La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Dile que la quiero. Vete ya. Rápido.

***

La aldea de Fona estaba vacía. Toda la población había huido ante la feroz reputación del batallón rebelde.

El sonido de madera astillándose en el extremo del recinto anunció su llegada y sus ansias de destrucción.

Uno de los rebeldes se abalanzó sobre una gallina solitaria que picoteaba el suelo y le retorció el cuello antes de que pudiera cacarear en protesta.

El jefe los oía acercarse y se preparó para el enfrentamiento que se avecinaba.

Tenía intención de mantenerlos ocupados hasta que el estofado mortal surtiera efecto.

Las puertas dobles del salón ceremonial se abrieron de golpe y un hombre alto y musculoso irrumpió en la estancia.

Llevaba una cinta de balas cruzada sobre el cuerpo como una banda mortífera y la piel le relucía por la llovizna del atardecer.

En un brazo se le veía una cicatriz recién curada.

Recorrió la sala con la mirada en busca de algo que romper.

Sus ojos se posaron en el jefe Joseph Sesay, sentado entre las sombras con el atuendo ceremonial completo y una capa de piel de leopardo sobre los hombros.

El hombre torció el gesto con desprecio.

—¿Quién coño eres tú? —preguntó.

—El jefe Joseph Sesay, a su servicio. ¿Y usted es...?

—Me llaman Muerte Negra.

Pese al terrible peligro que representaba aquel matón musculoso, Sesay tuvo que reprimir una sonrisa.

Otro de los rebeldes captó su gesto burlón.

Antes de que pudiera reaccionar, la culata de un arma le golpeó el vientre.

Cayó de rodillas y recibió otro golpe, esta vez en la cara.

Su mundo se redujo a un minúsculo punto de luz y desapareció.

Cuando Sesay recobró el conocimiento, estaba atado a una silla en el comedor. Los rebeldes se sentaban alrededor de la mesa, atiborrándose de estofado y arroz y profiriendo ruidosas exclamaciones de satisfacción.

—Ah, ya vuelve a estar con nosotros —dijo Muerte Negra—. Quiero La Estrella de Simbako y me dirá cómo encontrarla o morirá.

—¿Qué es eso? —preguntó el jefe con la boca hinchada.

—¿Dónde está La Estrella de Simbako?

—No existe tal cosa.

Muerte Negra hizo un gesto y uno de sus hombres se adelantó. Hizo girar el rifle por encima del hombro y alrededor del cuerpo, y lo estrelló contra las espinillas del jefe. La silla se inclinó hacia un lado y cayó al suelo con él todavía atado.

—¿A qué esperas? ¡Levántalo, idiota! —ordenó Muerte Negra.

El hombre agarró la silla por el respaldo y la puso de nuevo en posición vertical. Sesay quedó desplomado sobre sí mismo. La sangre le llegaba hasta los zapatos y oscuros charcos se extendían por las tablas del suelo.

—¿Dónde está?

—Es un mito. Nunca he visto nada semejante.

Muerte Negra se levantó y se acercó al jefe. En la mano llevaba una maza ceremonial.

—Me lo dirá.

***

La verja del recinto colgaba de una sola bisagra y el suelo estaba cubierto de astillas de madera. Tamba y Adanna se abrieron paso por ella y entraron en el patio desierto, que reverberaba bajo el calor.

—¿Dónde están los rebeldes? —preguntó Adanna.

—Han desaparecido. No tiene ningún sentido —respondió Tamba.

—Es mi padre quien me preocupa. ¿Por qué se quedó atrás? Creía que vendría con Pakuteh.

—Yo también. No quiso contarme el plan. Me mandó rellenar el pozo de diamantes.

—¿Y Pakuteh?

—Se marchó.

—¿Cómo que se marchó? ¿No va a volver?

—No lo creo. Dijo que iba a trabajar a Sudáfrica.

—¿A Sudáfrica? No puede haberse ido.

—Mira, hablemos de esto más tarde, ¿de acuerdo? Debemos buscar al jefe.

Avanzaron con cautela por el patio hacia el salón ceremonial, pero no había señal de vida en ninguna parte. La puerta del salón se abrió y el olor metálico de la sangre impregnó el aire. Se hizo audible el zumbido de los moscardones. Su presencia era un indicio espantoso.

—¡Dios mío! No soy capaz de entrar —dijo Adanna.

Tamba empujó la puerta con el pie y esta se abrió para revelar una escena cuyo horror resultaba casi imposible de creer.

Había treinta o cuarenta cadáveres, la mayoría todavía sentados a la mesa.

Algunos habían caído al suelo. De las bocas abiertas de varios de ellos brotaba una extraña espuma blanca.

Adanna soltó una exclamación ahogada. Tamba dio la vuelta a uno de los cuerpos con el pie.

Estaba rígido por el rigor mortis y tenía ambas manos aferradas al cuello, como si se estuviera ahogando. Tamba vomitó.

—Lo siento —dijo.

—¿Por qué? —preguntó Adanna. Escrutaba la sala con pánico en los ojos, tratando de no respirar aquel aire cargado de muerte. Entonces lanzó un grito y corrió alrededor de la mesa hasta donde un cuerpo vestido con colores vivos permanecía atado a una silla, con el rostro embadurnado de sangre seca.

—¿Papá? ¡Dios mío, Tamba, es mi padre!

Extendió la mano y le tocó el rostro querido. Aún estaba caliente.

—¡Sigue vivo! —exclamó—. Ayúdame.

—No puede ser. Míralo.

—Ayúdame, por el amor de Dios.

Tamba desató las cuerdas que sujetaban a Sesay a la silla y lo tendió en el suelo.

La túnica cayó hacia un lado y dejó al descubierto sus espinillas torcidas y destrozadas.

Adanna se estremeció. Volvió a cubrirle las piernas con la túnica, cogió una chaqueta del respaldo de la silla y se la colocó bajo la cabeza.

Le acarició el rostro con ternura mientras sollozaba, y una gruesa lágrima cayó sobre los labios del jefe.

La punta de su lengua asomó y lamió la lágrima.

—¿Papá? ¡Está vivo! Tamba, busca al médico. Rápido.