La Estrella de Simbako (Las Aventuras de Sam Harris 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Durante el día, excavaron el primer pozo hasta alcanzar la roca madre, batearon la grava y anotaron los resultados.

No encontraron diamantes, pero sí gran cantidad de granates de un rojo intenso y granos verdes de cromita en el fondo de las bateas.

Aquello indicaba que procedían de la kimberlita, la roca que transporta los diamantes desde el manto terrestre.

Sam tomó notas minuciosas de los procedimientos que siguieron y metió el contenido del concentrado obtenido de cada metro cúbico de grava en pequeñas bolsas de plástico, que anudó y guardó en la mochila.

Tamba la observaba y le hacía preguntas sobre las notas que tomaba, como si se hubiera resignado a su suerte y aceptado que no le quedaba más remedio que aguantarla.

Ella procuró mostrarse amable a pesar de las punzadas que le martilleaban la cabeza.

El calor no ayudaba. El sudor le corría a raudales y, por mucho que bebiera, la sed no remitía.

Disolvió unas sales de rehidratación en el líquido y permaneció todo el día a la sombra para no sufrir una insolación.

Uno de los hombres, al advertir su malestar, clavó cuatro postes delgados en el suelo e improvisó un refugio con hojas de palmera.

Ella se sentó en un tronco y esperó a que le llevaran las muestras.

Tamba le preguntó si los hombres podían marcharse antes porque se celebraba una fiesta en el pueblo.

Le sugirió que se sentara a la sombra, en el asiento de piedra, y esperara a Sahr.

Fue un alivio dejar de trabajar, y Sam se retiró al frescor relativo del claro.

La piedra tibia la reconfortó y los párpados empezaron a pesarle.

No tardó en quedarse dormida, agitándose y dando vueltas, presa de la fiebre, a última hora de la tarde.

Cuando volvió a ser consciente de cuanto la rodeaba, se aproximaba el crepúsculo.

Pero ¿dónde estaba Sahr? Se levantó empapada en sudor y avanzó dando tumbos hacia el río.

El agua parecía muy tentadora y necesitaba refrescarse.

¿Y los cocodrilos? No había huellas en la orilla, y Tamba tenía sus motivos para impedirle cruzar el río. Se quitó las botas y se adentró en el agua. El frescor casi la hizo llorar de alivio.

Cuando el agua le llegó a los muslos, se dejó caer y flotó hacia el canal central.

Para su horror, por allí discurría una fuerte corriente que la atrapó como una tenaza y la arrastró río abajo, hacia la otra orilla.

Presa del pánico, intentó luchar contra ella, pero, como no era una buena nadadora, bastante tenía con mantenerse a flote.

Sabía que, si una corriente la arrastraba, debía intentar nadar a favor de ella, así que avanzó a braza en diagonal hacia la otra orilla.

La ropa mojada se le enroscaba alrededor del cuerpo como sirenas que intentaran hundirla.

Alcanzó la otra orilla justo cuando las fuerzas empezaban a abandonarla.

Mientras se recuperaba en la ribera arenosa, comprendió que no podría volver a cruzar el río a nado.

Sus botas permanecían en la lejana orilla, apenas visibles en la penumbra, como testimonio de su pésima decisión.

Se estremeció. ¿Y ahora qué? Tenía que haber una salida.

Sam afirmaba ser de las que ven el vaso medio lleno y nunca aceptaba la derrota.

Se registró los bolsillos y solo encontró la navaja y el paquete de cigarrillos de Sahr con su mortífera carga.

¡Con razón había estado a punto de ahogarse!

Maldito vudú. ¿Y si de verdad había algo de cierto en todo aquello?

A su espalda, en el bosque, oyó quebrarse una ramita.

Se volvió con aprensión. ¿Se le habría acercado sigilosamente el leopardo enviado por el juju?

Pero allí no había nada. Entonces lo recordó.

¡El bondo ! Las mujeres celebraban allí sus ceremonias.

La ayudarían a regresar al pueblo. Con la oscuridad cayendo como un mazazo, era su única esperanza.

Se internó unos pasos entre los árboles y comprendió que los calcetines no la protegían de la mezcla de piedras, espinas y ramitas que cubría el suelo del bosque.

Sacó la navaja del bolsillo del pantalón y, mientras daba gracias en silencio a quien hubiera inventado las cremalleras, buscó un tronco podrido.

Había muchos esparcidos por allí en distintas fases de descomposición.

Algunos estaban cubiertos de grandes hongos blancos, semejantes a nubes caídas.

Otros estaban huecos. Se mantuvo bien alejada de ellos.

Los troncos huecos solían ocultar sorpresas desagradables.

Poco después encontró un tronco con la corteza desprendida. Con la hoja corta, recortó dos trozos y les dio forma hasta que parecieron plantillas de zapato. Después enrolló los calcetines sobre sí mismos, formando alrededor de los pies una especie de tubo en el que introdujo la corteza.

Probó su invento. No era la solución ideal para su equilibrio, ya perjudicado por la fiebre que le recorría el cuerpo, pero era mejor que destrozarse los pies. El bondo debía de estar cerca del río. Necesitarían agua para las ceremonias, así como para cocinar y lavar los platos y el cuerpo.

Avanzó por la orilla en la dirección en que la había arrastrado la corriente y buscó huellas en la arena.

Había visto varias veces por aquella zona a las muchachas pintadas de blanco, y sin duda dejarían un rastro.

Justo cuando empezaba a dudar de sí misma, lo vio: una leve hendidura en la ribera, dejada por unos pies descalzos, cuyas marcas se internaban entre los árboles.

La luz desaparecía con rapidez, así que aceleró el paso mientras seguía el rastro bosque adentro.

Le costaba mantenerse en pie con aquel calzado improvisado, pero no podía permitirse aminorar la marcha.

Varias veces cayó de bruces y el pie se le salió de las zapatillas de corteza.

El pantalón caqui se le rasgó por la rodilla y la sangre le corrió pierna abajo.

Jadeando por el esfuerzo, se detuvo para limpiarse y recuperar el aliento.

La vista se le nubló. ¿Era por la luz o por sus ojos?

Un chillido llegó hasta ella. Miedo puro, mezclado con... ¿qué? ¿Emoción o expectación? No sabía distinguirlo.

Se dirigió hacia allí.

***

Sahr llegó a la terraza unos diez minutos después de que Sam se internara en el bosque.

Había esperado durante horas para ver al Chaman, que al principio se había negado a deshacer el vudú.

Sahr le suplicó y le rogó que cambiara de opinión.

El hombre exigió cien dólares y un pollo grande para aplacar a los dioses y cobrar sus servicios.

Aquella suma desorbitada escandalizó a Sahr, pero, como la mayoría de los habitantes de Simbako, solo era cristiano los domingos, y el miedo al mal juju, a las brujas y a los espíritus malévolos gobernaba toda su vida.

Con los dioses no se podía discutir. Se preguntó quién podría desear hacerle daño a Sam, y ni se le ocurrió que Fatimata, enamorada, estuviera protegiendo a su futuro marido de las garras de la puta blanca.

Tocó el claxon y se quedó sentado en el coche, cantando al son de la radio y esperando a que ella saliera de entre los árboles.

Cuando no apareció al cabo de cinco minutos, comprendió que algo iba mal.

Casi todos los días, Sam salía con una gran sonrisa, entre andando y corriendo, y a él le producía un placer sincero volver a verla.

Apagó el motor y saltó del viejo jeep.

Cuando llegó a la terraza, la luz rasante del sol perfilaba en dorado cada ramita y cada hoja de palmera esparcidas por el suelo.

No había ni rastro de Sam. Registró el claro y encontró la mochila junto al sillón de piedra, lo que le infundió una esperanza momentánea.

La llamó por su nombre, pero solo respondieron los pájaros.

Al regresar a la terraza llana, se acercó al pozo que habían excavado durante el día, con el corazón en un puño ante la posibilidad de que hubiera caído dentro y se hubiera roto el cuello en la penumbra. No había ni rastro de ella; solo las herramientas guardadas bajo una lona.

Entonces las vio: unas botas de senderismo abandonadas en la ribera, por encima del río. Corrió hacia ellas y volvió a llamarla a gritos.

—Sam, ¿dónde estás?

Las botas permanecían solas, sin ofrecer pista alguna sobre el paradero de su dueña.

No vio ninguna otra prenda, pero las huellas de Sam se adentraban en el río.

Se le hizo un nudo en la garganta. Conocía bien las corrientes del canal central, que en el pasado habían arrastrado hasta la muerte a niños incautos.

¿Se habría ahogado la señorita Sam? ¿Habría sido el vudú?

¿Se la habría llevado algún animal salvaje?

Ella había insistido en llevarse el juju, y él se maldijo por haber sido demasiado cobarde para quedárselo.

Entornó los ojos y contempló la orilla opuesta.

Los últimos vestigios de luz solar se filtraban entre los árboles, y un rayo dorado resaltaba unas huellas en la arena.

Tenían que ser las de ella. Al menos había esperanza.

Había sobrevivido, pero ¿dónde estaba? ¿Por qué había cruzado el río?

Él no podía seguirla. La sowei había llenado el bondo de mujeres jóvenes, y ningún hombre podía acercarse, fuera cual fuese la desgracia ocurrida.

Se sentía desesperado, pero sabía qué hacer.

Recogió las botas de Sam y sus demás pertenencias y echó a correr hacia el coche. Corrió a toda velocidad entre los árboles en la penumbra, llegó al jeep y abrió la puerta de un tirón.