, pero ella se la apartó de un manotazo.

De pronto, un sonido de madera astillada llenó la habitación y, antes de que nadie pudiera moverse, se oyó un fuerte chasquido. El ventilador del techo se estrelló contra la mesa a escasos centímetros de su cara y la hizo desplomarse sobre el suelo.

Dembo chilló aterrorizado y tropezó consigo mismo al intentar huir, hasta acabar convertido en un amasijo de polvo y plumas a los pies de Fergus.

En el instante de silencio que siguió, grandes trozos de yeso cayeron sobre el regazo de Fatimata, pero ella no se movió. Permaneció sentada, petrificada como una estatua de sal ante los dioses.

—¿Qué coño ha sido eso? —dijo Ned, saltando de la hamaca.

—Los espíritus de Fatou acaban de enviarle una señal —dijo Fergus.

***

Sam despertó sobresaltada. Había estado tiritando mientras dormía e intentó encogerse, olvidando que estaba atada.

Una de sus manos se soltó de golpe y chocó contra la pared, dándole un susto.

Sin apenas atreverse a mirar, abrió los ojos y observó la mano.

No veía bien, pero la cuerda estaba cortada y le colgaba de la muñeca.

Una oleada de alivio le recorrió el cuerpo.

Alguien debía de haberse colado en la habitación mientras dormía para liberarle la mano.

Pese a que la mayoría había decidido mantenerla cautiva, alguna de las chicas debía de haber resuelto que, después de todo, sí era una bruja y no estaba dispuesta a arriesgarse a sufrir su ira.

Tiró de la cuerda que ataba su otro brazo a la cama. Ante aquel nudo tan apretado, sus dedos parecían plátanos. Apenas tenía uñas y la cuerda no dejaba de escurrirse entre sus dedos sudorosos. Por fin consiguió agarrarla bien y deshizo el nudo de un tirón.

Se dejó caer de espaldas sobre el colchón, jadeando por el esfuerzo.

Vamos, tienes que salir. Pueden volver en cualquier momento.

Se obligó a incorporarse. Parte de la pintura blanca se había desprendido de su cuerpo y parecía un poni moteado.

Se inclinó hacia delante y, acercándose poco a poco a las rodillas, tiró de los nudos que le rodeaban los tobillos.

Tenía la piel rozada y dolorida. Hizo una mueca cuando liberó las piernas de la cuerda, pero poder volver a moverse fue un alivio.

Apoyó los pies en el suelo y buscó a tientas su ropa hasta distinguir los pantalones y la camiseta en un rincón.

Le habían registrado los bolsillos y habían desaparecido tanto la navaja como el paquete de cigarrillos que contenía la bolsa de juju.

Se puso los pantalones, sorprendida de lo holgados que le quedaban.

La camiseta estaba atrapada bajo una pata de la cama y tuvo que tirar con fuerza para liberarla.

Le dio la vuelta y metió los brazos en las mangas.

Mareada y temblorosa, quería volver a dormir, pero cada instante que pasaba en el bondo aumentaba el peligro.

Respiró hondo y abrió la puerta de la habitación.

Sam salió e intentó recordar cómo volver al río.

El sudor le corría por la espalda y no conseguía enfocar la vista.

Vio dos peces sobre las tablas que tenía delante.

Los tanteó con cautela usando la punta del pie.

¡Chanclas! Se las puso. Eran demasiado pequeñas y los talones le sobresalían por detrás, pero mejor eso que nada.

La ropa rozaba la pintura blanca que le cubría la piel y se resistió al impulso de quitársela frotando.

Se secó el sudor de la cara con la sucia camiseta y escrutó los árboles.

Tenían una forma extraña, bajos y redondos. No tenían hojas. ¿Era invierno?