La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 25
52%

Capítulo 25

Sahr llevó a Tamba en coche hasta el recinto donde Fatimata trabajaba con Fergus y Ned. Las luces de la veranda resplandecían e iluminaban al ama de llaves, que yacía en la hamaca, ahora casi a ras de suelo.

—Vamos, pues —dijo Tamba mientras bajaba del jeep.

—¡No! No pienso acercarme a esa mujer. Es malvada. No quiero que el mal juju me alcance a mí también.

—No digas tonterías. Eso no funciona así.

—Me da igual. No voy a entrar.

Tamba meneó la cabeza con resignación. Después se encaminó hacia la casa, subió los escalones de la veranda y se dirigió al coloso tendido en la hamaca.

—Buenas noches, Tia Fatou. ¿Cómo estás?

—¿Tamba? ¡Qué sorpresa! —Sirviéndose de la barandilla de la veranda, se incorporó y salió de la hamaca con sorprendente agilidad. Le tendió la mano e inclinó la cabeza hasta apoyar la frente contra la de él.

—Eres bienvenido en esta casa, a diferencia de algunas personas —dijo mientras miraba a su alrededor—. ¿Dónde está Sam? ¿No ha vuelto a casa con Sahr? Llega tarde. La cena se ha quedado reseca.

—Sam ha desaparecido. Puede que esté muerta.

Fatimata se esforzó por contener sus emociones.

Nunca había esperado que el juju surtiera efecto tan deprisa.

En realidad, no había esperado que ocurriera nada.

El vudú corría por sus venas, pero solo había acudido al Chaman en busca de consuelo.

Había visto la muerte de cerca, y no se mataba a nadie con bolsas de sal y sangre de pollo.

—Pero hoy ha trabajado en la terraza. ¿No la has visto?

—Sí, pero la dejamos esperando a Sahr y, cuando él llegó, ya se había marchado.

—¿Adónde?

—Parece que cruzó el río hasta el bosque donde está el bondo .

—¿Por qué hizo eso?

—No lo sé. Hoy estaba sudando y tenía un dolor de cabeza terrible. Quizá se metió en el río para refrescarse.

—Parece malaria.

—Fuera como fuese, la corriente la arrastró hasta la otra orilla. Ya sabes cómo baja el río. Ha tenido suerte de no ahogarse.

—Están purificando a las chicas. Nadie puede entrar en el bondo . La echarán.

—Lo dudo. Lleva mal juju en el bolsillo. Una extranjera impura ha profanado el bondo . Harán cualquier cosa para salvarlo del mal. La matarán.

—¿Dónde está Sahr? ¿Por qué no ha entrado?

—Tiene miedo porque cree que maldijiste a Sam. ¿Lo hiciste?

Fatimata no pudo ocultar su culpabilidad. Se puso en pie gritando.

—¿Y qué si lo hice? Se lo merece. Esa mujer intentó quitarme a Mr Fergus.

—¿Te has vuelto loca? ¿De verdad imaginas que una vieja como tú podría interesar a Mr Fergus? Sam no tiene la culpa de ser joven y atractiva.

Fatou volvió a desplomarse en la silla.

—No creía que fuera a funcionar.

—Pues ha funcionado, y ahora tienes que ayudarnos. El jefe Sesay ha exigido que la rescates antes de que ocurra una desgracia.

—¡No! No puedo ir. Solo empeoraría las cosas. Sabes que tengo prohibida la entrada y sabes por qué. No lo haré.

—Pero el jefe te ordena que vayas. No tienes elección.

—No iré. No puedes obligarme.

Fatimata se cruzó de brazos y le dio la espalda a Tamba. No conseguiría convencerla. Si el jefe deseaba obligarla, tendría que mandarla llamar en persona.

—Por favor, Fatou, esa joven morirá si no la ayudas. Solo una sowei puede entrar en el bondo .

—No iré.

Tamba se levantó y bajó a trompicones los escalones que conducían al oscuro patio. Sahr le vio la cara y puso en marcha el jeep. Regresaron al recinto del jefe para comunicarle las malas noticias.

***

Ned y Fergus llegaron a su hotel de Mano justo a tiempo para cenar. Les sirvieron un delicioso guiso de hojas de patata con cabra sobre un lecho de arroz. Los dos hombres comieron en silencio, saboreando cada bocado después de su larga jornada en el campo.

—¿Hay teléfono en el hotel? —preguntó Ned al terminar.

—Sí, pero tienes que pedir en recepción que marquen el número por ti.

—Voy a llamar a Gemma para hablarle de Sam.

—Bien hecho. Siempre es mejor cortar por lo sano.

—Espero estar tomando la decisión correcta.

—Neddy, todas las decisiones son correctas. Lo fatal es la indecisión.

Ned se levantó de la mesa y se acercó al mostrador de recepción para solicitar la llamada.

Fergus fumaba un purito y bebía una copa de brandy de dudosa procedencia.

Una nube de polillas había invadido el comedor y chocaba contra las lámparas de araña baratas antes de lanzarse en picado, como golondrinas, sobre el suelo y las mesas.

Fergus tapó su copa de brandy con un posavasos para disuadirlas de darse un baño.

No pudo evitar oír la parte de Ned en la conversación que siguió, mantenida a gritos debido a la mala conexión.

—¿Gemma? Soy yo, Ned.

—Hola, cariño. Me alegro tanto de que hayas llamado...

—Tengo que contarte algo importante.

—¡Yo también! ¿Puedo hablar primero? Estoy... —La línea zumbó y crepitó.

—La línea se oye fatal. ¿Qué has dicho?

—... así que el médico ha dicho... ¿No es maravilloso?

—No lo entiendo. ¿Puedes repetirlo?

—¡Embarazada! Estoy... Tú vas a ser...

—¿Embarazada? ¿Es mío?

—El médico dice... Perdona, ¿qué has dicho?

—No he dicho nada. ¿El bebé es mío?

—Sí... —La comunicación se cortó.

Ned soltó el auricular, que quedó colgando y golpeando el mostrador de recepción. Se volvió hacia Fergus, que contemplaba una polilla arrastrándose por una viscosa salsa de hojas de patata.

—¿Has oído eso? —preguntó Ned.

—¿Perdona? No estaba prestando atención.

—Está embarazada. Es mío.

—Jesús, Ned, ¿cómo ha ocurrido? No me digas que echaste un último polvo cuando la viste en Londres.

Le vio la cara a Ned y no necesitó respuesta.

***

Cuando Sam recobró el conocimiento, las chicas se habían marchado, pero las mujeres estaban de pie a su alrededor.

Se sentía extraña. Tenía la piel tirante y seca y no llevaba ropa.

Yacía en un catre diminuto con un rudimentario colchón de espuma.

La fiebre le abrasaba el cuerpo, pero ella temblaba.

Abrió más los ojos y vio que la habían pintado de blanco.

Entonces recordó la sangre. Intentó gritar, pero no logró emitir ningún sonido.

Las mujeres hablaban entre ellas, pero Sam no hablaba Krio, así que no entendía lo que decían.

Estaba cansada, rendida, muerta de cansancio.

Cerró los ojos e intentó encogerse en posición fetal, pero le habían atado las extremidades al armazón de la cama, de modo que permaneció inmóvil, con el sudor chorreándole del cuerpo sobre el colchón húmedo, mientras trataba de hacerse diminuta.

No sabía qué querían ni siquiera si eran reales.

Tal vez aún estuviera en la terraza. O incluso en su casa, en el recinto.

Incluso en su estado de confusión, comprendió que tenía malaria. Le quedaba poco tiempo para escapar y tomar su medicina antes de empeorar mucho, pero no tenía ni la fuerza de un recién nacido y el sueño la tentaba con el olvido.

El vello del brazo de Ned había rozado el de ella y ella había dado un respingo, pero él desapareció.

Fergus se rio de ella. ¿Por qué era tan cruel?

Nunca lo entendía. Los párpados empezaron a pesarle y el aire le raspaba el pecho al respirar.

Dormiría solo cinco minutos y después intentaría escapar. Cinco minutos bastarían.

—¿Está dormida?

—Eso creo. Tiene mucha fiebre. Podría matarla.

—¿Qué debemos hacer?

—Ha traído mal juju al bondo y no está limpia. Hay que aplicarle la sanción máxima.

—¿Pero estás segura de que esa sanción se le puede aplicar? No es una de las nuestras. Y está enferma. Dudo que sepa siquiera dónde se encuentra.

—Ya sabes lo que dicen las tradiciones.

—A mí me preocupa más lo que dirá la policía. Si matamos a esta mujer, vendrán a por nosotras. Ser sowei ya no nos salvará. El mundo ha cambiado.

—¿Qué te pasa? ¿Has perdido la fe? No es momento de marchitarnos como viejas flores de la selva. Debemos salvar el bosque de los intrusos. Lo supiera o no, ha traído una maldición vudú al bondo, y solo hay una forma de levantarla.

—¿Cómo debemos proceder?

—Tenemos que preparar la choza para el sacrificio. Mañana por la noche celebraremos la ceremonia.

—¿Tiene que morir?

—Es la única solución.