La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

A los ocho meses de iniciarse el conflicto, las fuerzas rebeldes se acercaban a Fona.

El jefe supremo Joseph Sesay estaba angustiado, fuera de sí por la preocupación.

Le correspondía proteger a la población de los rebeldes, pero, pese a todo su poder hereditario, no podía ofrecer protección alguna a su pueblo.

Circulaban rumores sobre los horrores perpetrados en las aldeas que habían caído en sus manos.

La despiadada brutalidad de aquellos hombres marginados había provocado una oleada de violaciones y saqueos.

No podían oponer resistencia alguna a los rebeldes.

Las armas modernas aún no habían llegado a Fona.

Algunos hombres poseían rifles antiguos para cazar zorros o palomas, pero el jefe había desalentado la tenencia de armas en su reino.

Las mujeres del pueblo le suplicaban ayuda.

No tenían dónde esconderse ni adónde ir.

El jefe sabía muy bien lo que les ocurriría cuando llegaran los rebeldes.

Visitó a Fatimata, la sowei de mayor rango de la población, para hablar de las distintas opciones.

—Ningún hombre se casará con una mujer que haya sido violada. Las condenarán al ostracismo de por vida —dijo Fatimata.

—Nunca he entendido por qué las muchachas deben cargar con la culpa de haber sido violadas. A veces, nuestra cultura me lleva a la desesperación. Vivimos en la Edad de Piedra —dijo Joseph Sesay.

—No podrás salvarlas si las atrapan.

—¿Podemos esconderlas en algún sitio?

—Hay un refugio en el bosque, cerca del bondo , pero, si vienen a por nosotras, no podremos escapar.

—¿Qué alternativa hay?

—Las muchachas preferirían morir antes que ser ultrajadas.

—¿Qué estás sugiriendo?

—Hay venenos que podemos utilizar. Las muchachas no tienen por qué saberlo. Podemos darles un buen estofado de ternera.

—¡Pero eso es una barbaridad! ¿Por qué tienen que morir?

El jefe se frotó la cabeza con angustia, tirándose de los apretados rizos como si quisiera arrancárselos. Entonces apareció en su rostro una expresión desquiciada.

—¡Eso es! Tengo un plan. Debes ayudarme.

—Si puedo. ¿Qué quieres que haga?

—Prepararemos el estofado de ternera, pero no será para las muchachas. Se lo daré a los rebeldes.

—Pero, señor, si mato a los rebeldes, ya no podré entrar en el bondo . Seré impura.

—Fatou, los rebeldes son malvados. Serás una heroína.

—No, seré una proscrita. Esas son las reglas.

—¡Las reglas! ¿Puedes matar a las muchachas, pero no a los rebeldes? ¿Dejarás entonces que mueran las muchachas?

Fatou rehuyó su mirada. El jefe Sesay comprendía lo orgullosa que estaba de su condición de sowei . Percibía su angustia, pero tenía que proteger a su pueblo. Esperó.

—No —dijo ella—. Te ayudaré. Es un precio pequeño que pagar.

—Dios te recompensará.

—Pero los espíritus me desterrarán. Perderé mi posición.

—A mis ojos nunca perderás tu posición. Te daré la casa grande del centro del pueblo. Serás una mujer con propiedades.

—¿De qué sirven las propiedades si pierdo el alma? —Se volvió hacia él—. Me pides demasiado, Joseph.

—Pero ¿lo harás?

***

Los rebeldes se encontraban a solo unas horas de distancia.

La noticia de su inminente llegada había alcanzado el recinto del jefe Sesay, atestado de refugiados de los campos circundantes, que se apiñaban tras la relativa seguridad de sus altos muros.

Dentro de la casa del jefe, Joseph Sesay recorría de un lado a otro la sala de visitas.

Los ancianos tribales abarrotaban la estancia, sentados sobre cualquier cosa que habían podido encontrar, murmurando en voz baja y ciñéndose las túnicas al cuerpo como si estas pudieran protegerlos.

Tamba seguía al jefe por toda la sala y hacía una mueca cada vez que Sesay, presa de la agitación, chocaba contra una silla o una persona.

Por fin, el jefe se detuvo en el centro de la estancia y alzó las manos para acallar los murmullos de los ancianos.

—Los rebeldes llegarán mañana —dijo—. Debemos actuar ahora.

—¿Cómo vamos a detenerlos?

—No podemos hacerlo. Llevad a la gente a esconderse en el bosque. Yo me quedaré aquí para recibirlos.

—Pero, Joseph, te matarán.

—No tiene importancia. Mi hija será una magnífica jefa suprema.

—Pero, señor...

—Tamba, no te corresponde a ti decidirlo. Necesito que me ayudes.

—Lo que sea.

—Ve a la terraza con treinta hombres y rellenad la excavación.

No os detengáis hasta haber terminado. Cubrid los trabajos con hojas, frondas de palmera y ramitas.

Esparcidlas en una capa fina para que nadie pueda descubrir que allí se realizaban labores mineras.

Cuando acabéis, escondeos en el bosque hasta que estéis seguros de que no hay peligro.

—¿Qué piensa hacer? ¿Invitarlos a cenar?

—Exactamente. Ahora organízalo todo.

—Padre, no pienso dejarte aquí. —Adanna salió de entre las sombras y se aferró a él, temblando.

—Lo harás. Pakuteh está aquí conmigo. Él me ayudará.

—Pero, padre...

—No me desafíes. Debes marcharte. El futuro de Fona es responsabilidad tuya. Lleva a las mujeres al bosque y escóndete con ellas.

Adanna intentó seguir aferrada a su padre, pero Tamba la apartó.

—Has oído a tu padre. Salva a las mujeres antes de que los rebeldes las atrapen. Sabes lo que ocurrirá si las capturan. Es tu deber.

Adanna asintió y salió de la casa junto con los demás ancianos. El jefe Sesay se volvió hacia Pakuteh.

—Necesito que dispongas en la mesa ceremonial un banquete para los rebeldes.

Ya hay preparado un gran estofado de ternera y pollo.

Haz una olla grande de arroz y una cesta de plátanos fritos.

Pon toda la comida sobre la mesa después de cubrirla con uno de los manteles rojos. Cuando termines, ven a buscarme.

—Sí, señor. —Pakuteh rehuyó la mirada del jefe, pero no cuestionó sus instrucciones. Si el jefe se había vuelto loco, no era un buen momento para llevarle la contraria. Se dispuso a dirigirse a la cocina.

—Y, Pakuteh, hagas lo que hagas, no comas nada de estofado. Quiero que me lo prometas.

—Lo prometo. —La duda que le cruzó el rostro hizo que el jefe se planteara repetírselo, pero no tenía tiempo que perder con aquel joven obstinado.

—Volveré —dijo.

Pakuteh entró en la cocina, donde el estofado de pollo reposaba sobre el fogón del fondo.

Su intenso aroma llenaba la estancia de una sabrosa tentación.

Agarró las asas de la olla y trasladó el estofado a la maltrecha mesa de madera situada en el centro de la cocina.

Con un gran cucharón de madera que colgaba del techo, cubrió el fondo de otra cacerola enorme con una gruesa capa de arroz.

Llenó la cacerola de agua y encendió el fogón de gas que había debajo.

Después recogió un gran racimo de plátanos macho de un rincón sucio de la despensa y lo dejó sobre la mesa.

Una araña enorme cayó de entre los plátanos sobre la mesa y le hizo dar un respingo.

Se lanzó por los aires, aterrizó en el suelo convertida en un ovillo peludo y se escabulló a toda prisa hasta desaparecer bajo la nevera oxidada.

Pakuteh separó los plátanos macho del tallo a cuchilladas, los peló y los cortó a lo largo.

Cuando tuvo una gran pila de rodajas, puso una sartén plana sobre el otro fogón y vertió en ella una botella de aceite.

Esperó a que se calentara antes de freír los plátanos por tandas y colocarlos en una fuente alargada de madera.

Escurrió el arroz y lo repartió en dos cuencos decorados con motivos locales.

El aroma del estofado lo había sostenido durante toda la tarea, pero, cuando terminó, el hambre pudo con él.

Se sirvió un cuenco del estofado tibio y se sentó a comer.

Picante y carnoso, nunca había probado nada mejor.

El jugo le resbaló por la barbilla y se lo limpió con la manga.

Engulló la comida y no tardó en terminarla.

Lavó el cuenco en el fregadero para no dejar pruebas de su desobediencia y lo escondió entre los plátanos. Quedaba de sobra.

No entendía por qué el jefe daba de comer a los rebeldes. No tenía ningún sentido. Llevó toda la comida a la mesa del salón ceremonial.

Después de disponer en ella los cuencos y los cubiertos, fue a buscar al jefe.

Joseph Sesay estaba sentado fuera del salón en su silla ceremonial, con la cabeza entre las manos, sumido en sus pensamientos. Cuando vio salir a Pakuteh, se levantó y señaló la silla contigua, que pertenecía a su esposa, pero seguía impecable.

—¡Ah, Pakuteh, muchacho! Siéntate. Necesito hablar contigo.

El rostro de Pakuteh delató su alarma. Por lo que él sabía, el jefe ignoraba que se había casado con Adanna, su querida hija, pues, de lo contrario, no se mostraría tan afable. Se sentó en el borde de la silla, como si estuviera listo para huir.

—¿No deberíamos marcharnos, señor? Llegarán de un momento a otro.

—Yo no me voy. Alguien debe quedarse para que el plan funcione.

—Pero lo matarán.

—Lo dudo. De todos modos, no era de eso de lo que quería hablar contigo. Queda el pequeño asunto de mi hija.

—¿Su hija?

—Me he enterado de vuestra boda. En este pueblo es imposible guardar un secreto. Y, aunque no lo apruebo, lo hecho, hecho está.

—La quiero.

—Lo sé, y por eso quiero que te la lleves. Cuanto más tiempo se quede, peor será para ella. Nunca permitirán que sea jefa porque impedí que fuera al bondo .

Pakuteh se quedó sin habla.

—¿Adónde iremos? —preguntó.

—Adonde queráis.

Pakuteh estaba a punto de protestar cuando el jefe extendió el brazo.

—Extiende la mano —dijo.

Temblando, Pakuteh le ofreció la mano con la palma hacia arriba, y el jefe dejó caer en ella algo pesado y cálido. Pakuteh soltó una exclamación ahogada.

—¿Es lo que creo que es? —preguntó.

—La Estrella de Simbako —respondió el jefe—. El diamante más grande jamás encontrado en Fona. Quiero que te lo lleves y huyas muy lejos de aquí con Adanna. No volváis nunca.

—¿Y usted?

—Tengo una cita con el destino. Los dioses exigen su libra de carne a cambio de vuestra libertad, y yo se la entregaré.

—Pero ¿qué le diré a Adanna?