Capítulo 24
El jeep frenó con un chirrido ante la casa del jefe justo cuando los sirvientes cerraban los postigos de madera para impedir que entrasen los insectos.
Sahr subió corriendo las escaleras y aporreó la puerta.
Un azorado Tamba acudió a ver quién había llegado, avanzando a trompicones hacia la puerta mientras forcejeaba con el pestillo.
—Por el amor de Dios, hombre. ¿Cómo se atreve a molestar al jefe a estas horas? ¿No puede esperar hasta mañana?
—Es Sam. La señorita Sam. Ha cruzado el río, se ha adentrado en el bosque y ha desaparecido.
—¿Qué? ¿Ha desaparecido? ¿Por qué no la recogiste?
—Tuve que esperar en casa del Chaman por culpa del juju.
—¿Qué juju? Explícate, hombre.
—Debo hablar con el jefe. Es urgente. Podría morir.
Adanna apareció detrás de Tamba con expresión preocupada.
—¿Has dicho que Sam ha desaparecido? ¿Qué está pasando?
—Señora, por favor, ayúdeme.
Sahr se cubrió la cara con las manos, con los hombros sacudidos por los sollozos y las lágrimas cayéndole al suelo.
Los ojos de Adanna se abrieron de par en par, llenos de compasión.
Le rodeó los hombros con suavidad y condujo a Sahr al interior de la casa y de allí al salón, donde su padre estaba sentado con un vaso grande de vino de palma en la mano.
Sahr reprimió un sollozo y se quedó de pie, esperando a que lo saludaran.
—Sahr, eres bienvenido —dijo el jefe Sesay, observando al joven, que sollozaba con la cabeza hundida entre los hombros.
—¿Qué te ocurre, muchacho? ¿Te trata mal el señor Fergus?
—Gracias, señor. El señor Fergus es un buen patrón. Es Sam, señor. Ha desaparecido y es culpa mía.
—¿Sam ha desaparecido? ¿Cómo va a ser culpa tuya? No lo entiendo.
—Cuéntenos qué ha ocurrido —dijo Tamba. Al advertir la mirada angustiada que Sahr le dirigía, añadió—: Diga exactamente qué ha pasado y no se deje nada.
—Alguien le desea el mal a Sam. Le dejaron un poderoso juju dentro de la funda de la almohada para matarla. Le dije que debíamos pedirle al Chaman que se deshiciera de él. No me dejó llevarme el juju. Se lo quedó y ahora ha desaparecido. Es culpa mía.
Al oír mencionar el juju, el jefe Sesay apretó los dientes y se le tensó un músculo de la mandíbula. Tamba, consciente de la poca estima que el militar educado en Gran Bretaña sentía por todo lo relacionado con el vudú, intentó desviar la conversación del tema.
—Pero ¿dónde está ahora?
—Vi huellas que se adentraban en el bosque, cerca del bondo . Cruzó el río a nado. Esta mañana tenía un dolor de cabeza terrible causado por el juju. Podría morir ahí dentro.
—¿El bondo ? No podremos sacarla si ha entrado ahí. Solo pueden entrar mujeres. Adanna, ¿puedes ir tú? —dijo el jefe Sesay.
—Padre, ¿cómo puedes pedirme eso?
—No puede entrar en el bosque porque es impura, señor —dijo Tamba—. Necesitamos a otra persona.
—¿Es que nadie puede librarme de estas tonterías supersticiosas? ¿Y Fatimata? Era una sowei hasta que llegaron los rebeldes —dijo Sesay.
—Si buscas a la culpable del vudú, dudo que tengas que mirar más allá de Fatou. Está celosa de Sam por Fergus —dijo Adanna.
—¿Qué tiene que ver Fergus con esto? —preguntó el jefe, exasperado.
—En realidad, nada. Él no se da cuenta de que Fatou se muere de amor por él, pero sospecho que ella intenta deshacerse de Sam porque quiere a Fergus para sí —dijo Adanna.
—Bueno, en ese caso tendrá que ayudarnos. Si es responsable del vudú, deberá rescatar a Sam. No admitiré excusas.
—No lo hará —dijo Tamba—. Ahora ella también es impura por lo que ocurrió con los rebeldes y no puede entrar en el bosque. Podrían matarla.
El jefe se puso en pie hecho una furia.
—Me da igual lo condenadamente impura que sea. Tiene que rescatar a Sam. Y eso es una orden.
Tamba se estremeció. Atrapado entre la lealtad a su jefe y el miedo a quebrantar todos los tabúes que rodeaban el bondo , vaciló, aunque no durante mucho tiempo. La superstición regía su vida, pero no podía desobedecer al jefe supremo.
—Hablaré con ella —dijo.
—Sahr, lleva a Tamba al recinto y dile a Fergus que os ayude con Fatimata.
Sahr, que había permanecido callado, levantó la cabeza.
—El señor Fergus y el señor Ned no están aquí. Se han marchado a Mano para hablar con los mineros artesanales.
—¿Cuándo volverán?
—Mañana, señor.
—De acuerdo, tendremos que hacerlo sin ellos. Llévate a Tamba e id ahora. Tamba, infórmeme si se niega. De todos modos, esta noche no podemos hacer nada, porque es demasiado tarde y sería peligroso entrar ahora en el bosque. Podría haber leopardos cazando en la oscuridad.
—Tia Fatou es una mujer testaruda —dijo Adanna—. Os deseo suerte.
***
El bondo flotaba en el bosque, rodeado por un halo de luz creado por decenas de velas cuyas llamas se fundían en una sola.
Parecía una nave espacial suspendida en la penumbra.
Era mucho más grande de lo que Sam había imaginado, y las grietas de las paredes entre los tablones resecos daban fe de su antigüedad.
La luz y el ruido se filtraban por ellas como agua por una vieja calabaza.
Del bondo también escapaban fuertes carcajadas estridentes.
Parecía que un aquelarre de brujas estuviera celebrando una fiesta en su interior.
Llegó tambaleándose hasta la choza y cayó al suelo.
La puerta tenía echado el cerrojo, pero algo le impidió llamar.
Se sentó en un banco bajo una ventana e intentó encontrarle sentido a los sonidos procedentes del interior.
Temblaba y sudaba al mismo tiempo. De dentro llegó un alarido.
Incapaz de resistirse, se arrodilló sobre el banco y miró por una de las grietas más anchas de la madera.
Las niñas pintadas estaban sentadas frente a ella en un banco largo.
Estaban desnudas, salvo por la pintura blanca que les cubría el cuerpo y la cara.
Las envolvía un manto de terror que revolvió el estómago de Sam.
Había una mesa en el centro de la estancia, con una anciana en cada esquina.
Las mujeres vestían túnicas tradicionales.
Cantaban en Krio, con voces profundas y armoniosas.
Una mujer mayor asumió el mando y llamó a una niña pequeña.
La criatura gimoteó de miedo, pero, en lugar de consolarla, las adultas se rieron, hicieron comentarios y la pincharon con los dedos.
Del banco surgieron risas nerviosas. Una niña golpeaba un tambor de cuero con un palo grande y muy desgastado, mientras las demás daban palmas y pisotones al compás.
Cuando el ruido alcanzó su punto culminante, la sowei subió a la niña a la mesa.
Las mujeres agarraron a la criatura por las manos y los pies y le inmovilizaron las extremidades para impedir que se moviera. Ella lloraba de miedo.
El redoble del tambor mareó a Sam. No conseguía enfocar la vista.
¿Estaba alucinando? Se frotó los ojos y apoyó la frente contra el tablón agrietado.
La mujer que dirigía la ceremonia metió la mano en un bolsillo oculto y sacó un cúter, cuya hoja captó la luz cuando lo alzó en el aire.
Todas las demás mujeres prorrumpieron en vítores.
La niña tendida sobre la mesa gritó, y su voz se volvió cada vez más aguda a medida que aumentaba su terror.
La mujer le dio la espalda a Sam y hundió las manos entre las piernas de la niña.
La criatura profirió un grito tan desgarrador que los tímpanos de Sam estuvieron a punto de reventar.
Siguió gritando sin parar mientras todas las mujeres reían y cantaban.
El sonido penetró en el cuerpo febril de Sam y la marcó para siempre.
Nada de cuanto hiciera lograría librarla de aquel recuerdo, aunque con el tiempo perdería intensidad.
Lo mantendría oculto como algo que no soportaba recordar pero que jamás podría olvidar.
No vio cómo cerraban la herida con espinas ni cómo llevaban a la niña a una habitación trasera, pues se había desmayado y caído del banco.